La pedagogía del caracol

Carta de
Mons. D. Josep Àngel Saiz Meneses
Obispo de Tarrasa

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Domingo 17 de febrero de 2019

Desde hace unos cuantos años es frecuente encontrar personas en las reuniones de trabajo que están en todo momento pendientes del celular, envían mensajes, “wasapean”, y son incapaces de esperar a que acabe la reunión para comprobar si tienen algún mensaje. Un síndrome que nos va contagiando a todos progresivamente. Vivimos unos tiempos en los que lo que se lleva es el acceso a toda la información y a las noticias en tiempo real. Estamos convencidos de que nos irá mejor si estamos conectados en red con todo el mundo. Se está convirtiendo en un mito indiscutible esta hiperconexión e hipercomunicación en tiempo real, que cada vez se vive más como algo imprescindible, y que nos lleva a perder la capacidad de “saber esperar”. Ciertamente, en nuestra sociedad, queremos tenerlo todo y enseguida. Después también nos cansamos de todo enseguida.

Desde el ámbito de la pedagogía hace tiempo que detectaron el problema y se aplican para encontrar soluciones. Recientemente leí un libro muy interesante titulado “La pedagogía del caracol”, del italiano Gianfranco Zavalloni, director de un centro escolar después de haber trabajado durante dieciséis años como maestro de educación infantil. Según él, “vivimos en la época del tiempo sin espera”. Una de las diferencias que se da entre niños y adultos consiste en el hecho de que los niños viven según el principio del placer, del quererlo todo y ahora mismo, mientras que los adultos viven según el principio de la realidad, que implica hacer sacrificios hoy para disfrutar mañana. En esto están de acuerdo las diferentes teorías psicológicas. Pues bien,  Zavalloni tiene la impresión de que en la actualidad los adultos viven cada vez más como los niños, es decir, según la actitud de quererlo todo enseguida. Ello se debe al consumismo exacerbado que impera en nuestra sociedad y que contagia al mundo de los adultos.

La pregunta es: ¿Seremos capaces de volver a encontrar los tiempos naturales, de poder esperar una carta, de plantar una semilla y contemplar el crecimiento de un árbol? Para empezar, será preciso cambiar no pocos criterios y aplicarse en un modelo educativo sustancialmente diferente. Padres, maestros, catequistas, animadores, sacerdotes, todas las personas que participamos en el proceso educativo nos podemos inspirar en las sugerencias de la pedagogía del caracol y podemos reflexionar sobre el sentido del tiempo educativo y sobre la necesidad de adoptar estrategias didácticas con ritmos más serenos y consecuentes con la naturaleza misma. En esta sociedad nuestra en que prima la velocidad, en que lo necesitamos todo y ahora, corremos el peligro de acabar atrapados por el estrés y la ansiedad. Hemos de recuperar el valor del proceso, del camino, con toda su riqueza; hemos de recuperar el valor de las pequeñas cosas que conforman la vida, valorarlas, dedicarles tiempo. Hemos de alcanzar el equilibrio y la armonía entre los distintos elementos de la vida: oración, trabajo, formación, descanso.

El libro del Eclesiastés nos dice: “Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo” (3,1). Como cristianos no sólo estamos llamados a vivir actitud humana de esperar, sino también la virtud teologal de la esperanza. El apóstol Santiago recuerda en su carta: «Mirad al labrador; espera el fruto precioso de la tierra aguardándolo con paciencia hasta recibir las lluvias tempranas y tardías. Tened también vosotros paciencia; fortaleced vuestros corazones porque la venida del Señor está cerca» (St 5, 7-8). La imagen es muy clara y expresiva: después de la siembra pasan unos meses de espera porque la semilla ha de cumplir su ciclo vital. El agricultor ha de combinar y respetar los tiempos. Todo en su medida, todo a su tiempo, harmonizando  los diferentes elementos, para que al final el fruto pueda ser abundante. Que el Señor nos ayude a vivir nuestro tiempo con sentido y eficacia.

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✠ Josep Àngel Saiz Meneses
Obispo de Tarrasa

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