Santa Misa de medianoche en la solemnidad de la Natividad del Señor

Homilía de
Mons. D. FRANCISCO JAVIER MARTÍNEZ FERNÁNDEZ
Arzobispo de Granada

Francisco Javier Martínez Fernández

S.I. Catedral de la Encarnación, Granada
Lunes, 24 de diciembre de 2018

Para los cristianos antiguos, había dos pascuas, dos pasos del Señor. La Pascua en hebreo significa “el paso del Señor por nuestras vidas”. Dos pasos del Señor: el paso del nacer y el paso triunfal de la muerte. El Nacimiento de hoy está ya anticipada de alguna manera lo que habría de ser su pasión y su muerte. Y la otra Pascua será justamente su Triunfo sobre la muerte, que será como el comienzo de una nueva creación, de una humanidad nueva, de un mundo nuevo. Pero ese mundo nuevo se abre como horizonte y como perspectiva en esta noche en que celebramos el Nacimiento del Hijo de Dios. Me mandaban hace unos días un vídeo en el que en un parque de flores en Tokio se habían encendido las luces de Navidad. Era un grandísimo espectáculo.

Como cristiano, como pastor, no puedo no alegrarme de que aquello que sucedió aquella noche en Belén, con unos pocos pastores, y poco después con la adoración de unos paganos, en la presencia y el asombro de los ángeles y de los mismos pastores, haya llegado hasta los confines del mundo. Pero, al mismo tiempo, me daba cuenta que ese fenómeno no significaba o se diera por supuesto que entendíamos lo que es la Navidad. No es una cuestión de luces. Y yo pensaba esta tarde: el mazapán, los turrones, los dulces, las comidas extraordinarias, el deseo de unirse la familia… todo cosas que son bellas, buenas, preciosas, pero pueden tener el doble sentido de que nos dan unos momentos de alegría, pero pueden ocultarnos el sentido profundo de lo que estamos celebrando, y por lo tanto esa alegría se haría más pequeña, más pobre.

Las luces de Tokio se apagarán un día después de Reyes. Sin embargo, la alegría que trae esta noche a la tierra es una alegría que no puede apagarse nunca, ningún día de nuestra vida. Y no en el sentido que decimos a veces (“Navidad tendría que ser todo el año, porque nos saludamos, nos deseamos feliz Navidad…”). No. Es que lo que ha acontecido en Belén, siendo Cirino gobernador de Siria, el primer censo que se hizo de Judea, ha cambiado la historia del mundo, ha cambiado nuestras vidas, objetivamente. Aunque nosotros no hubiéramos cambiado mucho, aunque los hombres sigamos siendo torpes y miserables y pequeños, ha sucedido algo absolutamente inaudito, que hace posible una alegría que no requiere olvidarse de que hay enfermedad, de que hay pecado, de que hay torpeza, de que nuestras vidas son pobres, pequeñas, cortas en el tiempo, de que hay muerte. Es decir, Cristo es la respuesta a una herida, que tendemos a tapar constantemente. Cuando yo señalaba la alegría humana de estos días, si nos quedamos en ella, se nos acaba, como las luces de Navidad. Como decía aquel villancico tradicional español: “La Nochebuena se viene, la Nochebuena se va, y nosotros nos iremos”. Ahí no hay una profesión de fe. Ahí hay una profesión de un gozo humano, de unas fiestas que pasan.

Esta fiesta no pasa. Si comprendemos algo; si el Señor nos da la gracia de entender un poquito lo que significa la Navidad… Es posible que nuestros cantos no sean los más bellos del mundo; es posible que nuestra celebración no sea la más solemne que se hace en la Iglesia de Dios, pero la alegría que siembra el Acontecimiento de Cristo en nuestro corazón os aseguro que es una alegría que es más fuerte que todo el mal de la historia, de la historia personal y de la historia colectiva, del presente y del pasado, y abre un horizonte para nuestro futuro, que no es el horizonte de que las cosas nos van a ir mejor el año que viene, sino el horizonte de la vida eterna, el horizonte de Dios.

Dios, que es la fuente de todo lo que hay de bello, de bueno en nuestras vidas, es también su plenitud, y gracias al Nacimiento de Cristo, nosotros sabemos que estamos llamados a esa plenitud. Es cierto que “la pirueta” de Dios de venir a compartir nuestra humanidad es algo que sobrecoge y que suscita el asombro. Señor, y haces eso con la poca esperanza que nosotros tenemos en nosotros mismos (…). Hay una herida en nuestro corazón que tiende a la conflictividad, por mucho que todos amamos la paz, deseamos la paz, quisiéramos vivir en un mundo de paz. Y es donde el Abrazo de Cristo, la Venida de Cristo, donde dice uno: “Señor, ha sido una ‘pirueta’ que haces tan sobrecogedora cuando la esperanza que puedes tener en que nosotros podamos vivir a la medida de tu Amor son tan pequeñas”. Y sin embargo, el Señor ha querido hacerla, porque no ha querido renunciar al don que ha hecho a los hombres que es el don de la libertad, corriendo el riesgo, sabiendo perfectamente el riesgo que significaba hacernos partícipes de su Ser y dándonos el libre albedrío. Pero, al mismo tiempo, nos da la posibilidad de una vida nueva. Es decir, si acogemos el don de Cristo; si acogemos su Gracia; si acogemos su perdón; si acogemos su Abrazo de nuestra pobre humanidad, sin dejar de ser pobre, brota la alegría.

La música cristiana es una explosión de alegría que refleja la experiencia cristiana. Y una expresión de alegría sin comparación en la historia. Y es la alegría de la Navidad. Es la alegría del Amor de Dios. Se ha manifestado la Gracia de Dios y su Amor al hombre, anunciando la Salvación para todos los hombres. En nuestro drama, que no son capaces de acallar ni las botellas de cerveza, ni el champán, ni las alegrías que con tanto esfuerzo a veces tenemos que fabricarnos. En ese drama de la soledad del hombre, de las traiciones en el seno de la misma familia, del matrimonio, de la ruptura entre hermanos, de los fracasos en el trabajo o en la vida, del individualismo que nos aísla unos de otros y nos enseña a desconfiar unos de otros; en ese mundo que san Juan Pablo II llamada “la cultura de la muerte”, brota una luz que a nada que la acojamos en nuestro corazón cambia la dirección de las cosas, nos abre, no sólo al descubrimiento de que la vida está hecha para amar; nos abre a la alegría y a la energía para poder amar, para poder querer, para poder perdonar, para poder empezar siempre de nuevo. (…) Porque siempre es posible decirTe a Ti, Señor: “Sí, tu Amor es todo lo que necesito para poder vivir. Tu Amor y tu Gracia me bastan”. La certeza de que esa Gracia está ahí hace posible una alegría que nada tiene el poder de destruir.

Mis queridos hermanos, es una noche de gozo, es una noche de adoración, pero no del gozo que somos nosotros capaces de imaginarnos o de construir en nuestra mente, sino del gozo que acoge el regalo de un amor que nadie hemos merecido y que, sin embargo, tenemos la certeza de que nunca nos faltará. Suceda lo que suceda en nuestra vida, nunca nos faltará. Esa es la alegría de Navidad. Esa es la alegría que nos es posible vivir a quien acogemos su Luz. Que todos podamos participar de ella, no sólo hoy, no sólo estas Navidades, sino a lo largo de toda nuestra vida y hasta la vida eterna, donde gozaremos sin velos y sin fisuras de su Gloria, es decir, de la sorpresa infinita e inagotable de su Amor.

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