Santa Misa con el Rito de la Ordenación sacerdotal

Homilía de
Mons. D. JESÚS GARCÍA BURILLO
Obispo emérito de Ávila
Administrador apostólico de Ciudad Rodrigo

garciaburillo24022019

S.I. Catedral de Santa María de la Asunción, Ciudad Rodrigo
Domingo, 24 de febrero de 2019

Ordenación de D. José Efraín Peinado

Mi saludo cordial a Don Julián, obispo de León, a Don José, obispo emérito de Sigüenza-Guadalajara, al Vicario general y al colegio de consultores, a los sacerdotes y personas de vida consagrada. Un saludo muy especial a ti, querido Efraín, a tus padres y hermano, a tus compañeros del teologado de Salamanca y a los seminaristas del seminario menor; a todos, hermanos y hermanas; el obispo de Plasencia se excusa por no poder acompañarte.

Nadie podría imaginar cuando nos conocimos en el teologado hace ya nueve años, siendo tú seminarista de Ciudad Rodrigo y yo obispo de Ávila –diócesis a la que llegué, hoy hace precisamente 16 años- que nos encontraríamos de nuevo en el altar de esta catedral para conferirte el sacramento del orden sacerdotal. La divina Providencia tiene estos designios ocultos que nos asombran cuando Él tiene a bien revelarlos.  Pues aquí estamos en medio del presbiterio de la Diócesis y de esta asamblea numerosa, representando a toda la Iglesia que peregrina en Ciudad Rodrigo, llegados de todas partes, algunos incluso desde Roma, para participar en el misterio que acontece en esta tarde del sábado, víspera del VII domingo del tiempo ordinario: la Ordenación sacerdotal de un miembro de esta Iglesia, como un regalo del Señor en el 250 aniversario de la fundación del seminario.

Además, el Señor ha querido que pudiéramos prepararnos ambos, obispo y diácono, después de una convivencia de varias semanas, en que has ejercido tu ministerio diaconal, acompañándome en mi comienzo como Obispo Administrador Apostólico. Ahora, como sucesor de los Apóstoles por el don del Espíritu Santo, puedo conferirte por la imposición de las manos, el sacramento del Orden. Os invito a todos a dar una generosa acción de gracias a Dios por esta ordenación de Efraín y también por la Iglesia de Ciudad Rodrigo en toda su historia.

Para iluminar desde la Palabra de Dios esta liturgia, tú mismo has elegido los textos que acabamos de proclamar y que revelan aspectos esenciales del rito sacramental y de la vida que ahora comienza para ti con el ejercicio del ministerio sacerdotal.

El Evangelio lo has elegido como el marco de la frase con que nos has invitado a tu ordenación: “venid conmigo y os haré pescadores de hombres”. Es la invitación que Jesús hace a sus dos primeros discípulos, Simón y Andrés. El evangelista anuncia que Jesús acababa de iniciar su predicación proclamando el Evangelio de Dios: “se ha cumplido el tiempo y está cerca el Reino de Dios, -decía- convertíos y creed en el Evangelio”. Para esto había llegado a Galilea, para esto había dejado su morada junto al Padre y se había encarnado en el seno de su madre, haciéndose uno con nosotros: para anunciar la salvación y la esperanza, porque el amor y la misericordia de Dios había alcanzado a toda la humanidad. Este anuncio lo realizará con su palabra y sus hechos, en su persona y en toda su existencia, con su vida, muerte y resurrección. Ahora nos corresponde a nosotros acogerlo; sin nuestra aceptación, su deseo quedaría baldío.

Y a renglón seguido Marcos relata que Jesús vio a otros dos pescadores, a Santiago y a Juan, y les invitó igualmente a compartir su proyecto de vida y su misión, que era la razón de ser de su presencia entre nosotros. Parece como si Jesús necesitara absolutamente de estas personas para llevar a cabo su plan, como si Él solo no pudiera llevarlo a cabo. Alguno incluso le preguntó: ¿dónde vives? Y Jesús les animó a que se fueran con Él para ser cooperadores necesarios de su Obra.

Hace unos momentos, hemos actualizado esta llamada cuando el diácono te hadicho: Efraín, “acércate”; y el Rector te ha presentado a la asamblea: “La Iglesia pide que ordenes presbítero a este hermano”; y yo he proclamado: “elegimos a este hermano para el orden del presbiterado”.

“Inmediatamente” -precisa el evangelio- dejaron las redes; aludiendo no sólo al momento en que los discípulos respondieron, sino también a su generosidad y radicalidad (tú expresarás esto mismo diciendo: “presente”); porque ellos dejaban sus instrumentos de trabajo con los que ganaban su sustento y el de sus familias, dejaban a su padre y –como diría un día Pedro- lo dejaban “todo”: “Señor, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué tendremos, entonces?” El Señor explicaría que, cuando alguien encuentra un tesoro o una perla, no le cuesta nada invertir todos sus ahorros y comprar el campo entero para quedarse con el tesoro.

Es lo que has hecho tú, Efraín. Poco a poco has descubierto que Jesús era tu tesoro; y era una perla preciosa la invitación que te hacía para cooperar con Él. Y tú, determinándote en diversos momentos de tu vida, siguiendo un proceso de madurez humana y espiritual durante la adolescencia y el bachillerato, y después largamente en el teologado junto a tus compañeros, has ido concretando tu respuesta, consolidándola y superando la nostalgia que podrían producirte otras opciones de vida a las que renunciabas.

Hoy, cuando te integras plenamente por el sacramento del Orden, dentro del presbiterio de esta diócesis, a la tarea divina de “pescar hombres”, puedes recordar a los 30 jóvenes que están en el seminario menor y ahora te acompañan, que no tengan miedo, que escuchen con confianza la invitación que durante estos años de formación Jesús les hace para “pescar hombres”, es decir, para ejercer la actividad sobrenatural que hoy Cristo pone en tus manos. Diles a los seminaristas con quienes convives que no tengan miedo en buscar el tesoro de su vida, todavía sin descubrir, porque sería una pena que pasaran los años de su formación juvenil en esta casa sin enterarse del don tan grande que pueden recibir del Señor.

Cada uno de nosotros hemos recibido la gracia en la medida en que Cristo nos ha constituido” –asegura S. Pablo-: a unos apóstoles, a otros les ha encargado ser profetas o evangelistas, y a otros pastores. Todos los presbíteros, unidos por la ordenación sacerdotal entre sí, forman un único presbiterio, por eso ellos también te impondrán las manos conmigo. En medio de ellos, el Señor te constituye esta mañana en el triple oficio de santificar, enseñar y gobernar a su Cuerpo, que es la Iglesia, otorgándote el oficio de “pastor”.

No es necesario explicar en esta tierra qué es un pastor. De mañana, tu hermano y tu padre toman las ovejas y a veces las cabras o las vacas, y van delante de ellas para darles de comer los mejores pastos que encuentran, y luego las llevan a beber a la fuente o al abrevadero, y más tarde las recogen para que descansen en el aprisco, porque han de crecer fuertes y sanas; para lo cual tu padre y tu hermano cuidan de ellas con toda clase de atenciones. Ellos generalmente van delante del rebaño, pero a veces se retrasan y van en medio para observar mejor a alguna que bala, y otras veces se ponen a la cola para que ninguna se quede rezagada o se pierda, sino que todas sigan en grupo. Son las características del oficio de pastor: guiar, acompañar y acoger, que tú, Efraín, habrás de ejercer cuidando de una comunidad, que por eso nos llamamos “curas”, porque nuestro oficio es el de cuidar a los demás.

Con tu palabra, con la catequesis y la homilía; con la administración del bautismo, de la penitencia y de la unción de los enfermos, mediante la celebración de la Eucaristía, centro y culmen de la vida cristiana, tu darás vida a tus fieles: los alimentarás con el pan de Vida, el Cuerpo y la Sangre de Cristo que contiene vida eterna.

Todos sabemos bien que el verdadero pastor es Jesús, lleno de misericordia hacia las ovejas distraídas, alejadas o extraviadas. Él se deja incluso maltratar porque a veces conducir el rebaño tiene sus dificultades, ¿sabes? Ser testigo, ser apóstol en el momento actual significa caminar con mucha fe, con gran determinación, y casi siempre remar contracorriente. Tendrás que estar dispuesto a esto. Pero el Señor, buen pastor, caminará siempre adelante guiando y acompañando tus pasos en la misión de educar, de guiar y de agrupar a todos en un solo rebaño, bajo el cayado de un mismo pastor.

 No nos distraigamos por los acontecimientos que a veces disturban nuestro caminar en la historia; pongámoslos siempre en las manos del Señor y sigamos a delante. Al final de los tiempos, el Hijo del hombre reunirá a todo su rebaño para dar a cada uno según haya respondido a tantas gracias como Él nos ha concedido a lo largo de nuestra peregrinación. A Él sólo corresponde el juicio, no a nosotros, sigamos adelante caminando con la vista puesta en la meta final.

Ahora, somos nosotros los pastores: lo es Francisco para la Iglesia universal, el obispo para nuestra Iglesia de Ciudad Rodrigo, y tú Efraín para la comunidad que el Obispo te encomiende. Oremos por ellos, queridos fieles y religiosas, agradezcámosle todas las gracias que nos dispensa por medio del ministerio de los sacerdotes, sostengámoslos con nuestra oración, nuestro afecto y nuestra cooperación. El Señor da a los sacerdotes estos “ministerios” para la edificación de la Iglesia. Cuando el Señor pastoreaba en Galilea tú ya estabas en Él, Efraín, tú formabas parte de su ser y de su misión como pastor; y ahora, cuando tú seas quien pastoree, Jesús el buen Pastor estará también en tu alma. Estate atento, déjate transformar por su Espíritu y acoger en tí los mismos sentimientos de Cristo Jesús. Ámale profundamente, entrégate a él cada día con todo tu corazón: sólo así podrás dar a los demás lo que tú previamente has recibido.

Y ahora, queridos hermanos, nos disponemos a conferir el sacramento del Orden. Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote, por medio de su Espíritu, pasa por el alma de Efraín para empaparla y transformarla. La imposición de manos del obispo y la unción del santo crisma son los ritos esenciales de toda la ordenación, estemos muy atentos. Por estos signos, Cristo integra a Efraín en su Sacerdocio para que él pueda ser sacerdote y ofrecer sacrificios, sobre todo, el sacrificio de la santa Misa, en nombre de Jesucristo y en nombre de la Iglesia. Participemos todos con nuestra oración y nuestro asombro ante las maravillas que el Señor hace en sus elegidos. Y que la Virgen María, madre de los sacerdotes, nos acompañe en este momento y le acompañe siempre en el ejercicio de su ministerio. Así sea.

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