Santa Misa en la solemnidad de san Antonio, abad, patrono de la diócesis de Menorca

Homilía de
Mons. D.  FRANCISCO CONESA FERRER
Obispo de Menorca

conesa17012019

S.I. Catedral Basílica de Santa María, Menorca
Jueves, 17 de enero de 2019

ABRIR LAS PUERTAS

La vida y el ejemplo de San Antonio ha inspirado a la Iglesia de Menorca desde hace ocho siglos.  Con el retorno del cristianismo a nuestra isla, se extendió también la devoción a este santo monje, al que se invoca y celebra en todos los rincones de la Menorca. Es hermoso y significativo celebrar la fiesta de Menorca en el día propio de este santo del siglo IV, que pasó la mayor parte de su vida en el desierto de Egipto.

1.- Crecer como Iglesia de puertas abiertas

La memoria de San Antonio alienta también a nuestra Iglesia de Menorca para que cumpla su misión, que es hacer presente a Jesucristo y su Evangelio para los hombres y mujeres de esta tierra. El amor a Cristo llenó la vida de San Antonio hasta el punto de que, según cuenta San Atanasio, “exhortaba a todos a no preferir nada al amor de Cristo” (Vita Atanasii, c. 14).

Para llevar a cabo esta tarea, los cristianos de Menorca, después de un año de reflexión y discernimiento, nos hemos fijado como objetivo abrir las puertas de nuestra Iglesia. Por eso nos hemos propuesto como prioridad pastoral “crecer como Iglesia de puertas abiertas”. Sabemos bien que una Iglesia que se cierra en sí misma, se asfixia y sentimos la necesidad de una mayor apertura en nuestras comunidades. Si nuestras parroquias y comunidades no miran hacia el mundo, si sólo se miran a sí mismas, acabarán pudriéndose y corrompiéndose.

El Papa Francisco, que está alentando este movimiento de apertura en toda nuestra Iglesia, insiste en que la Iglesia no puede ser una aduana, que no hay que levantar muros, sino que cada comunidad cristiana ha de ser hospital de campaña, oasis de misericordia, casa que acoge a todas las personas, santuario donde los sedientos van a beber para seguir caminando.

Ahora bien, crecer como Iglesia de puertas abiertas nos exige realizar un doble movimiento. Hemos de abrir las puertas para que otros puedan entrar, pero también hemos de abrir las puertas para salir nosotros.

2.- Abrir para que todos entren

Lo primero es abrir las puertas para que todos entren. Comprobamos con dolor y arrepentimiento que hemos cerrado muchas puertas, que hemos puesto demasiados obstáculos  y levantado demasiados muros. Con facilidad, nos cerramos en esquemas prefijados, en costumbres o modos de actuar que resultan excluyentes (de las mujeres, de los que son diferentes, de los emigrantes, etc). Es hora de abrir las puertas. Para ello necesitamos cultivar tres actitudes, que considero fundamentales.

La primera es la acogida. La actitud dominante entre nosotros no puede ser la de juzgar, sino la de acoger; no la de condenar sino la de derribar los muros. Lo primero es atender al que viene herido, sin preguntarle nada más. Esto nos exige una gran capacidad de comprensión y una apertura de mente y de corazón para comprender a los demás y respetarlos. Nos pide también gran capacidad de escucha, de atención a lo que nos piden, de disponibilidad para comprender y de humildad para aprender.

La segunda actitud básica es la de acompañar. Hemos de aprender a acompañar a nuestros contemporáneos que viven sin la fuerza, la luz y el consuelo de la amistad con Jesucristo. Hemos de acercarnos a ellos, caminar con ellos para acompañarlos en su búsqueda de sentido y de vida, aprendiendo a conducirlos a Cristo respetando su libertad, proponiendo el Evangelio como camino de vida sin violentar su conciencia.

La última actitud es el servicio. Una Iglesia de puertas abiertas es una Iglesia que se sitúa en la sociedad como servidora de todos, especialmente de los más débiles. Esto requiere alejar toda actitud de prepotencia y toda pretensión de dominio, para ponernos al servicio de todos aquellos que la sociedad ha dejado en los márgenes. La experiencia del amor, la misericordia y la ternura del Padre ha de conducirnos a promover la fraternidad entre los hombres y a buscar a los últimos.

Abrir las puertas supone, por tanto, acoger, acompañar y servir a todos. Así los menorquines sentirán la Iglesia como su hogar, como la casa en la que pueden entrar cuando quieran. Nadie puede sentirse excluido de la Iglesia.

3.- Pisar la calle

Pero las puertas no se abren sólo para que otros entren, sino para salir nosotros por ellas. Los cristianos de Menorca hemos de pisar la calle, salir a las plazas y caminos, porque los hombres y mujeres de esta tierra tienen derecho a recibir el anuncio del Evangelio. Hay que salir a la calle a buscar a la gente y conocer a las personas por su nombre.

 En este punto es muy importante darnos cuenta de que quien tiene que salir a la calle no es sólo el obispo o los sacerdotes, sino todo el pueblo de Dios, y muy especialmente los laicos. Somos todos los cristianos quienes tenemos que cruzar el umbral de nuestras iglesias y salir a la calle. Todo discípulo de Jesús es misionero y, por ello, corresponsable de la vida y misión de la Iglesia. Vivirlo así nos pide un fuerte cambio de mentalidad, porque tenemos la tendencia a pensar que la misión es cosa sólo de la jerarquía de la Iglesia y no una gozosa realidad en la que está implicado todo cristiano.

Es preciso también un cambio en la vida de nuestras comunidades y parroquias, porque tenemos la tendencia a quedarnos en lo de siempre, dirigiendo nuestra atención a los que vienen a nuestras iglesias. Si abrimos las puertas es para salir a buscar al hombre que necesita nuestra ayuda, para acercarnos a él y ponernos a caminar a su lado. Debemos convencernos de que nuestras parroquias no existen para los que vienen a Misa, sino para los que no vienen. Nuestras parroquias existen para hacer presente a Jesucristo en medio de esta sociedad; existen para evangelizar.

4.- Invocar a Dios

Estoy convencido de que todo este programa de apertura no es cosa nuestra. Si así lo fuera, estaría condenado al fracaso. Nosotros somos sólo instrumentos en manos de Dios, siervos suyos. Por eso, es imposible realizar este programa si no vivimos muy unidos a Dios y si no convertimos la oración en el eje de nuestra vida. Son dos aspectos de la vida cristiana en los que destacó San Antonio, nuestro patrón. Él fue un hombre de Dios, lleno de su amor, hasta el punto de que era conocido como “el amigo de Dios” (Vita Antonii, c. 4). Y fue también hombre de oración profunda, que invitó a muchas personas a retirarse al desierto interior para encontrar a Dios en la oración.

Confiados en su intercesión, pedimos al Padre que envíe el Espíritu Santo, y sea Él, con su soplo, el que abra las puertas de nuestra Iglesia, rompiendo sus temores y dependencias, para que sean muchos los que puedan entrar por ellas y para que, alentados con su fuerza, nosotros tengamos el coraje de salir al encuentro de nuestros hermanos.

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