Santa Misa de Ordenación episcopal y toma de posesión de la diócesis de Ávila

Alocución de
Mons. D. JOSÉ MARÍA GIL TAMAYO
Obispo de Ávila

giltamayo15122018

S.A.I. Catedral del Salvador, Ávila
Sábado, 15 de diciembre de 2018

Queridos hermanos de la diócesis de Ávila: No quisiera extenderme en mis palabras finales de esta celebración, ya que lleváis tiempo en el templo e incluso con la incomodidad del frío. Pero sí quiero deciros de entrada que estoy ilusionado y feliz de estar entre vosotros. Mi primera actitud y propósito es de entrega a vuestro servicio.

No traigo ningún programa preconcebido porque tengo primero que escucharos a vosotros Pueblo Santo de Dios y soy plenamente consciente -como os decía en mi primer saludo- de que Nuestro Señor me envía a una diócesis llena de grandes realidades eclesiales y humanas, con una gran tradición y vitalidad cristiana, con sacerdotes, religiosos y religiosas entregados plenamente a su vocación y con seglares, que fieles a su compromiso bautismal, están trabajando con entusiasmo en la misión de la Iglesia. A esta vida y tarea quiero unirme con todas mis fuerzas y disponibilidad como el nuevo pastor que Dios os da para fomentar, como señala el Papa Francisco, la comunión evangelizadora, “siguiendo el ideal de las primeras comunidades cristianas, donde los creyentes tenían un solo corazón y una sola alma (cf. Hch. 4,32). Para eso, a veces [el obispo] estará delante para indicar el camino y cuidar la esperanza del pueblo, otras veces estará simplemente en medio de todos con su cercanía sencilla y misericordiosa, y en ocasiones deberá caminar detrás del pueblo para ayudar a los rezagados y, sobre todo, porque el rebaño mismo tiene su olfato para encontrar nuevos caminos” (EG, 31).

Vengo a Ávila como servidor en nombre del Señor y por eso he escogido como lema de mi ministerio episcopal: “Non ministrari sed ministrare ” (‘No he venido a ser servido, sino a servir’), tomado de las palabras de Jesús a sus apóstoles con las que les advierte que “el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y dar su vida en rescate por muchos” (Mt 20, 28). Soy consciente de que es un lema arriesgado y comprometido. Os suplico me ayudéis a realizarlo en mi vida y ministerio. Pero es lo que Jesús y el Papa Francisco nos piden sin glosa y sin rodeo a los obispos y tenéis derecho a exigirnos este servicio, imitando a Jesús, teniendo sus sentimientos que en estos días santos de la Navidad recordamos su abajamiento (cfr. Filip. 2, 5-11), la encarnación del Hijo de Dios, que se ha hecho hombre, en este maravilloso intercambio que nos salva, para que el hombre se haga Dios, como decía san Agustín. Este es el sentido verdadero de la Navidad que tan bien entendió nuestra Teresa de Jesús al contemplar la Humanidad Santísima de Cristo como la puerta de acceso a su misterio porque es la vía por la que Él ha venido a nosotros; por ello nos dice que “no debemos alejarnos de lo que constituye todo nuestro bien y nuestro remedio, es decir de la santísima humanidad de nuestro Señor Jesucristo” (Castillo Interior, 7, 6). 

Nuestro primer servicio ha de ser fomentar y animar la misión evangelizadora que nace del mandato de Cristo (cfr. Mt.16,15) y que constituye en el decir de san Pablo VI la razón de ser de la Iglesia. Ella existe para evangelizar, para llevar a la humanidad el mensaje salvador de Cristo.“Evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad mas profunda” (EN, 14).

El Papa Francisco nos reitera esta llamada a la evangelización en su exhortación apostólica Evangelii Gaudium (la alegría del Evangelio), que es, así lo quiere el Papa, una hoja de ruta eclesial que hago mía plenamente para esta hora de nuestra vida eclesial como una nueva etapa evangelizadora.

Nos invita Francisco a no caer en la tentación de una Iglesia autorreferencial, sino ponernos en camino, como nos decía también Santa Teresa al final de su vida como un mandato: “Es tiempo de caminar”, de salir al encuentro de los hombres y mujeres para anunciarles a Jesús con nuestro ejemplo coherente y nuestra palabra para transformar nuestra vida en la de Cristo y transformar como el fermento y la sal la sociedad entera conforme a los valores del Reino de Dios, del Evangelio.

Salgamos, salgamos -nos dice el Papa- a ofrecer a todos la vida de Jesucristo…. prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades. No quiero una Iglesia preocupada por ser el centro y que termine clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos. Si algo debe inquietarnos santamente y preocupar nuestra conciencia, es que tantos hermanos nuestros vivan sin la fuerza, la luz y el consuelo de la amistad con Jesucristo, sin una comunidad de fe que los contenga, sin un horizonte de sentido y de vida (EG 29).

Estamos obligados a revitalizar nuestro afán misionero y evangelizador. Hacerlo, eso sí, con respeto a las convicciones y creencias de los demás, a la libertad, pero a la vez sin complejos ni reduccionismos acomodaticios, con la exigencia del respeto exquisito al derecho a la libertad religiosa. La nuestra y la de los demás. Nosotros tenemos una cosmovisión propia de la vida, que nace del Evangelio y no es para la intimidad o para uso privado, sino señal también de nuestra identidad más profunda y está en la genética cultural de nuestro pueblo; y no podemos resignarnos a esterilizar su fuerza apostólica en un cristianismo carente de compromiso apostólico. Esto vale para nuestra vida personal como católicos y también para las obras de Iglesia que llevamos a cabo. Han de ser no sólo confesionales sino también confesantes en la vida social, en la labor que desempeñan, con afán evangelizador, que no es imposición ni adoctrinamiento, sino la propuesta mable del Evangelio de Jesús.

Para recuperar el tan necesitado vigor apostólico en nuestra Iglesia hoy, para ser verdaderos anunciadores de Cristo necesitamos ser evangelizadores con espíritu, con vida interior, con espiritualidad, como nos dice el Papa Francisco. Y aquí está precisamente el gran aporte específico que desde la tradición y herencia de Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz ha recibido nuestra diócesis abulense y puede ofrecer a la Iglesia entera. Cultivemos, cuidemos, reforcemos nuestra espiritualidad cristiana, nuestra herencia carmelitana, contemplativa. Hacerlo con el espíritu de la exhortación apostólica del Papa Francisco Gaudete et exultatesobre la llamada a la santidad en el mundo actual. La vivencia de la santidad, de la plenitud de la caridad, es la mejor manera de evangelizar. Los santos no son sólo del pasado, son también los de la puerta de al lado como nos señala el Papa Francisco: “Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: a los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante. Esa es muchas veces la santidad «de la puerta de al lado», de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios, o, para usar otra expresión, «la clase media de la santidad»” (EG 7).

El primer deber de esta espiritualidad es proclamar la primacía de Dios, sobre todo hoy en un mundo secularizado como el nuestro en que por una confesionalidad laica militante se trata de marginal a Dios, el hecho religioso cristiano, especialmente el católico, ante la pasividad de no pocos cristianos que, cediendo como dice el Papa a la tentación de la mundanidad, se resignan a vivir su fe como algo sólo privado e intimista sin musculo social y público.

La aportación de la Iglesia a nuestra sociedad, especialmente a Europa, recordaba en Santiago de Compostela en 2010 el Papa emérito Benedicto XVI, citando a nuestra Santa Teresa de Jesús, “se centra en una realidad tan sencilla y decisiva como ésta: que Dios existe y que es Él quien nos ha dado la vida. Solo Él es absoluto, amor fiel e indeclinable, meta infinita que se trasluce detrás de todos los bienes, verdades y bellezas admirables de este mundo; admirables pero insuficientes para el corazón del hombre. Bien comprendió esto Santa Teresa de Jesús cuando escribió: “Sólo Dios basta”.Es una tragedia que en Europa…se afirmase y divulgase la convicción de que Dios es el antagonista del hombre y el enemigo de su libertad. Con esto se quería ensombrecer la verdadera fe bíblica en Dios, que envió al mundo a su Hijo Jesucristo, a fin de que nadie perezca, sino que todos tengan vida eterna (cf. Jn 3,16)”.

Y con la marginación de Dios se produce irremediablemente la del hombre, los atropellos a su dignidad, como nos muestra la experiencia y atestiguan tantos sistemas injustos y carentes de toda consistencia ética. El ser humano sólo alcanza su vocación y grandeza plena en Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, que le muestra como nos señala el Concilio Vaticano II (cfr. GS, 22) al hombre como debe ser el hombre.

Por esto, junto a la reivindicación de la primacía de Dio,s está la del hombre, la opción por los más pobres y desvalidos; una opción que nace de la inseparabilidad cristiana del amor a Dios y al prójimo y que nos ha de llevar a reconocer en el otro, al mismo Cristo (cfr. Mt 25), el tocar su carne en el hermano necesitado.

“La evangelización -decía san Pablo VI- no sería completa si no tuviera en cuenta la interpelación recíproca que en el curso de los tiempos se establece entre el Evangelio y la vida concreta, personal y social, del hombre” (EN, 29).

Esta mirada de la Iglesia para nosotros aquí y ahora se dirige a nuestra realidad concreta, no sólo de los países o escenarios más pobres, sino también a la de al lado nuestro, la de nuestra tierra, de nuestra provincia y región: su empobrecimiento y marginación progresiva, que se muestra en su despoblación y envejecimiento ante los que no podemos resignarnos pasivamente, sino colaborar todos en su remedio. Nosotros lo hacemos y queremos seguir haciéndolo como diócesis de Ávila con nuestra acción social y caritativa y educativa de sus instituciones.

Especialmente relevante es esta última, con variadas, arraigadas y queridas realidades educativas que abarcan desde la educación especial hasta la universitaria pasando por la enseñanza infantil, primaria, bachillerato, formación profesional hasta la universitaria. Esto es predicar y dar trigo.

Para este obispo que hoy inicia su servicio entre vosotros es fundamental fortalecer este aporte educativo a la sociedad abulense en estos momentos. Para nosotros la educación, desde la cosmovisión cristiana sin complejos y con calidad, es un servicio social de primer orden, ya que es una de las maneras mejores de contribuir al progreso y mejora de nuestra región y a la evangelización del mundo juvenil como nos reclama el reciente Sínodo de los Obispos. Los protagonistas son los profesores, pero sobre todos los jóvenes y la familia.

El cuidado de la familia ha de ser también otra de nuestras prioridades pastorales y con ella la del fomento del apostolado seglar en sus distintas manifestaciones, pero sobre todo en las que hacen referencia a la transformación de los ámbitos específicos donde se desenvuelve la vida profesional, social y pública de la inmensa mayoría de los cristianos como ciudadanos.

En la tarea educativa no puede faltar el alegre y sin complejos fomento vocacional, recuperar en nuestra diócesis una mayor cultura vocacional, de la que hemos tenido exponentes tan importantes en su formación como el recordado y venerado sacerdote D. Baldomero Jiménez Duque. También en la crisis vocacional que sufrimos en la vida sacerdotal y religiosa experimentamos un envejecimiento y despoblación parejos a los de nuestra tierra. Pidamos a Dios, el Dueño de la mies, “que envíe obreros a su mies” (Mt 9, 38).

A la par que animo a todos a este empeño vocacional, especialmente a los sacerdotes les quiero dirigir unas palabras de aliento y de ánimo, sobre todo en estos momentos, en que tomando pie de pecados y delitos que desde la comunidad eclesial se han cometido y por los que pedimos perdón y trabajamos en su erradicación y prevención, se quiere extender injustamente un velo de sospecha sobre la multitud inmensa de sacerdotes que sirven a Dios y a la gente de forma fiel, abnegada y ejemplar. ¡Gracias, hermanos sacerdotes por vuestro servicio junto a la gente!

Gracias también a la Vida Consagrada. ¿Qué sería de la Iglesia sin ella, sin los religiosos y religiosas, sin las monjas de clausura y las personas consagradas? ¿Qué sería de Ávila sin Teresa de Jesús, sin Juan de la Cruz? Gracias, hermanos y hermanas, por testimoniar los valores del Reino de Dios.

Hermanos: ¡Es tiempo de caminar! Andemos alegres sirviendo, como nos pedía nuestro querido D. Jesús en la misa de su despedida.

Ayudadme a vivirlo así entre vosotros, haciendo presente a Cristo, el “Hijo del hombre que no ha venido a ser servido sino a servir” (Mt 20, 28).

Que Santa María, Nuestra Señora de Sonsoles, la humilde esclava del Señor, me auxilie y nos muestre a todos a Jesús en estas fiestas Santas que se acercan y por las que ya os felicito. ¡Gracias!

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