Sinodalidad (I)

Carta de
Mons. D. Atilano Rodríguez Martínez
Obispo de Sigüenza-Guadalajara

atilano rodriguez martinez

Domingo 4 de noviembre de 2018

La Sagrada Escritura y la Tradición viva de la Iglesia dan testimonio fehaciente de que la sinodalidad es la dimensión constitutiva de la comunidad de los redimidos por Cristo. Por medio de la sinodalidad, la Iglesia se manifiesta ante el mundo como el Pueblo de Dios, convocado por Jesucristo resucitado y conducido por el Espíritu Santo en camino hacia la patria celestial.

Las primeras comunidades cristianas, como nos dice el libro de los Hechos de los Apóstoles, ponen en práctica la sinodalidad entre los apóstoles y los restantes miembros de la comunidad cristiana para responder con eficacia a los problemas doctrinales y para resolver con acierto aquellas dificultades pastorales que van surgiendo en el ejercicio de la misión confiada por el Señor (Act 15).

Pero la sinodalidad no designa sólo un procedimiento de la Iglesia para resolver un problema o una dificultad en un momento concreto, sino que es la forma normal de actuación de la comunidad cristiana para propiciar la participación de todos sus miembros en el discernimiento y en la puesta en práctica de la acción evangelizadora.

Podríamos decir que en el ejercicio de la sinodalidad se concentra la vocación de toda persona a vivir la comunión con Dios y la unidad entre los hermanos mediante la entrega constante y el servicio generoso a cada uno. Con la finalidad de combatir la inclinación al individualismo, favorecer la comunión eclesial y superar los miedos, el Espíritu Santo es enviado sobre los apóstoles el día de Pentecostés.

Este mismo Espíritu sigue siendo hoy vínculo de comunión y de unidad en la Iglesia de Jesucristo, si estamos abiertos a sus dones y los dejamos fructificar. Desde el día del bautismo, el Espíritu desciende sobre nosotros y nos concede el don de la sabiduría para que descubramos la igual dignidad, la vocación universal a la santidad y la necesidad de poner en práctica la participación en el oficio sacerdotal, profético y real de Jesucristo en la misión evangelizadora de cada Iglesia local.

Este camino sinodal, que la Iglesia debe recorrer cada día, es necesario acogerlo, alimentarlo y fortalecerlo constantemente mediante la participación consciente y activa en la Eucaristía. En este sentido, la Ordenación General del Misal Romano nos recuerda que la Eucaristía “es el centro de toda la vida cristiana para la Iglesia, tanto universal como local, y para todos los fieles” (OGMR n.16)

Con mi sincero afecto y bendición, feliz día del Señor.

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 Atilano Rodríguez Martínez
Obispo de Sigüenza-Guadalajara

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