“Id también vosotros a mi viña” (Mt 20, 4)

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Carta pastoral de
Mons. D. ABILIO MARTÍNEZ VAREA
Obispo de Osma-Soria

A los fieles laicos de la Iglesia de Dios
que está en Osma-Soria,
a los sacerdotes que la sirven,
a los miembros de la vida consagrada

“En todo momento damos gracias a Dios por todos vosotros y os tenemos presentes en nuestras oraciones, pues sin cesar recordamos ante Dios, nuestro Padre, la actividad de vuestra fe, el esfuerzo de vuestro amor y la firmeza de vuestra esperanza en Jesucristo nuestro Señor” (1Tes 1, 2-3)

INTRODUCCIÓN

En el tiempo que llevo entre vosotros y, concretamente, a lo largo del pasado año pastoral, he tenido la oportunidad de visitar muchas parroquias de la Diócesis. Ha sido para mí, y espero que para todos vosotros y vuestras comunidades, un tiempo privilegiado de gracia. Estoy realmente agradecido a Dios por haber realizado este primer contacto, aunque de manera rápida, y haber tenido la posibilidad de hablar con los miembros de cada comunidad, con sus Consejos allí donde los hay, con los grupos parroquiales, con cada presbítero. Doy gracias especialmente por haber podido celebrar la Eucaristía o haber tenido un rato de oración con la comunidad cristiana de las parroquias que configuran la Diócesis de Osma-Soria.

Quisiera con esta Carta expresar mi reconocimiento a todos los que han participado en estas visitas y, de forma especial, a quienes las han organizado. En todos y cada uno de los encuentros realizados, el Espíritu Santo nos ha hecho sentir la alegría de la fe, de la esperanza y de la caridad, junto con un renovado impulso hacia la acción evangelizadora. He podido comprobar el amor a Dios y a la Iglesia de los fieles sorianos, el esfuerzo y deseo creciente por trabajar de manera coordinada entre los sacerdotes, los religiosos y los laicos, y la preocupación evangelizadora.

Me he dado cuenta de que, después del Sínodo diocesano que, con el lema “Una Iglesia viva y evangelizadora”, tuvo lugar entre los años 1994 y 1998, y tras la Misión Diocesana “Despertar a la fe”, realizada durante los cursos 2011-2014, nos es necesario transformar estos dos acontecimientos del Espíritu en planes de acción y métodos de formación.

Está claro que lo más importante y esencial en la vida de la Iglesia es nuestra comunión con Jesucristo y con el Padre en el Espíritu Santo, es decir, la primacía de la gracia de Dios, de su amor sin medida a la humanidad, a todo hombre, a toda mujer. El protagonismo principal corresponde al Espíritu Santo que Jesucristo Resucitado nos concede de modo especial en la Eucaristía. “La comunidad evangelizadora experimenta que el Señor tomó la iniciativa, la ha primereado en el amor (cf. 1 Jn 4,10)” [1]. No podemos perder nunca de vista esta gran verdad que es fundamento de toda misión, el fondo de toda evangelización a la que hemos sido convocados. Pero Dios, por medio de su Hijo Jesucristo, nos llama incesantemente a trabajar en su viña. En cualquier edad y en cualquier momento podemos recibir la llamada del Señor: “Id vosotros también a mi viña…” [2].

Aunque en nuestras comunidades vivimos acuciados por el problema del envejecimiento y de la despoblación, todavía encontramos en ellas una mentalidad de fe. Sin embargo, debemos constatar que una creciente descristianización lleva a muchas personas, jóvenes y adultos, a alejarse cada vez más de la experiencia eclesial. Pero aun con ello podemos exclamar: “Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien” [3].

En esta sencilla Carta quisiera recoger las principales ideas, pero sobre todo vivencias, de lo que han sido estos casi dos años de ministerio episcopal entre vosotros. Dos años en los que hemos compartido las alegrías y las penas, las ilusiones y esperanzas de una Iglesia con hondas raíces en un pasado de fe que no renuncia a ser una Iglesia viva y evangelizadora en el presente. No tengamos miedo al futuro porque el Señor está con nosotros en todo momento [4].

Para ello tendré presente la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium que quisiera leer desde la experiencia vivida junto a vosotros en este tiempo. Esta Exhortación del Papa Francisco está llamada a ser el documento clave de su pontificado. Así lo señala el mismo Papa Francisco al inicio del documento: “No ignoro que hoy los documentos no despiertan el mismo interés que en otras épocas, y son rápidamente olvidados. No obstante, destaco que lo que trataré de expresar aquí tiene un sentido programático y consecuencias importantes” [5]. Al mismo tiempo, es una saludable “provocación” para la Iglesia en su conjunto y para nuestra Diócesis, y abre destellos de luz penetrante ya desde sus primeras palabras: “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús” [6]. Nos pide que no nos conformemos en dejar las cosas como están y nos recuerda que la conversión pastoral debe ser nuestra serena obsesión para que la Iglesia se sienta cada vez más “en salida”, deseosa de evangelizar al tiempo que siente la urgencia de dejarse evangelizar [7].

SER PUEBLO

No dejemos que nos roben el gusto de ser pueblo: “La Palabra de Dios también nos invita a reconocer que somos pueblo: «Vosotros, que en otro tiempo no erais pueblo, ahora sois pueblo de Dios» (1 Pe 2,10). Para ser evangelizadores de alma también hace falta desarrollar el gusto espiritual de estar cerca de la vida de la gente, hasta el punto de descubrir que eso es fuente de un gozo superior. La misión es una pasión por Jesús pero, al mismo tiempo, una pasión por su pueblo” [8]. Un pueblo asentado en un territorio con muchos problemas desde el punto de vista sociológico, problemas ya apuntados en el desarrollo de nuestro Sínodo y que con el paso de los años se han agravado sensiblemente. Como ya se constató en la asamblea sinodal, el individualismo, la carencia de líderes o animadores, la soledad de la mujer, la despoblación y la alta tasa de edad de los pocos habitantes que quedan en muchos pueblos, la desaparición de escuelas…, provoca pérdida de cultura e identidad, falta de autoestima, falta de interés por una formación permanente, ausencia de conciencia crítica ante la situación. Todo lo cual lleva a una pasividad en la participación sociopolítica con el consiguiente empobrecimiento de la provincia [9].

Como tuve ocasión de recordar en la solemnidad de San Saturio, Patrón de la ciudad de Soria: “Quiero subrayar en esta fiesta que, además de las muchas necesidades espirituales, nuestros numerosos pueblos, nuestra ciudad, nuestra provincia, los habitantes de esta tierra soriana, padecemos una serie de necesidades materiales que no podemos olvidar y que en este momento queremos poner bajo la protección de San Saturio. Cómo no mencionar la despoblación sangrante que seguimos sufriendo y que cada día más va dejando vacíos nuestros magníficos pueblos. O nuestros jóvenes que se marchan de los lugares en que han nacido en busca de una vida mejor. Es éste un buen día para hacer un llamamiento a la responsabilidad de todos, Iglesia, instituciones, sociedad civil, asociaciones, cada cual en lo que le corresponda, para ver qué medios podemos poner para que esta situación en la que está inmersa nuestra provincia comience a cambiar en positivo. Desde aquí animo a los que se empeñan en recordarnos la necesidad de reivindicar para nuestra provincia un futuro esperanzador. Soria quiere futuro porque tiene tierras y gentes que se lo merecen” [10].

El problema de la despoblación, la dispersión y el envejecimiento suponen un verdadero desafío para la sociedad soriana y para la Iglesia diocesana. Además, la extensión del territorio hace que los sacerdotes inviertan muchísimo tiempo en desplazamientos. Todo esto nos obliga a ser creativos e innovadores en nuestra pastoral diocesana: “Invito a todos a ser audaces y creativos en esta tarea de repensar los objetivos, las estructuras, el estilo y los métodos evangelizadores de las propias comunidades” [11].

El mismo Sínodo reconocía que “desde la perspectiva pastoral la atención a tantas comunidades nos plantea un serio reto que no puede escapar a nuestra reflexión: la pastoral rural ha de ser de presencia y acompañamiento, puesto que se trata de comunidades muy pequeñas y personas mayores con las que no podemos limitarnos a celebrar los sacramentos. El Sínodo pide a los agentes (presbíteros, religiosos, laicos) una inmersión real en su mundo simbólico y sus valores, visitando a las personas, acompañando a ancianos y enfermos, saliendo al encuentro de los jóvenes” [12]. En esta misma línea, el Papa Francisco nos recuerda que la parroquia tiene que estar “en contacto con los hogares y con la vida del pueblo, y no se convierta en una prolija estructura separada de la gente o en un grupo de selectos que se miran a sí mismos” [13].

La inquietud que esta realidad sociológica puede crearnos nos mueve a recordar que la Iglesia, que nuestra Diócesis, no es sólo una organización, ni un conjunto de edificios artísticos ni siquiera una institución benéfica. La Iglesia diocesana “es una porción del pueblo de Dios que se confía a un obispo para que la apaciente con la cooperación del presbiterio, de forma que, unida a su pastor y reunida por él en el Espíritu Santo por el Evangelio y la Eucaristía, constituye una Iglesia particular, en la cual verdaderamente está presente y actúa la Iglesia de Cristo, una, santa, católica y apostólica” [14]. La Iglesia soriana es un organismo vivo y constituye el pueblo de Dios en esta hermosa parcela de tierra en la que el Señor nos ha insertado. Somos el Cuerpo de Cristo presente aquí y ahora, un Cuerpo que los demás tienen el derecho de ver y tocar. Somos las piedras vivas del Templo del Señor. No nos hemos auto-convocado para formar un grupo autocomplaciente de seguidores de Jesús, sino que Él nos ha llamado porque necesita nuestros ojos para ver a los pobres y necesitados, necesita nuestras manos para lavar sus pies y curar sus llagas, necesita nuestra boca para anunciarles el amor tierno del Padre.

En la medida en que nos hacemos menos Pueblo de Dios se agiganta en nosotros el deseo de convertirnos en una élite, en una empresa, en una burocracia pesada y sin corazón que cae de manera recurrente en el pecado de “lo que habría que hacer” o se tranquiliza con el cómodo “siempre se ha hecho así” [15]. Como Iglesia no podemos limitarnos en modo alguno a una pastoral destinada a los que ya conocen el Evangelio de Cristo. El impulso misionero es una señal clara de la madurez de una comunidad eclesial. La evangelización es la profunda vocación de la Iglesia. La Iglesia existe para evangelizar. Y lo hace cuando anuncia la Buena Noticia, catequiza, celebra la fe y la vive y expresa mediante el ejercicio de la caridad y el compromiso social y comunitario. “Todos tienen el derecho de recibir el Evangelio. Los cristianos tienen el deber de anunciarlo sin excluir a nadie, no como quien impone una nueva obligación, sino como quien comparte una alegría, señala un horizonte bello, ofrece un banquete deseable” [16].

De ahí la necesidad de ejercitarnos para vivir esa conversión pastoral que el Papa Francisco nos pide. Debemos reconocerlo: “el llamado a la revisión y renovación de las parroquias todavía no ha dado suficientes frutos en orden a que estén todavía más cerca de la gente, que sean ámbitos de viva comunión y participación, y se orienten completamente a la misión” [17]. Debemos, igualmente, admitir que la fundamental “opción por los pobres” nos deja todavía en deuda con ellos. Preguntémonos si podemos con honradez decir que nos dejamos evangelizar por ellos: “Estamos llamados a descubrir a Cristo en ellos, a prestarles nuestra voz en sus causas, pero también a ser sus amigos, a escucharlos, a interpretarlos y a recoger la misteriosa sabiduría que Dios quiere comunicarnos a través de ellos” [18]. Creo que es muy luminosa la perspectiva que el Papa Francisco pone de relieve respecto a los pobres porque nos aleja de todo tipo de paternalismo en el que hemos podido incurrir en algún momento de la historia de la Iglesia: “No es la apariencia la que cuenta, sino la capacidad de detenerse para mirar en la cara a la persona que pide ayuda. Cada uno de nosotros puede preguntarse: “¿Yo soy capaz de detenerme y mirar a la cara, mirar a los ojos, a la persona que me está pidiendo ayuda? ¿Soy capaz?”19. Como ya recordara el Concilio, “aunque se deban a todos, los presbíteros tienen encomendados de manera especial a los pobres y a los más débiles, con quienes el Señor se presenta asociado y cuya evangelización se da como prueba mesiánica” [20].

La Sagrada Escritura manifiesta la predilección de Dios por los pobres y necesitados [21]. En consecuencia, “los primeros que tienen derecho al anuncio del Evangelio son precisamente los pobres, no sólo necesitados de pan, sino también de palabras de vida” [22]. Al mismo tiempo, se ha de reconocer y valorar el hecho de que los mismos pobres son también agentes de evangelización. La Iglesia no puede decepcionar a los pobres: “Los pastores están llamados a escucharlos, a aprender de ellos, a guiarlos en su fe y a motivarlos para que sean artífices de su propia historia” [23].

El Señor viene a nuestro encuentro también en los pobres, en los pequeños, en los que no cuentan, en los débiles y desfavorecidos, en los que carecen de lo necesario para su sustento, en quienes han perdido la esperanza porque la sociedad no les da motivos para tenerla. El profeta Isaías nos recuerda que el Señor viene a enjugar las lágrimas de todos los rostros. Y lo quiere hacer a través de nosotros. Sólo así celebraremos y nos gozaremos con su salvación [24]. No perdamos nuestro precioso tiempo elucubrando o soñando con grandes empresas evangelizadoras, en el “habriqueísmo” (habría que hacer) o buscando pobres y pobrezas en la lejanía. Acerquémonos a los pobres que están en nuestros pequeños pueblos, vivamos cerca de los enfermos y de los ancianos que viven solos, de los inmigrantes, de los privados de libertad.

NO TEMER LOS DESAFÍOS

No dejemos que nos roben el coraje para afrontar los retos del momento presente [25]. El Apóstol Pablo escribe: “llevamos este tesoro en vasijas de barro para que se vea que tan sublime poder viene de Dios y no de nosotros. Nos vemos atribulados en todo, pero no abatidos; perplejos, pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, pero no destruidos” [26]. Los retos a los que nos enfrentamos son muchos y apasionantes. Pero no nos asustemos ni nos abrumemos. Tenemos que tomar la iniciativa y desafiarlos con confianza en Dios y con la paciencia inherente a la llegada de su Reino.

Nuestra actividad pastoral parece muy modesta e insignificante para dar respuesta a las múltiples realidades de gozo, de sufrimiento y de búsqueda de nuestra sociedad que superan con mucho nuestras capacidades. Sin embargo, hay en ella muchos signos positivos de la presencia de Dios, que son otros tantos signos de esperanza. Las parábolas del Reino nos invitan, de manera sencilla pero hermosa, a valorar lo pequeño e insignificante que se va construyendo a nuestro alrededor. A descubrir cómo el grano de mostaza es portador de una fuerza extraordinaria, o a ver cómo la semilla del sembrador se pierde en el camino, entre abrojos, en las zarzas, pero un poco cae en tierra buena y produce el treinta, el sesenta o el ciento por uno. La semilla no puede dar fruto si vivimos en medio de mil preocupaciones mundanas en las que sólo nos buscamos a nosotros mismos, con nuestros apegos terrenales del tipo que sean. Para que la semilla crezca, antes hay que escardar, limpiar, arar, proteger el terreno del espíritu con el silencio y la oración. Escuchar la Palabra, el mensaje de Dios a los hombres, es imposible si nos faltan espacios de silencio. Como explica el Papa Benedicto XVI, “la palabra sólo puede ser pronunciada y oída en el silencio, exterior e interior. Nuestro tiempo no favorece el recogimiento, y se tiene a veces la impresión de que hay casi temor de alejarse de los instrumentos de comunicación de masa, aunque sólo sea por un momento. Por eso, redescubrir el puesto central de la Palabra de Dios en la vida de la Iglesia quiere decir también redescubrir el sentido del recogimiento y del sosiego interior” [27].

Jesús nos enseña ya a vivir y practicar como Iglesia diocesana las virtudes del realismo, de la paciencia y de la esperanza. Nuestra sociedad, hermosa y apasionante, pero a la vez llena de dudas, tropiezos y equivocaciones, está también intensamente influenciada por el materialismo práctico y por un relativismo que no acepta ninguna verdad. No sólo se aparta de la verdad de Dios sino también de la verdad del hombre. Por una especie de apostasía silenciosa, se resiste a aceptar a Cristo como Camino, Verdad y Vida [28].

Entre los síntomas de la progresiva insignificancia de la fe o de la reducción de su práctica, notamos el descenso del número de fieles que participan en la Eucaristía dominical; asistimos también a la paradoja de tener en nuestras parroquias muchos niños que participan en las catequesis pero que después no se acercan a la Eucaristía el día del Señor. Otro síntoma está representado por la falta del “despertar religioso” que encontramos ya en los niños que comienzan la catequesis; muchos de ellos desconocen los rudimentos más básicos de la fe que, en otro tiempo, se aprendían en el seno de la familia. Un tercer síntoma es el abandono de la vida parroquial de la mayor parte de los adolescentes y jóvenes tras recibir el sacramento de la Confirmación: tantos años de catequesis, en lugar de promover una práctica más convencida y serena de la fe, se cierran con un progresivo abandono de la misma. En este panorama tan complicado se nos plantea un gran reto: seguir anunciando a Cristo, con ardor y con alegría. “Estamos llamados a ser personas-cántaros para dar de beber a los demás. A veces el cántaro se convierte en una pesada cruz, pero fue precisamente en la cruz donde, traspasado, el Señor se entregó como fuente de agua viva. ¡No nos dejemos robar la esperanza!” [29].

La pastoral juvenil

Un tema que ha ido surgiendo en los diversos encuentros durante este tiempo que llevo con vosotros ha sido la necesidad de potenciar la pastoral juvenil. Ciertamente, es importante no descuidar el relevo en nuestras comunidades de fe. Los jóvenes de hoy presentan unas características distintas a los jóvenes de otras generaciones. Pero, aunque las características sean distintas, no por ello es imposible trabajar con ellos. Santa Teresa de Calcuta acuñó una bella expresión que puede ayudarnos a no desentendernos de la evangelización del mundo juvenil. Dice ella: Los momentos difíciles pueden resultar los más evangélicos. El Señor nos ha puesto en este momento de la historia y debemos evitar a toda costa caer en la nostalgia o en el desconcierto. Conviene incluso adoptar una mirada positiva y una actitud de simpatía hacia este mundo y hacia este momento. Es el mundo y la época que Dios ama. De ahí que todos tendremos que hacer un esfuerzo por conectar con los jóvenes, pero para ello tendremos que tratar de conocerlos bien y de acompañarlos con inmenso amor y con coherencia de vida.

La relación cotidiana que, personal y comunitariamente, tenemos con los jóvenes es ya una primera ocasión de escucha que no podemos infravalorar. Los encuentros organizados por la parroquia, las ocasiones de prestar servicios en el ámbito de la caridad, las propuestas pastorales de verano, son todas ellas ocasiones en las que, de hecho, vivimos una verdadera y fiel escucha de los jóvenes. También la enseñanza de la religión católica en la escuela es una gran oportunidad de escucha y diálogo con ellos.

En este diálogo con los jóvenes hemos de descubrir los signos de los tiempos que anuncian el futuro que Dios nos prepara. Como recuerda el Papa, “los jóvenes nos llaman a despertar y acrecentar la esperanza, porque llevan en sí las nuevas tendencias de la humanidad y nos abren al futuro, de manera que no nos quedemos anclados en la nostalgia de estructuras y costumbres que ya no son cauces de vida en el mundo actual” [30]. De hecho, el Santo Padre mira a los jóvenes como indispensables protagonistas de la compleja y profunda renovación a la que la Iglesia está llamada: “Aunque no siempre es fácil abordar a los jóvenes, se creció en dos aspectos: la conciencia de que toda la comunidad los evangeliza y educa, y la urgencia de que ellos tengan un protagonismo mayor” [31]. Siempre teniendo presente un sano realismo: “La pastoral juvenil, tal como estábamos acostumbrados a desarrollarla, ha sufrido el embate de los cambios sociales. Los jóvenes, en las estructuras habituales, no suelen encontrar respuestas a sus inquietudes, necesidades, problemáticas y heridas. A los adultos nos cuesta escucharlos con paciencia, comprender sus inquietudes o sus reclamos, y aprender a hablarles en el lenguaje que ellos comprenden” [32].

Uno de los retos más importantes para la Iglesia, por tanto, es el relacionado con el mundo juvenil. No en vano el Papa ha querido celebrar el último Sínodo sobre esta cuestión: “Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional”, para pedir a toda la Iglesia un tiempo de acercamiento a los jóvenes, poniéndose a la escucha de todos ellos, tanto de los que se sienten Iglesia como de los que viven alejados de ella. Como concreción de la experiencia del reciente Sínodo celebrado en Roma, teniendo en cuenta sus aportaciones, sugiero desde ésta mi primera Carta pastoral celebrar en la Diócesis en momento a determinar una asamblea de jóvenes en la que, junto con los sacerdotes, religiosos, familias y laicos adultos, vivamos una fecunda experiencia sinodal que permita definir de modo concreto y comunitario las etapas de un nuevo proyecto de pastoral juvenil hecho no sólo “para” los jóvenes sino “con” y “desde” los jóvenes.

Una palabra final para los jóvenes: os pido que no os dejéis arrastrar por la mentalidad que tiende a separar a Cristo de la Iglesia. Un eslogan de otros tiempos, pero siempre actual, decía: “Cristo sí, la Iglesia no”. En realidad, quien rechaza la Iglesia al final termina por rechazar a Cristo o lo reduce a un ídolo para el propio uso y consumo privado. Experimentad la riqueza de la vida eclesial: vuestra presencia activa en los órganos de participación, la animación de la liturgia, el servicio hacia los pobres y necesitados son algunos de los ámbitos en los que podéis vivir vuestra pertenencia a la Iglesia de manera creativa y responsable. Vivid estos servicios eclesiales no como hechos aislados sino como una contribución al crecimiento de vuestra comunidad implicando vuestra propia vida. Os agradezco también vuestra labor de misioneros entre los mismos jóvenes y os animo a seguir anunciando a Cristo. Sed valientes. No quedaréis defraudados. “Qué bueno es que los jóvenes sean callejeros de la fe, felices de llevar a Jesucristo a cada esquina, a cada plaza, a cada rincón de la tierra” [33].

La pastoral vocacional. El presbiterio diocesano

Otro desafío preocupante que nos toca a todos de cerca es la prolongada sequía vocacional al presbiterado. La tarea de promover una eficaz pastoral vocacional es responsabilidad generosa y compartida de todo el pueblo de Dios, particularmente de los sacerdotes que con su vida ministerial hacen visible que la vocación es fuente de alegría y entrega. No se puede esperar que surjan jóvenes enamorados del Señor, dispuestos a dejarlo todo y seguirlo, si no ven en los presbíteros un ejemplo de felicidad en el servicio al Reino de Dios. Como dijera el recordado San Juan Pablo II: “Ha llegado el tiempo de hablar valientemente de la vida sacerdotal como de un valor inestimable y una forma espléndida y privilegiada de vida cristiana. Los educadores, especialmente los sacerdotes, no deben temer el proponer de modo explícito y firme la vocación al presbiterado como una posibilidad real para aquellos jóvenes que muestren tener los dones y las cualidades para ello. No hay que tener ningún miedo de condicionarles o limitar su libertad; al contrario, una propuesta concreta, hecha en el momento oportuno, puede ser decisiva para provocar en los jóvenes una respuesta libre y auténtica. Por lo demás, la historia de la Iglesia y la de tantas vocaciones sacerdotales, surgidas incluso en tierna edad, demuestran ampliamente el valor providencial de la cercanía y de la palabra de un sacerdote. No solo de la palabra, sino también de la cercanía: de un testimonio concreto y gozoso capaz de provocar interrogantes y conducir a decisiones definitivas” [34]. El Señor nos ha convocado a ser sus seguidores de una manera concreta. De ahí que nuestra vocación cristiana se vuelva vocación particular. “Cada uno ha de ser ayudado para poder acoger el don que se le ha dado a él en particular, como persona única e irrepetible” [35]. Algunos jóvenes reciben la llamada de Dios a ser en concreto presbíteros. Ayudarles en su proceso de discernimiento a preguntarse si el Señor los llama al sacerdocio ministerial es una realidad que brota de la teología de la vocación.

En la pastoral vocacional es clave, pues, el discernimiento. Dios no habla generalmente por medio de signos evidentes, pero tampoco su llamada es tan oscura que no se pueda descifrar. En ese claroscuro se sitúa el discernimiento. El acompañamiento personal es un medio valiosísimo para ese discernimiento de manera que el muchacho sea capaz de leer los signos que el Señor le hace ver en su vida y distinga entre ellos la llamada vocacional. Como os recordaba recientemente, “los agentes de pastoral debemos acompañar a estos jóvenes, ser apóstoles para ellos, tomándonos en serio el desafío que supone el discernimiento vocacional en la etapa de la juventud. Y para ello se necesita preparación y estar atentos al Espíritu. El acompañamiento no se improvisa de la noche a la mañana; requiere conocer muy bien los entresijos del proceso de crecimiento y maduración de las personas. Y no basta con dominar la teoría del discernimiento. Para acompañar hay que escuchar bien, escucharse a uno mismo y saber escuchar a Dios que nos habla en su Palabra, en la oración y en los sacramentos” [36].

La realidad actual me hace pensar que estamos no tanto ante una crisis vocacional sino ante algo más profundo: una verdadera crisis de fe y de vida cristiana que tiene como una de sus expresiones la falta de jóvenes que se animen a servir a la Iglesia siendo sacerdotes. Es lógico que, si no hay familias cristianas, difícilmente puedan existir jóvenes que den el salto a un compromiso de por vida como es el ministerio sacerdotal.

Hagamos todo lo que esté a nuestro alcance para impulsar la pastoral vocacional. Ello no se opone a un trabajo necesario y urgente de corresponsabilidad eclesial compartida por presbíteros, religiosos y laicos. Impulsar un área de la pastoral no significa tener que descuidar las otras. No se trata de restar sino de sumar. He propuesto a los responsables diocesanos elaborar un Plan de pastoral vocacional en el que se promueva la Red de intercesores en las distintas parroquias y comunidades de nuestra Diócesis. Las vocaciones, del tipo que sean, no surgen por generación espontánea. El Señor lo dijo bien claro: “La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies” [37]. Y esto vale para la vida sacerdotal, religiosa y también laical. Cuidemos este campo importante de la pastoral vocacional tan unido a la pastoral juvenil y familiar.

No puedo olvidar en estas páginas mi más sincero agradecimiento a los desvelos del presbiterio oxomense-soriano. Aunque hay siempre cosas que mejorar porque la perfección sólo corresponde a Dios, nuestra Diócesis cuenta con un buen presbiterio entregado con entusiasmo a la misión apostólica. Es francamente admirable el esfuerzo de los sacerdotes mayores que deciden seguir al servicio de la Diócesis desempeñando algún servicio pastoral. Hay, en líneas generales, mucha entrega por parte de los sacerdotes al cuidado pastoral del Pueblo de Dios. Este hecho es todavía más digno de mención si se tiene presente que en estos momentos cada sacerdote soporta frecuentemente una carga no pequeña de preocupaciones, cansancio y a veces sinsabores. Todas estas experiencias nos ofrecen la oportunidad de abrazarnos a la cruz de Nuestro Señor el cual nos dará el ciento por uno prometido a aquellos que lo dejan todo por Él. El sacerdote debe ser el evangelizador incansable.

Pero también he podido observar la presencia de un laicado activo en las parroquias, así como unas comunidades de religiosos y religiosas muy insertadas en la vida diocesana. Laicos, religiosos y presbíteros, según su vocación y estado de vida, estructuran, como Pueblo de Dios, la Iglesia local y participan de su propia vida y misión. Ya sé que no todo es color de rosa y que estamos lejos de conseguir plenamente una pastoral de comunión que impulse el entusiasmo evangelizador de todos los agentes de pastoral, pero descubro que es más lo positivo que lo negativo.

En un futuro no muy lejano habrá sin duda menos sacerdotes, y tendremos que llevar a cabo una redistribución del clero y un mejor reparto de las tareas pastorales, para lo cual el Señor nos va a pedir generosidad a todos: a los pastores, a la hora del formar equipos ministeriales que asuman la responsabilidad pastoral de un territorio más amplio, y a los demás fieles, a quienes la Iglesia, en esta situación concreta, pide un mayor compromiso derivado de la fe bautismal: “En virtud del Bautismo recibido, cada miembro del Pueblo de Dios se ha convertido en discípulo misionero (cf. Mt 28,19). Cada uno de los bautizados, cualquiera que sea su función en la Iglesia y el grado de ilustración de su fe, es un agente evangelizador, y sería inadecuado pensar en un esquema de evangelización llevado adelante por actores calificados donde el resto del pueblo fiel sea sólo receptivo de sus acciones” [38].

Como ya recordara nuestro Sínodo diocesano: “la significación y fecundidad de la pastoral rural requiere la creación de «fraternidades apostólicas» de presbíteros, religiosos y laicos, que sean testimonio del Evangelio que anuncian e invitan a acoger. Tenemos que creer más para hacer más visible la comunión en la fe y avanzar en la formación de auténticas comunidades, donde la fe y la celebración sean, cada vez más auténticas y manifiesten en verdad el don de Dios que nos da su amor, y nos pide le hagamos presente en nuestra realidad, rompiendo viejos moldes que responden a una sociedad rural que ha desaparecido. Esto exige comprensión para los agentes pastorales en el mundo rural que muchas veces sufren la cruz de la incomprensión, la falta de resultados tangibles, la soledad…, y hacer un esfuerzo para desplazarse a otros lugares donde se pueda celebrar la fe de manera más participativa” [39].

Debemos contemplar incluso la posibilidad de laicos implicados en una responsabilidad eclesial a tiempo completo o parcial. Para ello es muy necesario establecer los medios necesarios para una formación del laicado, dirigida no sólo al desempeño de una tarea pastoral o misionera concreta sino también al crecimiento de la calidad de la fe cristiana. En todo caso, se hace necesario invertir energías en la formación de catequistas, particularmente de la iniciación cristiana, educadores de grupos juveniles, laicos implicados en el mundo de la cultura, en el servicio de la caridad, en el ámbito familiar, social y político. Y, desde luego, es urgente hacer los esfuerzos necesarios para que se integren en los diversos ámbitos de la comunidad eclesial de forma más plena.

En el tiempo que llevo entre vosotros y tras muchas visitas a las diversas parroquias, he notado que en un buen número de ellas no existen ni el consejo parroquial de pastoral ni el consejo de economía, y, donde existen, frecuentemente se encuentran formados por las mismas personas desde hace muchísimo tiempo. Avancemos en las estructuras de corresponsabilidad que ya la Iglesia reconoce como instrumentos de la vivencia concreta de la comunión eclesial. Así prepararemos el camino hacia una Iglesia diocesana y unas parroquias donde la corresponsabilidad sea una realidad vivida alegre y gozosamente. “En nuestra Iglesia particular es necesario hacer un esfuerzo de renovación para que nuestras parroquias se vayan transformando de centros de servicios religiosos en comunidades vivas de creyentes en las que se vaya superando el clericalismo y la pasividad laical y se promueva la corresponsabilidad misionera y evangelizadora de todo el Pueblo de Dios” [40].

En esta situación tiene importancia decisiva una acción pastoral que tienda, bajo el impulso del Espíritu, a dar nuevo vigor espiritual a nuestras comunidades cristianas, para que, por su palabra y testimonio, sean de verdad sal de la tierra y luz del mundo41. Todavía tengo en la memoria el gozo vivido en el reciente Año clariano con motivo del 75º aniversario de la exposición permanente del Santísimo Sacramento en la iglesia de Santo Domingo de nuestras Hermanas clarisas de Soria. Y estoy convencido de que la vivencia de la liturgia como presencia de Cristo nos lleva a proclamar con audacia el camino de las bienaventuranzas evangélicas y la llamada universal a la santidad de vida que el Papa Francisco ha hecho en su Exhortación Apostólica Gaudete et Exsultate, es decir, la llamada a la plenitud de la vida cristiana: “amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas” [42]; “amarás a tu prójimo como a ti mismo” [43]. Por ello, invito a las parroquias en las que sea posible a promover la adoración eucarística en estrecha relación con la Eucaristía dominical. El Maestro está realmente en la Eucaristía para ser nuestro alimento y nuestro apoyo en los momentos en los que necesitamos consuelo en el camino a la santidad. “El Maestro está ahí y te llama” [44].

La pastoral familiar

En estrecha relación con la pastoral juvenil y vocacional, se encuentra la pastoral familiar que busca potenciar el papel de los padres y de las familias en el proceso de educación en la fe de los hijos. Somos conscientes de que tanto en nuestro entorno social como en toda Europa la familia ha sufrido fuertes cambios y que está pasando por momentos complicados. El individualismo, las diversas concepciones ideologizadas del matrimonio y la familia, la inmadurez afectiva, la fragilidad de vínculos, las dificultades económicas y sociales, el acceso a la vivienda y al trabajo, han contribuido a desdibujar en la sociedad actual la familia tal como la hemos conocido hasta hace unas décadas.

La diócesis de Osma-Soria ha dedicado muchas fuerzas a la potenciación de una pastoral familiar que ofreciera una buena formación a los novios, así como a los padres que son los primeros educadores de sus hijos. Y seguimos preguntándonos: ¿Qué podemos hacer para educar en el amor verdadero y prevenir los diversos dramas que se presentan a las familias?, ¿cómo hacer presente la misericordia de Dios que busca a todos y cada uno en las diversas situaciones de la vida, incluidas las familias que viven en la ruptura?, ¿cómo estar cerca de las familias y acompañarlas en la hermosa tarea de mostrar la belleza del amor y la educación de los hijos en libertad, responsabilidad y con criterio evangélico?

Una vez más, en el Sínodo diocesano encontramos un apoyo para la pastoral familiar cuando afirma que, “la familia sigue teniendo todavía en nuestra sociedad soriana su peso específico y sigue siendo el marco natural donde las personas obtienen el apoyo básico para su crecimiento y desarrollo integral. La Doctrina de la Iglesia nos recuerda que la familia, hoy como ayer, es insustituible en la educación de los valores, porque ella es ámbito humano de comunión y participación y escuela de sociabilidad y del más rico humanismo (cf. FC 18, 21 y 37; GS 52). Para ayudar a que así sea es necesario, en nuestra Diócesis, renovar y potenciar la pastoral matrimonial y familiar” [45], de manera que, como recuerda el Santo Padre, podamos desarrollar una pastoral familiar capaz de acoger, acompañar, discernir e integrar [46].

UNA PROPUESTA: VIDA COMUNITARIA.
LAS COMUNIDADES PARROQUIALES

“¡No nos dejemos robar la comunidad!” [47]. Tanto en las parroquias como en las diversas comunidades eclesiales, debemos decir un “no” rotundo a la acedia egoísta, al pesimismo estéril y a la mundanidad espiritual, para decir “sí” a las relaciones nuevas engendradas por Cristo Jesús, al amor fraterno, a la corresponsabilidad en la Iglesia entre los sacerdotes, los religiosos y los laicos, y, en particular, las mujeres, con el objeto de dar un testimonio de vida comunitaria que nace de la experiencia de haber encontrado a Cristo Resucitado en la gran comunidad que es la Iglesia [48]. “Un desafío importante es mostrar que la solución [de los problemas pastorales] nunca consistirá en escapar de una relación personal y comprometida con Dios que al mismo tiempo nos comprometa con los otros” [49]. Únicamente con una vivencia sincera y cordial de la comunidad podremos evitar caer en un individualismo estéril o en un centralismo extremo que ahogan cualquier intento de anuncio del Evangelio.

Esto quiere decir que debemos incrementar continuamente nuestros vínculos de comunión. La situación del momento presente es tan distinta a la de hace unos pocos años que nuestra Diócesis está obligada a cambiar sus métodos y estructuras pastorales para realizar una mejor tarea evangelizadora. Pasaron los tiempos en que había prácticamente un sacerdote o más por parroquia. La pastoral de conjunto nos lleva a trabajar pastoralmente de otra manera, de forma más coordinada y solidaria. “La reforma de estructuras que exige la conversión pastoral sólo puede entenderse en este sentido: procurar que todas ellas se vuelvan más misioneras, que la pastoral ordinaria en todas sus instancias sea más expansiva y abierta, que coloque a los agentes pastorales en constante actitud de salida y favorezca así la respuesta positiva de todos aquellos a quienes Jesús convoca a su amistad” [50].

El proyecto de las Comunidades parroquiales, recientemente debatido, puede contribuir a esta conversión estructural, teniendo muy en cuenta nuestra realidad de pequeños núcleos y buscando una lógica que sea de integración y no de mera agregación, tal y como pedía nuestro Sínodo: “Impulsar en la vida parroquial la formación de una verdadera comunidad cristiana, donde se viva y experimente la fe, la comunión y la fraternidad, el culto, compromiso y comunicación de bienes tanto espirituales como materiales, la integración, la unidad, el sentido y compromiso misionero, y la unión con las demás parroquias y la apertura al Arciprestazgo, a la Iglesia diocesana y a la Iglesia universal” [51].

La propuesta hecha a la Diócesis de instaurar las comunidades parroquiales representa una ocasión para reflexionar sobre el modelo de atención pastoral al que como Iglesia debemos caminar en el futuro inmediato. El objetivo de fondo es la misión, a la que nos orienta el Papa en Evangelii Gaudium. El nuevo estilo evangelizador que queremos asumir encuentra una prometedora oportunidad en este proyecto de las comunidades parroquiales y no podrá prescindir de ellas. “La renovación de las parroquias, al inicio del tercer milenio, exige reformular sus estructuras, para que sea una red de comunidades y grupos, capaces de articularse logrando que sus miembros se sientan y sean realmente discípulos y misioneros de Jesucristo en comunión” [52].

Es urgente, pues, concretar una pastoral diocesana de conjunto de la que podemos reseñar alguno de sus rasgos. 1º.- El presbítero no es ya el único y exclusivo referente de la pastoral parroquial sino que lo son todos los bautizados que desean vivir su fe de manera corresponsable. 2º.- La comunidad parroquial ya no puede concebirse como una realidad autónoma y autosuficiente, sino como un conjunto de parroquias que actúan como sujeto unitario de evangelización. 3º.- Y, por último, en la pastoral de comunión se redescubre la dimensión misionera de la fe como propia de toda comunidad y de los bautizados que forman parte de ella. Se trata de vivir la corresponsabilidad con el consiguiente “cambio de mentalidad especialmente respecto al papel de los laicos en la Iglesia, que no se han de considerar como “colaboradores” del clero, sino como personas realmente “corresponsables” del ser y del actuar de la Iglesia” [53].

Hasta hace algunos años se tendía a la creación de nuevas parroquias para responder mejor a la necesidad de tener un templo y unos salones parroquiales cercanos al lugar de residencia. Pero quizás en el momento presente debamos estar más preocupados por la creación de comunidades compuestas por personas que en comunión anuncien a Jesucristo, lo celebren en la liturgia y lo expresen con un nuevo estilo de vida transformador de las realidades sociales.

Para nacer a la vida en Cristo es prioritaria la atención a la persona. Encontrar una comunidad acogedora es parte de la experiencia de la fe. El ejercicio fundamental para acogernos unos a otros es afinar el oído del corazón y escuchar con misericordia. Propongo, a instancias del Papa Francisco, que en la proximidad del IV Domingo del tiempo de Cuaresma llevemos a cabo en nuestras comunidades la celebración de las 24 horas para el Señor. “Así como Jesús ante la mujer adúltera optó por permanecer en silencio para salvarla de su condena a muerte, del mismo modo el sacerdote en el confesionario tenga también un corazón magnánimo, recordando que cada penitente lo remite a su propia condición personal: pecador, pero ministro de la misericordia [54].

LA CENTRALIDAD DE LA MISIÓN

 “¡No nos dejemos robar el entusiasmo misionero!” [55]. No podemos olvidar que el fin de la Iglesia no es ella en sí misma sino el Reino de Dios y, por tanto, la misión. El Papa quiere que toda la Iglesia (también nuestra Diócesis) haga la “reforma de la Iglesia en salida misionera” [56]. Por eso, nos invita a conjugar estos cinco verbos: primerear (tomar la iniciativa), implicarse, acompañar, fructificar y festejar [57]. Todos tienen el derecho de escuchar el anuncio del Evangelio. “Salgamos, salgamos a ofrecer a todos la vida de Jesucristo. Repito aquí para toda la Iglesia lo que muchas veces he dicho a los sacerdotes y laicos de Buenos Aires: prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades” [58]. Y aquí hemos de reconocer que nos queda un largo camino por recorrer. Los cristianos estamos demasiado encerrados, unas veces por temor y otras por comodidad, en nuestros propios templos y salones. Dedicamos un tiempo muy necesario a la oveja que tenemos en el redil pero poco, muy poco, a las noventa y nueve que están fuera. La misión no podrá realizarse si no se hace desde la comunión, si no somos capaces de asumir y colaborar con las propuestas pastorales de la Diócesis. La comunión es esencialmente misionera. “Fiel al modelo del Maestro, es vital que hoy la Iglesia salga a anunciar el Evangelio a todos, en todos los lugares, en todas las ocasiones, sin demoras, sin asco y sin miedo” [59].

Es preciso no hablar mucho más de misión y empezar a realizarla, poniendo en práctica audaces y creativas experiencias misioneras. Frecuentemente en nuestros encuentros sale espontánea la referencia a la realidad que los países de misión ad gentes viven desde hace mucho tiempo: el misionero visita periódicamente las diversas comunidades, pero cada una  de ellas tiene laicos formados que cuidan la catequesis, la oración y animan y mantienen unida la comunidad. Por eso, el verdadero problema no es cuántos cristianos somos en nuestra Diócesis sino cuánto somos cristianos nosotros. Nos sirve en este sentido una imagen tomada de la liturgia de la Vigilia Pascual: cien velas apagadas no encienden ninguna, pero diez velas encendidas pueden encender todas las demás. Debemos evitar ser absorbidos por la desesperanza y la desilusión que nos inmovilizan y nos convierten en personas sin profecía y sin anuncio: “Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente” [60].

Es verdad que debemos afrontar desafíos difíciles y poner en práctica cambios en la mentalidad y en los comportamientos, pero tengamos siempre presente lo que decía un viejo proverbio: “Cuando sopla fuerte el viento del cambio algunos levantan muros, otros, más sabios, construyen molinos de viento”.

Como recordaba el Papa San Pablo VI, “evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda” [61]. La Iglesia existe para evangelizar y, por tanto, siempre ha de estar en misión. Sin embargo, ahora ante los “signos de los tiempos” se ve la necesidad de una nueva y especial efusión del Espíritu de Dios [62]. Una vuelta a lo esencial del Evangelio es requisito imprescindible para que las personas se enamoren de Jesucristo y quieran vivir según el modelo de vida que nos dejó en el Evangelio.

Doy gracias al Señor por la calidad humana, espiritual y pastoral de nuestra Diócesis. En una mirada superficial puede no apreciarse, pero cuando intentamos mirar con los ojos de Dios, descubrimos que su Reino sigue avanzando y enraizándose en nuestra tierra soriana, que he aprendido a valorar y amar junto a vosotros. Confío en el buen sentido eclesial de los cristianos sorianos para que los temas pendientes de solución no sean ocasión de división, desconcierto o desánimo entre nosotros. La Iglesia no es una empresa humana; trabajamos todos en la misma viña, la viña del Señor: Él es el dueño de la viña, Él la ama más de lo que podemos amarla cada uno de nosotros. Vivamos la plena confianza en el Señor, en la misteriosa eficacia del Evangelio y en la sabiduría escondida de la Cruz ante la cual hincamos la rodilla.

No quisiera concluir sin agradecer sinceramente a cuantos, con su trabajo, tantas veces oculto, han contribuido a mantener y extender la fe en Dios y la vivencia eclesial en esta porción del Pueblo de Dios que es la Iglesia de Osma-Soria. Sin ellos, no estaríamos aquí; sin su tenacidad, no se hubieran construido nuestras iglesias y ermitas; sin su preocupación por formar buenos sacerdotes, no tendríamos el Seminario, referencia obligada en la vida de la Diócesis; sin la preocupación de tantos padres y madres, se habría roto la cadena de transmisión de la fe; sin la ilusión y el celo pastoral de tantos sacerdotes, la vida de fe habría languidecido; sin el testimonio de santidad de los religiosos, faltaría un medio privilegiado para la evangelización; sin la oración de los contemplativos, a la Diócesis le habría faltado el empuje interior para llevar a cabo la misión apostólica [63]. Gracias a todos de corazón, vuestro Padre, que ve en lo escondido, os lo recompensará [64].

EN COMPAÑÍA DE LA MADRE

Y con nosotros siempre la Virgen María. Nuestro camino de fe se encuentra siempre unido a María desde el momento en que Jesús, olvidándose de sí mismo en la Cruz, se desprende incluso de la mirada de su Madre diciéndole: “Mujer, ahí tienes a tu hijo” [65]. A estas palabras, que tienen el valor de un testamento, sigue una consigna: “Ahí tienes a tu Madre” [66].

Nuestro pueblo oxomense-soriano ha permanecido siempre fiel a estas palabras como lo demuestra su devoción mariana plasmada en prácticas devocionales y multitud de ermitas dedicadas a la Madre de Dios y Madre nuestra que salpican nuestra geografía. Las diversas advocaciones y las ermitas y santuarios esparcidos a lo largo y ancho de nuestra tierra son testimonio claro de la presencia cercana de María a los sorianos y, al mismo tiempo, desvelan la fe y la confianza que sienten por ella. La Virgen nos pertenece y la sentimos como madre.

El amor a la Virgen es como el sistema inmunitario de la fe de la Iglesia: cuando esa devoción se debilita, disminuyen también las defensas tanto personales como de la comunidad. “Si queremos ser cristianos debemos ser marianos, es decir, debemos reconocer la relación esencial, vital, providencial que une a María y a Jesús, y que nos abre el camino que conduce a Él” [67].

La motivación por la que nuestro pueblo experimenta esta devoción hacia la Madre no hay que buscarla sólo en el fuerte impulso de encontrar en María la resolución de nuestras necesidades, de confiarle nuestras penas, sino también en el ardiente deseo de llenarnos de esperanza y gratitud. El agradecimiento, junto con la súplica, son los elementos que explican este amor de hijos a la Virgen Madre. Igual que el Señor ha querido tener necesidad de una Madre, así el hombre no quiere prescindir de la mirada de la Virgen que es reflejo de la del Hijo; los ojos de María son el espejo de los ojos de Jesús sobre el que reposa la mirada serena y benigna del Padre.

En María contemplamos que en Dios hay espacio para el hombre; Ella, unida a Dios, tiene un corazón grande como el corazón de Dios. Pero hay también otro aspecto: no sólo en Dios hay espacio para el hombre; en el hombre hay espacio para Dios” [68]. No permitamos que este espacio sea ocupado por el pecado que nos lleva a prescindir de Dios en nuestras vidas. Hagamos sitio a Dios en nuestros corazones mirando a María que nos muestra a su Hijo teniéndolo entre sus brazos con maternal amor.

El Papa nos invita a vivir esta nueva etapa de evangelización mirando a María, la estrella de la nueva evangelización “porque cada vez que miramos a María volvemos a creer en lo revolucionario de la ternura y del cariño” [69].

Suplico la fuerza y el poder formidable del Espíritu del Señor sobre los ancianos, los enfermos y cuantos sufren, sobre todos los laicos y miembros de la vida consagrada que, junto con los presbíteros, trabajáis en la viña del Señor en la hermosa tarea de extender el Evangelio del Reino de Dios en nuestra Diócesis. Que cada una de nuestras comunidades cristianas sea capaz de irradiar evangélicamente el amor de Dios, nuestro Padre, a todos los hombres.

Queridos hermanos: estamos viviendo tiempos apasionantes y se acerca para nuestra Iglesia un renovado Pentecostés. Nos encontramos al final de un cristianismo hecho solamente de rito. Está a punto de desaparecer el cristianismo de la mera costumbre para dar paso al cristianismo del enamoramiento. Es conocida la frase del teólogo alemán K. Rahner, el cual afirmaba que el hombre religioso del mañana será un místico, una persona que ha experimentado algo, o no podrá seguir siendo cristiano. El cristiano de mañana será místico o no será cristiano [70].

“Al que puede hacer mucho más sin comparación de lo que pedimos o concebimos, con ese poder que actúa entre nosotros; a él la gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús por todas las generaciones de los siglos de los siglos. Amén” [71].

Con mi afecto y bendición.

El Burgo de Osma (Soria), 25 de diciembre de 2018
Solemnidad de la Natividad del Señor

abilio firma
✠ Abilio Martínez Varea
Obispo de Osma-Soria


[1] Francisco, Exhortación apostólica Evangelii Gaudium, 24.

[2] Mt 20, 4.

[3] Mt 11, 25-26.

[4] Cf. Mt 28, 21.

[5] Francisco, Exhortación apostólica Evangelii Gaudium, 25.

[6] Ibíd., 1.

[7] Cf. Diócesis de Osma-Soria, Programación pastoral diocesana 2018-2019.

[8] Francisco, Exhortación apostólica Evangelii Gaudium, 268.

[9] Cf. Sínodo diocesano de Osma-Soria 1994-1998, Constituciones, 232.

[10] Abilio Martínez Varea, Homilía en la Solemnidad de San Saturio, 2 octubre 2018.

[11] Francisco, Exhortación apostólica Evangelii Gaudium, 33.

[12] Sínodo diocesano de Osma-Soria 1994-1998, Constituciones, 234.

[13] Francisco, Exhortación apostólica Evangelii Gaudium, 28.

[14] Concilio Vaticano II, Decreto Christus Dominus, 11.

[15] Cf. Francisco, Exhortación apostólica Evangelii Gaudium, 96; 33.

[16] Ibíd.,14.

[17] Ibíd., 28.

[18] Ibíd., 198.

[19] Francisco, Audiencia, 9 abril 2016.

[20] Concilio Vaticano II, Decreto Presbyterorum ordinis, 6.

[21] Cf. Mt 25, 31‐46.

[22] Benedicto XVI, Exhortación apostólica postsinodal Verbum Domini, 107.

[23] Ibíd.

[24] Cf. Is 25, 8-9.

[25] Cf. Francisco, Exhortación apostólica Evangelii Gaudium, 109.

[26] 2Cor 4, 7ss.

[27] Benedicto XVI, Exhortación apostólica postsinodal Verbum Domini, 66.

[28] Cf. Juan Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in Europa, 7-17.

[29] Francisco, Exhortación apostólica Evangelii Gaudium, 86.

[30] Ibíd., 108.

[31] Ibíd., 106.

[32] Ibíd., 105.

[33] Ibíd., 106.

[34] San Juan Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal Pastores dabo vobis, 39.

[35] Ibíd., 40.

[36] Abilio Martínez Varea, Carta con motivo del Día del Seminario, Revista Afán 2018, 2.

[37] Mt 9, 37-38.

[38] Francisco, Exhortación apostólica Evangelii Gaudium, 120.

[39] Sínodo diocesano de Osma-Soria 1994-1998, Constituciones, 234.

[40] Ibíd., 83

[41] Cf. Mt 5, 13-14.

[42] Dt 6, 5.

[43] Mt 22, 39.

[44] Jn 11, 28.

[45] Cf. Sínodo diocesano de Osma-Soria 1994-1998, Constituciones, 49-50.

[46] Cf. Francisco, Simposio sobre la Exhortación apostólica postsinodal Amoris laetitia, 16 junio 2016.

[47] Cf. Francisco, Exhortación apostólica Evangelii Gaudium, 92.

[48] Cf. Ibíd., 76-109.

[49] Ibíd., 91.

[50] Ibíd., 27

[51] Sínodo diocesano de Osma-Soria 1994-1998, Constituciones, 359.

[52] Cf. V Conferencia general del episcopado latinoamericano y del Caribe, Documento conclusivo, 172.

[53] Benedicto XVI, Mensaje al Foro Internacional de Acción Católica, 16 agosto 2012.

[54] Francisco, Carta apostólica Misericordia et Misera, 10.

[55] Cf. Francisco, Exhortación apostólica Evangelii Gaudium, 80.

[56] Ibíd., 17a.

[57] Ibíd., 24.

[58] Ibíd., 49.

[59] Ibíd., 23.

[60] Mt 5, 13.

[61] San Pablo VI, Exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi, 14.

[62] Cf. V Conferencia general del episcopado latinoamericano y del Caribe, Documento conclusivo, 548.

[63] Cf. Seminario diocesano “Santo Domingo de Guzmán”, Exposición Memoria Ecclesiae Introducción, El Burgo de Osma, julio-agosto 2009.

[64] Cf. Mt 6, 18.

[65] Jn 19, 26.

[66] Jn 19, 27.

[67] San Pablo VI, Discurso, 24 abril 1970.

68 Benedicto XVI, Homilía, 15 agosto 2012.

[69] Francisco, Exhortación apostólica Evangelii Gaudium, 288.

[70] Cf. Rahner, Karl: “Espiritualidad antigua y nueva”, en Escritos de Teología, VI, Madrid 1967.

[71] Ef 3, 20-21.

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