Santa Misa con motivo de la convocatoria del Sínodo Diocesano

Homilía de
Mons. D. Atilano Rodríguez Martínez
Obispo de Sigüenza-Guadalajara

atilano0212018

 

S.I. Catedral Basílica de la Asunción de la Virgen, Sigüenza
Domingo, 2 de diciembre de 2018

El tiempo litúrgico del Adviento, que hoy iniciamos, nos invita a prepararnos espiritualmente para las fiestas solemnes de la Navidad, en las que celebraremos la primera venida de Jesucristo al mundo. Pero, también nos recuerda que hemos de disponernos interiormente para esperar la última venida del Señor al fin de los tiempos. El mismo que ahora viene en la carne, vendrá en la majestad de su gloria para revelar la plenitud de su obra.

La Palabra de Dios nos recuerda que la preparación para recibir al que viene nos exige permanecer en espera vigilante, rebosando de amor a todos, para presentarnos así ante el Señor santos e irreprensibles. Esto nos obliga a pedir la fuerza de lo alto para superar las distracciones, permanecer vigilantes y no dejarnos vencer por la búsqueda de los propios intereses.

Con estas recomendaciones evangélicas, el Señor nos convoca hoy a vivir el tiempo de Adviento y a prepararnos para la celebración del sínodo diocesano. Aunque muchos han escuchado ya esta buena noticia, conviene que cada uno asuma el encargo de difundirla y hacerla llegar a todos los diocesanos para que nadie se vea privado de la participación gozosa en las reflexiones sinodales y en la puesta en práctica de las mismas.

Algunos podrán preguntarse: ¿Para qué celebrar un sínodo diocesano? ¿Qué sentido tiene en nuestros días? El sínodo, ante todo, debe ser un tiempo para profundizar en el conocimiento de Dios, que constantemente viene a nuestro encuentro por medio de Jesucristo para regalarnos su gracia, para mostrarnos su amor y para renovar nuestra esperanza. Este es el punto de partida de la vida cristiana y este ha de ser también el punto de partida de los trabajos sinodales.

El Señor resucitado, por medio de su Espíritu, es quien nos convoca a participar en el sínodo y a vivir la sinodalidad, expresión del ser y de la misión de la Iglesia. El Espíritu Santo, que derrama el amor de Dios y el ímpetu evangelizador en nuestros corazones, nos ayudará a superar los miedos, a vencer la rutina y a salir de nosotros mismos para recorrer el itinerario sinodal en comunión con los hermanos. Este camino, desconocido para todos, es sin embargo un camino repleto de esperanza, porque Jesús camina con nosotros, respira con nosotros y trabaja con nosotros.

Con la convicción de que Dios es siempre el primero en salir al encuentro del hombre, es preciso que pongamos en práctica el discernimiento personal y pastoral. Este discernimiento, como indica el papa Francisco, no es un eslogan publicitario ni una técnica organizativa más, sino una actitud interior que tiene como punto de partida un acto de fe en la presencia permanente del Señor en medio de su Iglesia. El discernimiento se funda en la convicción de que Dios, no sólo se hace presente y nos habla por medio de su Palabra y de los sacramentos, sino por su actuación en las personas que caminan a nuestro lado y en los distintos acontecimientos de la historia.

Ahora bien, para que el discernimiento sea eficaz y fructuoso, es preciso que encontremos espacios y tiempos, personales y comunitarios, para hacer silencio y escuchar la voz de Dios en la oración, para conocer su voluntad y descubrir las formas más adecuadas para cumplirla con prontitud, aunque ésta no coincida con nuestros criterios. Durante la celebración del sínodo, hemos de clamar a Dios y pedir su gracia para que nos abra el corazón frío y sacuda nuestra tibieza y superficialidad (EG 264).

En ocasiones, la escucha de la voz de Dios tendrá su origen en la escucha de los hermanos. Por eso, el recorrido del camino sinodal no podemos hacerlo como extraños o desconocidos, sino como hermanos, como hijos de un mismo Padre. Este aspecto hemos de cuidarlo mucho durante el desarrollo del sínodo, pidiéndole al Señor que libere nuestra mente y nuestro corazón de prejuicios y de criterios preconcebidos sobre los demás, para escuchar con atención a Dios que nos habla por medio de ellos.

Con la acogida cordial a nuestros semejantes, hemos de ser signo de una Iglesia que se deja interpelar, que se pone verdaderamente a la escucha de todos y que no tiene respuestas preparadas para responder a cada interrogante. Quien no permanece atento a los demás y se niega a escucharles, se cierra a toda novedad y, por tanto, no está dispuesto a aceptar la sorpresa de Dios.

Por otra parte, no deberíamos olvidar que la participación en el sínodo nace de nuestra pertenencia gozosa a la Iglesia, al Pueblo de Dios que peregrina al encuentro definitivo con su Señor. Por el bautismo somos miembros vivos de una Iglesia, que es madre, maestra, casa de todos y familia de los hijos de Dios. A pesar de nuestros pecados, Ella tiene el vigor y la fuerza del Espíritu para comunicar a todos los hombres la buena nueva del Evangelio.

En medio de las dificultades, indiferencias y contradicciones del mundo actual, nunca hemos de avergonzarnos de pertenecer a una Iglesia, hospital de campaña, que acoge y ofrece curación de sus heridas a todos. Amemos con amor filial a la Iglesia universal, que se concreta para cada uno de nosotros en nuestra Iglesia particular de Sigüenza-Guadalajara.

Sólo desde la profunda certeza de pertenecer a esta Iglesia, que es misterio de comunión, podremos salir en misión hasta los confines de la tierra o hasta la casa del vecino para mostrarle con nuestro afecto el amor de Dios, para ofrecerle el testimonio alegre de la victoria de Cristo sobre el poder del pecado y de la muerte, y para celebrar con él esta incomparable noticia.

Aunque el presente de nuestra Iglesia diocesana nos permite constatar que son muchas las actividades, las iniciativas y los proyectos para el impulso de la nueva evangelización, no podemos ser conformistas pues sabemos que el Señor viene a nosotros para amarnos, regalarnos su gracia e invitarnos a la plenitud de la vida y al cumplimiento de la misión. Esto quiere decir que el futuro no debe estar condicionado por el miedo, sino por la vivencia de la comunión con la Trinidad santa, con los hermanos y con la creación.

Por eso, al comenzar el Adviento y el sínodo diocesano, hemos de pedir al Señor que renueve nuestra esperanza para poder ofrecerla a quienes tienen sed de ella. Como nos recuerda el Concilio Vaticano II: “Podemos pensar, con razón, que el porvenir de la humanidad está en manos de aquellos que sean capaces de transmitir a las generaciones venideras razones para vivir y para esperar” (GS 31).

Las celebraciones litúrgicas y la oración personal durante los trabajos sinodales nos descubrirán la presencia sacramental del Resucitado en medio de su Iglesia y, por lo tanto, podremos descubrir que no somos peregrinos sin meta ni destino. Cada celebración eucarística tiene que ser un adviento del Señor a nuestras vidas para que lo descubramos, lo acojamos y pongamos nuestra confianza sólo en Él.

La vivencia consciente de la Eucaristía es una invitación de Dios a permanecer despiertos y vigilantes en todo momento por medio de la oración y la sobriedad. De este modo, podremos rebosar en el amor fraterno y en el amor a todos para que nuestro corazón se afiance en el Señor y para ser irreprensibles en la santidad de vida.

Invoquemos la especial intercesión de la Santísima Virgen. Ella, como Madre nuestra y modelo de fe, nos ayudará a renovar la esperanza y el ardor misionero, a crecer en la compasión y a buscar las mejores respuestas evangelizadoras para este tiempo de gracia y salvación.

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