Santa Misa en la Solemnidad de la Epifanía del Señor

Homilía de
Mons. D. JULIÁN LÓPEZ MARTÍN
Obispo de León

lopezmartin25122016

(R. Colegiata de S. Isidoro, 6-I-2019)

“Hemos visto su estrella y venimos a adorarlo”

Is 60, 1-6; Sal 71                     Ef 3, 2-3.5-6                  Mt 2, 1-12

La solemnidad de la Epifanía del Señor, situada en el ciclo festivo de la Navidad, ha representado siempre una verdadera cumbre en el conjunto de las celebraciones de la manifestación del Hijo de Dios en la realidad de nuestra condición humana. La Epifanía, palabra que significa revelación, nació en el ámbito de las antiguas Iglesias del Oriente cristiano contemporáneamente a la fiesta de Navidad en las Iglesias de Occidente. Ambas fiestas evocan y proponen el mismo y gozoso acontecimiento de fe y de amor que conmemoramos cada año en estos días.

1.- “El Hijo de Dios se ha unido con todo hombre”  

Ahora bien, mientras la Navidad sitúa en el primer plano de la celebración la entrada del Hijo de Dios en nuestro mundo con la colaboración de la Santísima Virgen María, la Epifanía pone el acento en la gloria divina que envuelve la persona de Jesús desde el primer instante de la encarnación. Por eso nuestra fe, teniendo en cuenta ambos aspectos del misterio, ha proclamado siempre que Jesucristo “de la misma naturaleza del Padre”“por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre”, siendo pues “Dios y hombre verdadero”. El Concilio Vaticano II expresó la misma fe de este modo: “El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado” (GS 22; cf. Hb 4, 5).

La fiesta de la Epifanía nos invita, por tanto, a contemplar nuevamente el misterio la Navidad pero acentuando la perspectiva divina de la manifestación de un Dios que quiso entrar en nuestra historia humana como “luz del mundo” (cf. Jn 8, 12), para guiar e introducirnos en una nueva y verdadera tierra prometida, en la que reinen la verdad, la justicia, el amor y la paz. Y esto es lo que celebramos hoy con alegría y esperanza renovadas, en la “manifestación” de Jesucristo a los pueblos gentiles, representados por los Magos, los misteriosos personajes llegados de Oriente de los que nos hablaba el evangelio.

2.- “Ellos se pusieron en camino”

Porque Jesucristo es “camino, verdad y vida” como Él mismo se definió (cf. Jn 14, 6) y en Él reside todo lo noble, feliz y auténtico que han buscado incansablemente quienes se sienten necesitados de los valores mencionados antes. Más aún, Él ha salido a nuestro encuentro para resolver nuestros temores e incertidumbres ofreciéndonos fortaleza y seguridad. Este es el primer mensaje que se percibe en la fiesta de la Epifanía: Dios mismo ha tomado la iniciativa para salvarnos. En la primera lectura escuchábamos al profeta Isaías que contemplaba la ciudad de Jerusalén como un faro de luz que, superando las tinieblas que envolvían la tierra, ilumina y señala la senda verdadero de la salvación para todos los pueblos.

Por otra parte nuestro propio deseo de felicidad es como un segundo movimiento que sostiene a todos los hombres en la búsqueda de los valores mencionados antes. Movidos por ese impulso los magos de Oriente se pusieron en camino como refiere el evangelio de hoy (cf. Mt 2,1ss.). Guiados por una luz misteriosa, una estrella según el relato bíblico, terminaron encontrando lo que buscaban encarnado en un Niño recién nacido y en brazos de su Madre (cf. 2, 11). Ese Niño era y es el Hijo de Dios hecho hombre (cf. Jn 1, 14). Es muy significativa la presencia de la estrella. No fue una mera anécdota sino la señal y la prueba de que Dios da siempre el primer paso, nos busca y se adelanta con su gracia y amor para que nos encontremos eficazmente con Él.

3.- “Hemos visto su estrella y venimos a adorarlo”

 El hallazgo llenó de asombro y alegría a los Magos, pero así ha sucedido siempre en la historia de la salvación que se ha verificado no a la manera humana, con poder y dominio, sino conforme a su actuar divino que, paradójicamente, no se dio a conocer con poder y fuerza sino en la humildad y pobreza para manifestarse siempre cercano, el “Dios con nosotros” (cf. Mt 1, 23), en la persona y en los hechos de Jesús de Nazaret. Por eso Él ofrece a todos esperanza y fortaleza en esta vida y la felicidad eterna en la otra.

El ejemplo de esos personajes que se pusieron en camino y se dejaron guiar por la luz de la estrella debe estimularnos en nuestra vida cristiana. No podemos permanecer impasibles o indiferentes. Hoy se percibe una gran atonía religiosa, una especie de estado espiritual semejante a la resignación y tristeza del enfermo que se lamenta pero no lucha. El papa Francisco decía en una ocasión: “Pienso en tantos cristianos, tantos católicos que sí, son católicos pero sin entusiasmo, tristes. Que dicen: ´Sí, es la vida, es así, pero… mejor no meterse, mantengo la fe…, y no tengo necesidad de darla a otro… Mejor cada uno en su casa, tranquilos en la vida…” Y añadía: “Ésta es la enfermedad de la indolencia, de la indiferencia de los cristianos… Son cristianos tristes, personas no luminosas, personas negativas y esta es una enfermedad de los cristianos. Vamos a misa todos los domingos pero decimos ´por favor no nos molesten´” (Homilía en la Misa en Santa Marta, 1-IV-2014).

Queridos hermanos: Aprendamos de la actitud de los Magos: “Hemos visto su estrella en oriente y venimos a adorarlo” (Mt 2, 2). Lo que nos maravilla al celebrar la fiesta de la Epifanía del Señor, no fue solo la estrella que apareció en el firmamento sino la actitud de búsqueda y la resolución de aquellos personajes al ponerse en ruta y, después de cumplir su deseo, regresar a su tierra ”por otro camino” (Mt 2, 12), obedientes siempre a la señal del cielo. Esta actitud es muy válida también para nosotros.

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