Santa Misa en la fiesta de la Presentación del Señor

Homilía de
Mons. D. Julián López Martín
Obispo de León

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(Iglesia parroquial de San Lorenzo, 2-II-2019)

“Entonces agradará al Señor la ofrenda”

Mal 3,1-4; Sal 23                   Hb 2,14-18                       Lc 2, 22-40

Queridos Delegado episcopal para la Vida Consagrada,
PP. Carmelitas que nos acogéis en la iglesia parroquial de san Lorenzo,
Presbíteros concelebrantes,
Hermanas y hermanos que integráis la Vida Consagrada en nuestra diócesis

Amados fieles:

La fiesta de la Presentación del Señor en el Templo nos reúne una vez más en torno a este entrañable y, por qué no decirlo, simpático momento de la infancia de Jesús, al que tan íntimamente estuvo vinculada su familia terrena, María Santísima y su esposo San José. Celebramos, pues, una fiesta del Señor muy importante por su especial significado en la historia común del Oriente y del Occidente cristianos, una fiesta de indudable sabor mariano también. No en vano María, humilde y discreta, aparece cumpliendo ya fielmente su misión de Madre del Redentor, presentándolo y ofreciéndolo no solo como “primogénito varón” según establecía la Ley de Moisés, sino también como el primer consagrado en la Nueva Alianza de Dios con su pueblo.

La liturgia de hoy nos invita, pues, a contemplar a la Virgen María, la primera “consagrada” sin dejar, por esto, de ser la “mujer”, de la que, en la plenitud de los tiempos, nació el Hijo de Dios (cf. Gal 4,4) y que, llegado el momento, presentó a su Hijo al Padre a la vez que renovaba con su fidelidad a lo establecido por la ley de Moisés, el “sí” pronunciado en la Anunciación. Por eso, unida a esta fiesta está la Jornada Mundial de la Vida Consagrada que se celebra en la inmensa mayoría de las diócesis. El lema escogido para este año dice así: “Padre nuestro. La vida consagrada presencia del amor de Dios”.

1.- La fiesta del Encuentro y del reconocimiento del Salvador

En esta celebración, por tanto, tenemos muy presentes también, en el afecto y en la oración agradecida, a todos los consagrados y consagradas de nuestra diócesis, que dan testimonio de su entrega al Señor, a la Iglesia y a los hombres en los más variados campos del ministerio o del apostolado. Con ellos recordamos también a las comunidades de monjas contemplativas diseminadas por la geografía diocesana que se unen a nosotros desde sus respectivos monasterios, así como también a los religiosos y religiosas retenidos en sus residencias por motivos de edad o de salud. Para todos igualmente nuestro afecto y gratitud.

Esta fiesta es conocida y denominada en el Oriente cristiano como Hypapante, palabra que quiere decir etimológicamente“encuentro”“Encuentro” de quienes se ponen en movimiento para hallar a otras personas y “reunirse” con ellas. Este gesto humano tiene también una dimensión religiosa en la procesión al comenzar la liturgia de hoy, manifestando de este modo el significado y alcance de la “Fiesta del Encuentro” de Cristo Esposo con la Iglesia. Esta realidad es referida al Verbo eterno del Padre que, saliendo del cielo al encuentro de la humanidad caída, “habitó entre nosotros” de manera que, desde entonces, ha sido posible contemplar su gloria (cf. Jn 1,14). Este fue el privilegio concedido, aparte de a la Santísima Virgen María y a su esposo san José, a los ancianos Simeón y Ana, representación significativa del pueblo de la antigua alianza que dieron fe del cumplimiento de las antiguas promesas como sugiere el evangelio que hemos escuchado (cf. Lc 28-32.38).

En este sentido la fiesta de hoy nos invita a todos a salir al encuentro del Señor y a dejarnos iluminar por su presencia, reconociéndolo como la luz verdadera que ilumina a todo ser humano que viene a este mundo (cf. Jn 1,9). El Señor espera y desea ser identificado y recibido en su humanidad, concediéndonos, a los que hemos creído en Él, la gracia de ser hijos de Dios participando en la gloria de su divinidad como proclama san Juan en el prólogo de su evangelio (cf. 1,12-14).

2.- Fiesta también de la Vida Consagrada 

Es lo que hemos hecho al comienzo de la celebración: salir al encuentro de Cristo, reunirnos con Él. La procesión del comienzo representaba, pues, el movimiento espiritual necesario para acercarnos al Señor porque Él, primeramente, viene a nosotros. Nos iluminaba la luz frágil de unas candelas porque en la fe no somos nosotros los que tenemos la luz sino los que somos iluminados por ella y de este modo nuestros ojos son capaces de percibir esa luz que viene a nuestras vidas. Por eso decimos con el salmista: Señor, “envía tu luz y tu verdad; que ellas me guíen y me conduzcan hasta tu monte santo, hasta tu morada” (Sal 43,3). Es como pedirle que nos conceda, como al anciano Simeón, reconocer y abrazar al Niño. Aquel fue el momento cumbre de su vida, la confirmación de su esperanza (cf. Lc 2,25-32). Por su parte, Ana, anciana también y representando de este modo la antigua esperanza de Israel, hablaba del Niño a cuantos anhelaban la redención de Israel (cf. Lc 2,36ss.).

El episodio revela un aspecto profundamente humano y entrañable pero comprende también un mensaje misionero que nos interpela a cada uno de nosotros. Frente a la novedad de la presencia de Jesús y de su mensaje, nuestro mundo y a veces nosotros mismos, somos como esas personas que están de vuelta de todo, descreídas, frustradas, sin ilusión ni seguridad. Y, sin embargo, somos invitados por la palabra de Dios a hacer en nuestras vidas un hueco a la esperanza, a dejarnos renovar por la fuerza y el ardor que el Espíritu Santo no deja de infundir constantemente en nosotros. Por eso la fiesta de hoy debe representar especialmente para la Vida Consagrada una llamada y un revulsivo. Abramos el corazón a “la esperanza que no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rom 5,5).

3.- La misión de los consagrados y consagradas

La fiesta, además de luminosa y alegre, resulta particularmente alentadora y sugerente. Además de “fiesta del Encuentro”como recordé al principio, es también la “fiesta de la luz” a modo de anuncio anticipado de la noche santa de la Pascua, cuando se proclama a Cristo Resucitado “luz del mundo” representado por el Cirio pascual. En este sentido la procesión de las candelas evoca también la afirmación del Señor cuando dijo: «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8,12). La luz que nos ilumina y nos hace vivir. Una persona que viviera permanentemente en un cuarto oscuro terminaría enfermando. Por eso Cristo se presenta como luz que nos muestra el camino y, sobre todo, que ilumina nuestra conciencia y nos hace vivir felices.

El día de nuestro bautismo esa luz que ha de iluminarnos durante esta vida, fue entregada simbólicamente a nuestros padres y padrinos. Hoy la retomamos también como en la noche de Pascua para recordar que, como cristianos y no solo como personas consagradas, somos testigos cualificados de la “luz de Cristo” en medio de la sociedad en la que vivimos. En este sentido la plena dedicación a Dios y a los hermanos, la manera de vivir y de actuar individual y comunitariamente, el abandono total en las manos del Señor constituye un mensaje fuerte y claro de lo que es el seguimiento de Cristo y, en definitiva, de lo que es y ha de ser la vida consagrada en la Iglesia: una especial vocación de presencia de Dios y de seguimiento de Jesucristo. La oración por el mundo, la atención a los problemas de los demás, la observancia de los consejos evangélicos, impregnado todo del amor cristiano, es el gran servicio que los consagrados y consagradas hacéis a la Iglesia y a la sociedad mereciendo, por tanto, nuestro afecto sincero, nuestro apoyo eficaz y la oración agradecida de toda la comunidad diocesana.

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