Anunciar la alegría del encuentro con Jesucristo. El encuentro se hace misión

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Carta Pastoral de
Mons. D. AMADEO RODRÍGUEZ MAGRO
Obispo de Almería

En el Año de la Misión 2018-2019

DEL VATICANO II HASTA ESTA HORA DE LA IGLESIA

Para orientar el curso pastoral

Desde mi ordenación episcopal, en la Santa Iglesia Catedral de Plasencia, hace ya de eso quince años, siento como obligación orientar cada curso pastoral con una carta, en la que suelo hacer una reflexión, dirigida a las comunidades cristianas de mi Diócesis, antes Plasencia y ahora Jaén, para poner en común las intuiciones esenciales del Plan Diocesano de Pastoral. Entiendo que el Obispo y Pastor de la Diócesis ha de ofrecer una primera y personal reflexión sobre las motivaciones fundamentales que nos mueven. En ellas recojo, sobre todo, mi preparación interior, antes de ofreceros las recomendaciones que considero necesarias para abordar el objetivo esencial de cada año pastoral.

Normalmente, todo lo que nosotros hacemos lo paso por el magisterio de la Iglesia, que nos alerta sobre las necesidades pastorales del tiempo presente y también me sumo a las experiencias que voy poco a poco recogiendo, con una mirada atenta a la Conferencia Episcopal Española y al quehacer de algunas diócesis, las que considero que van por el buen camino de ser una Iglesia en misión.

En la línea pastoral del Vaticano II

Por mi parte, desde que desperté al sentido pastoral de la Iglesia de nuestro tiempo, siempre estuve atento a lo que iba haciendo en ella el Espíritu Santo, su verdadero animador. De un modo especial, he seguido, por responsabilidad personal y por los servicios que he tenido que prestar, las líneas maestras de la Iglesia postconciliar. Con pasión, ilusión y con un minucioso estudio he procurado entrar en todo cuanto se mueve hacia un horizonte misionero.

Siendo aún un joven sacerdote tuve la oportunidad de rezar y de estudiar con entusiasmo la Exhortación Apostólica de San Pablo VI Evangelii Nuntiandi, ese excepcional documento sobre la evangelización que marcaba el rumbo de la Iglesia posconciliar hacia un claro movimiento evangelizador. En él se mostró con claridad la conciencia de que «la Iglesia existe para evangelizar»[1].  Decir Iglesia es decir misión, ser Iglesia es ser misión. Se puede muy bien decir que todo lo que se ha ido señalando después en el magisterio, no ha sido más que una lectura y desarrollo de este primer documento sobre una Iglesia evangelizadora, en el que se recogía, de mano de su mejor y más autorizado interprete, la línea pastoral marcada por el Concilio Vaticano II. No hay un documento de un mayor y más definitivo alcance misionero que el que salió, en el año 1975 del magisterio de aquel Papa sabio y santo. En Evangelii Nuntiandi se presenta la evangelización como centro vital de la Iglesia.

En la senda de la nueva evangelización

Desde sus mismos comienzos tuve la oportunidad de seguir, tanto en mi ministerio como en mis estudios, el nuevo horizonte que San Juan Pablo II le daba a la misión de la Iglesia con la Nueva Evangelización. Este matiz de novedad nos aproximaba aún más a los signos de nuestro tiempo y centraba la evangelización en las situaciones de nuestro entorno más próximo, marcado por la secularización, aunque la evangelización, por su lógica apostólica, siempre sea universal. Desde que por primera vez lo hizo en Nowa Huta (1979) y más tarde en Puerto Príncipe (1983), la Nueva Evangelización se convirtió en el programa pastoral del comienzo del nuevo milenio. Con él quería recordar que la novedad para el anuncio del Evangelio en estas circunstancias y en este tiempo no podía ser otra que el redescubrimiento y la profundización de la novedad que siempre es Cristo. Propuso en su magisterio una mirada actualizada y cercana para la evangelización en la Iglesia. Nada se programaba en la Iglesia, en sus múltiples y ricas experiencias, que no estuviera situado en el camino marcado por la nueva evangelización y por su invitación a hacer nuevas todas las cosas, en el Espíritu, en su ardor, en sus métodos y en sus expresiones. El horizonte misionero siempre estuvo presente en el ministerio y magisterio del Santo Papa, y siempre lo impulsó, además de con santidad, con inteligencia y lucidez pastoral. Para eso, san Juan Pablo II alentó también la lógica apostólica de un envío universal en la encíclica Redemptoris Missio.

Con la fantasía del Espíritu

También el pontificado del Papa emérito Benedicto XVI tuvo una clara orientación misionera. Convocó el Sínodo de los Obispos sobre la nueva evangelización para la transmisión de la fe, que tuvo lugar en el año 2012. Este evento de comunión eclesial se hace para pensar la nueva evangelización como una invitación en nuestro tiempo del anuncio del mensaje cristiano, para un encuentro con el Señor y un redescubrimiento de la fe. El Sínodo muestra, en toda su reflexión, la necesidad de recomenzar la evangelización para redescubrir la fe. El punto de partida para la evangelización lo puso en dejarse llevar por la fantasía del Espíritu Santo, que abre caminos para el Evangelio a partir de la santidad. De ahí que recuerde que sólo los santos son profecía de la nueva evangelización.

Antes, el Papa emérito había convocado también, con la Carta Porta Fidei, el Año de la fe, en el que se quería crear un clima espiritual que llevase a redescubrir la alegría de creer[2] en un mundo que necesitaba realmente el aliento misionero. “Nos aflige un gran problema, el de los católicos que abandonan cada día más, sobre todo en las generaciones jóvenes, la vida eclesial. Esos han de constituir para nosotros un motivo de preocupación, pues hemos de ser conscientes de que se van porque son incapaces de resistir al agnosticismo, relativismo y laicismo. Se trata de bautizados no suficientemente evangelizados y por eso fácilmente influenciables en su fe frágil, confusa, vacilante e ingenua. Les falta, en definitiva, una evangelización en la que Cristo y su Iglesia estén en el centro de toda explicación”[3]. Con esa intención, el Papa Benedicto XVI orientó un acontecimiento que, a la larga, ha sido decisivo para el presente y el futuro pastoral de la Iglesia, la V Conferencia General del CELAM, en Aparecida (Brasil). De allí surgió un documento titulado: Discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos en Él tengan vida. «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 16,4).

Evangelii Gaudium, una nueva y audaz orientación misionera

Con el pontificado de Benedicto XVI y antes con el documento de Aparecida (2007) parece que algo nuevo se movió en la búsqueda de una Iglesia en estado permanente de misión, la que el Papa Francisco propone en Evangelii Gaudium.  En esta Exhortación Apostólica que recoge la petición de los padres sinodales y que incluye una audaz visión de la evangelización, con un tono de casi total novedad y con propuestas de líneas de acción que alienten y orienten a la Iglesia de nuestro tiempo en su misión evangelizadora.

Por mi parte, os puedo decir que en mi magisterio como Obispo siempre recogí con entusiasmo cuanto se proponía en Evangelii Gaudium. Así lo mostré en mis dos escritos inmediatos sobre este documento. El primero se titulaba: «¿Por qué me gusta Evangelii Gaudium?» Y en un segundo escrito, en el que ahondaba de nuevo en la Exhortación Apostólica, que titulé: «Edificar la Iglesia con la alegría del Evangelio. Claves para un programa de pastoral que nos sitúe en estado permanente de misión». En realidad, este documento, que preparé para otra Diócesis, casualmente andaluza, fue el punto de partida para el programa pastoral que ahora nos orienta. Como sabéis muy bien, nuestro Plan Diocesano de Pastoral está inspirado, en sus claves fundamentales, en el magisterio pastoral del Papa Francisco.

Con el sueño misionero de llegar a todos

Hasta el lema en el que nos estamos moviendo tiene su punto de partida en Evangelii Gaudium, en el número 27, donde se describe el sueño misionero de Francisco. Tambien su formulación, exactamente la misma, aparece en el número 31. Recuerdo que, mientras paseaba por las calles de Lisboa con un grupo de amigos, donde fuimos desde Fátima a pasar el día, en el precioso barrio de El Chiado, al entrar en un templo me fijé en un cartel que anunciaba un sínodo diocesano de aquella diócesis portuguesa. En principio, aunque me gustó el lema, no le di más importancia; pero recuerdo que, como no se me iba de la cabeza, me volví, lo fotografié para que no se me olvidara, y fue así como lo asumí para que guiara también la vida pastoral de nuestra Diócesis. No sé en realidad qué resultado está dando en Lisboa, pero en la Diócesis de Jaén nos está inspirando e impulsando en nuestro camino de renovación misionera. Así que ya sabéis de dónde viene todo lo que nos está motivando y moviendo en la pastoral de nuestra Diócesis.

CON UN PROGRAMA QUE LE DA CORAZÓN Y ROSTRO A LA IGLESIA DE JAÉN

El sueño misionero que se hace programa de pastoral

El sueño misionero se plasmó en un Plan Diocesano de Pastoral para los próximos cuatro años: VIVIMOS EN COMUNIÓN, ANUNCIAMOS EL EVANGELIO, CELEBRAMOS EL MISTERIO DE CRISTO, FOMENTAMOS LA CARIDAD. Estas son las cuatro expresiones de su dinamismo pastoral en clave de misión. Año a año, lo vamos plasmando en la vida de nuestra Diócesis y, en concreto, en la de nuestras comunidades cristianas. Las propuestas generales de líneas de acción, objetivos y acciones, que aparecen en este documento base, las vamos concretando con un proceso de participación similar al que hicimos para elaborar el Plan Diocesano de Pastoral.

En el año pastoral pasado (2017-18) creamos el clima eclesial que necesitábamos, apuntalando nuestra vida espiritual y pastoral en la comunión. Se fomentaron los encuentros y asambleas, y se consolidaron los instrumentos de participación en las parroquias y en la Diócesis, en especial los Consejos de Pastoral. Vivir en comunión fue nuestro propósito. A pesar de nuestra fragilidad, nos propusimos ser casa y escuela de sinodalidad. Ahora, que estamos evaluando lo vivido, es de esperar que la sinodalidad se haya instalado entre nosotros, no sólo como actitud interior sino también tomándonos en serio el uso de «las manos» de la comunión que, como decíamos, son los consejos y todas las experiencias de encuentro fraterno.

Ojalá que nuestra Iglesia tenga el atractivo de la comunión «para que el mundo crea». De este modo, hemos querido hacer lo que nos pedía el Papa Francisco: «A los cristianos de todas las comunidades del mundo, quiero pediros especialmente un testimonio de comunión fraterna que se vuelva atractivo»[4]. Con la comunión practicada, hemos ido fomentado, aunque aún quede mucho por hacer, un auténtico camino comunitario, el que siempre se necesita para emprender el camino de la misión. La comunión hace más fácil que nos dejemos interrogar por la realidad, que revisemos el camino ya realizado y que encontremos el estilo pastoral que necesitamos.

De la comunión a la misión

Cuando aún buscábamos el atractivo de la comunión, en la Pascua pasada comenzamos nuestra preparación para el Año de la Evangelización en el que ahora estamos. Lo primero que hicimos fue convertirnos en vigías de nuestra realidad. Queríamos descubrir, para ser conscientes, por qué es necesario todo el movimiento y clima misionero que pretendemos crear. Entre todos hemos descubierto, en primer lugar, que nuestra situación es de misión, porque también entre nosotros se ha instalado la secularización. Es verdad que en apariencia hay todavía entre nosotros un humus y un clima religioso evidente, con el que algunos pretenden justificar su inmovilidad en una pastoral de conservación, que ya no va conservando nada. Sin embargo, el desierto de la desaparición de Dios de muchas conciencias y de muchas vidas es evidente entre nosotros. Incluso entre los que dicen ser religiosos: su relación con Cristo y con el Evangelio, al menos en actitudes, juicios y comportamientos, deja mucho que desear y es pobre y superficial.

En tiempos nuevos, con signos nuevos

En mi lectura de la síntesis de la reflexión compartida por miles de vosotros, he descubierto que se asume con total naturalidad que nuestra Iglesia diocesana necesariamente ha de ser misionera, ha de situarse en estado permanente de misión. El análisis que recoge lo que habéis visto a vuestro alrededor muestra que es evidente que la relación de muchas personas con la Iglesia y con la fe no es muy halagüeña. Estando, así las cosas, es natural que eso nos preocupe a los hijos de la Iglesia, y en especial a aquellos que colaboran en engendrar a la fe a niños y niñas hasta una edad bastante avanzada de sus vidas y veis que luego se apartan de la comunidad cristiana y viven como si nada hubieran recibido.

Además, son cada vez más los que nunca tuvieron una relación con la fe y con la Iglesia, ni siquiera en su crianza. Si se bautizaron, nunca pudo desarrollarse en sus vidas la gracia del bautismo, quizás porque no estuvo garantizada su educación cristiana; sus padres no cumplieron el compromiso de cuidar y acompañar el desarrollo de la fe de sus hijos. Crece cada vez más el número de los que viven al margen de toda referencia religiosa, por mucho que se encuentren con ella en manifestación de religiosidad que, por desgracia, a veces, por diversas causas, no tienen mucho gancho misionero.

Hemos descubierto que «la religión ya no se ve como la forma privilegiada para acceder al sentido de la vida, y está acompañada, y algunas veces reemplazada, por ideologías y otras corrientes de pensamiento, o por el éxito personal o profesional»[5].

En tiempos malos con vigías buenos

No obstante, este sencillo y certero discernimiento lleva claramente a muchos a hacerse esta pregunta: ¿Qué quiere decirnos Dios en este momento y en esta situación? Sois conscientes de que de estos signos de los tiempos hay que sacar conclusiones lúcidas y misioneras. Por mi parte, os puedo decir que, al escuchar y leer lo que se ha dicho entre vosotros, he percibido claramente «la mirada del discípulo misionero, que se alimenta a la luz y con la fuerza del Espíritu Santo»[6].

Sólo así el discernimiento hecho se ha de convertir en un desafío que nos lleve a procurar estar muy cerca de la vida real y de los problemas concretos de las personas con las que convivimos. En realidad, los tiempos malos que hemos descubierto son para los vigías buenos, que también descubren lo que hemos de hacer. En el discernimiento hemos de tener claro que «es preciso esclarecer aquello que pueda ser un fruto del Reino y también aquello que atenta contra el proyecto de Dios. Esto implica, no sólo reconocer e interpretar las mociones del buen espíritu y del malo, sino —y aquí radica lo decisivo— elegir las del buen espíritu y rechazar las del malo»[7]. El discernimiento que hemos hecho ha puesto de relieve aquellos aspectos de la realidad que pueden detener o debilitar los dinamismos de renovación misionera de la Iglesia y aquellos que hay que potenciar.

Discernir en una Iglesia sinodal

Estamos contentos de haber podido discernir juntos el camino misionero que queremos hacer. Sabemos que discernir es un verbo fundamental en la Iglesia sinodal en salida que pretendemos ser. Como dice el Papa Francisco: «La Iglesia en salida es la comunidad de discípulos misioneros que primerean, que se involucran, que acompañan, que fructifican y festejan»[8]. De estos verbos el más sinodal es “acompañar”. La Iglesia acompaña a la humanidad en todos sus procesos, por más duros y prolongados que sean.

En el análisis realizado en nuestra reflexión he podido ver que os preguntáis, con mucho sentido de responsabilidad misionera, ¿qué está pasando? Y también compruebo, afortunadamente, que empezáis a decir: ¿qué puedo hacer yo?  Se nota que va calando en nosotros el mirar hacia fuera y no preocuparnos tanto de cuidar nuestra casa, que, por otra parte, no debemos descuidar nunca. Se percibe que ya muchos piensan y siente que la Iglesia evangeliza porque ha recibido de Jesús el encargo de llevar la buena noticia del Evangelio a todos (cf Mc 16,19); y lo hace consciente de que en esa misión el mismo Jesús está con nosotros (cf Mt 28,20). La Iglesia evangeliza porque quiere que en ella se cumplan también las palabras del profeta Isaías, que Jesús comentó en la sinagoga de Nazaret y terminó aplicándoselas a si mismo (cf Lc 4,18). La Iglesia sabe que está enviada a todas las periferias existenciales, a las espirituales, a las sociales, a las del dolor… A todas las que hoy decidiría ir el mismo Jesús al volver a proclamar el texto de Isaías 61,1. Pero es a la Iglesia a la que le toca ir a sanar en el nombre de Jesucristo. La Iglesia ha de salir (ad) hacia la gente y estar (inter) entre la gente para compartir, allí donde seamos enviados, nuestra vida en Cristo, para que otros tengan vida.

Con el sensus fidei de todos nosotros

Se puede decir que, en la síntesis de la reflexión misionera hecha por todos se recoge el sensus fidei de nuestros sacerdotes, de nuestras consagradas y consagrados, y en especial de nuestros laicos, y se percibe que se está despertando entre nosotros una clara vocación de vigías de la realidad. Se empieza a notar, por la lectura del documento, que sabemos dónde estamos y lo que se pide de nosotros. Se nota que, como vigías de la Iglesia que mira al mundo, queremos situar nuestro corazón y nuestros ojos en la mirada contemplativa de Jesús. Queremos ser de verdad, en Él, discípulos misioneros. Queremos ser discípulos que enriquecen su mirada dejando que Jesús ponga en nosotros toda la riqueza y verdad de la buena noticia del Evangelio. En realidad, para ser un buen vigía hemos de tener en cuenta que hemos de cuidar la calidad de nuestra vida cristiana en el cultivo de la santidad. «Para un cristiano no es posible pensar en la propia misión en la tierra sin concebirla como un camino de santidad, porque “esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación” (1 Ts 4,3). Cada santo es una misión; es un proyecto del Padre para reflejar y encarnar, en un momento determinado de la historia, un aspecto del Evangelio»[9].

Como discípulos formados en el corazón de Cristo

El corazón de Cristo ha de conformar el nuestro. «Es Cristo que vive en mí» (Ga 2,20). Con el evangelizador Jesucristo se acerca al corazón del pueblo. Por eso, el que evangeliza ha de mirar como Jesús mira, (cf Mc 10,21). Nos lo recuerda el Papa: «La misión tiene su sentido pleno en Cristo y sólo se entiende desde Él. En el fondo, la santidad es vivir en unión con Él los misterios de su vida. Consiste en asociarse a la muerte y resurrección del Señor de una manera única y personal, en morir y resucitar constantemente con Él»[10]. Sólo en Cristo concebiremos la totalidad de nuestra vida como una misión. Por eso hemos de cultivar aquellos medios que hagan de nosotros evangelizadores con espíritu; sobre todo hemos de peguntarle al Espíritu qué espera Jesús de nosotros. A partir de ahí podemos entrar a la misión.

«Cautivados por ese modelo, deseamos integrarnos a fondo en la sociedad, compartimos la vida con todos, escuchamos sus inquietudes, colaboramos material y espiritualmente con ellos en sus necesidades, nos alegramos con los que están alegres, lloramos con los que lloran y nos comprometemos en la construcción de un mundo nuevo, codo a codo con los demás. Pero no por obligación, no como un peso que nos desgasta, sino como una opción personal que nos llena de alegría y nos otorga identidad»[11].

En este itinerario misionero

Tras apuntalar nuestra mirada como discípulos misioneros, hemos de preguntarnos cómo evangelizar. Una propuesta válida puede ser este itinerario:

1. Lo primero de todo es salir para encontrar y conocer a las personas allí donde se encuentren. No podemos encerrarnos en nosotros mismos ni buscar seguridad en estructuras y actividades consolidadas.

2. Una vez establecido el contacto, hay que anunciar el mensaje del Evangelio con las palabras y con un estilo de vida que confirme la fe proclamada.

3. Cuando nos encontremos con las personas a las que le proponemos la fe, hemos de saber habitar entre ellos, es decir, hemos de vivir entre la problemática social en la que se encuentran y contribuir a la solución de sus problemas, sean los que sean, y siempre colaborando en la búsqueda del bien común.

4. A los que escuchen y acojan el mensaje cristiano, hemos de invitarlos a venir a la Iglesia o a volver, si se hubieran alejado, para lo que las parroquias han de estar siempre disponibles a acompañar y educar a los que se interesan por Cristo.

5. Nuestras comunidades han de ofrecer siempre caminos de maduración en la fe, durante el tiempo que se necesite, con un acompañamiento personalizado y adecuado.

6. El objetivo de la acción misionera será siempre el de transfigurar el rostro de la sociedad, rompiendo las cadenas que tienen oprimidos a tantos individuos y colectivos y promoviendo lógicas inspiradas en la justicia y en la misericordia.

SIEMPRE GUIADOS POR EL PRIMER ANUNCIO

La evangelización sucede en el encuentro personal con Jesucristo

La evangelización comienza siempre en «un encuentro» de persona a persona y culmina en el encuentro personal con Jesucristo. Jesús, en un encuentro con el evangelizador, envía a anunciar la alegría del encuentro con Él. Evangelizar consiste en contar a otro lo que Jesús ha hecho por mí y en mí. En la Evangelización hemos de ser conscientes de que mi experiencia atrae a otros a la alegría del encuentro con Jesucristo. El evangelizador pone en el anuncio el mismo amor que él ha recibido de quien le envía. De ahí que, si la fuerza del kerygma se pierde o no ha penetrado profundamente en la vida del evangelizador, el anuncio no pasará de ser, en el mejor de los casos, la palabra de alguien bien informado, quizás con técnicas muy actualizadas y atractivas, pero le faltará el testimonio de vida. Es por eso que el Papa Francisco dice: «Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso»[12].

El primer anuncio siempre ha de partir de la calidad de un discipulado bien conformado en el encuentro personal con Cristo, en quien nace y renace la alegría[13]. Sólo así el primer anuncio es, desde su mismo origen, fundamento permanente de todo el camino de conversión y de todo el proceso de configuración de la vida en Cristo. Como dice el Papa Benedicto XVI: «La evangelización de las personas y de las comunidades depende totalmente de la existencia o no de este encuentro con Jesucristo»[14]. Será un encuentro con quien es evangelizado y con quien evangeliza.

Todo empieza por el primer anuncio

El primer anuncio es aquella acción evangelizadora que intenta proponer el «corazón» del Evangelio –Cristo resucitado mediador de la comunión con Dios– al corazón de las personas. Con él empieza todo el itinerario de la fe que se hace vida. «La aceptación del primer anuncio, que invita a dejarse amar por Dios y a amarlo con el amor que Él mismo nos comunica, provoca en la vida de la persona y en sus acciones una primera y fundamental reacción: desear, buscar y cuidar el bien de los demás»[15]. Si el desarrollo de la vida cristiana empieza por el primer anuncio, todo el itinerario de la fe, que se hace vida, ha de ir creciendo con su convicción y su fuerza en la vida de quien lo acoge y acepta. El primer anuncio, si es aceptado, pone a quien lo recibe en un camino que ha de ir madurando poco a poco; un camino que preferentemente ha de ser catecumenal. Es el camino que conocemos como iniciación cristiana.

Con el anuncio llega una propuesta de vida. El convertido en Cristo por el primer anuncio ha de poner su vida en manos de la Iglesia, para que lo lleve por un itinerario de fe, en el que se ofrece un conocimiento de Cristo, un estilo de vida cristiana que nos conforma con el Señor y nos comunica la gracia sacramental del Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía. Se trata de un itinerario que es catequético, sacramental y espiritual.

Todo a la luz del kerygma

Así nos lo recuerda el Papa Francisco: este itinerario lleva siempre la fuerza de la primera invitación a la fe: «No hay que pensar que en la catequesis el kerygma es abandonado en pos de una formación supuestamente más “sólida”. Nada hay más sólido, más profundo, más seguro, más denso y más sabio que ese anuncio. Toda formación cristiana es ante todo la profundización del kerygma que se va haciendo carne cada vez más y mejor, que nunca deja de iluminar la tarea catequística, y que permite comprender adecuadamente el sentido de cualquier tema que se desarrolle en la catequesis»[16].

Con el anuncio tiene que llegar a quien lo recibe una propuesta de vida, que necesariamente ha de fraguar en un camino que le vaya señalando el horizonte al que se propone llegar hasta comprender y aceptar el valor del Evangelio para toda su existencia. La fe que promovemos no es sólo hacer lo que está mandado, como sucedía en épocas en las que era el ambiente el que hacía la primera evangelización. Hoy evangelizar es una aventura en la que hemos de llevar la propuesta del amor de Dios como regalo para la vida de aquellos a los que se lo ofrecemos. El mensaje anunciado quiere provocar un descubrimiento personal, que sea la llave que abra la vida de los que están en búsqueda de amor y salvación, al que hay que ir abriéndose. Hoy hay que volver al Evangelio encontrado y vivido. Los evangelizadores hemos de saber decir que donde entra el Evangelio lo renueva todo, lo recalifica todo, lo reestructura todo.

Hay que acompañar el crecimiento de la fe

Ya no existe el catecumenado social que hacía la preparación ambiental primera para un camino de fe. A la mayoría de las personas las evangelizamos casi a partir de cero; cuando nosotros llegamos, aún no ha habido en muchos de ellos una primera propuesta, un despertar que haya dejado una huella consistente. Eso hace más urgente que en los itinerarios de iniciación cristiana de adultos o niños el kerygma ejerza permanentemente su influencia. A todos nos preocupa cómo hace nuestra Iglesia diocesana su papel de madre, que ha de acompañar el crecimiento de la fe de los hijos a los que va engendrando por el Bautismo. Las actuales circunstancias en las que se inicia en la fe están pidiendo a gritos un estilo pastoral de iniciación que sea más artesanal y personal y que tenga en cuenta la vida y las circunstancias ambientales de cada uno de aquellos a los que acompaña en su camino de fe, que, a veces, no tiene entorno cristiano y, en ocasiones, ese entorno hasta le es hostil. Estamos, pues, llamados a implantar un nuevo estilo de iniciar en la fe, más de carácter catecumenal. Y esta clave de iniciación, en cuanto camino en el que nos adentra la conversión que nace del anuncio del kerygma, no se puede perder en una Iglesia misionera.

Señaladas ya las consecuencias del primer anuncio en la vida cristiana y consecuentemente en la vida de la Iglesia, vuelvo hacia atrás, para responder a una pregunta que muchos de vosotros os habéis hecho: ¿qué es el primer anuncio? Siguiendo a un conocido autor, se puede decir que el primer anuncio en estado puro consiste en proponer:

El sentido original de la fe cristiana como encuentro personal y comunitario con Jesucristo, porque esa es la verdadera novedad que esperan las expectativas del hombre de nuestro tiempo.

Con un lenguaje adecuado para llevar el amor y la amistad de Dios a un mundo sin esperanza, a un mundo que incluso ha perdido la conciencia de la nostalgia de Dios.

En un Congreso europeo en el que se abordó este tema, se afirmó: «Con la expresión primer anuncio nos referimos a aquellas acciones evangelizadoras específicas, espontáneas u organizadas, realizadas por individuos o por grupos, que tienen la finalidad de proponer el mensaje nuclear del Evangelio –Cristo resucitado mediador de la comunión con Dios– a quien no conoce a Jesús, a quien habiéndolo conocido se ha alejado de Él, y a quien pensando conocerle vive una fe superficial, con la intención de suscitar en todos ellos un interés por Jesucristo que pueda llevarles a una primera conversión y adhesión de fe o a una revitalización y renovación de la fe viva en Él»[17].

El kerygma es un acontecimiento

Lo que mejor califica al kerygma es que siempre supone en la vida de quien lo acoge y acepta un acontecimiento. De hecho, lo más decisivo del kerygma es que está llamado a instalarse en el corazón de la persona que acepta el anuncio de la muerte y resurrección de Jesús como un acontecimiento que le cambia la vida. «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva»[18].

Para que esto suceda, el primer anuncio ha de proponer un contenido esencial y atrayente: «La belleza del amor salvífico de Dios manifestado en Jesucristo muerto y resucitado». Eso es lo que lleva en su interior el kerygma, es su fuerza y su verdad. «La centralidad del kerygma demanda ciertas características del anuncio que hoy son necesarias en todas partes:que exprese el amor salvífico de Dios previo a la obligación moral y religiosa, que no imponga la verdad y que apele a la libertad, que posea unas notas de alegría, estímulo, vitalidad, y una integralidad armoniosa que no reduzca la predicación a unas pocas doctrinas a veces más filosóficas que evangélicas»[19].

Primacía del kerygma en una pastoral de misión

Seguramente, ya hemos comprendido que el kerigma ha de tener la primacía en la pastoral evangelizadora. «El kerygma es el fuego del Espíritu que se dona en forma de lenguas y nos hace creer en Jesucristo, que con su muerte y resurrección nos revela y nos comunica la misericordia infinita del Padre»[20]. El evangelizador ha de ser fiel, en su corazón y en su palabra, a la esencia del kerygma, para poder comunicarlo a sus hermanos: «Jesucristo te ama, dio su vida para salvarte, y ahora está vivo a tu lado cada día, para iluminarte, para fortalecerte, para liberarte»[21]. Este contenido obliga a cuidar que el mensaje pueda llegar a sus destinatarios con el lenguaje con el que mejor sea acogido y comprendido. «No hay que pensar que el anuncio evangélico deba transmitirse siempre con determinadas fórmulas aprendidas, o con palabras precisas que expresen un contenido absolutamente invariable. Se transmite de formas tan diversas que sería imposible describirlas o catalogarlas»[22].

Todo lo que nos proponemos hacer en este año de la misión ha de estar bien situado en la fuerza dinamizadora del primer anuncio. «Nada hay más sólido, más profundo, más seguro, más denso y más sabio que ese anuncio»[23]. Como dice un autor contemporáneo: «el primer anuncio es el punto más alto y extraordinariamente elevado desde el que se ve y se comprende todo. De ahí que la evangelización no sea sólo la etapa de un proceso, sino como la luz constante de todo el dinamismo pastoral»[24].

El kerygma es el principio de una pastoral con olor a Evangelio

Sin el kerygma no puede haber una pastoral misionera; el primer anuncio es el principio y el corazón de una pastoral que tenga «olor a Evangelio»[25]. Y en esta clave insiste el Papa Francisco: «Cuando se asume un objetivo pastoral y un estilo misionero, que realmente llegue a todos sin excepciones ni exclusiones, el anuncio se concentra en lo esencial, que es lo más bello, lo más grande, lo más atractivo y al mismo tiempo lo más necesario. La propuesta se simplifica, sin perder por ello profundidad y verdad, y así se vuelve más contundente y radiante»[26].

Teniendo en cuenta todo lo dicho considero que el primer anuncio, con la configuración que sea, ha de tener siempre estos elementos esenciales:

Que sea un anuncio especifico, distinto y embrionario de Jesucristo que provoque un encuentro con él.

Que el anuncio tenga un carácter directo, lineal, incisivo y lapidario de los orígenes; y con un tono sorprendente y paradójico. No se puede hablar de Jesús de un modo obvio y dando por supuesta la fe.

Que este anuncio vaya acompañado del testimonio de vida que avala la Palabra que muestra a la persona de Jesucristo e invita a conocerle y amarle.

Que esta invitación puntual y concreta contenga, en potencia, toda la grandeza de la vida cristiana y sea un impulso para conocerla y vivirla.

Que este encuentro germinal del primer anuncio sea puerta de entrada a la fe y a la vida cristiana y contenga ya todo el horizonte de la vida cristiana sin reducirlo o condicionarlo.

Que el primer anuncio encarrile la fe para que sea profesada, celebrada, vivida y rezada, como recoge en su estructura el Catecismo de la Iglesia Católica.

EN UNA IGLESIA MISIONERA POR VOCACIÓN

La Iglesia existe para evangelizar

Puestas las bases para una pastoral de misión, nuestra Iglesia Diocesana, siguiendo las pautas de nuestro Plan Diocesano de Pastoral, quiere decir y sentir con gozo: «Evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar»[27]. Con esta confesión misionera nos planteamos la experiencia de una movilización total de nuestras estructuras y acciones, que nos sitúen, desde esa dicha y vocación, en estado permanente de misión. Queremos encontrar y vivir un modo de ser claramente misionero. El punto de partida, a sugerencia de muchos en la preparación de nuestra Asamblea Diocesana, puede muy bien ser una MISIÓN DIOCESANA.

Muchos de vosotros habéis dicho que queréis entrar en un camino misionero, y para eso habéis pedido ayuda a la Diócesis para que os inicie en el por qué, el qué y el cómo ha de ser una Iglesia con vocación misionera. Pues bien, todo lo que pedís lo iremos conociendo en una práctica misionera. Este será nuestro empeño mayor para este Año de la Evangelización: descubrir entre todos qué hemos de poner cada uno para hacer de nuestra Diócesis de Jaén una Iglesia en misión.

La Diócesis de Jaén, una Iglesia en misión

Para entrar en esta aventura es necesario que adoptemos un estilo misionero en el que nos veamos como una Iglesia abierta, acogedora y en salida. Empezaremos por ser la Iglesia del grano de mostaza, que es una Iglesia humilde, que se sitúa en el gesto inicial de Jesús: en el anuncio del Evangelio con palabras y obras[28]. En nuestro mundo es necesario evangelizar con las mismas claves de la primera evangelización, la de los apóstoles. Con esa humildad nos hemos de dirigir a aquellos que buscan a Dios en el fondo de su corazón; y lo haremos con convicción, generosidad y audacia. La única forma de evangelizar ha de ser, como la de los primeros, por «contagio». Es la vida la que acredita siempre el Evangelio de Jesucristo que anunciamos. Para eso es necesaria en cada uno de nosotros y en nuestras comunidades, la conversión misionera.

Con una recapacitación evangélica de todos

Como en los comienzos, hay que replantear todo evangélicamente. El Papa Francisco ha hablado, no hace mucho, de una recapacitación evangélica de nuestra vida y de nuestra acción misionera. Nos recuerda que todo hemos de hacerlo a partir de la misión de Jesucristo. Sólo situados en Cristo podremos poner una impronta evangélica en todo lo que hacemos [29].

En este proceso de recapacitación, todo ha de empezar por el brillo de nuestra santidad de vida. En cuanto hagamos en este Año de Evangelización, la santidad, que es vida en Cristo, ha de ser el motor de la creatividad pastoral. En la Misión hemos de dar vida en Cristo, único Salvador del mundo. Como ha dicho el Papa en un reciente tweet: «Nosotros no tenemos un producto que vender, sino una vida que comunicar». Si la vida pastoral no mira al encuentro con Cristo es sólo un afán humano más; y si la vida interior no lleva a los hermanos, se convierte en pura evasión.

Para sorprender con el regalo de la fe

Las comunidades cristianas han de ofrecer oportunidades para que cada uno se encuentre con la sorpresa del regalo de la fe y del Reino. Siempre han de ser conscientes de que, en sus acciones pastorales, los destinatarios, estén en la situación que estén, lo busquen o no lo busquen, pueden encontrar el tesoro y la perla (cf. Mt 13, 44-46). Por eso, todas las comunidades cristianas han de cultivar en sus miembros la capacidad de sorprenderse: cada comunidad ha de valorar con agradecimiento el don que posee; sólo así podrá sorprender a otros, pues una persona que comienza a creer es siempre un sorprendido, alguien que ha sentido estupor ante el Evangelio que otro le ha ofrecido.

En fin, todo lo que he ido diciendo es para que vayamos creando juntos, con docilidad al Espíritu, las condiciones que se necesitan para el desarrollo de una Iglesia en misión. Sin conocer a fondo el significado del kerygma, sin saber cómo hay que transmitirlo, sin continuar alimentándolo, sin integrarlo en la vida y la misión de la Iglesia, nuestros esfuerzos evangelizadores se pueden convertir en inútiles. Sólo creando las condiciones que os he ido apuntando en esta carta podrá darse un ajustado desarrollo de la evangelización.

Condiciones para un estado permanente de misión

En resumen, estas serían las condiciones:   

Un anuncio misionero que sea acontecimiento que conduzca por un camino de conversión la vida de quien lo escucha.

La transformación misionera de todos, agentes, instituciones, acciones, para que el anuncio llegue a todos, como señala nuestro sueño misionero.

La credibilidad de los evangelizadores, porque muestran su vida trasformada por una fe que es encuentro personal con Jesucristo.

El crecimiento de los que ya recibieron el anuncio a través de procesos que orientan y acompañan en el seguimiento de Cristo.

La dimensión social del anuncio evangelizador, que no quiere nunca dejar las personas y las cosas tal y como las encuentran, sino que buscan siempre hacerlas nuevas. «El kerygma tiene un contenido ineludiblemente social: en el corazón mismo del Evangelio está la vida comunitaria y el compromiso con los otros. El contenido del primer anuncio tiene una inmediata repercusión moral cuyo centro es la caridad»[30].

Una evangelización hecha fiándose en las grandes motivaciones del Espíritu Santo; sólo así seremos evangelizadores con Espíritu.

El crecimiento y enriquecimiento de la vida y la misión de la Iglesia en todas sus expresiones y dimensiones, para que todo tenga impronta misionera.

MISIONEROS EN LA PASTORAL ORDINARIA DE LA DIÓCESIS

Misioneros de “clase media” en el ámbito de la parroquia

Antes de ir terminando esta carta, en la que he querido animar, en clave de misión, la vida pastoral de nuestra Diócesis de Jaén, con planteamientos espirituales y pastorales con los que abordar este año misionero por excelencia, quiero decir algo sobre el ámbito en el que hemos de movernos, que no es otro que la pastoral ordinaria de la Diócesis y las parroquias. Ante todo, quiero afirmar con rotundidad que es posible evangelizar en el ámbito de la diócesis y de las parroquias. Ni la diócesis ni las parroquias son estructuras caducas; aunque sea evidente que las parroquias tengan costumbres y formas de vida algo viciadas y empobrecidas, eso no las descalifica y desautoriza para una pastoral evangelizadora; pero sí necesitan que pongamos en ellas el sueño evangelizador, que nos abramos a la conversión pastoral que vaya purificando las mentes y los corazones.

Hay que abandonar lo que no sirve para el objetivo de evangelizar y hay que promover lo que haga que nuestras comunidades sean realmente evangelizadoras: lo que cree un estilo, una tendencia, un modo de ser misionero. Sobre este particular nos decía el Papa Francisco: «En su constante discernimiento, la Iglesia también puede llegar a reconocer costumbres propias no directamente ligadas al núcleo del Evangelio, algunas muy arraigadas a lo largo de la historia, que hoy ya no son interpretadas de la misma manera y cuyo mensaje no suele ser percibido adecuadamente. Pueden ser bellas, pero ahora no prestan el mismo servicio en orden a la transmisión del Evangelio. No tengamos miedo de revisarlas. Del mismo modo, hay normas o preceptos eclesiales que pueden haber sido muy eficaces en otras épocas pero que ya no tienen la misma fuerza educativa como cauces de vida»[31]. Como acaba de decir el Sínodo de los jóvenes: «La parroquia, “Iglesia en el territorio”, necesita volver a pensar su vocación misionera, porque a menudo es poco significativa y poco dinámica, especialmente en el ámbito de la catequesis»[32].

Una Iglesia convencida de que necesita cambios

En este camino que juntos hacemos para crear en nuestra Diócesis de Jaén una pastoral evangelizadora, hemos de comenzar por preguntarnos qué hacer para que nuestras comunidades se vuelvan más misioneras. Siguiendo al Papa Francisco, hay que cambiar costumbres, estilo, lenguaje, horarios y todo aquello que nos quite tiempo e intensidad para dedicarnos a lo esencial. Eso no significa que hayamos de empezar de cero, porque la pastoral ordinaria tiene actividades que son necesarias y otras imprescindibles: predicación, catequesis, formación, liturgia, vida sacramental, vida de oración, tarea social, etc. Sin embargo, sí que convendría que, en lo que se refiere al estilo, empezáramos de nuevo a partir de una profunda «conversión pastoral». «Hay estructuras eclesiales que pueden llegar a condicionar un dinamismo evangelizador; igualmente las buenas estructuras sirven cuando hay una vida que las anima, las sostiene y las juzga. Sin vida nueva y auténtico espíritu evangélico, sin «fidelidad de la Iglesia a la propia vocación», cualquier estructura nueva se corrompe en poco tiempo»[33].

Con la creatividad del Espíritu

Hay que entrar, por tanto, en una dinámica de creatividad que sea consecuencia de una conversión pastoral, que tenga una clara intencionalidad misionera: conducir al hombre al encuentro con Dios y a experimentar la salvación de Dios en Jesucristo. Numerosas acciones pastorales han dejado de servir a dicho fin por motivos variados. Esas están reclamando, si no su anulación, sí su modificación y adaptación a formas nuevas de realizarlas. Y en ocasiones, incluso habrá que emprender acciones nuevas para que la misión alcance su objetivo.

Evangelizar en la vida ordinaria de la Iglesia

El espacio pastoral en el que hemos de movernos en esta renovación es básicamente la parroquia, pero una parroquia abierta al territorio, es decir, que sea la Iglesia que está entre las casas de sus hijos y de sus hijas. «La parroquia es presencia eclesial en el territorio, ámbito de la escucha de la Palabra, del crecimiento de la vida cristiana, del diálogo, del anuncio, de la caridad generosa, de la adoración y la celebración. A través de todas sus actividades, la parroquia alienta y forma a sus miembros para que sean agentes de evangelización»[34]. Será una parroquia que esté en contacto con los hogares y con la vida del pueblo o de la ciudad[35]. La parroquia ha de estar «en su sitio», es decir, entre la gente, con presencia, compromiso y visibilidad. Y para esa presencia misionera, ha de tener una estructura ministerial disponible que salga a buscar y servir a los caminos y acoja y acompañe a los que vengan a ella de vuelta o por primera vez.

Por otra parte, nuestro Plan Diocesano de Pastoral contempla que la parroquia sitúe su reflexión y su acción en la Iglesia particular, que es «el sujeto primario de la evangelización»[36]. De ahí que esta operación renovadora en clave misionera se hará, como es natural, bajo la guía del Obispo. «El Obispo siempre debe fomentar la comunión misionera en su Iglesia diocesana siguiendo el ideal de las primeras comunidades cristianas, donde los creyentes tenían un solo corazón y una sola alma»[37].

Evangelizar con espiritualidad diocesana

Para los planteamientos pastorales que nos estamos haciendo y en la dinámica de su desarrollo, es imprescindible cultivar y vivir entre nosotros una espiritualidad diocesana que, bajo la guía del Espíritu Santo, nos oriente a un profundo respeto por el hábitat que el Señor ha querido que sea nuestro lugar de experiencia eclesial. La espiritualidad diocesana nace de nuestra identificación como Pueblo de Dios con una historia, unas tradiciones, una vida y una memoria cristiana específica, asentada en la sucesión apostólica; o sea, nace de una identificación con los rasgos que hacen que nuestra Diócesis de Jaén sea lo que es y cómo es. Es importante que, como Iglesia diocesana, nos sintamos en casa y de casa; eso supone que entre nosotros esté muy consolidado el sentido de pertenencia a la Diócesis. No podemos olvidar, por tanto, que el ambiente y espacio natural y necesario de la parroquia es la Diócesis. La parroquia, sin la Diócesis, no podría vivir. Es en la parroquia, con sus posibilidades y sus límites, donde los grandes objetivos y retos del proyecto diocesano se van a ir alcanzando.

Con un rostro «doméstico popular»

Una parroquia evangelizadora ha de tener un rostro «doméstico popular», el de una Iglesia que sea capaz de acompañar a cada persona, una a una. La parroquia ha de comparecer como un ambiente comunitario en el que todo el mundo pueda sentirse acogido, amado, perdonado y alentado a vivir según la vida buena del Evangelio[38]. «La alegría del Evangelio es para todo el pueblo, no puede excluir a nadie»[39]. Nada debe olvidarse, ninguna edad debe saltarse, ninguna condición de vida debe ser ignorada. Nuestras puertas deben estar siempre abiertas: «La Iglesia está llamada siempre a ser la casa abierta del Padre. Uno de los signos concretos de esa apertura es tener templos con las puertas abiertas en todas partes»[40].

La Iglesia es un pueblo para todos, en el que la primacía de la gracia debe ser un faro que alumbre permanentemente nuestras reflexiones sobre la evangelización. Por eso nunca hemos de constituirnos en controladores de la gracia, sino como facilitadores, porque la Iglesia en la que evangelizamos no es una aduana, es la casa paterna en la que hay lugar para cada uno con su vida a cuestas[41]. La Iglesia está llamada a ser siempre «la casa abierta del Padre», en la que, de alguna manera, todos pueden participar.

Con la fuerza evangelizadora de la piedad popular

La opción por lo popular ha de llevar a reconocer la fuerza evangelizadora de la piedad popular, verdadera expresión de la acción misionera espontánea del Pueblo de Dios[42]. Hay una espiritualidad, una mística popular. «Una cultura popular evangelizada contiene valores de fe y solidaridad que pueden provocar el desarrollo de una sociedad más justa y creyente, y posee una sabiduría peculiar que hay que saber reconocer con una mirada agradecida»[43].

La Misión que hará realidad nuestro sueño misionero de llegar a todos, es de todos, sin excepción ni exclusión. De un modo especial, la llamada a participar en el Año de la Misión se dirige a todos a los laicos, esa inmensa mayoría del Pueblo de Dios. Nuestra Misión Diocesana quiere contar con el sensus fidei de la totalidad de los fieles cristianos. Así lo recuerda el Papa Francisco: «Si uno de verdad ha hecho una experiencia del amor de Dios que lo salva, no necesita mucho tiempo de preparación para salir a anunciarlo, no puede esperar que le den muchos cursos o largas instrucciones. Todo cristiano es misionero en la medida en que se ha encontrado con el amor de Dios en Cristo Jesús»[44].

Eso significa que no hemos de contar solamente con un grupo de personas de un determinado estilo y categoría. «Cada uno de los bautizados, cualquiera que sea su función en la Iglesia y el grado de ilustración de su fe, es un agente evangelizador, y sería inadecuado pensar en un esquema de evangelización, llevado adelante por actores calificados donde el resto del pueblo fiel sea sólo receptivo de sus acciones»[45].

La misión en el corazón de todos

Nuestra misión diocesana quiere lograr que surjan formas evangelizadoras que brotan del pueblo mismo. Sólo con la fantasía, la creatividad y la ilusión del pueblo se podrá penetrar en lugares a los que habitualmente no se llega. Al preparar la Misión hemos de aspirar a que el sentido misionero se despierte en el corazón de todos: «La misión en el corazón del pueblo no es una parte de mi vida, o un adorno que me puedo quitar; no es un apéndice o un momento más de la existencia. Es algo que yo no puedo arrancar de mi ser si no quiero destruirme. Yo soy una misión en esta tierra, y para eso estoy en este mundo. Hay que reconocerse a sí mismo como marcado a fuego por esa misión de iluminar, bendecir, vivificar, levantar, sanar, liberar»[46].

Enseguida que comencemos a preparar la Misión reconoceremos que hacen falta todo tipo de agentes evangelizadores con diversos carismas y características, con diferentes formas de ser y de expresarse. «Todos somos llamados a ofrecer a los demás el testimonio explícito del amor salvífico del Señor, que más allá de nuestras imperfecciones nos ofrece su cercanía, su Palabra, su fuerza, y le da un sentido a nuestra vida. Tu corazón sabe que no es lo mismo la vida sin Él; entonces eso que has descubierto, eso que te ayuda a vivir y que te da una esperanza, eso es lo que necesitas comunicar a los otros»[47].

En continuidad con otra iniciativa

Hace unos años, yo mismo proponía en la Diócesis de Plasencia, donde entonces era el Obispo, un lema para una iniciativa semejante a lo que vamos nosotros a hacer este año. Citándome a mí mismo, no me lo toméis a mal, voy a repetir lo que entonces escribía con motivo de la misión diocesana: «En realidad, la razón fundamental por la que hacemos esto es porque buscamos, movidos por el Espíritu, una conversión misionera, porque hemos aceptado que cambiará nuestra mentalidad, nuestra sensibilidad y hemos comprendido que ser cristiano, es sentirse enviado, es llevar el amor de Cristo a nuestros hermanos. Queremos recuperar la naturaleza más genuina de nuestra condición de miembros de la Iglesia, que tiene que ser misionera, es decir, estar abierta, en todos sus miembros, al anuncio de la salvación. Queremos ser –secundando las palabras del Papa Francisco– «una Iglesia en salida, haciendo de ella una comunidad de discípulos misioneros que saben adelantarse, tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos»[48]. Nuestro horizonte de vida es salir, hacer éxodo, hacer que la Iglesia encuentre el rostro de cada ser humano. Porque «la Iglesia nació católica, es decir, sinfónica, en salida misionera desde sus orígenes»[49].

Una Iglesia en salida

No somos una Iglesia preocupada por el número, sino una comunidad empeñada en suscitar vidas cristinas, hombres y mujeres capaces de asumir la fe como un horizonte de sentido. Lo hacemos todo en nombre del Señor para servir al hombre, para servir a su dignidad en sus circunstancias personales y en sus condiciones sociales. «La fuerza de nuestra fe, a nivel personal y comunitario, también se mide por la capacidad de comunicarla a los demás, de difundirla, de vivirla en la caridad, de dar testimonio a las personas que encontramos y que comparten con nosotros el camino de la vida»[50].

Fue por todo esto, por lo que en su momento elegí el lema general de este movimiento evangelizador: «Cada parroquia una misión. Cada cristiano un misionero». «Todos, absolutamente todos, en comunidad, en la Iglesia, hemos de compartir nuestra experiencia del amor de Cristo. Cada comunidad parroquial, en cada pueblo y en las ciudades, en cada barrio, en cada casa y en cada parroquia va a ser invitada a asumir, de nuevo, la conciencia de su propia fe y a vivir un camino renovado de comunión y de misión»[51].

Sigo considerando válidas y de plena actualidad estas palabras mías, por eso las propongo de nuevo como un reto y una invitación a todos. Os envío, hermanos y hermanas, a hacer en nuestros pueblos y ciudades, en cada una de vuestras parroquias, el camino que nos lleva a anunciar la alegría del encuentro con Jesucristo. Sentíos enviados, preparaos bien y sin mas temores que el que nos provoca siempre el sentido de responsabilidad. Salid cada uno y cada una con una tarea allí donde os envíe vuestra parroquia en este proyecto común diocesano, el de una MISIÓN en la que participemos todos con el sueño misionero de llegar a todos.

EVANGELIZAR A TODOS

Los destinatarios de la Misión

Por el discernimiento que hicimos en nuestra reflexión compartida durante la Pascua 2018, es seguro que cada uno de nosotros ya conoce por su nombre a los destinatarios de la Misión. Es posible también que muchos os hayáis visto a vosotros mismos necesitados de lo que la Misión os puede ofrecer. Personas y colectivos muy localizados están esperando que nuestras parroquias no se cierren en sí mismas y miren hacia fuera, hacia personas, grupos y zonas del pueblo, barrios enteros de las ciudades que cada vez están más al margen de la fe y de la vida cristiana, porque no tienen quien le acerque una invitación al encuentro con Jesucristo.

Primero los de cerca

Empecemos por reconocer que, en nuestros ambientes parroquiales, en los que no sobra nadie, todo está muy establecido, muy previsto, con hábitos muy acomodados. Nos hemos acostumbrado a esto sin importarnos de que las caras de las personas que pululan por los templos y centros parroquiales sean siempre las mismas. En parte no nos estorba que sean los mismos. Así son las familias. Lo que sí nos preocupa y nos duele es que no soñemos con que en la casa común haya discípulos misioneros. Quizás sea por eso que el Papa Francisco dice que la misión «en primer lugar se hará para encender los corazones de los fieles que regularmente frecuentan la comunidad y que se reúnen en el día del Señor para nutrirse de su Palabra y del Pan de vida eterna»[52]. En este grupo se incluyen también los fieles que conservan una fe católica intensa y sincera, expresándola de diversas maneras, aunque no participen frecuentemente del culto. El primer paso de nuestra Misión ha de orientarse al crecimiento de los creyentes, de manera que respondan cada vez mejor y con toda su vida al amor de Dios y se conviertan en sus testigos ante otros.

Acercarse a los que se alejaron

Si los de este grupo primero no cambian –pensadlo  bien– hay otros destinatarios a los que será prácticamente imposible llegar para que vuelvan a la familia de la que se alejaron. No podemos seguir considerándolos como clientes, como solemos hacer; al contrario, hemos de acercarnos a ellos como hermanos. Hay que acercarse, cuantas veces sean necesarias, a aquellos con los que tenemos tantas cosas en común por experiencias vividas, por lazos familiares, por amistad… Hemos de acercarnos a aquellos que se bautizaron, participaron en la catequesis, incluso hasta en la confirmación o estuvieron en grupos parroquiales, pero las circunstancias, sean las que sean, les han llevado a vivir al margen de lo que aún llevan en su alma como un tesoro; el Señor, con su gracia, nunca se retira de aquellos con los que, por la fe y los sacramentos, entró tantas veces en contacto personal e íntimo.

Por eso, en segundo lugar, los destinatarios son «las personas bautizadas que no viven las exigencias del Bautismo»[53], no tienen una pertenencia cordial a la Iglesia y ya no experimentan el consuelo de la fe. Por eso, la Iglesia, como madre siempre atenta, se ha de empeñar en que vivan una conversión que les devuelva la alegría de la fe y el deseo de comprometerse con el Evangelio.

Evangelizar por atracción

Por último, y de esos no faltan en ninguno de nuestros pueblos y ciudades, los destinatarios son los que «no conocen a Jesucristo o siempre lo han rechazado»[54]. Con ellos hemos de buscar cualquier oportunidad que se nos presente para anunciarles el Evangelio y proponerle el encuentro con Jesucristo. Hemos de ser conscientes de que muchos de ellos buscan a Dios secretamente, movidos, aún sin saberlo, por la nostalgia del Señor. Todos tienen el derecho de recibir el primer anuncio del Evangelio, y los cristianos tenemos el deber de anunciarlo sin excluir a nadie. Ese anuncio hemos de hacerlo no como quien impone una nueva obligación, sino como quien comparte una alegría y señala un horizonte bello, como quien ofrece un banquete deseable. A todos hemos de acercarnos con ilusión misionera, sólo así evangelizaremos «por atracción»[55]. El estilo misionero debe surgir siempre del calor con que se anuncia de la fe.

Con salida a las periferias existenciales

En la búsqueda de destinatarios para le misión, no renunciamos a ir a las periferias existenciales a las que nos envía el Papa Francisco: a las del desconocimiento de Dios, las del misterio del pecado, las del dolor, las de la soledad, las de la enfermedad, las de la injusticia, las de la ignorancia, las de los que prescinden de Dios, las del pensamiento autosuficiente o relativista, las de toda miseria. Seremos enviados a todo lo que parece perdido para la Iglesia. No olvidemos que el destinatario preferido es el hombre herido, ese que hoy anda errante por todas partes. «Veo con claridad que lo que la Iglesia necesita con mayor urgencia hoy es una capacidad de curar heridas y dar calor a los corazones de los fieles, cercanía y proximidad. Veo a la Iglesia como un hospital de campaña tras una batalla. ¡Qué inútil es preguntarle a un herido si tiene altos el colesterol o el azúcar! Hay que curarle las heridas. Ya hablaremos luego del resto. Curar heridas, curar heridas… Y hay que comenzar por lo más elemental». «Yo sueño con una Iglesia Madre y Pastora»[56].

Ante lo que tenemos por delante en nuestra Misión Diocesana no hemos de tener miedo a arriesgarnos a salir a ofrecer a Jesucristo a quien lo necesite y lo quiera acoger. Lo que hemos de tener es a «encerrarnos en las estructuras que nos dan una falsa contención, en las normas que nos vuelven jueces implacables, en las costumbres donde nos sentimos tranquilos, mientras afuera hay una multitud hambrienta y Jesús nos repite sin cansarse: “¡Dadles vosotros de comer!”»[57].

La Misión que vamos a hacer ha de llegar a todos, sin olvidar a ninguno de los colectivos sociales. En la programación habrá que ver cómo se llega a cada uno de ellos. No obstante, me permito señalar como destinatarios privilegiados a los dos ámbitos de la sociedad que están pidiendo urgentemente nuestra cercanía misionera. Me refiero a la familia y a los jóvenes. A los dos se han dedicado los últimos sínodos de los obispos, el de los jóvenes recién finalizado.

Con atención privilegiada a la familia

La familia es el corazón de la sociedad, por ella pasamos todos y en ella todos ponemos nuestra esperanza y, salvo excepciones, la consideramos como el mejor de los bienes que nos ha sido dado en nuestra vida. En la misión de la Iglesia y en la nuestra, niños, jóvenes, adultos y ancianos nos esperan en la familia. La familia es tan nuclear en la sociedad y en la Iglesia que casi todo ha de hacerse en ella y con ella. Por eso, es necesaria una pastoral dirigida a la familia, que la ayude y la acompañe en el desarrollo de su propia identidad y en la misión que necesariamente ha de asumir. La pastoral familiar será un tema transversal permanente de nuestra acción pastoral y lo será también de nuestra Misión Diocesana. Se necesita una pastoral familiar directa y creativa que esté cerca de la vida de las personas. Hay que evangelizar a las familias, hay que ofrecerles el evangelio del amor y de la vida. Hay que estimularlas y acompañarlas en su responsabilidad en la educación humana y cristiana de los hijos.

La atención pastoral a la familia no puede olvidar los muchos problemas que en este momento le afectan. La pastoral concreta de nuestras parroquias se encuentra permanentemente con situaciones que necesitan de ayuda; especialmente ante las familias rotas y desestructuradas, a las que tenemos que acoger y atender. Sean cuales sean las causas de los problemas de las familias, la Iglesia ha de tener siempre hacia ellas una actitud de ayuda y cercanía. De todos es sabido que la familia, al ser la célula fundamental de la sociedad, es también el recipiente que recoge todos los problemas morales, económicos, jurídicos y religiosos que la sociedad actual está generando.

También las familias padecen hoy, con una especial intensidad, los problemas de nuestra sociedad, sobre todo los económicos y laborales. Hoy hay muchas familias que padecen el paro de sus miembros, especialmente de los más jóvenes, con un porcentaje altísimo en Andalucía. Se puede decir con certeza que son muchas las familias que hoy están en situación de pobreza. Hay que añadir también en los problemas familiares, los derivados de las nuevas pobrezas de nuestra sociedad actual, como es, por ejemplo, la droga, que se ha convertido en una fuente permanente de sufrimiento para muchos padres y madres. Todos han de sentir el amor pastoral de la Iglesia. Se podría decir que muchas familias, por unas razones o por otras, se encuentran entre aquellos por los que Jesús dice: «los pobres son evangelizados». En nuestra Misión haremos siempre propuestas positivas, a la luz de la doctrina de la Iglesia, a favor de la familia, del matrimonio y de la vida. De un modo especial, seguiremos el guion pastoral marcado por el Papa Francisco en Amoris Laetitia.

Siempre en contacto con los jóvenes

Prioridad hemos de darles también en la Misión a los jóvenes. La hacemos en unos días en los que la Iglesia está mirando hacia ellos con especial predilección. Acaba de celebrarse el Sínodo de los obispos, que ha tenido por tema: «Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional». Como hemos de entrar en contacto con los jóvenes, os sugiero que nos dirijamos a ellos con los sentimientos que lo han hecho los padres sinodales, esos que han reflejado en una hermosa carta, que os propongo como punto de partida para cualquier contacto con el mundo juvenil que podamos tener en la Misión que pronto iniciaremos.

Carta de los obispos sinodales a los jóvenes del mundo

Me parece un excelente mensaje para entrar en diálogo con los jóvenes:

«Nos dirigimos a vosotros, jóvenes del mundo, nosotros como padres sinodales, con una palabra de esperanza, de confianza, de consuelo. En estos días hemos estado reunidos para escuchar la voz de Jesús, “el Cristo eternamente joven” y reconocer en Él vuestras muchas voces, vuestros gritos de alegría, los lamentos, los silencios.

Conocemos vuestras búsquedas interiores, vuestras alegrías y esperanzas, los dolores y las angustias que os inquietan. Deseamos que ahora podáis escuchar una palabra nuestra: queremos ayudaros en vuestras alegrías para que vuestras esperanzas se transformen en ideales. Estamos seguros de que estáis dispuestos a entregaros con vuestras ganas de vivir para que vuestros sueños se hagan realidad en vuestra existencia y en la historia humana.

Que nuestras debilidades no os desanimen, que la fragilidad y los pecados no sean la causa de perder vuestra confianza. La Iglesia es vuestra madre, no os abandona y está dispuesta a acompañaros por caminos nuevos, por las alturas donde el viento del Espíritu sopla con más fuerza, haciendo desaparecer las nieblas de la indiferencia, de la superficialidad, del desánimo.

Cuando el mundo, que Dios ha amado tanto hasta darle a su Hijo Jesús, se fija en las cosas, en el éxito inmediato, en el placer y aplasta a los más débiles, vosotros debéis ayudarle a levantar la mirada hacia el amor, la belleza, la verdad, la justicia.

Durante un mes hemos caminado juntamente con algunos de vosotros y con muchos otros unidos por la oración y el afecto. Deseamos continuar ahora el camino en cada lugar de la tierra donde el Señor Jesús nos envía como discípulos misioneros.

La Iglesia y el mundo tienen necesidad urgente de vuestro entusiasmo. Haceos compañeros de camino de los más débiles, de los pobres, de los heridos por la vida. Sois el presente, sed el futuro más luminoso.»

Evangelizar con convicción

Todo eso lo diremos con la convicción que necesitan escuchar de nosotros los jóvenes. Por eso también nos dirigiremos a ellos con algunas de las palabras alentadoras con las que les hablaron los últimos Papas. Me parecen especialmente convincentes estas de Benedicto XVI: «¡No tengáis miedo a Cristo! Él no quita nada y lo da todo. Quien se da a Él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida»[58]. Estoy convencido de que también les estimularán estas Palabras del Papa Francisco: «Y eso es lo que necesitamos de los jóvenes hoy: jóvenes con esperanza y jóvenes con fortaleza. No queremos jóvenes debiluchos, jóvenes que están “ahí no más”, ni sí ni no, no queremos jóvenes que se cansen rápido y que vivan cansados, con cara de aburridos. Queremos jóvenes fuertes, queremos jóvenes con esperanza y con fortaleza, ¿por qué? Porque conocen a Jesús, porque conocen a Dios, porque tienen un corazón libre»[59]. Para alentar nuestra convicción misionera nos vendrá muy bien escuchar algunas de las Palabras que les dirigió san Juan Pablo II: «Si a los jóvenes se les presenta a Cristo con su verdadero rostro, ellos lo experimentan como una respuesta convincente y son capaces de acoger el mensaje, incluso si es exigente y marcado por la cruz»[60].

RECOMENDACIONES PARA EL ENVÍO MISIONERO

Una vez identificados los destinatarios, os hago algunas recomendaciones que considero que os ayudarán a llevar a buen puerto la Misión Diocesana que nos proponemos iniciar.

Situar la Misión en la oración

A lo largo de este año pastoral, hemos de intensificar de mil maneras la oración por la Misión. La misión no es fácil, por eso sentimos algo de miedo: nos asusta cómo hacerla y, sobre todo, cómo la van a acoger… Todo irá bien con la ayuda del Señor. «Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, y el que busca halla, y al que llama se le abre» (Lc 11,9-11). Con la oración, además, aprendemos a ser evangelizadores con Espíritu. «El Espíritu Santo infunde la fuerza para anunciar la novedad del Evangelio con audacia (parresía), en voz alta y en todo tiempo y lugar, incluso a contracorriente»[61]. Por eso, si estamos abiertos a la Misión, si nos preocupa el compromiso misionero, recemos. La oración es siempre fuente de creatividad misionera. «La creatividad se encuentra en la oración. El que no reza, ha cerrado la puerta a la creatividad»[62]. En realidad, los evangelizadores con espíritu oran y trabajan. «No sirven ni las propuestas místicas sin un fuerte compromiso social y misionero, ni los discursos y praxis sociales o pastorales sin una espiritualidad que transforme el corazón»[63].

La evangelización crea en nosotros una espiritualidad misionera. Lo hará en los que sólo pueden participar en la Misión desde la oración y el sacrificio. Me refiero a tantos cristianos y cristianas que, al preguntarse cómo ser misioneros, han de descubrir que lo serán orando al Dueño de la mies por el fruto de la Misión en la Diócesis, en sus parroquias. De un modo especial, llamo a participar a nuestros mayores y a los enfermos, a los que recomendamos que abran su corazón a la Misión y ofrezcan sus achaques y dolores como su apoyo a una evangelización fuerte y amorosa. Con la misma urgencia, llamo a sentirse en misión a nuestros monasterios de contemplativas. Confiamos mucho en vosotras, queremos sentir el calor espiritual de vuestra vida contemplativa. Siempre habréis de recordar que «hay una forma de oración que nos estimula particularmente a la entrega evangelizadora y nos motiva a buscar el bien de los demás: es la intercesión»[64]. A todos cuantos sentiréis interés por la misión os digo: «Siempre hace falta cultivar un espacio interior que otorgue sentido cristiano al compromiso y a la actividad. Todos habréis de recordar siempre que la Iglesia necesita imperiosamente el pulmón de la oración»[65].

Una creativa preparación

En la Misión todo se hará con una creativa preparación. Creativa para que todo tenga un toque de novedad. Es muy importante romper en la misión el viejo tópico de que «siempre se ha hecho así». «Para ser fieles, para ser creativos, hay que saber cambiar. ¿Y por qué debo cambiar? Para adecuarme a las circunstancias en las que he de anunciar el Evangelio. Para permanecer con Dios es necesario saber salir, no tener miedo de salir»[66]. La preparación cuidará de un modo especial la animación en cada una de las parroquias, procurando que la noticia de su celebración llegue a todos, y llegue, a ser posible, de un modo personalizado, aunque también utilicemos otros medios a nuestro alcance.

Es necesario estudiar, con los medios que se nos van a ofrecer, la realidad a la que vamos a llevar la buena noticia. Ninguna persona, ninguna situación ha de ser excluida, todos serán destinatarios del anuncio del Evangelio. De ahí que siempre hay que hacer ver que esta «bulla apostólica», este «lío misionero» que hacemos en la misión va dirigido a todos. Nunca hemos de renunciar a «ir» a nadie y menos a los más lejanos social y religiosamente; esos serán los preferidos. Lo haremos todo con la clara conciencia de que quien se entrega al Señor por amor y se pone a su disposición para llevar ese amor a los demás, seguramente será fecundo (cf. Jn 15,5). Pero con las características de la fecundidad apostólica: «Tal fecundidad es muchas veces invisible, inaferrable, no puede ser contabilizada. Uno sabe bien que su vida dará frutos, pero sin pretender saber cómo, ni dónde, ni cuándo. Tiene la seguridad de que no se pierde ninguno de sus trabajos realizados con amor, no se pierde ninguna de sus preocupaciones sinceras por los demás, no se pierde ningún acto de amor a Dios, no se pierde ningún cansancio generoso, no se pierde ninguna dolorosa paciencia»[67].

Lo prepararemos todo conscientes de que, por nuestro Bautismo, hemos sido «marcados a fuego para la misión de iluminar, bendecir, vivificar, levantar, sanar»[68]. Cada uno de nosotros deberá saber decir a lo largo de este año: Yo soy una misión en la tierra y para eso estoy en el mundo, para eso he sido llamado a la fe en mi pueblo, en mi ciudad. Nuestra Misión Diocesana necesita que aparezcan misioneros, sacerdotes, consagrados y laicos, que lleven primer anuncio a donde ya no se llega, a ámbitos que más o menos se han apartado de un clima cristiano, pero que no por eso rechazan que se les ofrezca el amor de Cristo. Todos hemos de estar convencidos de que «tenemos un tesoro de vida y de amor que es lo que no puede engañar, el mensaje que no puede manipular ni desilusionar. Es una respuesta que cae en lo más hondo del ser humano y que puede sostenerlo y elevarlo. Es la verdad que no pasa de moda porque es capaz de penetrar allí donde nada más puede llegar»[69].

Llenos de amor pastoral

Para evangelizar hemos de llenar nuestro corazón del amor de Cristo. Sólo así, cuantos sean invitados a participar en la Misión descubrirán que detrás de esa invitación está Jesús, de que es Él quien llama a su encuentro y dice a todos: «Venid y lo veréis» (Jn 1,39). Jesús y la misión son inseparables. «La misión es una pasión por Jesús, pero, al mismo tiempo, una pasión por su pueblo»[70]. Cada vez que vayamos a un hermano, hemos de recordar lo que nosotros llevamos en el corazón y nos mueve a evangelizar: «No es lo mismo haber conocido a Jesús que no conocerlo, no es lo mismo caminar con Él que caminar a tientas, no es lo mismo poder escucharlo que ignorar su Palabra, no es lo mismo poder contemplarlo, adorarlo, descansar en Él, que no poder hacerlo. No es lo mismo tratar de construir el mundo con su Evangelio que hacerlo sólo con la propia razón. Sabemos bien que la vida con Él se vuelve mucho más plena y que con Él es más fácil encontrarle un sentido a todo. Por eso evangelizamos. El verdadero misionero, que nunca deja de ser discípulo, sabe que Jesús camina con él, habla con él, respira con él, trabaja con él»[71].

Si no es lo mismo, no podemos contentarnos con llegar sólo a unos pocos. Cuántos más se beneficien del conocimiento de Cristo, mejor. La convocatoria para la Misión hay que hacerla llegar a los más posibles y este «más» no significa sólo número, buscamos, sobre todo, acercar a nuestros hermanos la abundancia de bien y de gracia que Jesús ofrece cada vez que evangelizamos. Cada vez que evangelizamos, lo hacemos conscientes de que «si logro ayudar a una sola persona a vivir mejor, eso ya justifica la entrega de mi vida»[72]. Por eso, se puede decir que la evangelización es siempre un ejercicio de confianza; evangelizamos conscientes de la sobreabundancia del amor del corazón de Dios que llevamos en el nuestro.

El amor pastoral será el acicate para que, en cada parroquia hagamos un buen barrido de su territorio, para que nadie se quede sin la oportunidad de participar en los actos o, al menos, en alguno de los actos que van a tener lugar en los días de Misión. Es Jesús quien convoca a todos y llama a su encuentro sin excluir a nadie ni por su religión, ni por su sexo, ni por su cultura, ni por su dinero… es decir, por nada. «Todo ser humano es objeto de la ternura infinita del Señor, y él mismo habita en su vida»[73].

Todos disponibles para todos

En la Misión todos hemos de estar disponibles para todos. Que nadie se quede a mirar, a ver cómo van las cosas y luego ya veremos lo que hacemos. Desde la primera hora, todos somos necesarios. Que me perdone el Señor si os digo que, en este caso, no me gustaría que se aplicase la parábola de los trabajadores en la viña. Arrimar el hombro y ponerse a disposición desde primera hora es fundamental para que salga bien lo que con la ayuda del Señor estamos intentando. Cada momento, cada acto, cada celebración, cada actividad, cada charla ha de contar con nosotros. Cada vez que haya algo que hacer, hemos de saber decir: allí estoy yo para lo que haga falta.

Siempre que hagamos algo en cualquier momento de la Misión, sabed que aquellos a los que os dirigís se van a preguntar: ¿Qué les mueve a estos para que estén tan activos y para que pongan tanto interés? ¿De dónde sacan esas ganas de hacer las cosas y ese gusto por colaborar? No dudéis de que esa pregunta siempre llevará a Jesús. Descubrirán que «unidos a Jesús, buscamos lo que él busca, amamos lo que Él ama»[74]. Todos entenderán que con nuestra ilusión y nuestras ganas de evangelizar les estamos diciendo: Id al encuentro de Jesús, merece la pena. En resumen, «hemos de intentar que nuestros interlocutores lleguen a comprender el trasfondo de lo que decimos, es decir, que puedan conectar nuestro discurso con el núcleo esencial del Evangelio»[75]. El mejor modo de mostrar lo que nos mueve a evangelizar es que estamos disponibles para lo que nos pida la Iglesia.

Con sentido misionero

Participaremos en la Misión con un profundo sentido misionero. De hecho, de la Misión esperamos que impulse el aliento misionero de todos los cristianos y de todas las acciones pastorales de nuestras parroquias. Que cada parroquia aprenda a ser una verdadera misión permanente y que nadie, en ninguna de sus acciones, deje de escuchar el anuncio de conversión a Jesucristo. En realidad, ese es el futuro que esperamos, el de una parroquia en estado, en situación, en clima de misión, en la que encontrar a Jesús sea la experiencia ordinaria de todos cuantos participen de un modo u otro en su vida.

Nuestras parroquias han de aprender a mirar hacia cuantos andan por otras rutas, por muy lejanas que estén de las nuestras. Con todos hemos de hacernos los encontradizos. «A veces sentimos la tentación de ser cristianos manteniendo una prudente distancia de las llagas del Señor. Pero Jesús quiere que toquemos la miseria humana, que toquemos la carne sufriente de los demás. Espera que renunciemos a buscar esos cobertizos personales o comunitarios que nos permiten mantenernos a distancia del nudo de la tormenta humana, para que aceptemos de verdad entrar en contacto con la existencia concreta de los otros y conozcamos la fuerza de la ternura»[76].

En el territorio de la parroquia hemos de salir a todos sin excepción. Desde ella hemos de salir a los escenarios y desafíos, siempre nuevos; a los espacios abiertos sin miedo alguno, sabiendo arriesgar, apostar. En la parroquia, cada cristiano comparte con los demás el fervor y el dinamismo misionero; y cada parroquia lo comparte con las otras parroquias de la Iglesia diocesana, y juntas aúnan esfuerzos. «Lo importante es no caminar solos, contar siempre con los hermanos y especialmente con la guía de los obispos, en un sabio y realista discernimiento pastoral»[77]. El futuro es misión, más misión, siempre misión. El futuro es vivir siempre la vocación de la Iglesia: evangelizar. Eso es lo que nos dejará la Misión Diocesana Evangelizadora: cada parroquia una misión, cada cristiano un misionero.

Con clara orientación social

No podemos hacer Misión sin tener una clara «orientación» social. Evangelizar es hacer presente en el mundo el Reino de Dios, y esto significa que la evangelización alcanza «a todos los hombres y a todo hombre»[78]. Como dijo San Pablo VI, «ninguna definición parcial o fragmentaria refleja la realidad rica, compleja y dinámica que comporta la evangelización, si no es con el riesgo de empobrecerla e incluso mutilarla»[79]. La evangelización se desfigura si no tiene un claro acento social; el anuncio de Jesucristo tiene un contenido ineludiblemente social; en el corazón mismo del Evangelio está la vida comunitaria y el compromiso con los otros. Así lo ha vivido siempre la Iglesia desde sus orígenes, así lo ha mostrado con innumerables gestos a lo largo de toda su historia y así lo desarrolla el magisterio social de la Iglesia en nuestro tiempo y la praxis más auténtica de vida eclesial en esta España actual en profunda crisis.

En nuestra Misión no podemos ser ajenos a los problemas personales, familiares y sociales que sabemos que hay en cada uno de nuestros pueblos y ciudades. ¿Cómo vamos a oler a la gente, si no estamos percibiendo el olor de la situación concreta de cada uno: de su dolor, de su problema, de su necesidad? A la hora de preparar nuestra misión, hemos de analizar los problemas de nuestra tierra, y no podemos eludir ninguno, porque cada problema lo encarnan seres humanos. Hemos de analizar los problemas en cada uno de los sectores sociales: niños, empezando por los concebidos no nacidos; matrimonios, en su diversidad de situaciones; familias, mujeres, mayores…

No podemos olvidarnos de los más pobres, de los marginados, de los excluidos y descartados. Pondremos un cuidado especial en la evangelización de las personas que viven en las zonas más marginales de nuestros pueblos y ciudades. Hemos de estar muy atentos a todos los sectores sociales y profesionales. Por supuesto, hemos de conocer los problemas del mundo rural, que es nuestro mayor capital social, pero también ha de ser nuestra mayor preocupación. Seremos especialmente minuciosos y concretos a la hora de conocer, con criterios sanadores, las necesidades de nuestros hermanos. Nuestras parroquias en misión han de recoger el deseo del Papa Francisco: «Quiero una Iglesia pobre para los pobres». Desde ellas hemos de acercarnos a las periferias existenciales, porque es en la parroquia donde más de cerca se huele el olor de la gente, es el ámbito pastoral que mejor nos permite estar dentro de las situaciones.

Tenemos que actuar en la misión con conciencia de que «una auténtica fe –que nunca es cómoda e individualista– siempre implica un profundo deseo de cambiar el mundo, de transmitir valores, de dejar algo mejor detrás de nuestro paso por la tierra. Amamos este magnífico planeta donde Dios nos ha puesto, y amamos a la humanidad que lo habita, con todos sus dramas y cansancios, con sus anhelos y esperanzas, con sus valores y fragilidades. La tierra es nuestra casa común y todos somos hermanos»[80].

No tengamos miedo a tocar los temas sociales, como a veces nos sucede, ni los consideremos ajenos a la fe y a la pastoral; si a algo tenemos que temer es a ignorar lo que le afecta a los hombres y mujeres a los que vamos a evangelizar. Traicionaríamos de ese modo la Misión que hacemos. No olvidemos que hemos de hacer real la relación entre anuncio y amor fraterno. Si insisto en esto, es porque hemos de reconocer, con humildad y verdad, en que no siempre lo hacemos. «¡Qué peligroso y qué dañino es este acostumbramiento que nos lleva a perder el asombro, la cautivación, el entusiasmo por vivir el Evangelio de la fraternidad y la justicia! La Palabra de Dios enseña que en el hermano está la permanente prolongación de la Encarnación para cada uno de nosotros: «Lo que hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, lo hicisteis a mí (Mt 25,40)»[81].

La inclusión social de los pobres y la preocupación por la paz y por la ecología han de ser asuntos que aparezcan explícitos en nuestro mensaje, si no queremos que el anuncio del Reino quede reducido y recortado. Del mismo modo que hemos de tener en cuenta a los más indefensos e inocentes, como el derecho a la vida de los no nacidos o de los ancianos. En fin, no olvidemos que «el mandato de Jesús es: “Id por todo el mundo, anunciad la Buena Noticia a toda la creación” (Mc 16,15), porque “toda la creación espera ansiosamente esta revelación de los hijos de Dios” (Rm 8,19). Toda la creación quiere decir también todos los aspectos de la vida humana, de manera que “la misión del anuncio de la Buena Nueva de Jesucristo tiene una destinación universal. Su mandato de caridad abraza todas las dimensiones de la existencia, todas las personas, todos los ambientes de la convivencia y todos los pueblos. Nada de lo humano le puede resultar extraño”»[82].

Siempre con acento mariano

En cualquiera de estos acentos misioneros, que vamos a poner a lo largo de este año de Misión, con nosotros estará la Virgen. Nadie como Ella prepara el encuentro con su Hijo. Ella es quien mejor dispone nuestro corazón y orienta nuestros pasos: «Haced lo que él os diga» (Jn 2,5). Por eso, todo en la Misión Diocesana Evangelizadora ha de tener un acento mariano. Esa es la razón por la que encomendamos a la Virgen María nuestra Misión Diocesana. Ante cada una de los centenares de advocaciones con las que la veneramos en nuestra Diócesis de Jaén y ante la Santísima Virgen de la Cabeza, nuestra Madre y Patrona, haremos algún gesto misionero, con el que le hagamos llegar nuestro más profundo deseo de contar con ella como Madre de la Misión. Cuando llegue el momento, también haremos nuestra acción de gracias al Señor junto a Ella. De momento, le encomendamos todo lo que vamos a hacer en cada parroquia y todos nosotros los misioneros nos encomendamos a su intercesión maternal. También quiero invocar la protección e intercesión a los santos y santas giennenses, que siempre son compañeros de camino, desde su mirada en la Iglesia celeste. A San Eufrasio y a Lolo, Pedro Poveda y Manuel Basulto, así como a tantos santos mártires vinculados a nuestra Diócesis, les pedimos que marchen ilusionados con el pueblo santo de Dios que camina con paso misionero en Jaén y que se comprometan también ellos, que están cerca del corazón de Dios, con «el sueño misionero de llegar a todos».

En una Iglesia en salida

No quiero terminar sin evocar unas palabras de San Juan Pablo II en Novo Millenio Ineunte. Con ellas quiero situar, en el lúcido y santo programa del Papa, que la guía de nuestro Dios le dio a la Iglesia para entrar en la novedad del tercer milenio: «Un nuevo milenio se abre ante la Iglesia como un océano vasto en el que aventurarse, contando siempre con la ayuda de Cristo. En efecto, estamos abiertos a nuevos horizontes, a nuevos compromisos cada vez más audaces, creativos y abiertos. Esto obliga a entrar en las casas, a transitar por las calles, a buscar acercamientos y, en ocasiones, a iniciar aventuras. Y nada debe impedir que lo intentemos; y mucho menos aquello de que “ya lo intentamos en otra ocasión”»[83]. Para ser Iglesia en misión, la Diócesis y, en ella, todas las parroquias, han de convertirse en comunidades que no esperan, sino que van al encuentro de la gente. Es necesario, por tanto, que todos nos convenzamos de que en nuestra acción pastoral hemos de afrontar nuevos senderos; esta es una condición fundamental para ser fieles al anuncio que tenemos encomendado, que constituye para nosotros un nuevo modo de ser y de actuar como Iglesia, lo que es mucho más que una estrategia. No obstante, todo hay que programarlo con esmero y con la convicción profunda de que hacemos lo que somos.

Con mi afecto pastoral y mi bendición apostólica.

Jaén, a 7 de octubre de 2018, fiesta de la Santísima Virgen del Rosario.

rodriguez_magro_firma✠ Amadeo Rodríguez Magro
Obispo de Jaén

 

 

 


[1] EN 14.

[2] cf PF 7.

[3] Benedicto XVI, A los Obispos de Brasil en Sao Paulo, 2007.

[4] EG 99.

[5] Sínodo de los Obispos, XV Asamblea General Ordinaria, Instrumentum laboris, Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional, nº 29

[6] EG 50

[7] EG 51

[8] EG 24

[9] Francisco, Exhortación Apostólica, Gaudete et Exsultate 19

[x] G et E, 20

[xi] EG 269

[xii] EG 3

[xiii] cf EG 1

[xiv] Benedicto XVI, Discurso a los obispos de Portugal, 2007

[xv] EG 178

[xvi] EG 165

[xvii] Xavier Morlans, El primer anuncio. El eslabón perdido, PPC, Madrid 2010,29.

[xviii] DCE, 1

[xix] EG 165

[xx] EG 164

[xxi] EG 164

[xxii] EG 129

[xxiii] EG 165

[xxiv] Cesare Bissoli, El primer anuncio en las comunidades cristianas de los orígenes, en Catechesi, Enero. Febrero, 2008-2009

[xxv] EG 39

[xxvi] EG 35

[xxvii] EN 14

[xxviii] Christoph Theobald, El estilo de vida cristiana, Sígueme, Salamanca 2016, p. 66

[xxix] Papa Francisco, Mensaje del Domund, 2018

[xxx] EG 177

[xxxi] EG 43

[xxxii] Documento final, octubre de 2018

[xxxiii] EG 26

[xxxiv] EG 28

[xxxv] cf EG 28

[xxxvi] EG 30

[xxxvii] EG 31

[xxxviii] cf EG 114

[xxxix] EG 23

[xl] EG 47

[xli] cf EG 47

[xlii] Cf EG 122

[xliii] EG 68

[xliv] EG 120

[xlv] EG 120

[xlvi] EG 273

[xlvii] EG 121

[xlviii] cf EG 34

[xlix] Papa Francisco, Audiencia general, 17-9-14

[l] Papa Francisco, Mensaje para la Jornada Misionera Mundial, 19 de mayo, 2013

[li] Obispo de Plasencia, Carta Pastoral en el Año de la Misión, “Con Jesucristo nace y renace la alegría, p. 19

[lii] EG 14

[liii] EG 14

[liv] EG 14

[lv] EG 14

[lvi] Entrevista en la Civiltà Cattolica

[lvii] EG 49

[lviii] Homilía de la Santa misa de imposición de palio y entrega del anillo del pescador, Roma, 24, del VI de 2005

[lix] Palabras improvisadas en el encuentro con los jóvenes en la Costanera de Asunción, el 12 de julio

[lx] NMI 19

[lxi] EG 259

[lxii] cf Francisco, Visita a Caserta, encuentro con los sacerdotes de la Diócesis, Caserta, 26 de julio de 2014

[lxiii] EG 282

[lxiv] EG 281

[lxv] EG 262

[lxvi] Papa Francisco, Audiencia a los catequistas en el Año de la fe, 27 de septiembre de 2013

[lxvii] EG 279

[lxviii] EG 273

[lxix] EG 265

[lxx] EG 268

[lxxi] EG 166

[lxxii] EG 274

[lxxiii] EG 274

[lxxiv] EG 267

[lxxv] cf EG 34

[lxxvi] EG 270

[lxxvii] EG 33

[lxxviii] EN 25

[lxxix] EN 17

[lxxx] EG 183

[lxxxi] EG 179

[lxxxii] EG 181

[lxxxiii] NMI 58

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