Jóvenes

Carta del
Card. D. Ricardo Blázquez Pérez
Arzobispo de Valladolid

ricardo blazquez perez

Enero 2019

Tres acontecimientos me mueven hoy a saludar nuevamente a los jóvenes que viven la fe cristiana en la Iglesia, y a cuantos desean aclarar su actitud personal en estas cuestiones tan importantes para orientar su vida en el presente y de cara al futuro. Los tres acontecimientos a los que me refiero son el Sínodo de los Obispos que tuvo lugar durante el mes de octubre en Roma y en el que por elección de la Conferencia Episcopal Española tuve la gracia de participar. El segundo es la así llamada “Peregrinación de Confianza” que ha tenido lugar en Madrid en los últimos días del año, organizada por la Comunidad de Taizé, en que han participado unos 15.000 jóvenes europeos la mayor parte. Y el tercero es la Jornada Mundial de la Juventud que se celebrará en Panamá, presidida por el Papa, los días 23-28 de este mes de enero. En estos tres eventos los jóvenes tienen un protagonismo particular.

Hace unas semanas ha aparecido la publicación del Documento Final de la Asamblea del Sínodo titulado “Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional”. Es un documento muy rico y bellamente redactado. Cada número de los 167 merece una lectura pausada y reflexiva. En él somos informados sobre las características de los jóvenes hoy en las diversas situaciones históricas, sobre algunos criterios mayores para orientarnos y por último acerca de cómo proceder en el campo de la pastoral juvenil. El pasaje de la aparición de Jesús resucitado a los discípulos de Emaús es como el hilo conductor. Os pido leer este Documento; su lectura nos ayudará a comprender mejor la Exhortación postsinodal que el Papa publicará en los meses próximos. Como dice el Documento final, “La presencia de los jóvenes ha marcado una novedad: a través de ellos ha resonado en el Sínodo la voz de toda una generación”. Necesitamos estar siempre cerca, escucharnos y caminar juntos; aprender también de ellos; mostrarnos mutuamente confianza.

El Encuentro organizado por la comunidad de Taizé en Madrid ha continuado “la peregrinación de confianza” que desde hace años vienen recorriendo, subrayando en este caso unas palabras de la Carta a los Hebreos (13, 2), que son tan actuales: “¡No olvidéis la hospitalidad!”. La experiencia orante de miles y miles de jóvenes, que participan, en Taizé mismo donde acuden todos los años multitudes o en los lugares adonde convocan, hace poco en Madrid y pronto en Wroclaw antes Breslau (Polonia), en Beirut (Líbano) o Ciudad del Cabo (Sudáfrica), es extraordinariamente alentador. Taizé, según el título de un libro reciente sobre esta comunidad ecuménica desde los orígenes, “Es una parábola de unidad” (S. Scatena). El encuentro con el Señor, en la comunidad cristiana, a través de la oración y la acogida capacita para actuar como reconciliadores en la vida personal diaria y en la sociedad. El inmenso pabellón 4 de Feria de Madrid (Ifema) abarrotado de jóvenes la noche del día 30 de diciembre era como una puerta abierta a la esperanza. La participación en estos acontecimientos abre a las dimensiones del mundo y fortalece la esperanza que es más poderosa que el desánimo. ¡Hay para el mundo esperanza! ¡Hay motivos para la esperanza también actualmente!

La próxima Jornada Mundial de la Juventud en Panamá tiene como lema “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu Palabra” (Lc. 1,38). Es la respuesta de María al anuncio del ángel que le presentó el plan de Dios en la plenitud de los tiempos. María respondió: “heme aquí”, “hágase” (fiat) en mí; aquí estoy. La Virgen dijo sí a Dios y le entregó las llaves de su voluntad. Este sí es como la puerta abierta para que el Hijo de Dios entrara en la historia humana y habitara entre nosotros. El consentimiento de María forma parte del acontecimiento supremo de la historia de la salvación. El Hijo de Dios se hizo hombre, vivió como hombre y fue crucificado para que nosotros pudiéramos ser hijos de Dios y herederos de la vida eterna.

El lema de la Jornada Mundial nos recuerda que debemos ser oyentes de la Palabra de Dios, que con fe reflexiva debemos meditar en el corazón y como María ponernos a disposición de ayudar a los que nos necesiten. Hablando con Dios en la oración se acrecienta el espíritu de servicio.

Son tres acontecimientos (Sínodo en Roma, Encuentro de Taizé en Madrid y Jornada Mundial de la Juventud en Panamá) que nos invitan a ir al encuentro de los jóvenes, a dialogar con ellos en el camino escuchando y respondiendo, a compartir las inquietudes y esperanzas, los trabajos y los gozos.

La experiencia del Sínodo nos ha ayudado a comprender mejor que los jóvenes no necesitan ni halagos ni amenazas. No es acertado que los padres aspiren a hacerse amigos de sus hijos para ganarse su confianza; los padres son padres y educadores, acompañantes con amor, paciencia y respeto. Son de generaciones distintas llamadas a convivir en la continuidad y novedad. La experiencia de quien ha vivido más ayuda a quien se abre al futuro poco a poco y la esperanza de los jóvenes evita que los de generaciones anteriores quieran que todo siga como siempre. Ahora las diferencias generacionales entre jóvenes y adultos son más hondas que en otros tiempos ya que actúan nuevos factores diferenciadores; por ello, es más necesario el esfuerzo de la comprensión, de la mutua escucha, del intercambio de experiencias y esperanzas, de la comunicación de raíces del pasado y a las del futuro.

A través del contacto con los jóvenes podemos subrayar varios aspectos de la vida cristiana. Los jóvenes quieren tomar parte en la vida de la Iglesia como corresponde a su edad, a su maduración humana y cristiana. La Iglesia cuenta con los jóvenes. Otro aspecto renovador: la experiencia orante, como aparece en los Encuentros de Taizé, es básica para el encuentro con el Señor viviente en medio de nosotros. Los jóvenes quieren ser solidarios con los necesitados y participar en los trabajos por la paz y la justicia. Los jóvenes, y también los adultos, deseamos que a la doctrina recta se una la experiencia del encuentro personal con Jesucristo. Los sentimientos del corazón deben caminar al unísono con las razones de la mente.

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