Santa Misa en la fiesta de la Sagrada Familia

Homilía de
Mons. D. Julián López Martín
Obispo de León

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30-XII-2018

“El bajó con ellos y fue a Nazaret, y estaba sujeto a ellos…”

1 Sam 1,20-22.24-28; Sal 83          1 Jn 3,1-2.21-24       Lc 2,41-52

Las tres lecturas de la palabra de Dios que se acaban de proclamar tienen en común una referencia muy valiosa, al menos en nuestro pueblo y en nuestros ambientes aunque no faltan ejemplos de una cierta crisis en lo que quiero señalar. Me refiero al nacimiento y primer desarrollo del ser humano en el ámbito de una familia estable. Las tres lecturas coinciden en manifestar que el recién nacido, niño o niña, es lo más grande para la familia en la que nace y que lo acoge con inmensa alegría y ternura.

1.- Del pequeño Samuel a cualquier niño o niña pasando por el Niño Jesús

En efecto, la primera lectura nos hablaba del pequeño Samuel y de la alegría de sus padres, especialmente de su madre Ana que agradece al Señor con el sacrificio de un novillo el haber logrado su gran deseo de tener un hijo. La actitud de esta mujer contrasta fuertemente con la falsa cultura antinatalista de hoy que no valora suficientemente, al menos en términos globales, lo que representan los hijos.

Por su parte el Evangelio transmite un mensaje parecido al de la primera lectura, pero referido al Niño Jesús, hecho ya un preadolescente con apenas 12 años. Y la segunda lectura aplicaba ese mismo mensaje a cada ser humano, a cada hombre o mujer que viene a este mundo y que tiene la gracia y la suerte de ser bautizado cuanto antes y ser incorporado a la gran familia de los hijos de Dios que es la Iglesia. El entusiasmo del autor de la carta, el apóstol san Juan nada menos, es muy grande: Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!” (1 Jn 3,1). Esto mismo podría decirlo, si fuera capaz, cada bebé que es bautizado.

He aquí, pues, el destino ofrecido a todos los que nacen y que aguarda a los bautizados según el mandato del Señor antes de subir a los cielos: Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos…” (Mt 28,19; cf. Mc 16,15-16). Un destino sobrepasa los límites de la familia en la que se nace porque trasciende la realidad de este mundo. No en vano haber sido bautizados significa participar de la dignidad propia de Jesucristo al ser convertidos en “hijos de Dios en el Hijo Jesucristo” y, por lo mismo, miembros de la Iglesia, la gran familia de los llamados a poseer la vida eterna.

2.- Una peregrinación con un gran susto pero con un final feliz

Volviendo al Evangelio, el de hoy narra el viaje que María y José hicieron a Jerusalén para la fiesta de la Pascua como buenos creyentes. Jesús  los acompaña en esta peregrinación religiosa. Pero a la hora de regresar, el jovencito se queda en Jerusalén sin que los santos esposos lo adviertan, pensando cada uno que el Niño viaja en compañía del otro. La explicación es sencilla: en ruta iban separados los hombres y las mujeres. Los niños podían ir con el padre o con la madre. Este detalle no deja de suscitar simpatía y ternura.

Pero al atardecer, cuando las familias se reagrupaban y Jesús no aparece, el susto, comprensible, de María y de José tuvo que ser enorme. Y se pusieron a buscarlo y, al no encontrarlo en la comitiva, regresaron a Jerusalén. Después de tres días lo encontraron sentado entre los maestros de la Ley, en el templo. María reprende cariñosamente a su hijo, como lo haría cualquier madre: «Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Tu padre y yo te buscábamos angustiados». Él les contestó: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?» (Lc 2,48-49).

Fue la primera auto-manifestación del destino de Jesús, el primer anuncio  y revelación de la misión que le esperaba. El Evangelio añade que María y José no comprendieron estas palabras. ¡Cuántas veces los padres se quedan estupefactos ante sorprendentes decisiones de sus hijos! Sobre todo cuando estos manifiestan el deseo de seguir la llamada de Dios en la vida consagrada o en el sacerdocio.

3.- Profundizando un poco en el episodio

Pero el Evangelio añade, además, algo muy importante: que María, “su madre conservaba todo esto en su corazón” (Lc 2,51b). No era solo la intuición femenina y maternal. María probablemente recordaría aquellas palabras del anciano Simeón cuando presentaron al Niño Jesús en el templo, a los cuarenta días de su nacimiento: «Este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción -y a ti misma una espada te traspasará el alma-» (Lc 2,34-35a). Una vez más la posibilidad de una llamada de Dios, aunque solo sea una suposición o probabilidad, sorprende muchas veces a los padres, incluso siendo buenos cristianos. Esto forma parte de la historia sencilla de la vocación de un hijo o de una hija. De esto saben mucho las gentes de esta tierra, bendecida por Dios con numerosas vocaciones, especialmente en tiempos pasados pero que son posibles todavía a pesar del ambiente general de época que nos ha tocado.

Por eso la fiesta de la Sagrada Familia nos invita a reflexionar hoy sobre el misterio personal que se esconde en el ser humano, en cada niño o niña que viene a este mundo. “Herencia del Señor son los hijos”  canta el salmo 127,3a. Por eso debemos pensar y creer que Dios tiene un deseo, un proyecto de vida, para cada hombre o mujer que viene a este mundo. No estoy exagerando ni tratando de sobredimensionar lo que entendemos por vocación en el ámbito religioso. Toda persona, niño o niña que nace, posee ya una dignidad diríamos “básica” y “fundamental”. No solo porque es ya sujeto del derecho a la vida y a una existencia digna, sino porque -así lo creemos- es un hijo o una hija de Dios, amados también por Él que se reveló precisamente como Padre creador y providente aun antes de enviar a su Verbo eterno, el Hijo Jesucristo, a la tierra.

4.- La vocación como llamada especial de Dios

Pero, además, existe también una llamada especial de Dios que llamamos “vocación”. Ahora sí quiero referirme específicamente a ella, porque de hecho Dios sigue llamando a algunos hombres o mujeres -no importa en qué etapa de la vida- para que salgan de su familia para una misión o función superior en su vida, en ocasiones al margen del proyecto personal inicial del que se siente llamado o de los deseos de los padres. Esto es algo que aparece muy claro en el evangelio de hoy, cuando Jesús reclama para sí, ante la sorpresa e incomprensión inicial de María y de José, el “estar en las cosas de mi Padre”, según sus propias palabras (cf. Lc 2,49b). Es esta referencia a su origen divino que aparece varias veces en los evangelios (cf. Lc 10,22; 22,29; Jn 20,17; etc.), lo que confiere una transcendencia singular a la vocación del Niño Jesús, y por extensión a toda vocación cristiana auténtica.

Sin embargo, y esto es sumamente importante también, los planes de Dios para nosotros se realizan de una manera natural, comenzando muchas veces como en el caso del propio Jesús, en la convivencia familiar a través del crecimiento y la maduración dentro de la familia: “El bajó con ellos y fue a Nazaret, y estaba sujeto a ellos …”  (Lc 2,51a). Jesús, por tanto, antes de realizar la misión para la que había venido al mundo, vivió, creció y obedeció en el seno de su propia familia humana, por tanto, bajo la autoridad de José y de María. Y de este modo, como dice bellísimamente el evangelista san Lucas: iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres” (Lc 2,52).

Nunca se ponderará lo suficiente la importancia de la familia humana y cristiana para el crecimiento y desarrollo, tanto humano como espiritual, de cada persona que viene a este mundo. Hoy, en el marco de la fiesta de hoy, debemos dar muchas gracias a Dios quienes hemos tenido la suerte o, mejor dicho, el don divino de unos padres que imitaron sencilla y humildemente a la Sagrada Familia de Nazaret.

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