Santa Misa en el II Domingo de Adviento

Homilía de
Mons. D. Francisco Javier Martínez Fernández
Arzobispo de Granada

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S.I. Catedral de la Encarnación, Granada
Domingo, 9 de diciembre de 2018

Nuestra misión al predicar, al anunciar o comentar el Evangelio en las lecturas que hemos escuchado se parece un poco a la de Juan el Bautista. No se trata fundamentalmente de dar reglas para las circunstancias o situaciones de la vida, sino apuntar al Rey que viene; apuntar al Mesías que viene, a la Esperanza de los pueblos; apuntar a Jesucristo, señalar a Jesucristo.

Del encuentro con Jesucristo se deriva toda una percepción de nosotros mismos, de nuestro pasado y de nuestro futuro, del significado de nuestros errores y de nuestros logros, de nuestra esperanza, de nuestro destino. Y naturalmente que de esa percepción de para qué hemos nacido se deriva toda una serie de actitudes para la vida moral. Pero sería como comenzar la casa por el tejado; comenzar por esas actitudes, que sólo tienen su explicación más profunda en el Acontecimiento que nos estamos preparando para celebrar y para conmemorar la Encarnación del Hijo de Dios, el cumplimiento de las promesas de Israel y el comienzo de la humanidad nueva.

Ayer celebrábamos la fiesta de la Inmaculada y venía con ese motivo la Virgen de un pueblecito muy cercano a Granada, que se llama Virgen de la Aurora, porque la Virgen es justamente la Aurora de la Salvación, que remite a Jesucristo. No hay alba ni aurora si el sol no fuera a venir después. Es el sol el que ilumina el comienzo del día. La luz que despunta en todos esos matices de gris y matices desde el azul marino, hasta el rojo, que tantas veces ha descrito y con tanta belleza Tolkien en sus novelas, con tanta delicadeza. Pero es Cristo quien da sentido a la aurora, y es Cristo quien da sentido a todo en la vida cristiana.

Es el Acontecimiento de Cristo el que cambia la vida del hombre. ¿Y cómo la cambia? Las Lecturas de hoy nos dicen algo de cómo sucede ese cambio. La Primera Lectura se dirige a Jerusalén y llamo la atención sobre el hecho que quienes vienen habitualmente y no están de visita conocen bien, y para algunos resulta todavía un poco chocante, yo comienzo siempre las homilías diciendo: “Queridísima Iglesia del Señor, Esposa amada de Jesucristo, Pueblo santo de Dios”; luego me dirijo a los sacerdotes y luego suelo decir “hermanos y amigos”, que sois también vosotros, igual que la Iglesia a la que me he referido la principio, pero también sé que, a veces, no de manera demasiado infrecuente, participan o asisten a la Eucaristía personas que no son cristianas y que aman, sin embargo, el vivir este momento, o el unirse a nosotros en este momento, o el asistir a ello. Aunque el nombre de “amigos” no es menor que el nombre de “hermanos” si se entiende como Jesús lo dice en la Última Cena: “Ya no os llamo siervos, os llamo amigos porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer”. Por tanto, el nombre de “amigos” es el nombre más grande que uno puede darse si no lo entendemos como lo entiende el mundo sino como lo entiende el Señor: alguien que ha sido asociado amorosamente al propio Jesucristo en nuestro camino hacia la Casa del Padre, hacia el Cielo. Y esa amistad es tan profunda que el otro nombre que Jesús aplica a la Iglesia, al pueblo nuevo que va a nacer de Él (que comienza con la figura de su Madre) es el de Esposa. Y una Esposa tan amada que sólo en ese matrimonio se cumple lo que Dios dijo a Adán y Eva en el Libro del Génesis: “Ya no sois dos, serán los dos una sola carne”. Sólo en la unión de Cristo y la Iglesia se da verdaderamente y plenamente, de una manera inefable, eso a lo que se tiende en un verdadero matrimonio, pero que nunca se llega a dar del todo y no se dará, y sólo se da en la medida en que la vida de Cristo es participada por los esposos y vivida por los esposos, y sólo se dará plenamente en la vida eterna, en el Cielo, en el Paraíso.

A ese nombre de Esposa es al que se refiere justamente la Primera lectura cuando dice “alégrate, Jerusalén”. Jerusalén eres tú, es la Iglesia, somos nosotros, es la Iglesia del Señor”. Dice: “Quítate los vestidos de luto que llevas y vístete con un traje esponsal, con un traje de novia”; con un traje de novia y un traje de reina. Habla de la diadema: “Ponte la diadema en tu cabeza”. Esa diadema es la diadema real, siempre. Pero siempre que habla en el Antiguo Testamento de Jerusalén (Jerusalén se queda viuda cuando las tropas de Nabucodonosor la invaden y la arrasan, y arrasan el templo y llora y se lamentan por sus hijos, que han perecido); siempre que los profetas se habla de Jerusalén o de Sión se está hablando en realidad de la Iglesia. También la noche de Pascua, una de las lecturas de Isaías que se leen, se vuelve a insistir en eso: “Quitaré de ti los vestidos de luto y de llanto, y te pondré un traje de novia”.

Yo creo que prepararnos a la Navidad, que sucedió en un momento preciso de la Historia, y el evangelista San Lucas nos acaba de recordar “siendo Licinio gobernador de Siria, siendo…”, menciona justamente todas las autoridades que gobernaban en Judea y en las regiones limítrofes en el tiempo en el que comienza el ministerio público de Jesús. Sucede en un hecho de la Historia. Y lo esperamos para el final de los tiempos, pero no tenemos que esperar su Venida para el final de los tiempos. Cristo viene para nosotros. Cristo está siempre dispuesto a que en nuestro corazón (no sólo en nuestro corazón, sino en nuestros gestos, en nuestra vida, en nuestra manera de vivir, en nuestras relaciones humanas, en todo) se haga presente, esté presente, las llene con su Gracia y con su contenido, como llenó de buen vino aquellas jarras de agua que había en Caná de Galilea, o como multiplicó los panes, multiplica la alegría con su Venida, multiplica nuestra vida, la hace grande y hermosa, y digna de ser vivida. Llenos de gratitud por su presencia.

No esperamos al día de Navidad para que venga. Sabemos que viene a nosotros constantemente. Sabemos que viene a nosotros en cada Eucaristía. Sabemos que viene a nosotros para unirse a nosotros y hacernos hijos libres de Dios. Esa Jerusalén en la que han desaparecido los altozanos, cuando habla de bajar los montes. Los montes eran los lugares en los que se daba culto a los ídolos y en donde se sacrificaban con frecuencia seres humanos, para dar ese culto a los ídolos. “Y se llenará la tierra de un bosque, que dará sombra a Israel en su caminar por la Historia”, a Jerusalén para caminar por la Historia.

Dios mío, yo quisiera sólo deciros que nosotros podemos vivir en ese gozo de saber que el Señor ha venido, seguirá viniendo, no dejará de venir, no nos abandonará, y viene y viene… Y esa Venida es la única fuente verdadera de una alegría que nada puede destruir y que nada puede manchar. Viene a nosotros y hace de nosotros un pueblo de reyes. “Le subiré –decía también la Primera Lectura- a una carroza real, subiré a tus hijos en una carroza real”. Claro que sí: pueblo de reyes. Ese pueblo que está representado por cierto de manera preciosa en esa imagen que es la primera imagen patrona y venerada en Granada; que vino a Granada con la Reina Católica. Esa madre joven, reina también, y perfectamente adecuada para este tiempo de Adviento, porque nos pone en la mirada el Acontecimiento que sucedió, pero nos pone en la mirada también nuestra vocación. Nuestra vocación a vivir en esa humanidad nueva que Ella ha inaugurado por obra de su Hijo, para todos los hombres, para todos nosotros. Un pueblo de reyes, claro que sí. Un pueblo de sacerdotes también, porque cuando vosotros comulgáis, cuando nosotros comulgamos, no hay ninguna mediación.

El don de Dios a nuestra carne es tan inmediato como lo fue para la Virgen. Dios, el Hijo de Dios, habita en nosotros, plenamente. Y no para que recemos cinco minutitos en el momento de después de comulgar, sino para que podamos vivir la vida. Yo digo muchas veces que la Eucaristía empieza en cuando salimos por la puerta de la Iglesia, para que podamos vivir nuestra vida y todas la relaciones y todos los momentos y circunstancias y gestos de nuestra vida con esa tranquila certeza de que el Señor nos acompaña, de que su sombra nos guía, de que su luz nos ilumina, de que su amor no nos falta jamás.

Mis queridos hermanos, todos los tiempos cristianos son tiempos de alegría y de recordar los motivos que tenemos para la alegría. Yo sé que son tiempos difíciles en la historia, y también en Adviento se nos recuerda que la historia está llena de catástrofes y dificultades. Bueno, eso es la historia humana. Esa es la Historia humana sin Cristo. Pero cuando Cristo alborea en nuestras vidas, por muy pequeño que sea la luz de ese alba, ese gris marengo o ese azul marino con el que empieza a despuntar el alba de la noche profunda, ya sabemos que está cerca el día; ya sabemos que tenemos al Señor cerca con nosotros; ya sabemos que no estamos solos en la vida y que nuestro destino no es esa soledad de la muerte, o que acompaña a la muerte. En un mundo más tradicional, sólo la acompañaban cuando uno moría. En nuestro mundo, con frecuencia, le acompaña también antes de morir, y a veces mucho antes de morir. No es nuestra vocación esa soledad. Es nuestra vocación vivir la vida nueva de fe, de esperanza y de amor, que sólo el Señor hace brotar, florecer y fructificar en nuestros corazones. Si en este mundo tan de noche oscura nos concediera el Señor ser la cerillita que alumbra, el Juan Bautista que señala, el punto de luz que amanece, para señalar que hay una vida humana posible, que hay una vida humana fundada en el amor y no en los intereses de poder o en las luchas de intereses y en las luchas de poder de los hombres, sino en el amor en el ser humano, aunque el ser humano, nadie, hayamos merecido ese amor; si podemos proclamar eso, y no con nuestros sermones, estaremos haciendo lo más importante y lo que más este mundo necesita.

En todas las clases sociales, en todos los ambientes, hace falta que brille de nuevo la luz del Evangelio, la Buena Noticia del Evangelio. Y sólo brillará si en nuestra vidas pobres, llenas de defectos, llenas hasta de miseria si queréis, podemos dar testimonio de que hemos encontrado al que es portador de la Luz. Que no somos nosotros. Es Jesucristo; pero que cuando acogemos a Jesucristo en nuestra vida se cumple lo que Él dijo: “Vosotros sois la luz del mundo. Vosotros sois la sal de la tierra”. En esta tierra insípida, en este mundo sin sentido y sin amor. Somos a lo mejor una gota de lluvia en la sequía, pero esa gota de lluvia jamás deja de fructificar. Y el primer fruto es la alegría de nuestro corazón, la paz de nuestro corazón, la paz de vuestras vidas, la paz de una vida reconciliada y abrazada por Cristo, que nos permite perdonar, abrazar, mirar al mundo con una mirada que no es la nuestra y la de nuestros resentimientos, sino la mirada de ternura, de misericordia y de amor de Dios.

Que así sea para todos nosotros cuando nos acercamos a la fiesta de la Navidad. Quiera Dios que así sea para toda la nueva Jerusalén que es su Esposa amada, su Iglesia, su Pueblo, en el mundo entero.

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