Carta a la vida consagrada

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Cardenal Arzobispo de Madrid

Contenemos el amor de Dios que se nos dio gratis
y gratuitamente lo tenemos que regalar

Queridos hermanos y hermanas que vivís una vida consagrada de diversas formas, gracias por vuestra vida y por vuestra presencia en la vida de la Iglesia.

¡Qué profundidad adquiere la vida consagrada cuando se mira y se lee desde la vida de la Santísima Virgen María! Ella fue la primera de los humanos que acogió la Palabra de Dios. Cuando Él le pidió la vida entera para dar «rostro humano al Señor», no dudó en decir «hágase», «aquí estoy». Cuando entraba en el templo a presentar a Jesús, en Ella se cumplían estas palabras de la profecía de Malaquías: «Mirad, yo envío a mi mensajero, para que prepare el camino ante mí. De pronto entrará en el santuario el Señor a quien vosotros buscáis, el mensajero de la alianza que vosotros deseáis. Miradlo entrar» (cfr. Mal 3, 1-4). Hoy, por pura gracia de Dios, se cumplen en todos vosotros los consagrados. Un día fuisteis llamados por el Señor. Os llamó para pediros la vida; quería y deseaba que prestaseis vuestra vida para dar rostro al Señor. Respondisteis a esta llamada en los diversos carismas que la Iglesia ha acogido a través de la historia. Os invito a dar gracias a Dios por esta elección, a asumir aún con más fuerza esa respuesta que disteis, a profundizar en el carisma al que el Señor os llamó.

¡Qué gracia más grande ser un consagrado y consagrada! ¡Qué fuerza tan grande tiene el encuentro con Jesús o haber sido encontrado por Jesús! ¡Qué hondura adquiere la vida cuando tenemos la gracia, como hoy, de hacer memoria agradecida del encuentro que hizo el Señor con nosotros y de la transformación que se produjo en nuestras vidas, siendo testigos humildes y alegres del Evangelio! ¡Qué fuerza evangelizadora tiene para todos los hombres el que los consagrados sigan siendo capaces de mirar y leer! Sí, de mirar la realidad y leerla, es decir, de comprenderla a la luz del Evangelio y así hacerse artesanos del encuentro con la realidad, desde una mirada llena de amor y de ganas de hacerla entender con la propia vida. Porque el amor siempre va de la mano de las ganas de comprender; un amor que no comprende es como esa limosna que damos a quien encontramos en el camino para salir del paso, sin mirarlo en la profundidad en la que un ser humano debe hacerlo.

Quiero recordaros aquí que, si la vida consagrada es dar rostro a Jesucristo, hemos de vivir como el buen samaritano, que vio, se conmovió y se paró; es decir, vio y amó conmoviéndose. Esto fue lo que hicieron vuestros fundadores, pues la conmoción desata la creatividad y atrae. Conmueve el buen samaritano, cura al herido y hace entrar en acción al posadero. Recordemos que san Pablo VI, en la clausura del Concilio Vaticano II, nos dijo que la parábola del buen samaritano había sido el paradigma espiritual del Concilio. El Papa insistió en dos aspectos fundamentales, que muy bien podemos aplicar hoy a la vida consagrada: «la simpatía y la conmoción». ¿No creéis que estos dos aspectos son los que nos permiten acercarnos a los demás, conocerlos y compartir con ellos? Todos los cristianos, pero de un modo especial la vida consagrada, hemos de seguir manifestando que la Iglesia es maestra, pero lo debe hacer desde su vocación de madre y, por ello, con una capacidad de manifestar ternura y simpatía que no es querer agradar como sea; se trata de compartir y de estar muy cerca de las situaciones de todos los hombres que encontremos en el camino.

Estamos en un tiempo de gran pregunta religiosa, donde ser cristiano no es cuestión de archivo o una reliquia del pasado; este mundo tiene necesidad de ver el rostro de Cristo. Urge poner en práctica todo lo que el Papa Francisco nos invita a vivir en la exhortación apostólica Evangelii gaudium. Aquí está el sueño de vuestros fundadores y fundadoras: proyectarnos hacia el mundo que nos lleva al seno de la familia humana, a hacer vivir a la Iglesia como la gran amiga de los hombres y de las mujeres de nuestro tiempo, estableciendo relaciones con todos. ¡Qué hondura y qué belleza alcanza la vida consagrada! Gracias por vuestra vida y misión.

Me atrevo a expresar tres aspectos de vuestra vida que, de alguna manera, expresan el lema de la Jornada Mundial de este año: Padre nuestro. La vida consagrada presencia del amor de Dios.

1. Oración. La primera expresión del lema, «Padre nuestro», nos remite a la oración que salió de labios de Jesús. Él nos propone una manera de vivir y de estar en medio de los hombres. Lo que parece humanamente imposible, nos hace ver que es posible. Decir Padre nuestro es reconocer a quien nos creó, nos diseñó y nos revela que somos hijos de Dios y hermanos de todos los hombres. Abrirnos a esta realidad es ponernos en oración cristiana, que requiere abrir nuestra vida a Dios y, por ello, también a todos los hombres. Esto es lo que nos hace salir de nosotros mismos y expresar «que estás en los cielos», que estás más allá de nosotros mismos; que, para saber de nosotros y de los demás, hemos de recurrir a Dios. Por otra parte, contemplar las huellas de Dios en todo y en todos es una necesidad; el diálogo con Dios nos permite ver esas huellas, «santificado sea tu nombre», la santidad presente en todo y en todos. Es tanta belleza la que contemplamos que tenemos necesidad de que te acerques, de que se haga presente tu Reino, «venga a nosotros tu Reino». Es en esta oración donde hemos de inscribir en encuentro con Simeón, donde lo toma en sus brazos y experimenta la novedad de la salvación. También vosotros, los consagrados, con vuestra vida, debéis mostrar que Él es «luz para alumbrar las naciones y gloria de tu pueblo Israel».

2. Encuentro. «La vida consagrada es presencia del amor de Dios», urge que todos los hombres se encuentren, entren en relación. Tenéis una misión extraordinaria, nada más y nada menos que ser presencia del amor de Dios. Es muy significativo que los Papas san Pablo VI, san Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco hayan insistido en la necesidad del encuentro. El Papa Francisco en muchas ocasiones nos repite la necesidad del encuentro de todos los pueblos, de la unidad, de la paz. Quiere que superemos la cultura del muro y el aislacionismo; nos invita a que, con nuestras diferencias, los hombres nos sintamos hermanos y desatemos las redes que nos atan a la cultura del descarte y del abuso de todos los tipos. Nos invita a centrarnos en ser creadores de la cultura del encuentro, esa que Dios pone en nuestro corazón cuando establecemos un diálogo abierto con Él: «Padre nuestro, soy hijo y por eso hermano de todos los hombres». El Evangelio nos dice que la profetisa Ana «daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén». Vosotros, consagrados y consagradas, tenéis la misión no solamente de hablar, sino de dar rostro humano a Jesucristo, quien hace posible que todos los hombres nos encontremos en la construcción de un mundo de paz, justicia, verdad y vida, donde todos dan la mano a todos y sitúan en primer lugar a quienes más necesitan.

3. Amor. No perdamos nuestra capacidad de soñar. El sueño en la Biblia es ir más allá de los límites de lo real y visible. Para vivir la historia es esencial el sueño, pues se trata de ver lo imposible, que es posible para Dios. Es lo que hizo María y que tan bellamente reconoce Isabel: «Dichosa tú que has creído que nada es imposible para Dios». ¡Qué belleza tienen las palabras del profeta Joel: «Vuestros ancianos tendrán sueños, vuestros jóvenes verán visiones»! Vivid del amor de Dios manifestado en Jesucristo, regalado por Él a todos los hombres. Sí, nos lo regaló a nosotros, no somos propietarios, contenemos el amor de Dios que se nos dio gratis y gratuitamente lo tenemos que regalar, pues somos «presencia del amor de Dios». Viene bien recordar aquellas palabras de san Juan Pablo II cuando decía en el año 2003, ya muy enfermo, que «todo esto son calamidades que amenazan la supervivencia de la humanidad, la serenidad de las personas y la seguridad de las sociedades. Pero todo puede cambiar. Depende de cada uno de nosotros. Todos pueden desarrollar en sí mismos su potencial de fe, de rectitud, de respeto al prójimo, de dedicación al servicio de los otros». La vida consagrada puede hacer posible un cambio si su potencial de lo más bello que recibió, que es el amor de Dios, lo oferta a todos los hombres.

Con gran afecto, os bendice,

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✠ Carlos, Card. Osoro Sierra
Arzobispo de Madrid

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