Religión: ¿privilegio de la Iglesia o derecho de los padres?

Carta de
Mons. D. Celso Morga Iruzubieta
Arzobispo de Mérida-Badajoz

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Domingo 28 de noviembre de 2018

Queridos fieles:

¿La asignatura de religión en la escuela -en la así mal llamada “publica” o en la de iniciativa social- encaja en un Estado aconfesional? Esta pregunta presupone otras previas: ¿La asignatura de religión en la escuela -en la así mal llamada “publica” o en la de iniciativa social- es un privilegio que el Estado concede a los padres, que son ciudadanos de ese Estado, o es un derecho innato de los padres ciudadanos de ese Estado y, por tanto, un derecho anterior al mismo Estado? Pero ¿qué es el Estado? ¿No es la persona anterior al Estado? ¿No son los derechos de la persona anteriores al Estado?

Muchos pensamos que la elección del modelo de educación para sus hijos es un derecho innato de los padres, que viene reflejado -como no puede ser de otra forma- en la Constitución (art.27.3) y en tratados internacionales suscritos por el Estado español, entre otros, por la misma declaración de los Derechos humanos (1948), pero que ni la Constitución ni esos tratados son fuente de ese derecho sino que lo reconocen, porque la fuente o raíz de ese derecho es anterior a toda forma de organización de la sociedad y se encuentra en la misma naturaleza de la paternidad y la maternidad.

Interpretar la aconfesionalidad del Estado como un desterrar la religión de la escuela, o, lo que es casi lo mismo, tolerarla sin la debida consistencia y evaluación, nos parece a muchos que es ir contra ese derecho innato (natural) de los padres. Nadie se puede apropiar en exclusiva del Estado, que no es otra cosa que un determinado modo de organización de todos los ciudadanos de una determinada sociedad. Desde estas premisas, nos parece que un Estado aconfesional quiere decir, entre otras cosas, asegurar la libertad religiosa y favorecer el pluralismo social de todos sus ciudadanos y, en concreto, de que los padres, que forman parte de esa sociedad como ciudadanos, puedan ejercer su derecho innato a la educación de sus hijos en el ámbito religioso y moral, que ellos prefieran.

España no puede ser una excepción en la Unión Europea, donde en la totalidad de los veintisiete países miembros, si exceptuamos Francia que tiene carácter extraescolar, se imparte la asignatura de religión, porque se estima que contribuye al desarrollo integral de la persona humana. La educación no puede tener otro objeto sino el pleno desarrollo de la personalidad humana y así viene establecido en la Constitución (art.27.2). Sin la dimensión trascendente simplemente la persona no se entiende. Aunque se niegue esa trascendencia, lo que no se puede negar es que, en la persona, está la permanente pregunta por la trascendencia y, sin esa pregunta o inquietud, no hay desarrollo de la persona. Ese desarrollo de la persona queda incompleto si no da respuesta a esa inquietud o esas preguntas fundamentales y permanentes. Benedicto XVI de cía, que “la formación religiosa hace al hombre más hombre”.

Tenemos que pensar muy bien hacia donde queremos orientar la educación en nuestro país. Es algo de una importancia fundamental para la sociedad. Si la religión, en nuestro caso el cristianismo, lo miro como un acerbo cultural de un partido político que considero adversario y, por tanto, minando ese acerbo, considero que estoy minando su apoyo social, pienso que nos estamos equivocando seriamente. Se trata de una cosa tan seria como admitir o negar la trascendencia en el ser mismo de la persona humana y, sin apertura a la trascendencia, no nos engañemos, el ser humano no se entiende.

La persona está permanentemente abierta a ese misterio que percibe en sí misma. Esto es tan claro como que se trata de una experiencia universal, desde los orígenes de la humanidad. Y la prueba está en mirarnos hacia dentro de nosotros mismos. Esas preguntas no dependen de una determinada cultura o de un determinado tiempo o lugar. Son universales, de todos los tiempos, de todas la épocas, de todos los lugares. Si negamos esa apertura con una educación cerrada a la trascendencia, estamos educando negando u olvidando una dimensión fundamental de la persona. Sin la tensión espiritual que nos completa, ¿en qué nos diferenciamos de las bestias?

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 Celso Morga Iruzubieta
Arzobispo de Mérida-Badajoz

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