Carta a los Penitenciarios de las Basílicas Romanas y a todos los Confesores con ocasión de la Navidad del año 2018

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Carta a los Penitenciarios de las Basílicas Romanas y a todos los Confesores
con ocasión de la Navidad del año 2018

Queridos y venerados hermanos en el sacerdocio,

Al acercarse la Navidad, imploramos al Cielo que el corazón se sumerja cada vez más, con toda la Iglesia, en la espera orante de Quien que viene a visitarnos en la concreción, en la fragilidad, en la pureza del Hijo de la Inmaculada. Como la liturgia divina, que recorre los Misterios de la Vida de Cristo, encuentra en la celebración de los sacramentos su propia realización y la última concreción y eficacia salvífica de esos mismos Misterios, así también los Sacramentos – de modo eminente la Confesión y la Santísima Eucaristía – son como iluminados por las Solemnidades del Año Litúrgico.

De la viva memoria del Nacimiento de Cristo recibe particularmente una luz el Sacramento de la Reconciliación, encomendado a la Iglesia para que administre la Sangre de quien está por nacer, para purificar y para plasmar, para liberar y para renovar, para hacer nacer al mismo Jesús en el corazón de los penitentes.

La Iglesia, toda santa y al mismo tiempo siempre necesitada de purificación, se prepara al nacimiento del Redentor mirando a la Inmaculada, a la Tota Pulchra, que ha merecido, por gracia de Dios, abrir en sí misma la entera humanidad de la Encarnación del Verbo. Si ningún otro de sus miembros la Iglesia podrá jamás gloriarse de una pureza comparable a aquella de la Beatísima Virgen María, sin embargo Ella puede siempre poner en contacto a cada uno de sus hijos, precisamente a través de la Reconciliación sacramental, con las fuentes inagotables de aquella misma pureza: la Humanidad del Hijo de Dios, Su Sangre derramada, la luz de Su Pascua, el poder de Su Espíritu Santo.

El Confesionario se convierte, de este modo, en un testigo privilegiado de aquel particular misterio de la Navidad que es la reconciliación con el Padre, la justificación del pecador, la “liberación” y la renovación en él de la gracia del Bautismo, que lo ha asociado para siempre a Cristo, haciéndolo partícipe de Su Vida misma, miembro del Verum Corpus natum de Maria Virgine.

Así el Confesionario, en el que la Iglesia genera de nuevo a sus hijos, asume casi los rasgos de la “gruta de Belén”, en la cual Cristo se dispone a nacer y donde todo y todos acuden a acoger Su venida.

El Niño Divino, que yace en el pesebre, reina en el mismo corazón del Confesor, que con Él espera la llegada de los penitentes, como la Madre y el Padre putativo esperaban la venida de los pastores, para ofrecerlo a sus miradas colmadas de un estupor de adoración.

San José, que vela con su Esposa y protege al Hijo de Dios, resplandece como maestro de fidelidad a la tarea recibida, custodio del Misterio revelado y Padre castísimo, que ama sin poseer jamás y precisamente así ama verdaderamente y con todo su ser.

La Beatísima Virgen María, en fin, que con su libertad purísima ha aceptado la Voluntad del Padre, que por obra del Espíritu Santo ha podido concebir al Hijo de Dios antes en su corazón y después en su seno, que lo ha revestido, como solamente una madre puede hacerlo, de nuestra misma humanidad, sintetiza en sí misma el misterio de la mediación salvífica de la Iglesia, iluminando y plasmando continuamente el corazón del confesor, para que se dilate, con una disponibilidad total y siempre creciente, a la grandeza del Sagrado Orden que lo asocia, como instrumento vivo y necesario, a la grande obra de la Salvación, para que Cristo pueda nacer y resurgir, una vez más, en el corazón de cada penitente.

A los Penitenciarios de las Basílicas Romanas y a todos los Confesores que, especialmente en estas fiestas, han sido llamados a colaborar sacramentalmente con el Señor que viene para la renovación espiritual del pueblo cristiano, vayan mi gratitud por el preciosísimo servicio infatigablemente prestado y mis deseos más fervientes de una Santa Navidad y de un Nuevo Año del Señor, rico de toda gracia de conversión y de santidad.

Estad felices de ser instrumentos de la Misericordia divina, acoged en vosotros la Misericordia divina y vertedla con amor inefable sobre todos aquellos que se presenten en vuestro confesionario.

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Mauro Card. Piacenza

Navidad 2018

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