La mediación de Jesucristo en la liturgia

lopezmartin_escudoEl Obispo de León

CATEQUESIS DE ADVIENTO 2018
“LA ACCIÓN DE DIOS EN LOS SACRAMENTOS Y
EN LA VIDA LITÚRGICA”

9 de diciembre de 2018, Domingo II de Adviento, año C

CATEQUESIS II
“LA MEDIACIÓN DE JESUCRISTO EN LA LITURGIA”

El domingo pasado comenzaba estas catequesis de Adviento presentando en términos generales su objeto y su objetivo. El título general, lo recuerdo de nuevo, es este: “La acción de Dios en los sacramentos y en la vida litúrgica”. Después de una presentación general, traté de desarrollar el primer tema que consistió en mostrar que Dios actúa efectivamente en los sacramentos y en la liturgia. Recuerdo que los puntos fundamentales de aquella primera exposición hacían referencia a la liturgia como acción de Cristo que interviene con el Espíritu Santo, al alcance humano y divino, visible e invisible, de toda acción litúrgica, al significado de la participación de los fieles en ella y, finalmente, a la conveniencia de mantener la santidad y la belleza de la liturgia.

La catequesis de hoy da un paso más profundizando en un aspecto ya apuntado. Me refiero a la acción divina de Jesucristo en la liturgia, aspecto verdaderamente esencial de manera que, si lo tenemos en cuenta, nos liberará de la tentación de hacer “nuestra propia liturgia” cuando celebramos o participamos en ella. Prevenir esta realidad, sin embargo, no resta importancia a la participación litúrgica que ha de ser siempre “consciente, activa y fructuosa” como quería el Concilio Vaticano II (cf. SC 14; etc.).

Hoy damos dar un paso más centrándonos en una realidad absolutamente esencial para nuestra comprensión de lo que es la liturgia y, en consecuencia, nuestra participación en ella. Me refiero a la liturgia como “ejercicio del sacerdocio de Jesucristo” y a la presencia del Señor en ella. De ahí el título dado a esta catequesis.

1.- Una realidad recuperada gracias al Movimiento litúrgico

No es posible detenernos en repasar la historia de lo que ha sido una verdadera recuperación y puesta en valor del significado de la liturgia en la Iglesia durante el siglo XX, en el que se pasó paulatinamente de una visión meramente funcional, estética y normativa del culto litúrgico a una panorámica teológica, dinámica y pastoral. Personalmente yo conocí todavía aquella etapa en la que predominaban las normas y las rúbricas [1] en las celebraciones litúrgicas, el uso exclusivo del latín en lecturas, oraciones y cantos, y un inmovilismo formal que restaba naturalidad y viveza a los gestos y actitudes corporales. Me estoy refiriendo a la situación de la liturgia antes del Concilio Vaticano II en la que fue determinante, facilitando en este sentido la recepción de las disposiciones conciliares en esta materia, un célebre documento pontificio del que casi nadie se acuerda hoy: la encíclica “Mediator Dei” del papa Siervo de Dios Pío XII (1947) [2].

Decisiva había sido también la publicación, unos años antes, de la encíclica Mystici Corporis (29-VI-1943) del mismo papa, que ofreció a la liturgia el fundamento de una renovada eclesiología al reconocer el significado y la presencia de los fieles cristianos en la liturgia. Ambos documentos pontificios fundamentaron los principios teológicos de la participación de los fieles en la liturgia, de manera que esta empezó a ser comprendida como el “ejercicio del sacerdocio de Jesucristo” (cf. MD 4), expresión que fue asumida después por el Concilio Vaticano II (cf. SC 7).

Soy consciente de que estoy hablando de unos hechos que se alejan cada vez más en el tiempo, pero estoy convencido de que el conocimiento de aquella situación preconciliar y de las aportaciones del magisterio pontificio, especialmente de Pío XII, ayuda a valorar debidamente el alcance de los principios que sostienen el derecho y el deber de los fieles cristianos a participar “consciente, activa y fructuosamente” en la liturgia, tal y como propuso el concilio. En efecto, así se ha cumplido y facilitado en las ediciones de los actuales libros litúrgicos que, por eso mismo, llevan en sus títulos la referencia a los decretos del Vaticano II.

2.- Jesucristo en el origen y en el centro de la liturgia

En efecto, la liturgia aparece en el magisterio pontificio y conciliar como el medio ofrecido por el Señor a la Iglesia para continuar la obra de la salvación (cf. Lc 22,19; Mt 28,19; etc.), prolongando así en ella su acción sacerdotal. Por eso, quien interviene invisible pero realmente en la liturgia es el propio Señor con su cuerpo eclesial que incluye no solo a los ministros ordenados sino también a todos los bautizados, cada uno según su grado y participación (cf. SC 26). Por eso, en su momento, supuso un gran avance afirmar que la liturgia es “el culto público que nuestro Redentor, cabeza de la Iglesia, presta al Padre, y que la comunidad de los fieles presta a su fundador y, por medio de Él, al eterno Padre: es, diciéndolo brevemente, el completo culto del Cuerpo místico de Jesucristo, es decir, de la Cabeza y de sus miembros” (MD 29; cf. 32). El Concilio Vaticano II recogió esta doctrina (cf. SC 6-7; etc.).

La encíclica de Pío XII había recordado también que el sujeto invisible de la liturgia como acto de “culto público” [3] es ante todo Jesucristo, cabeza del cuerpo eclesial. Esto significó ya un importantísimo paso en la comprensión teológica de la vida litúrgica de la Iglesia, al afirmar explícitamente la presencia de Cristo en toda acción litúrgica (cf. MD 26-28) -no solo en el sacramento de la Eucaristía- asociando también a la Iglesia, su esposa y cuerpo sacerdotal (cf. Ef 2,19-22), aspectos que subrayaría con fuerza el Concilio Vaticano II (cf. SC 7). Al mismo tiempo la encíclica situaba a Cristo en el centro del culto y de la acción santificadora. La liturgia era presentada, por tanto, como acción de Cristo primariamente y como acción de la Iglesia por participación. Dicho de otro modo, se afirmaba que la liturgia es “la obra del Cristo total”, es decir, “de la cabeza y de los miembros de su cuerpo”, idea recogida también en la constitución conciliar (cf. SC 7). Muy significativamente también, la encíclica había recordado que la liturgia es “culto de la Iglesia” no en cuanto sociedad sino en cuanto “cuerpo de Cristo”, de manera que, por este título, el Señor está siempre presente en la comunidad eclesial como enseñó explícitamente el Vaticano II (cf. SC 7; LG 3).

3.- Las enseñanzas del Concilio Vaticano II

Se llegó así al Concilio Vaticano II que desde el primer momento hizo de la liturgia un tema prioritario y de importancia singular. En efecto, la constitución “Sacrosanctum Concilium” habla ampliamente de la liturgia y la inserta en el marco de la historia de la salvación como expresión y actualización del misterio de Cristo y de la Iglesia. En este sentido la liturgia está inmersa en dicha historia, cuyo momento cumbre es el misterio pascual de Jesucristo y cuya prolongación se produce principalmente por medio de las acciones litúrgicas entre las que sobresalen la eucaristía y los demás sacramentos. En este sentido el Vaticano II definió la liturgia de este modo: “Con razón, pues, se considera la Liturgia como el ejercicio del sacerdocio de Jesucristo. En ella los signos sensibles significan y, cada uno a su manera, realizan la santificación del hombre, y así el Cuerpo Místico de Jesucristo, es decir, la Cabeza y sus miembros, ejerce el culto público íntegro” (SC 7). Es interesante comparar esta definición con la propuesta por Pío XII, citada anteriormente.

La liturgia, por consiguiente, es esencialmente la acción sacerdotal de Jesucristo que asocia a su esposa la Iglesia en el culto al Padre y en la santificación de los hombres. Y todo esto en un régimen de signos en el que las cosas sensibles: los gestos, la palabra, los símbolos, los elementos naturales, los objetos, el lugar y el tiempo, etc., significan y, cada uno a su modo, realizan la santificación del hombre y el culto verdadero a Dios (cf. SC 24; 33; 59; 60; 122). En el origen de la liturgia está, por tanto, el misterio de Cristo que se prolonga en el misterio de la Iglesia. Esta doctrina, ampliamente recogida y enseñada por el Concilio, aparece reflejada hoy en una bellísima oración del Misal Romano, que hoy forma parte de los textos de la Misa de la Cena del Señor del Jueves Santoy cuya segunda parte ha sido atribuida al papa san León Magno: “Concédenos, Señor, participar dignamente en estos sacramentos, pues cada vez que se celebra el memorial del sacrificio de Cristo, se realiza la obra de nuestra redención” (cf. 1 Cor 11,26).

Para terminar, y de manera sintética, he aquí los principales enunciados o afirmaciones de la noción de liturgia según el concilio Vaticano II: a) La liturgia es obra del Cristo total, de Cristo primariamente y de la Iglesia por asociación, es decir, de los hombres incorporados a Cristo por el bautismo; b) La liturgia realiza la santificación de los hombres y el culto a Dios, de modo que el sacerdocio de Cristo se manifiesta bajo ambos aspectos; c) La liturgia como acción pertenece a todo el pueblo de Dios, que en virtud del bautismo es sacerdocio real (cf. 1 Pe 2, 4-10; LG 10; PO 2) con el derecho y el deber de participar en las celebraciones litúrgicas; d) La liturgia, en cuanto constituida por “gestos y palabras” que prolongan la historia de la salvación y la significan y realizan eficazmente (cf. SC 30; 59; DV 2), es siempre un acontecimiento en el que se manifiesta la Iglesia, sacramento del Verbo encarnado (cf. LG 3; 7; etc.); e) La liturgia configura y determina el tiempo de la Iglesia desde el punto de vista escatológico; y f) Por todo esto la liturgia es siempre “fuente y cumbre de la vida de la Iglesia” (cf. SC 10; LG 11).


[1] Llamadas así porque aparecían en letra roja en los libros litúrgicos.

[2] Publicada en 1947 supuso una verdadera renovación interior y externa en la década siguiente y una magnífica preparación para la reforma litúrgica promovida por el concilio Vaticano II. La encíclica motivó la llamada entonces “Misa dialogada” en la que los fieles respondían al sacerdote, el canto popular religioso junto al canto gregoriano, la renovación de la predicación en clave bíblica, la recuperación de la Vigilia pascual en la noche del sábado santo y la reforma de toda la Semana Santa, la autorización de las misas vespertinas, la mitigación del ayuno eucarístico, una cierta renovación de la Liturgia de las Horas, etc.; y varios indultos para usar las lenguas modernas en la celebración de algunos sacramentos.

[3] La liturgia no se había desembarazado aún del lenguaje jurídico que la definía como el “culto público” de la Iglesia.

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