Santa Misa de acción de gracias y de despedida de la diócesis de Albacete

Homilía de
Mons. D. CIRIACO BENAVENTE MATEOS
Administrador apostólico de Albacete

ciriaco10112018

S.I. Catedral de San Juan Bautista, Albacete
Sábado, 10 de noviembre de 2018

Queridos hermanos sacerdotes concelebrantes;
Queridos diáconos, seminaristas;
Excmo. Sr. Alcalde y miembros de la Corporación Municipal;
Mis queridos hermanos de la Diócesis de Albacete.

Las lecturas que han sido proclamadas tienen, todas, tono, y son de acción de gracias. Terminando ya el libro conocido como Eclesiástico, el Sumo sacerdote, Simón, bendice al Señor por la obra de la creación, porque ha acompañado la existencia del hombre desde el seno materno y porque ha tratado al pueblo con misericordia y espera que así lo siga tratando. También el salmo interleccional es un canto de acción de gracias: “Te doy gracias, Señor, de todo corazón. Daré gracias a tu nombre por tu misericordia y tu lealtad”.

En la segunda lectura, San Pablo, nos dice que, cada vez que recuerda a la comunidad filipense a la que escribe esta carta, siempre que reza por ellos, da gracias a Dios y dice: “porque habéis sido colaboradores míos en la obra del Evangelio desde el primer día hasta hoy”.

Y ya conocemos el canto del Magnificat, impregnado del sentido de gratitud y alabanza que recorre todo el Antiguo Testamento, “proclama la grandeza del Señor, porque ha mirado la pequeñez de su esclava…, porque su misericordia llega a sus fieles de generación en generación”.

Salvadas todas las distancias, podíamos decir que estas palabras se cumplen en nosotros, se cumplen también en mí. Os invito a sumaros a mi acción de gracias por la misericordia y la generosidad que el Señor ha tenido conmigo y por tantos y tan buenos amigos y colaboradores como he tenido en vosotros. Y al decir “vosotros”, extiendo la mirada a toda la Diócesis.

No me cansaría de expresaros mi profundo agradecimiento a todos. A los hermanos sacerdotes y diáconos que, como colaboradores más inmediatos, habéis hecho más llevadero mi ministerio episcopal.

Gracias a quienes estáis presentes, queridos sacerdotes, y a quienes se han excusado porque tenían ocupaciones o estaban fuera y les era imposible estar.

Quiero tener un recuerdo agradecido a los compañeros difuntos, a quienes me tocó despedir con dolor y esperanza: D. Ireneo, D. Alberto y los más de veinte presbíteros a los que me ha tocado dar sepultura, excelentes maestros unos y ejemplares colaboradores otros. Siempre somos aprendices de cristianos, de presbíteros, de diáconos y de obispos. Y cuantas cosas he aprendido de ellos y de vosotros.

Gracias a los miembros de la Vida Consagrada, de quienes he recibido también admirables lecciones de gratuidad, de entrega y de fidelidad. Cuántas veces os he dicho, porque así lo sentía, que sois la caricia de Dios a los pobres y marginados.

Gracias a los numerosos cristianos laicos que, no habéis escatimado generosidad a la hora de arrimar el hombro en la liturgia, en la catequesis, en la acción caritativa y social o en el duro campo de la enseñanza, haciendo presente a una Iglesia que quería ser samaritana en medio del mundo, en la vida ordinaria.

Gracias a las autoridades municipales y autonómicas, civiles y militares, porque, más allá de la cortesía institucional ejemplar, hemos logrado unas inolvidables relaciones de mutua y respetuosa amistad. Muchas gracias.

Los logros pastorales que haya habido son fruto del esfuerzo y generosidad de todos. Agradezco de manera especial las numerosas muestras de cariño y los delicados detalles recibidos en estos últimos días, desde que se hizo pública la aceptación de mi renuncia por parte del Santo Padre. ¡Gracias!

Soy consciente también de que, por mi parte, los logros se han quedado más cortos que las aspiraciones, que en mi cuenta el “debe” es mucho más abultado que el “haber”. Os pido perdón a todos, especialmente a quienes no haya prestado la atención debida o haya defraudado por acciones u omisiones. Espero que me juzguéis con más misericordia que justicia. Así lo espero también del Señor, que nos supera infinitamente en bondad.

He querido y seguiré queriendo, con toda mi alma, a esta Iglesia y a sus fieles, tal y como me he sentido querido por tantos de vosotros. Doy gracias a Dios por haberos conocido, por haber trabajado junto a vosotros en esta iglesia de Albacete; por todo lo recibido que es, sin duda, mucho más de lo que he dado; por haberme sentido entre vosotros “en familia”.

Dios sabe que no he ambicionado bienes materiales, que no he buscado honras ni honores. En cambio, me llevo una riqueza que no cambiaría por todo el oro del mundo: el corazón lleno de vuestros nombres y de vuestros rostros. Y llevaré conmigo, como el título más honroso, el de Obispo Emérito de Albacete. Como llevaré también siempre conmigo, grabada en la retina del alma, la imagen de Nuestra Señora de los Llanos, que, como buena madre, siempre está haciendo favores y siempre ocultándolos. ¡Cuántos habré recibido de Ella!

En estos días, pensando en mi futuro inmediato, he recordado muchas veces los versos de San Juan de la Cruz: “ya no guardo ganado, ni ya tengo otro oficio, que ya sólo en amar es mi ejercicio”.

Quiera Dios que sea verdad lo del amar. Pero, mientras tenga salud y fuerzas, seguiré trabajando al servicio del Evangelio en todo lo que me sea posible. Después de recibir tanto del Señor y de la Iglesia, ¡cómo no emplear todo, lo que uno es y tiene, en su servicio!

Permitidme que mis últimas palabras las tome, salvadas otra vez las distancias, de San Pablo: “doy gracias a mi Dios cada vez que os menciono; siempre que rezo por vosotros, lo hago con gran alegría, por la parte que habéis tenido en la obra del Evangelio desde mi primer día entre vosotros hasta hoy. Esta es mi confianza: que el que ha inaugurado entre vosotros una empresa buena, la llevará a término… Esto que siento por vosotros está plenamente justificado: os llevo dentro… Testigo me es Dios de lo entrañablemente que os quiero, en Cristo Jesús. Y esta es mi oración: que vuestra comunidad de amor siga creciendo más y más en penetración y en sensibilidad, para apreciar los valores” (Flp 1).

Todas las gracias, que antes he expresado, vamos a unirlas a la Acción de Gracias de la Iglesia, que es la Eucaristía. Todo es fruto del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, muerto y resucitado para nuestra salvación.

Espero que nos sigamos viendo alguna vez. Rezad por mí. Y rezad por D. Ángel, vuestro nuevo Obispo, que es, y lo será también en Albacete, un excelente Pastor.

Acogedle con la misma generosidad con que me acogisteis a mí. ¡Muchas gracias!

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