Santa Misa por el eterno descanso del cardenal D. Fernando Sebastián Aguilar, CMF

Homilía de
Mons. D. FRANCISCO PÉREZ GONZÁLEZ
Arzobispo metropolitano de Pamplona
Obispo de Tudela

perezgonzalez27012019

S.I. Catedral de Santa María la Real, Pamplona
Domingo, 27 de enero de 2019

FUNERAL POR
FERNANDO CARD. SEBASTIÁN AGUILAR,
ARZOBISPO EMÉRITO DE PAMPLONA Y OBISPO EMÉRITO DE TUDELA

Queridos hermanos:

Quiero y deseo que en esta celebración eucarística tengamos presente a un hombre de Dios que vivió por Jesucristo y por la Iglesia esposa de Cristo. Por ello usaré textos de mi hermano en el episcopado D. Fernando

1.- «El texto de Isaías que hemos escuchado [en labios de Jesús en el evangelio] se nos presenta hoy aquí a nosotros como una Buena Noticia. Hoy desde mi propia experiencia personal os digo que esta Buena Noticia ilumina y transfigura también la realidad tremenda de la muerte. A pesar del dolor que se sufre por la muerte, puedo decir con entera verdad que la muerte es para los creyentes una buena noticia. Es la buena noticia de una vida consumada en la fe, en la piedad y en la esperanza, en el sufrimiento y en la fortaleza, en el dolor vencido con amor y generosidad. La buena noticia de una vuelta al Padre que nos espera en el cielo con los brazos abiertos».

Estas palabras fueron pronunciadas por nuestro querido arzobispo emérito, el cardenal Fernando Sebastián, en esta misma catedral hace justo 24 años, el 27 de enero de 1995, en el funeral que aquel domingo presidió por la muerte de su madre, que había acontecido días antes. Y hoy nos sirven también a nosotros, que sufrimos su muerte, la muerte de mi predecesor Fernando Sebastián. Aquel día, él escogió ese texto de Isaías como primera lectura; hoy providencialmente la liturgia nos lo ha proporcionado en el evangelio.

La muerte es la buena noticia de la vuelta al Padre que nos espera en el cielo con los brazos abiertos. Así lo creía D. Fernando, así lo creemos los cristianos. Y con la muerte queda consumada nuestra vida terrenal, y se traspasa el horizonte que conduce a la vida celestial, porque la vida de los que creemos en Cristo «no termina, se transforma, y, al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo» (prefacio I de difuntos). «Jesús crucificado y resucitado -afirmó D. Fernando en un comentario a la liturgia del día de difuntos- es el puente, el camino, la puerta abierta que hace de nuestra muerte una vuelta al Padre, fuente y plenitud de la vida».

2.- En esta tarde, ponemos en manos de Dios la vida de D. Fernando para que entre «a formar parte de los gozos eternos -como hemos pedido en la oración con la que iniciábamos la misa- acompañado del abundante fruto de su trabajo».

Un trabajo en el que destacó en primer lugar como creyente, hombre de fe, hombre de oración. Él conoció «la solidez de las enseñanzas de Cristo que recibió» y se adhirió con todo su corazón a ellas. La fama de Cristo llegó a sus oídos y fijó en él sus ojos, como hace dos mil años hicieran los nazarenos en la sinagoga según nos ha narrado Lucas. Y podemos decir de él, las mismas palabras que él dijera una vez refiriéndose a san Juan Pablo II: «Él creía en Jesucristo como punto de partida para la comprensión de la vida humana, para la programación de su vida personal y la valoración de todas las circunstancias grandes o pequeñas».

Además, sintió la llamada a seguir más de cerca a Cristo, consagrándole su vida, entre los hijos de san Antonio María Claret, destacando de este modo en segundo lugar como pastor, imitando al Buen Pastor a quien representó en la tierra. Y así, entre diversos ministerios sacerdotales, fue puesto al frente de nuestra Iglesia diocesana de Pamplona y Tudela. Pudiendo hacer suyas las palabras de Isaías: «El Espíritu del Señor me ha enviado para anunciar la Buena Noticia». Y, como los levitas del Antiguo Testamento, leía la Palabra de Dios con claridad y explicaba su sentido. Para que la Palabra diera vida, como hemos cantado en el salmo. Sus homilías, catequesis, cartas de la fe… son una prueba de ello.

Un ministerio episcopal ejercido siempre con humildad, consciente de sus limitaciones, tal y como expresó en la homilía de su toma de posesión de esta Iglesia de Pamplona y Tudela, el 15 de mayo de 1993: «No soy ni tan sabio ni tan santo -dijo entonces- como tiene que ser hoy un obispo en cualquiera de nuestras Iglesias de España». Se sintió hermano en la fe, guiado por el Espíritu del único Señor como sus diocesanos. Podemos decir de él, pues, en palabras de san Agustín: «Para vosotros soy obispo, con vosotros soy cristiano».

Un ministerio episcopal ejercido siempre al servicio de los fieles a él encomendados, para construir el cuerpo de Cristo, con el deseo de que todos, como nos ha dicho san Pablo en la segunda lectura, «judíos y griegos, esclavos y libres formen un solo cuerpo», una misma Iglesia. Deseo que expresó en la mencionada homilía de su toma de posesión, cuando dijo: «¿Cómo no vamos a poder entendernos y vivir juntos en sincera unidad de fe y fraternidad, construyendo entre todos una Iglesia abierta y católica que sea a la vez la casa amplia y acogedora, verdadero hogar, donde quepan por igual vascoparlantes y castellanohablantes, autóctonos e inmigrantes, cristianos más avanzados o más conservadores?» Y que así, «el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y la Sangre de Cristo» (plegaria eucarística II).

Un ministerio episcopal dependiente siempre de Cristo, ejercido bajo su cayado, subordinado a él. Dando constantemente gracias a Dios que le «hacía digno de servirle en su presencia», como tantas veces le pidiera al Señor al recitar la gran oración eucarística, la plegaria eucarística II que por limitaciones oculares siempre usaba en estos últimos años recitándola de memoria y valorando su precisa y sintética riqueza teológica.

Y, en tercer lugar, destacó como teólogo. Su lema episcopal fue: Veritas in Caritate (La Verdad en la Caridad). Su gran capacidad intelectual, su honda sabiduría, quedó demostrada en sus largos años de docencia, en sus múltiples escritos, en sus incontables charlas, conferencias, que caracterizaron toda su vida. Nunca dejó de servir a la Iglesia aportando claridad de pensamiento, lucidez y precisión en sus análisis de la sociedad, de la pastoral, de la realidad eclesial, firmeza en las ideas esenciales, finura teológica al exponerlas… Han sido y serán muchos los que se enriquecerán de su saber. Cuando hace años, el entonces cardenal Bergoglio dirigió los ejercicios espirituales a los obispos españoles, fueron presentándose uno a uno al arzobispo de Buenos Aires. Al llegarle el turno a D. Fernando, dicen que el actual papa le respondió: «No hace falta que se presente, ya le conozco, leo sus escritos». Aprecio que el papa demostró al crearle cardenal en 2014.

3.- Sin embargo, finalmente, debo destacar el rasgo más importante de la vida de D. Fernando y que le acompañó toda su existencia desde que nació en Calatayud en 1929: su condición de bautizado. Fue hecho hijo de Dios por el bautismo, recibiendo como herencia la vida eterna -que ahora pedimos para él-. Fue injertado en Jesucristo por el bautismo, asociándose a su muerte para participar un día -como hoy pedimos- de su resurrección. Fue incorporado a la Iglesia, cuyos miembros tras la muerte viven glorificados en el cielo -como pedimos se le conceda-.

Y no podemos terminar sin dirigir nuestra mirada a la Virgen, a quien tanto amor él profesó, como Hijo del Inmaculado Corazón, representada aquí en esta imagen de santa María la Real de Pamplona, de nuestra Virgen del Sagrario, ante la cual tanta veces presidió la eucaristía, ante la cual tantas veces elevó su oración, con la esperanza de que con amor maternal haya cumplido con D. Fernando lo que pedimos al rezar el Ave María: «Ruega por nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte».

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