Creyentes, pero no crédulos

Carta de
Mons. D. José María Gil Tamayo
Obispo de Ávila

gil tamayo oficial

Domingo 3 de febrero de 2019

Amigos, un cordial saludo. No hace falta recurrir a documentados estudios sociológicos o a los resultados de encuestas para percatarse que la influencia de la fe católica ha perdido peso en la vida social de nuestro país y de nuestros entornos más cercanos, aunque muchas costumbres y tradiciones perviven. Basta ver determinados indicadores de la vida familiar, de la educación, del compromiso o las opciones políticas, y de otros comportamientos sociales. Todo ello es debido, entre otras razones y además de la falta de fe y testimonio de los propios católicos, al secularismo que va relegando la fe al ámbito de lo privado impidiéndole toda influencia en el espacio público, con lo que ésta se vuelve anacrónica y anquilosada, como si fuera algo del pasado.

Ante esto, los católicos hemos de reaccionar y responsar positivamente, sin lamentos ni añoranzas estériles, con una mayor coherencia de vida, tomando conciencia de las responsabilidades que lleva consigo nuestra fe, entre ellas la de explicarla mejor a nuestros conciudadanos, dándoles razón de la esperanza que nos mueve.

Y en este sentido, esta semana quero fijarme precisamente en que hemos de hacer un serio esfuerzo por ilustrar nuestra fe, por formarnos en ella. En los tiempos que vivimos no podemos conformarnos con la fe del carbonero, que se ha quedado con la formación de nivel de primera comunión y ya casi olvidada.

O sea, se nos pide que seamos creyentes formados y no crédulos. Les digo esto porque tengo la sensación de que en muchos se percibe más esto último que lo primero. Hay personas que a la hora de creer han prescindido de la razón y ésa no es la manera de creer del cristiano. Se trata de una vivencia de la fe en la que el ingrediente sentimental religioso – por esencia pasajero – tiene más peso que la consciente adhesión personal. Es una fe, si fuera posible llamarla así, ayuna de doctrina, falta de la contribución de la razón y por ello más dada al entusiasmo momentáneo y festivo que al compromiso de vida o a juzgar la realidad o su situación según las exigencias que comporta la fe. Es una creencia sin consecuencias. Entre sus manifestaciones podemos encontrar devociones superficiales y momentáneas, nacidas más de una carencia o necesidad apremiante que de la gracia de Dios, al que el ser humano ha de responder consciente y libremente.

La patología de la fe y también de la razón que es la credulidad lleva a las personas a tomar los derroteros de la superstición y si no ahí están la extraña actualidad y difusión que han cobrado hoy en día la multitud de adivinos, echadores de cartas… Son sucedáneos de lo espiritual.

A ello ha contribuido también y paradójicamente la Modernidad, la cual ha hecho que tome carta de naturaleza en nuestro tiempo una desconfianza generalizada en la capacidad de la razón de llegar a la verdad y por tanto que puedan existir verdades y certezas. Es el imperio del relativismo que denunciaba el Papa Benedicto XVI.

Todo esto no es ni más ni menos que consecuencia de la oposición que muchos han querido establecer entre la fe y la razón. Cuando ello ocurre ambas salen perjudicadas. Como señalaba San Juan Pablo II en su encíclica Fides et Ratio (1998), “la fe y la razón (Fides et ratio) son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad. Dios ha puesto en el corazón del hombre el deseo de conocer la verdad y, en definitiva, de conocerle a Él para que, conociéndolo y amándolo, pueda alcanzar también la plena verdad sobre sí mismo (cf. Ex 33, 18; Sal 26 [26], 8-9; 63 [62], 2-3; Jn 14, 8; 1 Jn 3, 2).” (n.1).

Por tanto, en el ascenso a Dios no vuelen con un solo motor; recuerden que, a la hora de entrar en la Iglesia, de creer, es necesario – como decía el novelista inglés Chesterton con fino humor – quitarse el sombrero, no la cabeza. Echen mano del Catecismo de la Iglesia Católica, vuelvan a él. Ya verán cómo les ayuda.

Por último, y ya que el día 2 celebrábamos la Jornada de la Vida Consagrada, quisiera tener un recuerdo agradecido a tantos religiosos y religiosas, monjes y monjas, contemplativas y demás personas consagradas, que hacen presente entre nosotros el Reino de Dios y su amor. “¿Qué sería del mundo si no existieran los religiosos?”, se preguntaba justamente santa Teresa (Libro de la vida, c. 32, 11) y nosotros lo hacemos también en nuestra diócesis de Ávila, a la que Dios ha bendecido de manera especial con el carisma carmelitano y con tantas personas consagradas en el claustro contemplativo, en la educación y en el servicio a los más pobres. Gracias, por este servicio que nos hace cercano el amor de Dios. Oremos por estos hermanos y hermanas y por la abundancia de vocaciones.

Con mi bendición, les deseo una feliz semana.

gil tamayo firma obispo
✠ José María Gil Tamayo
Obispo de Ávila

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