Santa Misa con el Rito de la Ordenación sacerdotal

Homilía de
Mons. D. José Manuel Lorca Planes
Obispo de Cartagena en España

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Parroquia de Nuestra Señora de la Asunción, Alcantarilla
Domingo, 2 de diciembre de 2018

Ordenación Sacerdotal de
D. Héctor Madrona López Sánchez

Vicarios Episcopales,
Rectores de los seminarios Mayor San Fulgencio y Menor San José y formadores,
Rector del Seminario mayor diocesano, misionero e internacional Redemptoris Mater y formadores,
Queridos sacerdotes, especialmente a Don Manuel Guillén y Don José López,
Religiosos y religiosas,
Mi agradecimiento y saludo a la madre y a todos los familiares del ordenando,
Seminaristas de los seminarios diocesanos,
Queridos feligreses de esta entrañable parroquia de Alcantarilla
Hermanos y amigos venidos de tantos otros lugares para esta celebración.

Querido Héctor Madrona,

Después de haber visto tus declaraciones donde contabas tu experiencia hasta llegar hoy aquí, tenemos claro que la mano de Dios ha estado sobre tu cabeza, que ha sido un hecho real la invitación del Señor a entrar en la dramática aventura de seguirle. Seguro que tú habrás concluido esta historia como lo hizo el profeta: “Me sedujiste, Señor y me dejé seducir”. En los relatos de la vocación de Isaías, en la presencia del Señor, Isaías se lamentaba de su frágil condición, con sus labios impuros, de que ha visto al Altísimo y cómo podrá hablar siendo un hombre de labios impuros. Pero Dios insiste. Esta escena de la Biblia vino a mi memoria cuando leí tus palabras: “El Señor ha hecho un milagro grande conmigo y sobre todo ha conseguido transformar mi corazón, a pesar de mis resistencias”.

Tú has dado algunas razones, creo que fruto de la reflexión interior, que te han ayudado a decidirte: los odios, las fobias en las que vive la gente, la rabia porque no se soporta la felicidad de los otros, los recelos y envidias, el vacío interior y la superficialidad… Cosas que llevan a tanta tristeza a muchos y te dijiste, casi como San Francisco de Borja: “tengo que encontrar a Alguien más grande que yo, que no muera, que me enseñe el camino y de sentido a mi vida”. Y en esas circunstancias oíste la voz de Dios y te pusiste en marcha.

Comentas que te ha impresionado un texto de San Lucas: “Alegraos conmigo porque he hallado la oveja que se me había perdido”. Escucha ahora la historia de Isaías: “Y percibí la voz del Señor que decía: ¿A quién enviaré?, ¿y quién irá de parte nuestra? Dije: Heme aquí: envíame. Dijo el Señor: Ve y di a ese pueblo…” (Is 6,8ss). Primero el reconocimiento de la propia condición del llamado, los temores por ser frágil y pecador; pero Dios purifica su boca. A continuación el Señor le hace ver la difícil situación de los hombres para pedirle una respuesta: “Heme aquí: envíame”. ¡Cómo ha cambiado todo después de la invitación y de la purificación que le hace Nuestro Señor! Este es el signo más excelente de la acción de Dios: El que era una persona sin rumbo se presenta voluntario y es enviado a la misión. Esta ha sido también tu historia: Dios ha estado fuerte, eficaz, ha salido a tu encuentro y no tienes que tener miedo.

Tu misión ahora es anunciar a la gente que antes veías con tristeza por los odios, envidias y demás miserias del corazón humano, que existe otra experiencia de vida mejor, que está al alcance de las manos: la alegría, el gozo, la esperanza, la paz del corazón y lo maravilloso que es ayudar, servir, tender la mano a los necesitados… Es otro estilo de vivir, pero este te fortalece en el Señor, que nos dijo que su alegría estaría en nosotros y sería plena (Jn 15,11). Tu alegría, esta gozosa experiencia personal que tienes con Dios, te hará cercano a todos, te ayudará a descubrir el rostro del que sufre, del enfermo, de los que lo están pasando mal y podrás hacer milagros al presentarles la fe, porque les ayudarás a convertir la tristeza en alegría (cf. Jn 16,20). Sí, creedlo en el fondo del corazón, nos lo dice también el Papa Francisco en Evangelii Gaudium: “Reconozco que la alegría no se vive del mismo modo en todas las etapas y circunstancias de la vida, a veces muy duras. Se adapta y se transforma, y siempre permanece al menos como un brote de luz que nace de la certeza personal de ser infinitamente amado, más allá de todo” (EG, 6).

Héctor, tú sabes que no vivimos de romanticismos, que pisamos tierra y la realidad es que te ha tocado una época difícil y complicada, que te vas a encontrar en tu ministerio a muchos que rechazarán a Jesús y a otros con dureza del corazón y con los oídos cerrados incapacitados para escuchar a Dios. Pero tú has sido llamado para llevar esperanza a todos, para decirle a todo el mundo, a corazón abierto y con la libertad del que lo ha dejado todo, que Dios es Padre, que nos ama, que nos perdona de corazón. Abre bien los ojos, hermano, que ha sido el mismo Jesucristo el que ha salido a tu encuentro para que lleves a todos la frescura que nace de la Sagrada Escritura, la libertad que regala el Señor a sus hijos… Eres el hombre de la Palabra, el profeta que anuncia la esperanza, el heraldo que grita el amanecer… y no te desanimes, que el Señor está contigo y te dice con voz clara y nítida “no temas”. Un evangelizador no debe tener cara de funeral, de estar triste, desalentado, impaciente, ansioso, porque eres el portador de Buenas Noticias y sabes que con Jesucristo siempre nace y renace la alegría y que mucha gente, incluso de entre los que se alejaron, buscan a Dios secretamente, movidos por la nostalgia de su rostro. Por esto, no abandones nunca la misión, tenemos el deber de anunciar sin excluir a nadie, no como quien impone una nueva obligación, sino como quien comparte una alegría, señala un horizonte bello, ofrece un banquete deseable… Ojalá el mundo actual, que busca a veces con angustia, a veces con esperanza, pueda así recibir la Buena Nueva (EG, 10).

Le pido al Señor, querido hermano, que seas tú un evangelizador, cuya vida irradie el fervor de quién ha recibido la alegría de Cristo. Que la Virgen María, Nuestra Madre de la Salud, te cuide y te proteja.

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