Dominar los malos deseos

Carta de
Mons. D. Francisco Pérez González
Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela

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Domingo 24 de febrero de 2019

Si tuviéramos que entrar en lo más profundo de la tierra encontraríamos realidades hermosas que la misma naturaleza produce, pero tal vez nos encontraríamos también con realidades muy poco agradables a causa de la contaminación, es decir a causa de la manipulación interesada de quienes se aprovechan de lo más bello que en la tierra existe. Lo mismo podríamos decir de los sentimientos y deseos que anidan en el corazón humano: unos que tienen su propia armonía y belleza y otros son desviaciones que degeneran a la persona. En la teología cristiana, se llama concupiscencia que significa sentir deseos que no corresponden a la moral/ética de la persona que está llamada a testimoniar el bien y rechazar el mal. Los deseos no gratos a Dios tienen como fruto el protagonista que es el mal, a obrar el mal, que es consecuencia del pecado original.

Agradarse a uno mismo más que agradar a Dios es la tendencia a incurrir en el pecado. El Catecismo de la Iglesia Católica nos dice: “San Juan distingue tres especies de codicia o concupiscencia: la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida (cf. 1Jn 2, 16). Siguiendo la tradición catequética católica, el noveno mandamiento prohíbe la concupiscencia de la carne; el décimo prohíbe la codicia del bien ajeno” (nº 2514). Es curioso que -en estos momentos históricos que nos toca vivir- es ya muy común comprobar que los titulares más abundantes, de los medios de comunicación, son estos dos pecados: la corrupción/malversación económica y las violencias del sexo en su amplio espectro. Se intenta poner remedios de todo tipo tanto desde la ley como desde las instancias políticas pero no se logra porque no se entra en la raíz del problema.

Y Jesucristo nos ha mostrado el auténtico camino de sanación: “Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios” (Mt 5, 8). Las bienaventuranzas son las indicaciones más claras que nos orientan para crecer por el camino de la pureza, de la justicia, de la paz, de la misericordia y del saber soportar las adversidades. Si en esto creemos los humanos, creceremos en madurez síquica y espiritual. “Para que, creyendo, obedezcan a Dios; obedeciéndole, vivan bien; viviendo bien, purifiquen su corazón; y purificando su corazón, comprendan lo que creen” (San Agustín, fid. et symb. 10, 25). Teniendo limpio el corazón llevará al camino seguro en el bien obrar y no se caerá en la torpeza de la degeneración moral y ética. Para ello conviene mortificar “lo que hay de terrenal en vuestros miembros: la fornicación, la impureza, las pasiones, la concupiscencia mala y la avaricia que es una idolatría” (Col 3, 5-6). Quejarnos no soluciona nada, conviene educar en el bien obrar teniendo los ojos, el cuerpo y los sentidos en el centro del corazón bien purificado. El corazón es la sede de la personalidad moral. “Porque del corazón proceden los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios y las blasfemias” (Mt 15, 19). Peregrinando hacia la ciudad celeste, debemos buscar las cosas de arriba sin interrumpir el trabajo con todos los hombres para construir un mundo más humano.

Existe un vínculo entre la pureza del corazón, la del cuerpo y la de la fe. Van muy unidas puesto que la personalidad humana se mueve en armonía. El mismo Catecismo de la Iglesia Católica nos ayuda a comprender que los corazones limpios designan a los que han ajustado su inteligencia y su voluntad a las exigencias de la santidad de Dios principalmente en tres dominios: la caridad, la castidad o rectitud sexual y el amor de la verdad (ortodoxia en la fe). En nuestro lenguaje común se tiene cierto reparo en utilizar la palabra santidad y ésta, sabemos, es la esencia de la madurez humana, puesto que significa crecer en la perfección del amor. Nada dignifica más a los humano que el amor. Sin él el ser humano pierde su propia identidad y dignidad. Pensemos un poco y nos hagamos esta pregunta: ¿Cuándo uno cree menos en Dios? –Cuando no se tiene limpio el corazón. Jesucristo nos dice que teniéndole limpio lo vemos mejor y con mayor claridad.

francisco perez firma Francisco Pérez González
Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela

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