La Navidad de Jesús con la mirada de María

Carta del
Card. D. Ricardo Blázquez Pérez
Arzobispo de Valladolid

ricardo blazquez perez

Diciembre 2018

Hay personas que al felicitar a alguien en el día de su cumpleaños felicitan también a la madre. Es una forma de proceder sugerente, ya que madre e hijo son inseparables (cf. Lc.11,27); no hay nacimiento sin madre. Podemos aplicar esta conexión también a la fiesta de Navidad. Podemos contemplar el nacimiento de Jesús, a la luz de Santa María, con la mirada de la Virgen.  María estuvo íntimamente unida a su Hijo en la gestación, como Niño recién nacido y en la familia de Nazaret.

1) María en la expectación del parto. En el venerable Rito llamado Hispano-Mozárabe, que tiene su centro en Toledo, el 18 de diciembre, el día octavo antes de la Navidad del Señor, se celebra una entrañable fiesta de la Virgen, que se introdujo oficialmente en el X Concilio de Toledo el año 656. Con dos denominaciones ha llegado hasta nosotros: La Virgen en la expectación del parto y Nuestra Señora de la “Buena Esperanza”. María esperó a su Hijo, que es el Hijo de Dios encarnado en sus entrañas virginales, con inefable amor de Madre. Con palabras de la oración bellísima de la liturgia hispana: “El se ha hecho al mismo tiempo don e hijo: infundido en ella, le otorga lo que a ella le ha dado”. Es su Hijo virginalmente concebido y virginalmente dado a luz.

En esta fiesta nos dirigimos a María con dos invocaciones que desde hace no muchos años venimos cantando: “Madre de la esperanza, que siempre fuiste fiel, danos tu confianza, danos tu fe”. “Santa María de la esperanza, mantén el ritmo de nuestra espera”. ¡Que ante las pruebas y las vacilaciones María nos enseñe a esperar!

2) María muestra al Hijo nacido en Belén. Los pastores alertados por el ángel del nacimiento del Salvador, fueron al lugar indicado y “encontraron a María y a José, y al Niño acostado en el pesebre” (cf. Lc. 2, 16). Los magos de Oriente, guiados por la estrella, llegaron al establo de Belén donde “vieron al Niño con María, su Madre” (cf. Mt. 2, 11). María desde el alumbramiento en Belén muestra a su Hijo, fruto bendito de su vientre. Nosotros también pedimos a María que nos lo muestre siempre, ahora y en la hora de nuestra muerte, al terminar nuestra peregrinación por este mundo. A Jesús lo encontramos guiados por María; ella es como el puente por el que vino el Hijo de Dios a nuestro mundo (cf. Gál. 4, 4), y es también el camino de retorno por el que nosotros descubrimos al Señor. En María reverbera la sonrisa y el llanto de Jesús, como manifiestan las tallas preciosas de nuestra imaginería religiosa. Cuando se nublen los ojos de la fe acudamos a María para que nos limpie la mirada del corazón. María se hace cargo de nuestras necesidades, nos comprende y con nuestra indigencia se dirige a Jesús para decirle: “No tienen vino” (cf. Jn. 2, 3).

3) María como maestra en la familia. En el ámbito de las fiestas de Navidad celebramos también la Jornada de la Sagrada Familia: Jesús, María y José. Está bien situada esta Jornada, ya que Jesús nació, creció y fue educado en el seno de una familia. Esta relación cobra actualmente una significación peculiar, teniendo en cuenta la situación social, cultural y moral de la familia. Está debilitada por las numerosas rupturas; está a veces desfigurada porque llamamos familia a lo que realmente no lo es, aunque se quiera asimilar e integrar en los llamados “modelos” de familia; está demasiado desprotegida por la atención de las autoridades y por el trato en los medios de comunicación. Sin la familia vivimos a la intemperie; sin familia, ¿cómo crecen y son educados los hijos, cómo se transmite la fe cristiana? La familia debe ser cuidada como oro en paño. La salud de la sociedad depende en gran medida de la salud de la familia.

Pues bien, María prolonga su misión de Madre del Señor en la familia de Nazaret. María fue acompañando el camino de Jesús con un corazón atento, con una fe meditativa, con la sorpresa ante sus palabras y actuaciones. Cuando María ha mostrado al Hijo recién nacido a los pastores, comenta el Evangelio: “María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón” (cf. Lc. 2, 19). Y la misma actitud muestra cuando Jesús es reencontrado por José y María en el templo. Continúa el evangelista: “El bajó con ellos y fue a Nazaret y estaba sujeto a ellos. Su Madre conservaba todo esto en su corazón. Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres” (Lc. 2, 51).  María fue al mismo tiempo discípula de Jesús, acogiendo en su corazón lo que dice y lo que se comenta en su entorno, y maestra de su Hijo.

Estos textos evangélicos muestran el sentido de la denominación “el Corazón Inmaculado de María”. Guiados por la historia de la salvación, comprendemos que el corazón de María es “inmaculado” porque es creyente sin dudas, es receptivo sin rechazos, porque perseveró en pie junto a la cruz de Jesús, porque fue servicial (cf. Lc. 1, 39). Es un corazón virginal y maternal; siempre, solo y enteramente de Dios.

¡Que María nos enseñe a celebrar el Nacimiento de su Hijo Jesús! ¡Que descubramos el rostro de todos los niños en el Rostro del Niño de Belén!.

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