Comentario a la exhortación apostólica Gaudete et Exsultate (VI): La santidad: combate, vigilancia y discernimiento

Carta de
Mons. D. Vicente Jiménez Zamora
Arzobispo de Zaragoza

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Domingo 24 de febrero de 2019

Queridos diocesanos:

Combate. “La vida cristiana es un combate permanente. Se requiere fuerza y valentía para resistir las tentaciones del diablo y anunciar el Evangelio. Esta lucha es muy bella, porque nos permite celebrar cada vez que el Señor vence en nuestra vida” (GE 158). Estas palabras iniciales resumen bien el sentido del último capítulo de la exhortación apostólica.

Así pues, el Papa no reduce la lucha a una batalla contra la mentalidad mundana que “nos atonta y nos vuelve mediocres”, ni a un combate “contra la propia fragilidad y las propias inclinaciones (cada uno tiene las suyas – precisa el Papa -; la pereza, la lujuria, la envidia, los celos, y demás)”. La santidad es también “una lucha constante contra el diablo, que es príncipe del mal” (GE 159) y que, por tanto, no es solamente “un mito, una representación, un símbolo, una figura o una idea” (GE 161).

Vigilancia. El camino de la santidad requiere que estemos “con las lámparas encendidas”, porque quienes no cometen faltas graves contra la ley de Dios “pueden descuidarse en una especie de atontamiento o adormecimiento” (GE 164) que conduce a una corrupción que es “peor que la caída de un pecador, porque se trata de una ceguera cómoda y autosuficiente donde todo termina pareciendo lícito” (GE 165).

Discernimiento. El don del discernimiento ayuda en esta lucha espiritual, porque permite comprender “si algo viene del Espíritu Santo o si su origen está en el espíritu del mundo o en el espíritu del diablo” (GE 166). (cfr. ‘Reglas de San Ignacio para el discernimiento en la primera semana de Ejercicios Espirituales’, nn. 314 – 327).

En un contexto de continuo zapping existencial, “sin la sabiduría del discernimiento podemos convertirnos fácilmente en marionetas a merced de las tendencias del momento” (GE 167). Se podría vivir incluso un zapping espiritual, por decirlo así, si no es conducido por el discernimiento.

Este don del discernimiento es importante, porque nos permite estar “dispuestos a reconocer los tiempos de Dios y de su gracia, para no desperdiciar las inspiraciones del Señor, para no dejar pasar su invitación a crecer” (GE 169).

El Papa concluye su reflexión sobre el discernimiento con un párrafo de particular relevancia y que parece resumir el sentido del itinerario recorrido hasta el momento. “Cuando escrutamos ante Dios los caminos de la vida, no hay espacios que queden excluidos. En todos los aspectos de la existencia podemos seguir creciendo y entregarle algo más a Dios, aun en aquellos donde experimentamos las dificultades más fuertes. Pero hace falta pedirle al Espíritu Santo que nos libere y que expulse el miedo que nos lleva a vedarle su entrada en algunos aspectos de la propia vida. El que lo pide todo, también lo da todo, y no quiere entrar en nosotros para mutilar o debilitar, sino para plenificar. Esto nos hace ver que el discernimiento no es un autoanálisis ensimismado, una introspección egoísta, sino una verdadera salida de nosotros mismos hacia el misterio de Dios, que nos ayuda a vivir la misión a la cual nos ha llamado para el bien de los hermanos” (GE 175).

Alegría y santidad. La llamada del papa Francisco a la santidad está abierta a la alegría sencilla del Evangelio, citada al comienzo de la exhortación apostólica: “Alegraos y regocijaos” (Mt 5, 12). La invitación a la alegría evangélica había resonado ya en la exhortación Evangelii Gaudium, como también en sus documentos magisteriales Laudato si’ y Amoris Laetitia, que convocan a la alabanza y a la alegría.

Las conexiones entre Gaudete et Exsultate y otros documentos magisteriales (Pablo VI, Gaudete in Domino y Juan XXIII en la solemne apertura del Concilio Vaticano II, Gaudet Mater Ecclesia) nos permiten comprender que la exhortación apostólica es el fruto maduro de una reflexión que el papa Francisco viene realizando desde hace mucho tiempo y que expresa de manera orgánica su visión de la santidad, entrelazada con la misión de la Iglesia en el mundo actual.

Conclusión: mirada a la Virgen María

El Papa concluye Gaudete et Exsultate dirigiendo la mirada y el corazón a la Virgen María. Ya a principios de los años ochenta Bergoglio veía la santidad de la Iglesia reflejada en el “rostro de María, la sin pecado, la limpia y pura”, sin olvidar nunca que congrega en su seno a los hijos de Eva, madre de los hombres pecadores” (cfr. Francisco, Meditaciones para religiosos, 202). María es la santa entre los santos, la más bendita, la que nos enseña el camino de la santidad y nos acompaña”, como madre que es: “A veces nos lleva en sus brazos sin juzgarnos. Conversar con ella nos consuela, nos libera y nos santifica” (GE 176).

“Espero y deseo que estas páginas sean útiles para que toda la Iglesia se dedique a promover el deseo de la santidad. Pidamos que el Espíritu Santo infunda en nosotros un intenso anhelo de ser santos para la mayor gloria de Dios y alentándonos unos a otros en este intento. Así compartiremos una felicidad que el mundo no nos podrá quitar” (GE 177).

Con mi afecto y bendición,

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