¿Creyentes y no practicantes?

Carta de
Mons. D. José María Gil Tamayo
Obispo de Ávila

gil tamayo oficial

Domingo 24 de febrero de 2019

Esta semana voy a escoger para estos Apuntes desde la fe un pasaje de la Primera Carta del apóstol S. Juan. Son unas palabras que siempre me han impresionado y que constituyen como la prueba para ver si nuestro amor a Dios es auténtico o es falso.Me refiero al texto en que se nos dice: “El que no ama no conoce a Dios, ya que Dios es amor… Si alguno dice: «Amo a Dios», y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve. Y hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su hermano” (1Jn 4,8-21).

En estos versículos texto además de dársenos la mejor definición de Dios, nos dicen en consecuencia que una religiosidad carente de compromiso y amor a los demás y que sólo se refiera a Dios excluyendo a los hombres, una religión que sólo sea cultual y esté carente de toda referencia a la fraternidad es falsa. Al menos no será la religión cristiana. El mejor argumento contra la pretensión de que Dios anula al hombre es este pasaje de la primera carta de San Juan que he traído a colación y nos sirve de reflexión y de discernimiento para descubrir el grado de autenticidad de nuestra vida cristiana.

La caridad contiene de manera inseparable ambas dimensiones: la del amor a Dios y al prójimo. Nadie puede separarlas o prescindir de una de ellas ya que la otra quedaría falseada de raíz. Por esto sólo nuestro culto a Dios, nuestra vida de oración, es auténtica y grata a Él si va unida a una preocupación y servicio a los demás. Y cuando nos dedicamos intensamente a los otros sólo adquiere una dimensión plenamente cristiana si la motivación profunda es hacerlo por amor de Cristo, viéndolo reflejado en nuestros prójimos, especialmente en quienes más sufren, son más pobres y desvalidos. La vida interior alimenta la caridad cristiana y ésta hace auténtica nuestra piedad religiosa.

El propio San Pablo, en su Primera Carta a los Corintios, en los pasajes que después se han venido en llamar Himno de la caridad, llega a decir que, aunque tuviera tanta fe que mueva los montes, si no tiene caridad, no es nada… y también que, aunque repartiere todas sus posesiones no teniendo caridad, nada le aprovecha (cf. 1Cor 13, 1-3).

Muy ilustrativo en este sentido es también un texto de un gran campeón de la caridad cristiana como es san Vicente de Paúl, el cual dejó escrito: “No tengáis ningún escrúpulo o remordimiento de conciencia si, por prestar algún servicio a los pobres, habéis dejado la oración; salir de la presencia de Dios por alguna de las causas enumeradas (p. ej.: atención y cuidado de los pobres y enfermos) no es ningún desprecio a Dios, ya que es por él por quien lo hacemos” (S. VICENTE DE PAÚL. Carta 2.546. Correspondence, entretiens, documents. París 1922-1925, 7).

Estos razonamientos, además de apoyarse en la Sagrada Escritura y en los santos, son de sentido común. Sería bueno por ello, que este asunto de la caridad, el principal para un cristiano, ya que es precisamente la señal de nuestra condición de tales, no nos andemos con separaciones o esquizofrenias, que además de hacernos perder la autenticidad nos convertiría en un escándalo para los demás: Cuántas veces hemos oído decir: Ésta va a misa, pero… después trata mal a sus padres, no cuida de ellos ni nada… Aquel se da muchos golpes de pecho, pero… con sus empleados, o con sus compañeros de trabajo se porta como un tirano…

El Papa Francisco nos advierte de esto mismo al señalar en su documento programático Evangelii Gaudium que “muchos tratan de escapar de los demás hacia la privacidad cómoda o hacia el reducido círculo de los más íntimos, y renuncian al realismo de la dimensión social del Evangelio. Porque, así como algunos quisieran un Cristo puramente espiritual, sin carne y sin cruz, también se pretenden relaciones interpersonales sólo mediadas por aparatos sofisticados, por pantallas y sistemas que se puedan encender y apagar a voluntad. Mientras tanto, el Evangelio nos invita siempre a correr el riesgo del encuentro con el rostro del otro, con su presencia física que interpela, con su dolor y sus reclamos, con su alegría que contagia en un constante cuerpo a cuerpo. La verdadera fe en el Hijo de Dios hecho carne es inseparable del don de sí, de la pertenencia a la comunidad, del servicio, de la reconciliación con la carne de los otros” (EG, 88).

Quizá en olvidarse de esto esté la causa del apartamiento de la fe de no pocos de nuestros conocidos: el que no los convencemos al ir nuestra vida religiosa por un lado y nuestras obras por otro. No nos quedemos los católicos en creyentes y no practicantes. Esta modalidad de “creyente” no está en el Evangelio.

Hagamos, amigos, el esfuerzo de hacer creíble nuestra fe religiosa por medio de nuestro buen ejemplo. Recuerden aquello de obras son amores y no buenas razones. Seamos auténticos, de ley, creíbles, lo que no quiere decir que nos convirtamos en gente sin defectos o perfectos. Todos necesitamos mejorar; al menos hagamos el intento.

Con mi saludo fraterno, reciban mi bendición,

gil tamayo firma obispo
✠ José María Gil Tamayo
Obispo de Ávila

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