Día de la Iglesia Diocesana: ¡Gracias por compartir tu vida, tu tiempo, tus cualidades e incluso tus bienes!

Carta de
Mons. D. Ángel Pérez Pueyo
Obispo de Barbastro-Monzón

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Domingo 11 de noviembre de 2018

La conducta que tuvo la viuda de Sarepta con el profeta Elías, a pesar de su extrema necesidad, así como la de la pobre viuda del templo de Jerusalén que dio todo lo que tenía para vivir, representan la entrega total de Jesús al morir por nosotros para devolvernos la dignidad humana que habíamos perdido por el pecado (desamor).

No se podían haber escogido mejores pasajes bíblicos para celebrar el «DÍA DE LA IGLESIA DIOCESANA». Doy gracias a Dios porque cada día se van implicando más los diferentes «instrumentos» en nuestra «orquesta diocesana». Y va sonando más acorde y afinada. También os quiero dar las gracias a todos y cada uno de los hijos del Alto Aragón por vuestra coherencia y por vuestro testimonio de vida, por vuestro tiempo gratuito, por vuestras cualidades y bienes compartidos para que a nadie le falte ni el pan en la mesa ni el pan de la justicia, de la libertad, de la solidaridad, de la fraternidad, de la comunión, de la entrega, de la bondad, de la belleza, de la verdad, de la alegría, de la felicidad, del amor, de la ternura… en el corazón. Y así lograr, entre todos, una única y gran familia.

Permitidme, a modo de digresión, que en la persona de Carlos Mendi Villa, hijo de Malpica de Arba, evoque el servicio pastoral, tan humilde como fecundo, que como él realizan tantos otros evangelizadores en la humanización del mundo y de la Iglesia. En su caso, desde que se jubiló y está en la residencia sacerdotal de San Carlos junto con don Alfonso, cada semana me envía puntualmente (y a un centenar de personas más), la reflexión dominical que hace sobre las lecturas bíblicas que me sirve para confeccionar muchas veces la reseña semanal de Iglesia en Aragón. Este mismo servicio lo ofrecen en nuestra Diócesis a los animadores de la comunidad, los sacerdotes Rafael, Wilson y Chema, implicando además a las cuatro comunidades de clausura. Pensad por un momento en los cientos de personas voluntarias que nos ofrecen su testimonio de vida, que comparten gratuitamente miles de horas, que ponen al común sus cualidades, incluso su propio dinero (donativos significativos). La vida está tejida por miles de «puntadas», apenas imperceptibles, que van cosiendo, aunando, embelleciendo las relaciones entre las personas. Este modo de ser y de actuar, aunque pueda resultarnos paradójico, nos hace más felices y fecundos, libres y coherentes.

Como veis, la historia es tozuda. Las privaciones o contrariedades que podamos sufrir los cristianos, lejos de acobardarnos o acomplejarnos, nos espabilan del prolongado letargo y nos ayudan a madurar interiormente. En los nuevos «olimpos» que van emergiendo por doquier, se intenta erradicar a Dios del ámbito público, en el fondo para suplantarlo. Ignoran que jamás podrán acallar su voz porque, tarde o temprano, emergerá del corazón de todas estas personas anónimas, humildes y sencillas, creyentes y generosas que, como la viuda del evangelio, son capaces de darlo todo, incluso lo que necesitarían para vivir… En nuestra Diócesis muchísimas personas fueron capaces de dar incluso la vida. Con su gesto heroico fueron capaces de visibilizar y anticipar el Reino al que ansiaban llegar para gozar eternamente de la felicidad de Dios.

Estas dos mujeres viudas, recogidos sus gestos en la Biblia, tienen en común, además, el pertenecer a esa noble clase de personas insignificantes que hoy día no serían entrevistadas por los periodistas ni perseguidas por las revistas del corazón, pues no son jóvenes ni bellas, ni pertenecen a la alta sociedad; no son influyentes ni poseen abultadas cuentas bancarias ni se casan ni se divorcian para inservibles comentarios de reporteros y fotógrafos. Sin embargo, su talla humana es impecable. Sencillamente son dos mujeres viudas y pobres, marcadas por el infortunio de carecer de ingresos, de pensión y de seguros sociales. Solían ser blanco de la pobreza, de la injusticia y de la explotación; pero objeto de la predilección del Señor.

En las dos partes de la escena evangélica se contrastan dos estilos divergentes de vida. Jesús contrapone el aparentar al ser; y deja al descubierto la vanidad, la hipocresía y la codicia frente a la humildad, a la sinceridad y a la generosidad de la pobre viuda ante Dios. Todavía está por nacer alguien más «progre» y menos intolerante («talibán») que Jesucristo y de todos los que tratan de seguirlo con coherencia, aunque muchas veces se equivoquen. Esta es la «religión» que tantos temen, sin hipocresía ni formalismos, y la que Dios acepta porque se transparenta el corazón humano. La valoración de Dios no se mide por la cantidad sino por su intención. Por Dios se desprendió la buena mujer de todo lo que tenía; y, aunque dio tan sólo dos reales, echó en el cepillo más que nadie. Así son las matemáticas de Dios.

Al destacar su figura Jesús nos dice que el cristianismo, además de ser la religión positiva del SÍ a Dios y al hombre, a la vida y al mundo por estar basada en el amor, es también la religión del DAR y sobre todo del DARSE uno mismo. Esta es la mejor manera de expresar amor. Aprender a conjugar más el verbo dar y algo menos los verbos pedir, exigir, sobornar, delinquir…

Todos tenemos algo que dar a los demás, especialmente a quienes más lo necesitan, amor y servicio, respeto y alegría, justicia y dignidad, amistad y tiempo, vida y pan. Dar siempre y sobre todo darse a Dios y a los demás es el camino para ser persona, para ser libre, para estar abierto a los demás y, en una palabra, para ser discípulo misionero de Jesús. Él nos precedió con su ejemplo. Él vino para darnos vida, y se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza.

Con mi afecto y bendición

perez_pueyo_firma✠ Ángel Pérez Pueyo
Obispo de Barbastro-Monzón

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