Somos una gran familia contigo

Carta de
Mons. D. Francisco Gil Hellín
Arzobispo emérito de Burgos

Administrador apostólico de Ciudad Rodrigo

gilhellinfrancisco

Es muy duro no saber para qué hemos venido a este mundo, cuál es el sentido de nuestro trabajo y de nuestro dolor, qué hay después de la muerte y si vale la pena vivir. También es muy duro no tener una familia que nos quiera, unos hermanos con los que compartir las penas y las alegrías, alguien que está siempre dispuesto a disculpar, perdonar y ayudar, incluso cuando no lo merecemos. No es menos duro recorrer la vida sin fiarse de nadie, con los ojos del alma ciegos por la visión negativa y pesimista de las personas y de los acontecimientos, sentir angustia por el porvenir, y vivir pendiente del horóscopo o de las cartas de un adivino. Brevemente: es muy duro no tener fe, esperanza y amor.

Quienes hemos recibido el bautismo tenemos la suerte de habernos incorporado a una familia en la que se nos trasmite y alimenta la fe, se nos da una razón para vivir y morir con esperanza y se nos cuida con amor, a la vez que se nos enseña a amar. Esa familia es la Iglesia.

Lo saben muy bien, por ejemplo, las personas que han tenido que emigrar a un país distinto al suyo. Cuando participan en la misa de un domingo cualquiera en una iglesia cualquiera perciben de inmediato que aquellas personas a quienes todavía no conocen rezan el mismo credo que ellas, escuchan la misma Palabra de Dios que ellas y no les consideran extraños o intrusos. Aunque sientan la ruptura psicológica que ha supuesto dejar su país y familia, en esa celebración se sienten en su propia casa. Si, más tarde, tienen hijos, los bautizan los mismos sacerdotes que a los demás; cuando hagan la primera comunión y la confirmación la recibirán del mismo ministro que los nativos y en la misma ceremonia que ellos; y si están necesitados de ayuda espiritual o material no serán discriminados con respecto a los demás.

Pero no hace falta ser emigrante para tener esta experiencia de la Iglesia como comunidad de fe, de caridad y de esperanza. ¿No es verdad que la Iglesia nos ha dado a conocer a Jesucristo y nos ha enseñado que él nos ha salvado con su muerte y resurrección y nos ha hecho hijos de Dios y hermanos entre nosotros? ¿No es verdad que la Iglesia nos alimenta con la Palabra de Dios y la comunión sacramental,que nos perdona siempre que acudimos al sacramento de la penitencia, y que nos acompañará a lo largo de la vida y, de modo especial,cuando pasemos de este mundo a la eternidad?

El Día de la Iglesia Diocesana es una oportunidad para refrescar estas verdades, interiorizarlas más, gozar más con ellas y agradecerlas con más intensidad. También es una buena ocasión de sentimos orgullosos de pertenecer a ella y de comprometemos en ayudarla.

✠ Francisco Gil Hellín
Administrador apostólico de Ciudad Rodrigo

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