Santa Misa en la solemnidad de san Valero, obispo, patrono de la archidiócesis de Zaragoza

Homilía de
Mons. D. VICENTE JIMÉNEZ ZAMORA
Arzobispo metropolitano de Zaragoza

jimenezzamora29012019

S.I. Catedral del Salvador (La Seo), Zaragoza
Martes, 29 de enero de 2019

SAN VALERO,
PATRÓN DE ZARAGOZA
Y DE LA ARCHIDIÓCESIS

 Queridos hermanos:

Celebramos hoy la solemnidad de San Valero, Patrón de Zaragoza y de su Diócesis. Hoy evocamos su figura, entramos en comunión con él y suplicamos su intercesión. Celebrar a los santos es glorificar a Dios, fuente de toda santidad.

Liturgia de la Palabra

Las oraciones y las lecturas bíblicas de la solemnidad destacan la figura del Obispo como pastor, que sigue el  rastro del rebaño, aplicado a San Valero, que apacentó a sus ovejas, buscó a las perdidas, hizo volver a las descarriadas, vendó a las heridas, curó a las enfermas y guardó a las gordas y a las fuertes (cfr. Ez 34, 11-16).

San Valero fue el servidor  prudente que Dios puso al frente de su pueblo y el administrador fiel de los misterios de Dios (cfr. 1 Cor  4, 1-5). No temió a los tribunales humanos. La conciencia no le remordía y su juez verdadero fue el Señor.

Nuestro Santo Patrón recorrió el camino de las bienaventuranzas del Reino, que son el “protocolo” de la santidad; fue perseguido por causa de la justicia; hoy vive alegre, y su recompensa es grande en el cielo (cfr. Mt  5, 1-12).

Semblanza de su vida de pastor

San Valero fue uno de los personajes más sabios de su época, un gran pastor y un testigo valiente de la fe cristiana. Y aunque los documentos históricos no son numerosos, sí son suficientes para poder configurar su perfil de obispo. Fue consagrado obispo de Zaragoza, su ciudad natal, el año 290. Sabemos que asistió al Concilio de Elvira (Granada, 306-310), primer concilio de Hispania, muestra de una imagen viva del cristianismo en tiempos de persecuciones. Y es también cuando se inicia la actividad de la Escuela Episcopal de Zaragoza, centro de la cultura de la Iglesia hispana, que perdurará hasta el siglo VII.

Su diácono fue san Vicente, natural de Huesca,  y ambos fueron procesados en las persecuciones de Diocleciano y Maximiano hacia el año 304; fueron trasladados a Valencia y juzgados por el gobernador Daciano. El obispo Valero, de avanzada edad, fue desterrado a tierras de Barbastro y el diácono Vicente fue martirizado en Valencia. Valero era de palabra difícil, con problemas para pronunciar correctamente, y en el tribunal de Valencia la atención se dirigió hacia el fogoso Vicente, que quiso hablar por ambos y pagó con la vida su atrevido discurso y su valiente defensa.

Valero falleció en Enate, cerca de Barbastro, el 29 de enero de del año 315, siendo enterrado en el castillo de Estrada (Estada). Después de la destrucción de Estrada por los musulmanes, se perdió su cuerpo de la memoria histórica, hasta que sus restos fueron sacados del olvido por el obispo de Roda, Arnulfo, y trasladados el año 1050 a la catedral de Roda de Isábena, entonces la cabeza eclesial de Aragón.

En la Reconquista, cuando las tropas del rey  Alfonso I y de Gastón de Bearne entraron en Zaragoza, a finales del año 1118, el propio rey Alfonso I invocó la ayuda de san Valero en la guerra, y lo convirtió en protector y patrón de la ciudad de Zaragoza. Con la restauración de la sede episcopal en Zaragoza, se reclama la presencia física de las reliquias de San Valero, por lo que el Cabildo de Roda de Isábena fue generoso y envió primero un brazo, en el año 1121, y posteriormente, el año 1170, el cráneo, reinando ya Alfonso II.

Años después el cráneo fue colocado en el busto relicario que tenemos en el altar mayor, regalado a La Seo de Zaragoza por Don Pedro de Luna, el Papa Luna (Benedicto XIII), en 1397.

La festividad de san Valero la celebramos el 29 de enero y es el Patrón de la Ciudad de Zaragoza y de su Diócesis. Y, además, la celebramos con el típico roscón, (que tiene su génesis en el llamado “pan bendito” que desde la Edad Media la Iglesia ofrecía a los feligreses en las grandes fiestas del lugar o del santo patrón).

Mensaje de la fe

San Valero tuvo gran corazón de pastor, custodió a su rebaño con coraje y tesón y fue auténtico testigo de la fe. Su testimonio nos impulsa a revitalizar nuestra vida de fe en la época en que vivimos. Un cambio de época, en el que muchos no logran integrar la fe y la vida. Un momento en el que aumenta la dificultad de vivir la propia fe en Jesús. Un contexto social y cultural en que el proyecto cristiano de vida se ve continuamente desdeñado y amenazado; en muchos ambientes públicos es más fácil declararse agnóstico o ateo que creyente; se tiene la impresión de que lo obvio es no creer, mientras que creer requiere una legitimación social que no es indiscutible ni puede darse por descontada. (cfr. Juan Pablo II, Ecclesia in Europa, 7-8). A esta situación de debilidad de la fe en nuestra vida cristiana, se une, en ocasiones, el absurdo de un anticatolicismo disfrazado de laicidad y de actitudes irresponsables.

Así esta situación nos obliga a valorar la novedad de la fe y la experiencia cristianas. Hemos de acoger el don de la fe cristiana en condiciones nuevas y reencontrar a la vez el gesto inicial de la evangelización: el de la propuesta sencilla y decidida del Evangelio de Cristo (cfr. Directorio Diocesano de Catequesis, Zaragoza 2018, pág.14-15).

Para ello, como decimos en nuestro Directorio Diocesano de Catequesis para la Iniciación Cristiana, necesitamos, entre otras cosas,  un nuevo rostro de Iglesia. Comunidades cristianas vivas, acogedoras, comprometidas, donde poder aprender a conocer a Dios como en la familia por inmersión, por contagio. Necesitamos elaborar el contenido de la gramática cristiana: Ir a lo fundamental y al corazón de la fe. Se trata de iniciar y acompañar auténticos procesos de personalización de la fe. No se trata tanto de proponer lo que hay que vivir, sino de “vivir lo que se propone”.

Súplica final

Por eso, en esta fiesta de San Valero, confiamos a sus cuidados pastorales la fe y la iniciación cristiana de nuestras gentes y la vida de nuestra Iglesia Diocesana. Le pedimos también su valiosa protección en favor de nuestro Ayuntamiento de Zaragoza y de las autoridades, que rigen los destinos de Aragón, para que promuevan el bien común y el desarrollo integral de nuestro pueblo. La política es una tarea noble y difícil. La función y la responsabilidad política constituyen un desafío permanente para todos los que reciben el mandato en las urnas de servir a su pueblo y de trabajar para crear las condiciones de un futuro justo y digno para todos.

San Valero, nuestro padre en la fe, ayudamos a vivir el misterio de la comunión eclesial para la misión evangelizadora. Intercede ante el Señor, para que con la luz y la fuerza del Espíritu Santo se abran en nuestra Iglesia Diocesana de Zaragoza nuevos caminos para el anuncio gozoso del Evangelio. Haz que seamos una Iglesia al servicio de nuestro pueblo. Una Iglesia, que escucha, acoge, celebra y sirve.

La Eucaristía, en la que estamos participando, es alimento y bebida para el camino. Que nos acompañe también en este camino Santa María del Pilar, estrella de evangelización, tan querida y venerada en nuestra tierra. Amén.

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