Atención pastoral a los pueblos pequeños

Carta del
Card. D. Ricardo Blázquez Pérez
Arzobispo de Valladolid

ricardo blazquez perez

Febrero 2019

La población de Castilla y León, desde tiempos remotos, se ha concentrado en núcleos pequeños, últimamente muy despoblados y envejecidos. Esta situación puede suscitarnos diversas reacciones: Lamentarlo porque termina un tipo de cultura; sentirnos interiormente afectados ya que son nuestros pueblos en que nacimos y crecimos y de donde por diversos motivos salimos; cuando las autoridades civiles proponen invertir o al menos detener el flujo de salida experimentamos un aliento de esperanza. Pero el signo del movimiento no cambia. La concentración de los servicios sanitarios, de los colegios y de otras prestaciones de la administración del Estado se ha ido adaptando a la situación que empezó hace tiempo y no se ha detenido aún. La despoblación es una cara de la moneda; la otra es el desarrollo tecnológico y económico, la movilidad que facilita los desplazamientos, la aspiración a vivir en poblaciones que ofrecen más servicios, el cultivo de la tierra con otros instrumentos, el nivel de vida, etc. Sea cual sea nuestra opinión sobre este proceso de salida en un sentido y de concentración en otro, necesitamos superar posibles añoranzas y situarnos lúcidamente en las actuales coordenadas de tiempo y espacio.

La nueva situación es también un desafío a la atención pastoral de muchos núcleos de población que caracteriza a nuestra provincia y diócesis. Desde hace tiempo venimos respondiendo al cambio acontecido y en vías de acontecer; pero cuando muchos pueblos están llegando al límite de reducirse al mínimo y el número de sacerdotes es también pequeño, la respuesta es urgente. Conviene afirmar que la cura pastoral no se reduce a la Eucaristía del domingo; sino comprende también otras actividades como la visita a los mayores y enfermos, la oración y el culto, sin olvidar que los medios de comunicación pueden ser también una oportunidad para la información religiosa, la formación cristiana y las celebraciones de la fe. Todos somos conscientes de que la nueva situación nos exige adaptaciones a veces dolorosas pero inaplazables.

En este contexto quiero recordar que el Evangelio y la misma existencia de Jesús tienen una gran sintonía con lo “pequeño”, la pobreza, la debilidad, la ocultación, la irrelevancia pública. El Salvador nació como un pobre, valoró la limosna de la viuda pobre, eligió como fundamento de la Iglesia a unas pocas personas ignorantes y, como mostraron varios de los más decididos, poco de fiar. El proceder de Dios que exalta el Magnificat de María (cf. Lc. 1, 51-54) se manifiesta abatiendo a los orgullosos y levantando a los humildes. El mismo Jesús invita a que vayan a Él los cansados y agobiados por el peso de la vida y “los mansos y humildes de corazón” (cf. Mt. 11, 28-29). El recuerdo agradecido de la historia de nuestros pueblos debe impulsarnos también a una atención diligente y esmerada.

Para orientarnos pastoralmente en esta situación de disminución y de envejecimiento, es oportuno acudir a varios documentos de la Iglesia que apacigüen nuestras posibles inquietudes. Cito los más relevantes. El Código de Derecho Canónico aprobado en 1983 decreta: “Si hay escasez de sacerdotes, el Ordinario del lugar (el Obispo) puede conceder que con causa justa, celebren dos veces al día, e incluso, cuando lo exija una necesidad pastoral, tres veces los domingos y fiestas de precepto” (Canon 905, 2). Conviene tener presente que el sábado por la tarde se celebra la Eucaristía vespertina del domingo. Todo cambio requiere una catequesis previa, un acompañamiento pastoral y una habituación a la nueva situación.

La alternativa a la celebración de la Eucaristía viene también indicada en los documentos de la Iglesia. Hay un Ritual, aprobado por la Conferencia Episcopal Española en el año 1991, titulado “Celebraciones dominicales y festivas en ausencia de presbítero”, que se apoya en un Directorio de la Congregación del Culto Divino aprobado en el año 1988. En la celebración se proclaman las lecturas correspondientes del domingo y existe la oportunidad de comulgar con las formas sagradas conservadas en el Sagrario. El Día del Señor, es decir, el domingo, se reúne la Iglesia del Señor para celebrar la Pascua del Señor. No es una asamblea privada ni convocada para unos ejercicios piadosos. La celebración normal del domingo es la Eucaristía, pero cuando no es posible, que se convoquen los fieles para la celebración de la Palabra de Dios (cf. Canon 1.248, 2). Por supuesto, los laicos pueden presidir este tipo de celebraciones; para ello serán invitados, preparados, acompañados y sea agradecida su colaboración. Esta práctica es habitual en muchas parroquias, alternando la celebración de la Eucaristía y de la Palabra de Dios. Se invite también a los fieles a que en la medida de lo posible se desplacen a otra población donde se celebre la Eucaristía.

Agradezco a los sacerdotes el esfuerzo que vienen haciendo, multiplicándose para atender a las numerosas parroquias, pero les pido que respondan a la situación actual de la forma que la misma Iglesia nos indica.

No es bueno que el presbítero vaya corriendo de una parroquia a otra para celebrar deprisa en el mayor número posible de lugares en el escaso tiempo disponible. La misma intensidad espiritual requerida recomienda el sosiego. No es una solución correcta tanto desde el punto de vista sacramental como eclesial apelar al valor infinito de la Misa. Nadie niega esto; pero por la misma lógica se podría responder celebrando ininterrumpidamente la Misa o celebrar una sola vez, ya que posee un valor infinito.

El cuidado pastoral que los sacerdotes prestan a sus comunidades no se agota en la Eucaristía dominical; pueden celebrar durante la semana, según las posibilidades de tiempo y en comunicación con los fieles cristianos.

Termino con las siguientes palabras: Desde el comienzo de la historia de la Iglesia los cristianos se han reunido el Día del Señor para escuchar la Palabra de Dios y participar en la Eucaristía (cf. Constitución de Liturgia del Vaticano II, nº 106).

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