Dos catequesis en Panamá

Carta del
Card. D. Ricardo Blázquez Pérez
Arzobispo de Valladolid

ricardo blazquez perez

Febrero 2019

En Panamá se ha celebrado la XXXIV Jornada Mundial de la Juventud los días 22 al 27 enero con el lema “He aquí la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc. 1, 38). Los días previos a la llegada del Papa tuvieron lugar diferentes catequesis sobre diversos aspectos del lema. Yo impartí dos catequesis; la primera en un polideportivo de la Asociación Lotería Nacional de Beneficencia, titulada “Aquí estoy”, en la que participaron miles de jóvenes. La segunda tuvo lugar en una parroquia confiada pastoralmente a los Padres Pasionistas, donde trabajó bastantes años un religioso que actualmente colabora en nuestra diócesis, con el título “Soy la sierva del Señor”. El templo estaba abarrotado de jóvenes y de sus acompañantes. A continuación expongo el contenido básico de ambas catequesis.

1.-“¡Aquí estoy!”

En la celebración de la confirmación los confirmandos cuando son llamados suelen contestar: “Aquí estoy”, “heme aquí”, “presente”. La respuesta no significa sólo que ya ha llegado al templo, sino la disposición interior. La respuesta, con el gesto de ponerse en pie, es como la rúbrica del deseo de ser confirmado, de completar la iniciación cristiana. Responde no tanto al que pasa la lista cuanto a Dios mismo en medio de la asamblea.

Vuestra participación, queridos jóvenes, en la JMJ después de haber vencido muchas dificultades, supone responder a la invitación del Papa que nos ha convocado. Has venido junto con otros y has venido personalmente. No podemos diluirnos en el grupo ni aislarnos. Somos al mismo tiempo persona y comunidad, y ambas dimensiones se fortalecen simultáneamente; la personalidad de cada uno enriquece el grupo, y la comunidad es ámbito de maduración de la persona.

Has venido porque Dios se ha adelantado y te ha llamado, porque te ama y se acuerda de ti, quiere hacer una historia contigo. Eres precioso para Dios. Nadie puede pensar que Dios el Infinito se desentienda de nosotros insignificantes. No estás solo; Dios es tu amigo; la Iglesia es tu familia en la fe. Es muy importante que la amistad entre nosotros prenda y se desarrolle. Sin la comunidad estamos cada uno a la intemperie.

En la Sagrada Escritura hallamos numerosos relatos de vocación de Dios, dirigida a personas concretas con la correspondiente respuesta de éstas: “Heme aquí”. Ediciones Sígueme de Salamanca publicó una colección de libros de carácter vocacional titulada justamente “Heme aquí” (Hinení). Recuerdo algunos relatos bíblicos, que podrían a su modo prolongarse en la historia posterior hasta nosotros. En esas narraciones podemos encontrar la historia de nuestra personal vocación, porque Dios continúa llamando.

a) Abrahán fue llamado por Dios y se puso en camino obedeciendo a la promesa: Te daré una descendencia numerosa como las estrellas del cielo y las arenas de la playa del mar. Te daré una tierra para que habites en ella tú y tu descendencia (cf. Gén. 12). Toda vocación es una invitación a salir y dejar seguridades.

b) Moisés fue llamado por Dios cuando apacentaba el rebaño de su suegro Jetró. El Señor que había visto la aflicción de su pueblo en Egipto, llamó a Moisés para que lo liberara de la esclavitud. Moisés se siente débil para asumir esa inmensa tarea. Pero Dios le asegura: Yo estaré contigo. No tengas miedo (cf. Ex. 3, 1ss.). La elección no es un adorno personal sino la llamada a prestar un servicio. Dios a través de enviados, a los que garantiza su compañía, lleva adelante la historia de la salvación. Si alguien se creyera seguro de sí mismo no se dejaría enviar, ya que el autosuficiente se blinda en su presunta capacidad.

c) A Samuel Dios llama en el sueño, que se convierte en una “lengua profunda” (Himno del Oficio de las Horas). Tres veces oyó su nombre y tres veces fue donde reposaba el sacerdote Elí, pensando que le había llamado. Pero al final, aleccionado por Elí, responde a Dios: “Habla, Señor, que tu siervo escucha” (1 Sam. 3, 10). Poco a poco aprenderá Samuel a interpretar la voz del Señor. La vocación de Samuel era el referente principal de esta catequesis en Panamá junto con la llamada y respuesta de Santa María la Virgen.

d) Todos, comenzando por los personajes de la historia de la salvación, nos resistimos a la invitación del Señor. Alegamos que somos unos críos, que no sabemos hablar, que somos inexpertos, que otro puede cumplir el encargo mejor que nosotros; estos pretextos los hallamos en el relato de la vocación del profeta Jeremías (cf. Jer. 1, 4 ss.). Pero el Señor va como cercando a la persona para que no se engañe. Le ofrece su compañía para cumplir la misión. El Señor no embarca a otros y Él se queda en tierra, contemplando a distancia cómo los enviados pelean con el viento recio y contrario. Dios llama sin forzar, no abre la puerta del corazón “a patadas”. La respuesta del vocacionado es el resultado de la actuación del poder de Dios en nuestra debilidad, y de la confianza que suavemente nos va sosteniendo y alentando.

e) María se turbó cuando el ángel la saludó y anunció el designio de Dios de ser la madre de su Hijo. Preguntó al ángel, no por desconfianza en Dios, sino por responsabilidad en la respuesta. Aclarada su interrogación, puso en manos de Dios su libertad y su futuro: “Hágase en mí según tu palabra” (Lc. 1, 38). María dijo sí, consintió fielmente con un corazón puro e indiviso al proyecto del Señor. La respuesta a Dios en la fe mereció la dicha prometida a los creyentes: “Dichosa tú porque has creído”. En cambio, cuando nos negamos a seguir los caminos del Señor nos sentimos tristes y “se nubla el semblante”. Esta JMJ nos invita a seguir el proceder de María, de “Santa María la Antigua”, patrona de Panamá, que desde los albores de la civilización ha acompañado a la Iglesia.

f) La historia de la salvación está como jalonada de mojones que nos orientan en el camino. También el mismo Hijo de Dios al entrar en el mundo pronunció el sí al Padre: “He aquí que vengo a hacer tu voluntad” (Heb. 10, 9). Podemos decir que hay una honda sintonía entre la respuesta verbal de María, que expresaba el consentimiento confiado del corazón, y la entrada del Hijo de Dios en nuestro mundo por la gestación en las entrañas virginales de María.

Queridos amigos, Dios no se equivoca al llamarnos, y nosotros no nos arrepentiremos de decir sí. Adonde nos llame, sigamos sin volvernos atrás. La comunicación personal con Jesús, el Amigo que nunca falla y que nunca falta, iluminará nuestros pasos. ¡Ánimo, queridos jóvenes, hoy pasa el Señor a nuestro lado, se fija en nosotros y nos dice: Vente conmigo!.

2.- “Soy la sierva del Señor”

El Señor nos llama para que dediquemos nuestra vida al servicio de Dios, del Evangelio, de una misión específica en la Iglesia y de la humanidad, particularmente de los necesitados.

El pasaje evangélico, que nos guía en esta catequesis, es el lavatorio de los pies (Jn. 13, 1-20). Jesús estaba en medio de los suyos como el que sirve, es decir lavando los pies a los discípulos. Es un pasaje “icónico”, en que las palabras con el gesto de lavar los pies son elocuentes para significar la vida entregada de Jesús.

El evangelista Juan sitúa este relato al comienzo de la conversación larga de Jesús con sus amigos en el marco de la Última Cena, antes de entrar en el recorrido de la pasión.

Hay diversos rasgos que sugieren la hondura del relato y del signo. Estas circunstancias emiten una luz singular para considerar palabras y gestos como un testamento íntimo e inolvidable. Enumero algunas circunstancias. Jesús está en el umbral de la pasión que desembocará en la muerte como un perseguido por malhechor y blasfemo. Se alude a la Pascua, que es la fiesta principal de los judíos, también la de Jesús, pero que está a punto de alcanzar la plenitud con su muerte y resurrección. Jesús es consciente de que el Padre Dios ha puesto en sus manos el poder sobre todas las cosas y de que estaba a punto de culminar su misión. Hay un rasgo que da espesor sombrío a esta hora: Judas ya había convenido con los jefes del pueblo entregar a Jesús; pero el traidor encuentra en Jesús al maestro que nunca deja de ofrecerle amistad; a la traición de Judas responde Jesús con la entrega personal. Todo acontece en un ámbito de amor: “Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn. 13, 1). El Señor nos ha amado primero y nos ha amado hasta lo insospechado.

Estas circunstancias ayudan a comprender el alcance del lavatorio de los pies, que era una forma de acoger al huésped cuando venía de viaje y con el polvo del camino tenía los pies sucios. La costumbre social se convierte en un gesto de profundo significado. Lavar los pies, si había esclavos en la casa, a ellos correspondía.

¿Qué sentido y alcance tiene lavar Jesús los pies a los discípulos? Tanto las circunstancias como el diálogo con Pedro como la exhortación final del Maestro nos introducen en el abismo insondable de luz que es la condición mesiánica de Jesús.

El tenor de las palabras de Jesús y Pedro desborda la norma social para introducirnos en el significado teológico del gesto de lavar Jesús los pies a sus discípulos. Cuando Jesús se había ceñido la toalla y echado agua en la palangana al llegar a Simón Pedro éste le dice: “Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?”. Pero Jesús le respondió: “Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde”; el sentido de la acción de Jesús queda abierto al futuro para ser entendida adecuadamente. Pero Pedro se niega obstinadamente: “No me lavarás los pies jamás”. Jesús le replicó con un tono inesperado: “Si no te lavo, no tienes parte conmigo”. Ante la gravedad de las palabras, dice entonces Pedro: “Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza”. Asistimos a una subida de nivel en el diálogo entre Jesús y Pedro. ¿A qué se resiste Pedro y en qué insiste Jesús? No se trata sólo de lavar los pies una persona a otra al entrar en la casa, aunque el que se postra posea una autoridad social alta. Lo que está en juego en el fondo es el significado mesiánico de Jesús y de su obra. Pedro se había hecho la idea de un Mesías luchador y vencedor de los enemigos, como correspondería al Ungido y Enviado por Dios para salvar a su pueblo, en línea con el rey David.

El lavatorio de los pies es iluminado a la luz de la reacción de Pedro al anunciar Jesús que subiría a Jerusalén donde sería reprobado por los jefes del pueblo, sería ejecutado y resucitaría a los tres días (Mc. 8, 27 ss.). Pedro que terminaba de confesar a Jesús como el Mesías, ante el anuncio de la pasión tomó aparte a Jesús y se puso a reprenderlo. Pero Jesús con sorprendente dureza increpó a Pedro en presencia de los discípulos: “¡Aléjate de mí, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!”. Pedro tienta a Jesús en lugar de escucharle como un discípulo. Podemos afirmar que se mueven en la misma onda el episodio del lavatorio de los pies y el del anuncio de la pasión por el mismo Jesús. Pedro, como los otros discípulos de la primera hora y como los que hemos venido después, se resistió a aceptar un Mesías sufriente, perseguido y condenado a muerte. Ante la cruz es común la incomprensión. No entendemos los caminos de Dios y sus designios.

En los dos relatos Jesús amplía a sus discípulos su singular formar de vivir y de actuar. Cuando acabó de lavar los pies a los discípulos les dijo Jesús sentado a la mesa: “Vosotros me llamáis el Maestro y el Señor, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros”. El criado no es más que su amo ni el enviado más que el que lo envía. El discípulo de Jesús aprende del Maestro no sólo una doctrina o un método de interpretación; está llamado a seguirlo también en la manera de vivir y de morir. Jesús no ha venido para ser servido sino para servir y para entregar su vida por los hombres (cf. Mc. 10, 43-45).

Después de corregir a Pedro por cruzarse en su camino como un tentador, dijo a sus discípulos: “El que quiera venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga” (Mc. 8, 34). Jesús va por delante de los discípulos subiendo a Jerusalén y les da ejemplo lavándoles los pies.

Queridos jóvenes, nuestra vocación, siguiendo los pasos de Jesús nuestro Señor y Maestro, es llamada al servicio. El recorrido vocacional parte de la elección de Dios por amor, pasa por la convivencia con Jesús y desemboca en el servicio y en una vida entregada para ayudar a los demás. Si perdemos la vida imitando a Jesús, la ganaremos en unión con El resucitado. Merece la pena dedicar la vida al Señor, al Evangelio y al servicio de los otros. Estamos llamados a renunciar a ser el centro para “descentrarnos” como servidores; como dice el Papa Francisco frecuentemente, a dejar nosotros de ser “autorreferenciales” para que el Señor sea el “Referente” que nos remite a los necesitados. La comunicación con Dios en la oración alimenta diariamente nuestra vocación al servicio.

María, que ocupa un lugar destacado en la JMJ, se reconoció sierva del Señor; cantó siempre su misericordia y cuando llegó la ocasión se puso en camino sin demora para ayudar y acompañar a su prima Isabel (cf. Lc. 1, 39 ss.). Aunque parezca extraño, en dar y en darnos, en servir y en “lavar los pies” a los demás, hay una satisfacción de fondo superior a todas las ganancias. Las bienaventuranzas del Evangelio se cumplen ante todo en Jesús, a continuación en Santa María, y estamos llamados a participar en esta dicha.

Panamá, 23 y 24 de enero de 2019

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