Servidores de la paz

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Carta Pastoral de
Mons. D. JUAN DEL RÍO MARTÍN
Arzobispo Castrense de España

“La vida militar de un cristiano, debe ponerse en relación con el primero y más grande de los mandamientos, el del amor a Dios y el prójimo, porque el militar cristiano está llamado a realizar una síntesis mediante la cual sea posible ser también militar por amor, cumpliendo el ministerium pacis inter arma” [1].

“La santidad no te hace menos humano, porque es el encuentro de tu debilidad con la fuerza de la gracia. En el fondo, como decía León Bloy, en la vida “existe una sola tristeza, la de no ser santos” [2].

INTRODUCCIÓN
ALEGRAOS Y REGOCIJAOS

El Papa Francisco, publicó el 19 de marzo del 2018 la Exhortación Apostólica, Gaudete et Exsultate, (GE). Se trata de una cálida llamada al pueblo católico, que atraviesa duras pruebas, a que se sitúe en lo esencial de la fe: “sed santos como vuestro Padre celestial es Santo” (Mt 5,48). Este es el camino que nos conduce a la vida eterna, nos hace felices en medio de “este valle de lágrimas” y nos lleva a ser constructores de la paz.

La santidad cristiana, no nos saca de nuestras profesiones y deberes como ciudadanos, sino todo lo contrario, carga el corazón y la voluntad humana de una fuerza que vence todos los obstáculos: “Aún en la noche más oscura, surgen los más grandes profetas y santos” (Santa Teresa Benedicta de la Cruz).

Jesucristo les dijo a sus discípulos que alzasen sus ojos al Padre, fuente y origen de la santidad, para que caminasen por el camino de la salvación. El Obispo de Roma, en continuidad con el Evangelio, la Tradición, los grandes Maestros, el Concilio Vaticano II (cf. LG 11) y con sus predecesores Juan Pablo II y Benedicto XVI, avanza con esta Exhortación en lo que se ha venido a llamar: democratización y pedagogía de la santidad a nivel personal y comunitario [3]. “Se entiende, por lo tanto, que la santidad no es una prerrogativa solamente de algunos: la santidad es un don que es ofrecido a todos, nadie está excluido, por lo cual, constituye el carácter distintivo de todo cristiano” [4].

La santidad de vida es el objetivo prioritario de la acción de la Iglesia en todos los tiempos. De ahí, que también los católicos que trabajan en las Fuerzas Armadas y Cuerpos de Seguridad del Estado, están llamados a llevar una vida conforme a “la plenitud de la caridad” (1 Cor 13,13): “Para ser santos no es necesario ser obispos, sacerdotes, religiosas o religiosos. Muchas veces tenemos la tentación de pensar que la santidad está reservada sólo a quienes tienen la posibilidad de tomar distancia de las ocupaciones ordinarias, para dedicar mucho tiempo a la oración. No es así. Todos estamos llamados a ser santos viviendo con amor y ofreciendo el propio testimonio en las ocupaciones de cada día, allí donde cada uno se encuentra” (GE 14).

El objetivo que nos hemos trazado con esta carta pastoral es hacer resonar y encarnar en la realidad castrense las enseñanzas de la Gaudete et Exsultate. Somos conscientes de nuestro atrevimiento pero, con la ayuda del Señor, confiamos hacer llegar el magisterio del Santo Padre a nuestros militares, guardias civiles, policías, familiares y personal civil que trabajan en nuestras instituciones.

Lo primero que se percibe en este escrito del Papa, es el título tomado de la octava Bienaventuranza que revela la experiencia de santidad de los primeros discípulos que después de sufrir calumnias, insultos y persecuciones por causa de Cristo, conservan la alegría y el gozo por haber imitado a su Señor hasta en la cruz. Como en anteriores textos magisteriales la palabra y la noción de júbilo se hayan presentes. (cf. Evangelii Gaudium, Amoris Laetitia, Laudato si, Veritatis Gaudium). Su estilo es: directo, claro, pastoral y espiritual, como nos tiene acostumbrados en todas sus actuaciones públicas.

La Exhortación, comprende una pequeña introducción y cinco capítulos. La primera parte trata de cómo la santidad de la Iglesia militante se encuentra en los “santos de la puerta de al lado”, aquellos que realizan “las acciones ordinarias de manera extraordinaria”, favoreciendo con su coherencia de vida a una sociedad más humana. El segundo capítulo aborda las dos falsificaciones de la santidad: “el gnosticismo y el pelagianismo”. Para uno la perfección de vida se mide por el grado de conocimiento que se tiene. En el otro caso, la santidad y la salvación eterna se conseguirían mediante la voluntad y el esfuerzo humano. El capítulo tercero es el central del documento: el carnet de identidad del cristiano es el sermón de las bienaventuranzas y el gran protocolo del capítulo 25 de Mateo, sobre el cual seremos juzgados. El capítulo cuarto está dedicado a resaltar algunas notas de la santidad en el mundo actual: “Aguante, Paciencia, Mansedumbre, Alegría, Humor, Audacia, Fervor”. Termina la reflexión presentando la vida cristiana como un “combate” contra las fuerzas del Maligno, en el que se debe estar “vigilante” y en constante “discernimiento”: “Cuando escrutamos ante Dios los caminos de la vida, no hay espacios que queden excluidos” (GE 175). Es decir, también al soldado, marinero, guardia civil y policía tiene que llegar esta invitación: “Sed santos, porque yo vuestro Dios soy santo” (Lev 19,2; 20,26).

La Historia de la Iglesia pone de manifiesto cómo la llamada a la santidad del Evangelio, ha sido asumida y vivida de manera valiente y ejemplar por muchos cristianos pertenecientes a la milicia: Soldados Santos. Tampoco han faltado personas santas que en alguna época de sus vidas, vistieron el uniforme del ejército y desempeñaron las tareas propias militares: Santos que fueron Soldados [5].

El tema que abordamos de cómo ser santos ejerciendo la profesión militar en el siglo XXI, no es una cuestión forzada o tangencial, sino es certeza de que los “santos de la puerta de al lado” (GE 6) son también aquellos de los que decía Benedicto XVI: “Hay tantos hombres y mujeres de uniforme llenos de fe en Jesús, que aman la verdad, que quieren promover la paz y se empeñan como verdaderos discípulos de Cristo para servir a su propia nación favoreciendo la promoción de los fundamentales derechos humanos de los pueblos” [6].

El secularismo que nos acosa, basado en muchas ocasiones en prejuicios anticlericales trasnochados, infravalora la vida honrada y percibe una dicotomía entre la profesión militar y la vivencia religiosa, impidiendo ver lo positivo de la complementariedad de esta unión. La fe cristiana no está reñida ni con la milicia del pasado, ni con la moderna configuración de los ejércitos en las sociedades libres, plurales y democráticas de nuestro entorno cultural. Siguen teniendo actualidad aquellos conocidos versos de Calderón de la Barca: “la milicia no es más que una religión de hombres honrados”. La diferencia del soldado y el mercenario está en la subordinación de su tarea a unos valores y principios en los que prima el bien común sobre el interés personal, de tal forma que al final emerge el mensaje del Cristianismo de amor y servicio al prójimo.

CAPÍTULO I
EL MILITAR EN LA SOCIEDAD ACTUAL

A pesar de los anhelos de paz y concordia que se dan en los corazones de los hombres y mujeres de buena voluntad, la existencia del mal y la ambición humana es una realidad destructiva de la persona, naturaleza y pueblos. Todo ciudadano y gobernante está obligado a evitar la guerra, conflictos armados, acciones terroristas, rechazar las manifestaciones de odio y los hechos que pongan en peligro la convivencia social. Por lo tanto, para salvaguardar el orden, la libertad, la justicia y la paz de una nación y en la relación entre las naciones, se hace necesario la existencia de unas Fuerzas Armadas y Cuerpos de Seguridad del Estado que a la vez respeten el fuero interno de la sociedad y el Derecho Internacional de los pueblos [7]. Como dice el Concilio Vaticano II: “Los que, al servicio de la patria, se hallan en el ejercicio, considérense instrumentos de la seguridad y libertad de los pueblos, pues desempeñando bien esta función, contribuyen realmente a estabilizar la paz” (GS 79). Los componentes de estas históricas y vitales instituciones en España son los miembros de nuestros ejércitos, guardias civiles y policías.

En el caso del militar cristiano está llamado a realizar: “Una síntesis mediante la cual sea posible ser también militar por amor, cumpliendo el ministerium pacis inter arma” [8]. Ellos hacen suya, de alguna manera, la máxima evangélica: “nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13), en medio de los peligros de las armas, en tiempos de paz o de conflicto.

1. Evolución de los enfrentamientos humanos.

A lo largo de la historia de la humanidad, los conflictos bélicos han recibido diversas denominaciones que encierran cada una de ellas: unos objetivos, unos escenarios, un desarrollo y un comportamiento de los soldados.

La guerra es el nombre más común y general que viene desde la antigüedad. Tradicionalmente, las naciones dirimían sus diferencias con el enfrentamiento de sus ejércitos en un campo de batalla sin una participación directa de la sociedad civil. En ocasiones, las autoridades competentes de ambos bandos, podían determinar los hechos y acciones que para ellos eran motivo de guerra: casus belli [9].

En la época moderna, ya no se habla tanto de guerra sino de conflicto armado, que es el desenlace, no deseado, de la gestión de una enemistad enfurecida entre naciones, que incluye no solamente el choque de las milicias, sino también la destrucción de todos aquellos factores que sustentan esas sociedades.

Más próximo a nuestros días, aparece la idea de crisis: donde un adversario, muchas veces difuso o incierto, sorprende a los gobiernos de las naciones con acciones brutales sobre la sociedad civil, que se propagan y ocasionalmente se magnifican interesadamente ante la opinión pública internacional. Estos nuevos escenarios agresivos pueden contar con un potencial “armamentístico tremendamente destructor”. En esta situación, son proféticas las advertencias que ya en su día expresó el Concilio Vaticano II: “Es más, al emplear en la guerra armas científicas de todo género, su crueldad intrínseca amenaza llevar a los que luchan a tal barbarie, que supere, enormemente la de los tiempos pasados. La complejidad de la situación actual y el laberinto de las relaciones internacionales permiten prolongar guerras disfrazadas con nuevos métodos insidiosos y subversivos. En muchos casos se admite como nuevo sistema de guerra el uso de los métodos del terrorismo” (GS 79).

Tenemos pues, que la noción de guerra nos muestra cómo la naturaleza de la confrontación cambió desde el momento en que las Fuerzas Armadas de las naciones dejaron de ser el último instrumento para resolver los litigios, para convertirse, de acuerdo con la Carta de la Naciones Unidas, en la salvaguarda de la sociedad, la defensa de un modo de vida y librarnos del ataque de los demás [10]. Además, la aparición de organizaciones radicales, sin reconocimiento internacional, sin fronteras, sin estados, donde sus líderes hacen un uso indiscriminado de la violencia, ha generado una mayor necesidad de unas Fuerzas Armadas que defiendan y protejan la paz, la estabilidad y la libertad [11].

El conflicto armado dejó de ser, en las últimas décadas del siglo XX, un enfrentamiento entre militares para convertirse en un choque entre voluntades, en el cual la fuerza militar es un recurso más y, en ocasiones, no el principal. Además el objetivo de destruir al adversario no sólo se dirige ya a vencer a su fuerza militar, sino también a su opinión pública, su sociedad y sus raíces religiosas y culturales. Tenemos pues que la sociedad civil se ha convertido en la “persona interpuesta”, siendo el objetivo de los enfrentamientos de los radicales para doblegar la voluntad de los gobiernos. Se golpea a los civiles con brutales acciones para que estos trasladen su furia hacia sus gobiernos, para crear un estado de opinión que debilite la cohesión social y para que con ello se establezca un estado de debilidad que permita la derrota del adversario.

Mediante la globalización de las comunicaciones (internet, televisión, redes sociales), se ataca a todos los campos sociales o personales [12]. En el pasado las contiendas se contaban a su desenlace, sin otra interpretación más que la del vencedor. Hoy los medios de comunicación y las nuevas tecnologías hacen fluir la información en tiempo real, sin retardo alguno, y con una difusión global y universal, lo que permite a unos y a otros hacer la interpretación de lo que sucede más favorable a los fines que persiguen. Por eso, ya no basta con vencer militarmente, sino también mediáticamente. Ya que se ha de prever interpretaciones contrarias y falsas noticias que pudieran arruinar el éxito en la lucha [13].

Otro elemento a tener en cuenta en este mundo tan cambiante de lo militar es la aparición del ciberespacio. Mientras que la geografía marcó los límites de la confrontación en el siglo XIX, la tierra, el mar y el aire fueron teatros de operaciones separados. En cada uno de ellos se desarrollaban las batallas hasta que en el siglo XX, tierra, mar y aire formaron un único recinto donde las unidades terrestres, navales y aéreas aunaron sus esfuerzos para proporcionarse apoyo mutuo y dar cabida al espacio como una cuarta dimensión, donde los satélites pasaron a incrementar el inventario militar. Además ahora, tenemos que el cambio más significativo en las últimas décadas ha sido la incorporación del mundo cibernético como un nuevo campo de batalla, en sus dos vertientes: como soporte para el desarrollo industrial de las naciones y como sustento de la globalización de la información. Y son precisamente en estos dos campos donde las sociedades se han vuelto tan vulnerables como en los enfrentamientos armados [14].

En la actualidad, se habla de defensa asimétrica, de guerras preventivas, de intervencionismo por razones humanitarias, etc. En la llamada asimetría de la guerra se pone de manifiesto el uso indiscriminado de la violencia por parte de unos, y el empleo contenido y proporcionado que los soldados deben hacer de la fuerza. Pero ello, como todo conflicto bélico, no solamente daña a pueblos y personas, sino que también deteriora la “casa común” de la humanidad, el medio ambiente presente y futuro: “Nunca la humanidad tuvo tanto poder sobre sí misma y nada garantiza que vaya a utilizarlo bien, sobre todo si se considera el modo como lo está haciendo… hoy la guerra posee un instrumental cada vez más mortífero. ¿En manos de quiénes está y puede llegar a estar tanto poder?” [15].

2. El comportamiento ético y moral en los nuevos escenarios.

En estos nuevos contextos de confrontación se mueven los hombres y mujeres que componen hoy nuestras Fuerzas Armadas y Cuerpos de Seguridad del Estado. Las actuaciones de sus miembros son muy importantes, ya que un error en las pautas de conductas de cualquiera de sus miembros puede pasar de ser una simple incidencia a un elemento crítico capaz de arruinar una campaña, no solamente frente a los adversarios radicales sino ante la propia sociedad. La victoria militar debe ser además una victoria ética y moral.

Sin embargo, para alcanzar esa victoria global, es necesario previamente, que en nuestras sociedades libres, se propicie una cultura que rompa con las ideas preconcebidas que asocian el comportamiento del militar a la prepotencia en todos los órdenes, cosa que es rechazada por los mismos valores castrenses que hoy configuran a los ejércitos profesionales de los países democráticos. Valorando el sacrifico de tantos hombres y mujeres que están dispuestos a entregar sus vidas en defensa de la libertad y seguridad de sus conciudadanos, como centinelas de la paz. Su presencia y acciones contienen la violencia y hacen que otros puedan disfrutar de una vida segura, entendiendo el cumplimiento del deber del soldado, como una forma de cuidar del bien común dentro de las instituciones militares [16].

En nuestra sociedad moderna, el desarrollo integral de la persona es un valor muy aceptado y extendido. Por eso mismo, no se debería silenciar la necesaria dimensión religiosa, tan importante en la milicia para que los militares no sean señores de la guerra, sino guardianes de la paz. Es el mismo Papa quien nos recuerda cómo debemos fomentar en “los militares y en sus familias la dimensión espiritual y ética, que les ayude a hacer frente a las dificultades y los interrogantes a menudo innatos en este peculiar servicio al país y a la humanidad” [17].

Nadie como un soldado es más consciente de la realidad de la guerra y del sufrimiento humano que supone. Tanto es así que, ya sea porque son ellos quienes lo padecen en primera persona o porque son llamados a paliar el sufrimiento de los demás, son sujetos activos de las situaciones más desesperadas a las que se enfrenta el ser humano. El Papa Francisco lo ha descrito muy bien: “La guerra, de hecho, desfigura los vínculos entre hermanos, entre naciones; desfigura también a quien es testigo de tales atrocidades. Muchos militares regresan después de las operaciones de guerra o de misiones de paz con heridas internas reales. La guerra puede dejar una marca indeleble en ellos. La guerra, de hecho, siempre deja una marca indeleble. He escuchado en este tiempo las historias de tantos obispos, que reciben en la diócesis a los soldados que se habían marchado para la guerra: cómo vuelven, con estas heridas” [18].

Estamos en un periodo crítico, con un escenario de una “tercera guerra mundial a trozos” [19], con una carrera armamentística enloquecida y con técnicas bélicas de alcance global. En este marco social e instrumental se desenvuelven nuestros soldados, marinos, guardias civiles y policías que trabajan entre las armas en defensa de su Patria. Son a ellos, en esta situación en el siglo XXI, a los que también les dice la Exhortación del Papa Francisco, Gaudete et Exsultate: “Tu identificación con Cristo y sus deseos, implica el empeño por construir, con él, ese reino de amor, justicia y paz para todos. Cristo mismo quiere vivirlo contigo, en todos los esfuerzos o renuncias que implique, y también en las alegrías y en la fecundidad que te ofrezca. Por lo tanto, no te santificarás sin entregarte en cuerpo y alma para dar lo mejor de ti en ese empeño…Todo puede ser aceptado e integrado como parte de la propia existencia en este mundo, y se incorpora en el camino de santificación. Somos llamados a vivir la contemplación también en medio de la acción, y nos santificamos en el ejercicio responsable y generoso de la propia misión” (GE 25- 26).

CAPÍTULO II
LA MILICIA EN LA SAGRADA ESCRITURA

Hemos tenido una mirada hacia la complejidad de la milicia en el mundo contemporáneo. Ahora, haremos un sencillo recorrido por la Palabra de Dios que es la “armadura” para el combate espiritual que debe librar todo militar cristiano (cf. Ef 6,10-20). En el Antiguo Testamento, Dios aparece como “el Señor de los ejércitos” (Sal 45) y eso imprime un significado espiritual a la guerra y a la paz. En el Nuevo Testamento aparece la relación de Cristo con militares de su tiempo y el mismo san Pablo planteará la vida cristiana como una gran batalla frente al adversario del hombre que es el Maligno. Pero todo el hilo conductor de la Historia de la Salvación será la llamada al pueblo de Abraham: “Sed santos, porque yo, Yahveh, soy santo” (Lev 11,25).

La Biblia cuando describe guerras y confrontaciones no pretende explicar el tipo de contienda, la formación de los ejércitos en cada etapa de la historia, ni las armas utilizadas en cada momento. Su fin es dar un mensaje religioso de salvación que en su sentido profundo nos habla de la lucha que el hombre mantiene durante toda su vida entre las fuerzas del mal y del bien, en esa batalla existencial se juega el futuro de la humanidad. La otra lectura más próxima es aquella que tiene como sustancia la teología acerca de la supervivencia de Israel como pueblo de Dios, de su tierra, su Ley y sus costumbres. La Biblia no es un libro de batallas, sino el mensaje religioso del pueblo santo de Dios y el cumplimiento de las promesas y profecías en Jesús de Nazaret. Su fin no es otro que la salvación del hombre y de toda la creación por medio de Dios.

Detrás de esas grandes contiendas, que narra sobre todo el Antiguo Testamento, hay conceptos básicos que nos explican la razón de ser de las luchas del pueblo hebreo: Primero, Yahveh es el único santo, creador y libertador. Segundo, la fidelidad a la Alianza del Sinaí será decisoria a la hora de la ayuda divina en el campo de batalla. Tercera, la pertenencia a una tierra es signo de la elección. Cuarta, la paz es un don de Yahveh. Quinto, la llegada del Mesías como “Príncipe de la paz”, traerá una etapa idílica, donde “el león yacerá con el cordero” (Is 11,6). Este es todo el entramado teológico y espiritual que sustentaba la vida del soldado israelita y daba sentido a la entrega de la propia vida por el pueblo de sus antepasados: Abrahán, Isaac, Jacob, Moisés. “Porque ¿dónde hay una nación tan grande que tenga unos dioses tan cercanos como el Señor, nuestro Dios, siempre que lo invocamos?” (Dt 4,7). Por eso mismo, encontramos 365 veces en las que Yahveh aparece como “Señor y Dios de los ejércitos” (Gn 2,1; Ex 6,26; 7,4; Is 6,2 y otros).

1. Santidad, guerra y paz en el Antiguo Testamento.

Yahveh se revela a su pueblo como “yo soy el que soy” (Ex 3,14). Aquel que es “tres veces Santo” (Is 6,3), y a la vez es un “Dios guerrero” que sale con su pueblo en la batalla contra sus enemigos. Por eso, el Dios de Israel en su ser es inabarcable, su santidad no tiene medida, pero a la vez es tan cercano a su pueblo que entra en su propia historia: “¿Quién como Tú, Oh Dios, entre los dioses? ¿Quién como Tú, magnífico en santidad, terrible en maravillosas hazañas, hacedor de prodigios?” (Ex 15,11).

En el Viejo Testamento, el término “santidad” es aplicado a Dios en dos sentidos. Primero, Dios está separado, existiendo sobre todo lo creado. Aun así, es un Dios personal que cuida a su pueblo y lo llama a una pureza ética. En segundo lugar, la santidad divina impregna toda la naturaleza. De ahí que, las personas, cosas y lugares son santos, no por sí mismas, sino por su conexión con Dios, véase: patriarcas, reyes, profetas, la alianza del Sinaí, la tierra prometida, el Sabbat, el templo, etc… Ahora bien, los encuentros del hombre con la santidad divina aparecen en ocasiones como algo aterrador y rodeado de elementos extraordinarios, con ello se trata de expresar el abismo de lo inabarcable que existe entre el Dios Creador y sus criaturas.

La experiencia de la salida de la esclavitud de Egipto a la libertad, la derrota del ejército del Faraón en el Mar Rojo, hace reconocer a Yahveh no sólo como un Dios santo y temible, sino también libertador de los oprimidos. Los que no eran nada, se constituyen en pueblo de la Alianza. Será en el monte Sinaí donde recibirán los israelitas el decálogo de la Ley que marcará sus relaciones en tiempo de paz y de guerra. La aproximación a la revelación Sinaítica (Ex 19-40) sólo estará reservada a los jefes del pueblo: Moisés y Aarón. Los hebreos verán siempre cómo esa montaña “fue santificada” por la “gloria de Yahveh” y será un signo de la realidad inconmensurable que hay entre lo divino y lo humano (Ex 24,16; 34,29-35). Por eso mismo, los acontecimientos salvíficos del Éxodo y la Alianza representan el principio de la vida religiosa y social de Israel [20].

Todo lo que suceda a la persona o a la colectividad hebrea será leído en clave de la fe en el Dios de los patriarcas, jueces, reyes y profetas, que se han manifestado en los grandes acontecimientos que narra el Viejo Testamento. Sin embargo, a pesar de tener Israel un “Dios tan santo y libertador”, su historia está repleta de contiendas victoriosas y de aterradores fracasos que son interpretados como ocasiones para que el creyente hebreo se arrepienta de las injusticias y vuelva a la santidad de la Alianza. En esta lectura religiosa de la vida personal y social, aquellos que ostentan el poder en el pueblo son instrumentos de Yahveh que es el verdadero “Jefe de Israel”, es en su Nombre como son declaradas las denominadas “guerras de Dios” o “guerras santas”. El pueblo y la tierra eran propiedad de Yahveh, y en virtud de esa elección, presencia y pertenencia son consideradas “guerras de Yahveh” (1Sam 18,17; 22,28) [21]. Estas acciones bélicas no estaban dirigidas tanto a propagar la fe israelita (como es el caso de la “guerra santa” en el Islam), como a garantizar su continuidad como pueblo en la “tierra que tu Dios te ha dado y en la que están puestos continuamente los ojos del Señor” (Dt 11,12).

Sin embargo, la guerra no viene de Dios, sino que es obra del hombre como consecuencia, por un lado de su libre albedrío para hacer el bien o el mal y, por el otro, de la debilidad de la naturaleza humana, de las injusticias cometidas contra el prójimo y por las infidelidades del pueblo a la Alianza. En cambio, la paz siempre aparecerá como un don de Dios, suma bondad, y un proyecto humano conforme el designio divino. En su primera acepción la paz es un atributo esencial del Dios que se revela en el corazón humano, de tal forma que la paz también se vive en la derrota o el exilio (cf. Is, 45,7; Jer 29,11; Jue 6,24).

La paz, siendo un regalo divino que implica al hombre desde su interior, no se queda encerrada en sí, sino que tiene una realización social y externa. Yahveh es el “Dios, tres veces Santo”, no puede ser fuente de violencia alguna (cf. 1Cron 22,8-9), sino principio de justicia, caridad y paz (cf. Is 32,17). La violencia es la negación del ser divino y no pueden habitar juntas. Por eso, como efecto del ser divino amoroso, Dios nunca esconde su rostro a los suyos (cf. Num 6,26), sino que les da paz, prosperidad y alegría (cf. Is 54,13; Prov 12,30; Lev 26,6).

El pueblo anhela el Shalom que proviene de Dios, que engloba todo lo deseado por el individuo y la propia comunidad creyente. Pero eso, no es mera consecuencia de una buena política, ni de una evolución espontánea de factores históricos, tampoco es el resultado de acuerdos políticos con los vecinos o fruto de la pacificación de los imperios contrincantes. Por lo tanto, la paz no es sólo ausencia de guerras, seguridad y bienestar, sino que es un bien tan excelso que su realización no podrá quedar absolutamente encerrada dentro de los límites estrechos del tiempo de la humanidad, sino que alcanza también a los que murieron: “Las almas de los justos están en las manos de Dios…Ellos están en paz” (Sab 3,1-3) [22].

Es sobre todo en el libro del Deuteronomio (Dt 7,6-14; 28,2- 10) donde encontramos que la definición más exacta de paz es la de bendición, que lo hace todo nuevo. Desde ese concepto esencial, la paz no viene a la historia concreta de los hombres por las estructuras de poder de los grandes de la tierra, sino por la fuerza de la fe de los anawin, los pobres y oprimidos que son los primeros para Dios y los verdaderos portadores de Shalom (cf. Is 61,1s.; Jer 22,16). Ellos son destinatarios privilegiados de la “bendición mesiánica” del Emmanuel: “Dios con nosotros, Príncipe de la paz” (Is 9,5).

Este anuncio profético se cumplirá en la encarnación, muerte y resurrección de Jesucristo, Hijo de Dios vivo, el cual es “nuestra paz definitiva” (Ef 2,14). La perfección neotestamentaria es un amor que vence el mal con el bien (cf. Mt, 5, 28-44; Lc 6, 27-30), que alcanza hasta el amor a los enemigos (cf Lev 19,18; Mc 12, 28-34). Jesús de Nazaret, en su vida y predicación, inicia una nueva forma de hacer las cosas a nivel personal, social y estructural. Veamos cómo su mensaje de paz y amor llegó a los soldados con los que se encontró.

  1. La relación de Jesús con los militares.

En el Nuevo Testamento aparecen algunas referencias al ejército del Imperio Romano que en aquel entonces ocupaba Palestina. Era una presencia sobrellevada, pero en determinadas época del año, alrededor de las fiestas judías, tenía sus momentos álgidos de rebeldía del pueblo frente a las tropas invasoras. Estos mismos soldados conviven con el pueblo judío hasta tal punto, que cuando se presenta Juan el Bautista predicando la conversión como preparación a la llegada del Mesías, algunos de ellos le preguntan al Precursor: “Maestro, y nosotros ¿qué tenemos que hacer? Él les contestó: No hagáis extorsión ni os aprovechéis de nadie con falsas denuncias, sino contentaos con la paga” (Lc 3,14). Luego también, a los que son extranjeros y enemigos del pueblo elegido, se les anuncia la salvación de Dios que transforma la misma praxis militar.

El Evangelio nos muestra varios episodios singulares entre Jesús, el Mesías, y los militares:

1. El centurión de Cafarnaúm.

Los dos evangelistas: Lc 7,1-10 y Mt 8,5-11, narran el mismo hecho en el escenario de la ciudad populosa de Cafarnaúm, pero con diferentes matices. En Lucas, hay el envío de unos emisarios importantes ante Jesús para que intercedan en la curación del criado del centurión23. Se le reconoce que “tiene afecto a nuestra gente y nos ha construido la sinagoga” (Lc 7,6). Esto nos habla del establecimiento de unas tropas y de su misión de pacificación del territorio. Es algo parecido a lo que actualmente se desempeña en algunas misiones internacionales.

En la versión de Mateo es el centurión el que se acerca a Jesús con humildad y cariño y le habla sobre su sirviente enfermo: “Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho” (v.6). El Maestro de Galilea con gran resolución está dispuesto a ir a la casa del mando, pero éste da una respuesta tan profunda e importante, que su contenido pasará más tarde a la Liturgia cristiana: “Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano. Porque también yo, que soy un subalterno, tengo soldados a mis órdenes, y digo a éste: “Vete”, y va; y a otro: “Ven”, y viene; y a mi siervo: “Haz esto”, y lo hace” (Mt 8,5- 11). Jesús admira la compasión de la autoridad militar hacia su subordinado y alaba la fe que muestra en su persona (Lc 8,11; Mt 7,9). “Y al volver a casa, los enviados encontraron al siervo sano” (Lc 7,19; Mt 8,11).

Este famoso soldado romano refleja una moral natural que encontramos en la tradición helenística y romana, relatada por Homero o Virgilio en las épicas “Odisea”, “Ilíada” o “Eneida”, como son: el compañerismo, la humildad, el sacrificio, la generosidad, la justicia…en resumen: el amor a los demás. Estas virtudes militares humanas serán redimensionadas por la gracia salvadora del encuentro con Jesús. Hoy esos valores continúan siendo válidos y están presentes en nuestras Fuerzas Armadas como modelo de actitud castrense.

2. Los soldados en la muerte de Jesús.

Los judíos no estaban autorizados para dar muerte a nadie (Jn 18,31), por eso llevan a Jesús ante el gobernador romano para que dictara la sentencia de muerte que las autoridades religiosas judías habían determinado mucho antes (Jn 19, 7). El temeroso Pilato intenta salvar a Jesús mandándolo azotar: “Y los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le echaron por encima un manto color purpura; y, acercándose a él, le decían: “Salve, ¡rey de los judíos! Y le daban bofetadas….Y dijo Pilato a los judíos: “He aquí vuestro rey”. Ellos gritaron: “Fuera, fuera, crucifícalo…Entonces se lo entregó para que lo crucificaran” (Jn 19, 2-3, 14; 16).

Jesús experimentó lo que era un mal comportamiento de la “chusma cuartelera” y como los mismos soldados llevan a ejecución la sentencia hasta después de la muerte: “Pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado…” (Jn 19, 32-34). Algunas fuentes definen la figura de Longino como la del centurión que estaba al mando de la tropa en la crucifixión del Gólgota y que toma la lanza y atraviesa el costado de Cristo. Sea como sea, tanto la Iglesia Católica como la Ortodoxa, la Copta y la Armenia veneran a éste soldado como santo [24].

La primera profesión de fe en Jesús no la hace un judío o algunos del círculo del Crucificado, sino un extranjero, un hombre de la milicia: “Al ver todo lo ocurrido, daba gloria a Dios, diciendo: Realmente, este hombre es justo” (Lc 23,47). Así, mediante el Hijo que sufre, estos militares que están allí, reconocen al Dios verdadero, al Dios de la paz (Heb 13,20). Desde el patíbulo ignominioso de los romanos como era la cruz, el Señor derriba el muro que separaba a judíos y gentiles. La reconciliación con Dios queda abierta y la trasformación por el amor cambia las relaciones humanas. Con razón Benedicto XVI comentando estos pasajes de los Evangelios sinópticos afirmará que bajo la cruz, da comienzo la Iglesia de los paganos: “El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba, dijeron aterrorizados: Verdaderamente este era Hijo de Dios” (Mt 27,54; Mc 15,39) [25].

En todo el suceso del Calvario se da un tema clave entre la conciencia personal del militar y el cumplimiento de lo mandado. A ellos les tocó por su profesión, ejecutar la injusta sentencia de Pilato. Pero el cumplimiento del deber, no les impide el reconocimiento de la inocencia del crucificado y lo extraordinario de su persona. Esto revela unas actitudes y valores muy admirados en el mundo castrense de todos los tiempos: sinceridad, valentía, justicia y compasión con las víctimas de sus acciones.

3. Las armas de la fe en el Nuevo Testamento.

La relación del Maestro de Nazaret con la milicia, continúa en la obra de sus discípulos. El libro de los Hechos de los Apóstoles, en el capítulo 10, nos narra la conversión del centurión Cornelio y los suyos, que evoca inevitablemente al centurión de Cafarnaúm (cf. Lc 7,5). También era un hombre piadoso, temeroso de Dios, amigo de los judíos y de los que obran la justicia, símbolo de aquellos que, en todos los pueblos, son aceptos a Dios y que por lo mismo deben ser aceptados por la Iglesia. Su testimonio de vida y el de su familia merecían que sus peticiones de bautizarse y hacerse cristianos fuesen atendidas por el apóstol san Pedro. Esto sucede mucho antes de que san Pablo y san Bernabé iniciaran la evangelización del mundo de los gentiles. Dios se sirve de un oficial del ejército romano que vivía en Cesárea, sede de la administración romana en Judea, para abrir las conciencias sobre el Evangelio de Jesús como un mensaje de paz para todos los pueblos y del que nadie queda excluido. El largo discurso de san Pedro viene a declarar la universalidad de la salvación en Jesucristo.

También, en los escritos de san Pablo encontramos elementos del mundo militar romano, para hablar de la lucha espiritual que todo cristiano debe mantener frente al diablo: “Por lo demás, buscad vuestra fuerza en el Señor y en su invisible poder. Poneos las armas de Dios, para poder afrontar las asechanzas del diablo, porque vuestra lucha no es contra hombres de carne y hueso sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo de tiniebla, contra los espíritus malignos del aire. Por eso tomad las armas de Dios para poder resistir en el día malo y manteneos firmes después de haber superado todas las pruebas. Estad firmes; ceñid la cintura con la verdad, y revestid la coraza de la justicia; calzad los pies con la prontitud para el evangelio de la paz. Embrazad el escudo de la fe, donde se apagarán las flechas incendiarias del Maligno. Poneos el casco de la salvación y empuñad la espada del Espíritu que es la palabra de Dios” (Ef 6,10-17).

Se ve perfectamente la aportación de la milicia para describir la vida cristiana, tomada de la estrategia militar de aquel entonces, su ambiente, objetivos, escenarios y confrontaciones. Todo ello con el fin de narrar la batalla espiritual en el corazón del hombre, donde está en juego la salvación de su alma. El enemigo a abatir es el diablo que: “no es una abstracción, sino que designa a una persona, Satanás, el ángel que se opone a Dios y a su obra de salvación” (CAT 2851). El campo de batalla es toda la humanidad, allí donde se encuentre la persona. Frente a las emboscadas del Maligno y los dominadores de las tinieblas, el cristiano como soldado de Cristo, se ha de revestir con las “armas de Dios” que sale con Él a combatir contra las potencias del mal. Debe confiar en la “fuerza del Señor y su poder invisible” y como un buen guerrero se ha de “mantener firme después de haber superado las pruebas”.

A modo de conclusión: la elevación del hombre al orden sobrenatural no suprime su naturaleza, cualidades, virtudes y defectos. Teniendo presente que: “en los Evangelios, Jesús, no condena la guerra ni la milicia de forma explícita, ni a aquellos que en ella participan, y sin duda su mensaje es un mensaje claro de paz basado en el amor y en el perdón” [26]. Pero las grandes nociones sobre: Dios, hombre, guerra, paz…y las figuras militares que aparecen en las Escrituras, contribuyen a la mejora de los valores del ámbito castrense en todas las épocas. Serán los apóstoles y seguidores de Cristo los que tendrán el mandato de anunciar la Buena Noticia a todas las naciones. Uno de los factores de la rápida extensión de la fe cristiana en sus orígenes, serán los mismos soldados que se desplazaban hasta las lejanas fronteras del Imperio Romano [27].

CAPÍTULO III
LA SANTIDAD EN LOS AVATARES DE LA HISTORIA

La llamada a la santidad universal que recorre toda la Escritura no se circunscribe a una determinada profesión, cultura o nación, sino que se puede vivir en cualquier circunstancia y lugar: “Los santos de la puerta de al lado” (GE 6). Para alcanzar el don de la santidad que procede de aquel que es el “único Santo: Dios”, el militar cristiano no debe abandonar su actividad ordinaria, porque ella misma es lugar de encuentro con el Señor y con el prójimo. El santoral castrense es una demostración palpable de la contribución de los “santos militares” a la cultura de su tiempo, y a la vez son testimonios vivos de la compatibilidad de la santidad y la milicia. Son muchas las comparaciones y el uso de elementos militares a la hora de abordar la existencia cristiana [28].

Ahora bien, si la cultura es todo aquello que ayuda a que la persona sea más plenamente humana, la santidad cristiana hace cultura en cuanto que es dejarse invadir por la fuerza redentora y santificadora de la gracia que eleva al hombre a la plenitud de su ser. Digamos que es la conexión entre el dinamismo natural del actuar humano y la fuerza de la gracia [29].

Los santos y santas han sido fuente y origen de toda renovación en las circunstancias más difíciles de la historia. En los momentos actuales, el clima cultural se encuentra dominado por el nihilismo descreído, desesperanzado, por un intento de imponer un laicismo exacerbado. Éste es el mayor y más radical desafío para la sociedad en general y para el cristianismo en particular [30]. Ya el Vaticano II lo manifestó y para ello propuso la “revolución de la santidad”, que siempre ha salvado a la Iglesia y ha hecho tanto bien a la sociedad. Por eso mismo, se comprende que todos los pontífices recientes, hasta el papa Francisco, han acentuado la santificación en la vida ordinaria: “cumpliendo con honestidad y competencia tu trabajo y ofreciendo tiempo al servicio de los hermanos” [31].

1. La vida como combate.

El célebre santo español, que fue militar, san Ignacio de Loyola ha influido fuertemente en la cultura a través del testimonio de su persona, de la creación de la Compañía de Jesús, a modo de soldados de Cristo, y de su gran obra “Ejercicios Espirituales”. En ella, cuando aborda “la meditación de las dos banderas”, en el cuarto día de la segunda semana, nos muestra el mundo como un gran campo de batalla donde se enfrentan dos ejércitos. El cristiano debe saber escoger cuál es su lugar y bajo qué bandera combatir: la bandera de Cristo o la bandera del Maligno. Esta idea es esencial para el Papa Francisco en su Exhortación Apostólica Gaudete et Exsultate: “La vida cristiana es un combate permanente. Se requieren fuerza y valentía para resistir las tentaciones del Diablo y anunciar el Evangelio. Esta lucha es muy bella, porque nos permite celebrar cada vez que el Señor vence en nuestra vida” (GE 158).

El militar de nuestros días y de nuestro entorno cultural entiende que su vocación y profesión implica: lucha, enfrentamiento, riesgo y disposición de ofertar la propia vida por el bien y la libertad de la civitas [32]. Para ello requiere valores y virtudes que lo capaciten para garantizar la seguridad de sus compatriotas mediante la vigilancia, el discernimiento y llegado el momento librar el combate por la libertad y la paz. Pues bien, estos tres parámetros los encontramos en el quinto y último capítulo de Gaudete et Exsultate (158-177), donde el papa Francisco advierte que la vida cristiana es un combate que requiere “fuerza y valentía para resistir las tentaciones del Diablo y anunciar el Evangelio” [33].

Lo primero que hace un buen militar es conocer la situación, descubrir dónde está y cómo es la disposición del enemigo. Este procurará pasar desapercibido para que bajen la guardia de la vigilancia y agredir por sorpresa. Pues esto es lo que pasa hoy en día en la vida de muchos cristianos, están debilitados por la mundanidad y las pasiones, no creen en la existencia de Satanás, príncipe del mal, se empeñan en mirar para otro lado, viven sin sentido sobrenatural. Cuando se dan, cuentan la fuerza destructora del Maligno que, “nos envenena con el odio, con la tristeza, con la envidia, con los vicios… Y así, mientras nosotros bajamos la guardia, él aprovecha para destruir nuestra vida, nuestras familias y nuestras comunidades” (GE 161).

El militar cristiano tiene que entender bien, que el reconocimiento de la existencia de las fuerzas destructivas del mal, desde el punto de vista espiritual en su propia vida, también le ayuda en su profesión a ver cómo el misterio de la iniquidad está detrás de esta: “Tercera Guerra Mundial en fragmentos”. Satanás, es el gran seductor del mundo entero. No quiere el bien de la humanidad, sino su propia destrucción. No estamos ante un mito, sino ante un ser personal, enemigo número uno de la salvación del hombre.

Esta realidad maligna que envuelve al sujeto y a la sociedad de cualquier cultura no es una ficción, sino que la padecemos cada uno y la sufren todas las naciones en tantos conflictos inexplicables. El mismo san Pablo decía: “Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí” (Rom 7,20). Esto no nos puede llevar a vivir en el miedo, que paraliza la existencia y nos hace perder media batalla. Hay que confiar en Dios y esa certeza nos conduce a no temer al Diablo, pero sí a respetarlo, porque es el peor enemigo que podemos tener. Ante ello: “El mejor contrapeso” es no sentirnos solos en esta lucha contra las fuerzas del mal: “Sabemos que todo el que ha nacido de Dios no peca, sino que el Engendrado de Dios le guarda y el Maligno no llega a tocarle. Sabemos que somos de Dios y que el mundo entero yace en poder del Maligno” (1Jn 5,18-19). Nuestro Rey y Señor sale a pelear con la criatura [34]: “Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?” (Rom 8,31).

Ahora bien, ¿Cómo saber si algo viene del Espíritu o si su origen está en el espíritu del mundo o en el espíritu del Diablo? Dicho en términos castrenses: “es correcta la información que tiene el mando”. La única forma de saberlo es contrastar los datos y discernir entre ellos. Los componentes de un destacamento de un ejército moderno en cualquiera de las misiones internacionales de paz, deben adquirir la sabiduría del discernimiento para diferenciar entre lo que observa y lo que le dictan sus propias convicciones. Así, evitar convertirse fácilmente en marionetas a merced de los juegos políticos y de las tendencias de los habitantes del lugar que deben defender. Solo quien está dispuesto a escuchar tiene la libertad para contrastar y, de ser necesario, renunciar a su propio punto de vista parcial o insuficiente, a sus costumbres, a sus esquemas.

También en el orden espiritual el “soldado de Cristo” debe saber discernir en cada momento la voluntad de Dios y aquello que procede de los engaños del diablo, por eso dice taxativamente el Papa en su Exhortación: “El discernimiento no es un autoanálisis ensimismado, una introspección egoísta, sino una verdadera salida de nosotros mismos hacia el misterio de Dios, que nos ayuda a vivir la misión a la cual nos ha llamado para el bien de los hermanos” (GE 175). De ahí, que el discernimiento, no solo supone una buena capacidad de razonar o un sentido común, es también un don que hay que pedir al Señor en cada momento.

El camino hacia la santidad es una lucha constante, que exige sacrificios y renuncias como hacen los soldados de los ejércitos de este mundo. Quien no quiera reconocerlo se verá expuesto al fracaso, a la mediocridad y a la corrupción espiritual donde termina aceptando como lícito: el engaño, la calumnia, el egoísmo y tantas formas sutiles de autorreferencialidad. Sin vida ascética no hay santidad: “Porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, pero qué estrecha es la puerta y qué angosto el camino que lleva a la vida, y pocos dan con ellos” (Mt 7,14).

Un prudente y valiente soldado antes de entrar en lucha sabe con qué armas cuenta y cuáles son las del enemigo, porque al campo de batalla no se sale a ciegas. Del mismo modo, en la vida personal de fe debemos saber que las armas del Maligno son siempre: mentira, seducción, manipulación, ceguera mental…etc. Mientras que “la milicia de Cristo” [35] cuenta con las armas poderosas que nos ofrece la Iglesia: la gracia divina que nos precede y acompaña, la oración, la meditación de la Palabra de Dios, la celebración de la Misa, la adoración eucarística, la reconciliación sacramental, la devoción a la Virgen, las obras de caridad, la vida comunitaria, el empeño misionero. El Papa dice: “Jesús mismo festeja nuestras victorias. Se alegraba cuando sus discípulos lograban avanzar en el anuncio del Evangelio, superando la oposición del Maligno y celebraba: «Estaba viendo a Satanás caer del cielo como un rayo» (Lc 10,18)” (GE 159).

2. Falsificaciones de la santidad.

En el capítulo segundo de la Gaudete et Exsultate (. 35-62), el Papa Francisco, siguiendo las formas militares del pensamiento de san Ignacio de Loyola, una vez que ha planteado la santidad de la vida cotidiana como un combate, expone cuáles son las falsificaciones históricas de la santidad que intentan desviar al hombre en el camino hacia Dios, tales son: Gnosticismo y Pelagianismo. Se trata de dos viejas herejías que proceden de los primeros siglos del Cristianismo y que de una manera u otra se encuentran presentes en la cultura de hoy y que: “Expresan un inmanentismo antropocéntrico disfrazado de verdad católica. En los dos casos, ni Jesucristo ni los demás interesan verdaderamente” (GE 35). Luego destruye los dos ejes centrales de la santidad cristiana: el “hombre”, que se santifica mediante la gracia y “Dios”, origen de la santidad que: “Quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1Tom 2,4).

Ya el Papa en su Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium en el inicio de su pontificado nos pone en aviso de que “No es posible imaginar que de estas formas desvirtuadas de cristianismo pueda brotar un auténtico dinamismo evangelizador” (EG 94). Ahora, en esta nueva exhortación, desarrolla magistralmente cómo se actualizan estos dos enemigos de la santidad cristiana.

El Gnosticismo es un conjunto de corrientes sincréticas filosófico-religiosas. Se habla de un gnosticismo pagano y de un gnosticismo cristiano, según este pensamiento heterodoxo, los iniciados no se salvan por la fe en el perdón de sus pecados por la gracia del sacrificio de Cristo, sino que se salvan mediante la gnosis, o conocimiento introspectivo de lo divino, que es un conocimiento superior a la fe. Ni la sola fe ni la muerte de Cristo bastan para salvarse. La religión y la moral quedan reducidas a un proceso naturalista sin que la voluntad tenga algo que decir. El ser humano es autónomo para salvarse a sí mismo [36].

La versión actual de esta herejía consiste en que la perfección de la persona, la santidad, radica en los conocimientos que acumule y no en la caridad. Estamos ante un subjetivismo de la razón que reduce “la enseñanza de Jesús a una lógica fría y dura que busca dominarlo todo” (GE 39). Prefiere “un Dios sin Cristo, un Cristo sin Iglesia, una Iglesia sin pueblo”. A veces, se vuelve tan engañosa que se disfraza de espiritualidad desencarnada, con el objetivo de domesticar “el misterio de Dios y de su gracia, como el misterio de la vida de los demás”. Esta “careta de santidad” no soporta que “Dios nos supera infinitamente, siempre es una sorpresa y no somos nosotros los que decidimos en qué circunstancia histórica encontrarlo, ya que no depende de nosotros determinar el tiempo y el lugar del encuentro” (GE 41).

Su planteamiento es el orgullo humano del que se cree más perfecto que el mismo Dios e ignora a sus semejantes. Todo se mide desde su “sublime y secreto conocimiento”, que da mucha apariencia de hombre “sabio y actual” pero luego hay superficialidad y carencia del fondo católico. El “humus” cultural del gnosticismo ha invadido el tejido social actual del cristianismo, donde el positivismo racionalista quiere explicar toda la existencia humana e intenta dominar la trascendencia de Dios, diciendo dónde está o no está desde sus supuestas certezas. En cambio, “si nos dejamos guiar por el Espíritu más que por nuestros razonamientos, podemos y debemos buscar al Señor en toda vida humana” (GE 42).

La otra herejía que nace también de la soberbia es el Pelagianismo que gira alrededor de la libertad humana, de la gracia y de la salvación. Aunque creen en Dios, piensan que el ser humano puede salvarse por sí mismo, debido a que la humanidad está libre de culpa y ha quedado sin sentido que el bautismo nos redima del supuesto pecado original. Además, defienden que la gracia no tiene ningún papel en la salvación, únicamente es importante obrar bien siguiendo el ejemplo de Jesús37. El Papa dirá: “lo que el poder de los gnósticos atribuirán a la inteligencia humana, algunos comenzaron a atribuir a la voluntad humana, al esfuerzo personal. Así surgieron los pelagianos y los semipelagianos…Se olvidaba que todo depende no del querer o del correr, sino de la misericordia de Dios y que él nos amó primero” (GE 48).

Esta segunda “falsificación de la santidad” radica en la no aceptación de los límites humanos, en el no reconocimiento de nuestras faltas y pecados. Sin esta conformidad básica de la fragilidad de la naturaleza humana, el hombre se basta a sí mismo y no se abre el misterio de la gracia divina que es fundamental para el encuentro con Dios: “Para poder ser perfectos, como a Él le agrada, necesitamos vivir humildemente en su presencia, envueltos en su gloria; nos hace falta caminar en unión con Él reconociendo su amor constante en nuestras vidas” (GE 51). Los santos evitan depositar la confianza en sus acciones, porque han experimentado, como dice el Catecismo, que: “El don de la gracia sobrepasa las capacidades de la inteligencia y las fuerzas de voluntad humana” (CAT 1998).

En la actualidad, los nuevos pelagianos son aquellos que dan más valor a las formas que al fondo de la experiencia cristiana que lleva a la santidad. Así, manifestarán: “la obsesión por la ley, la fascinación por mostrar conquistas sociales y políticas, la ostentación en el cuidado de la liturgia, de la doctrina y del prestigio de la Iglesia, la vanagloria ligada a la gestión de asuntos prácticos, el embeleso por las dinámicas de autoayuda y de realización autorreferencial. En esto algunos cristianos gastan sus energías y su tiempo, en lugar de dejarse llevar por el Espíritu en el camino del amor, de apasionarse por comunicar la hermosura y la alegría del Evangelio y de buscar a los perdidos en esas inmensas multitudes sedientas de Cristo” (GE 57).

Las versiones actuales del gnosticismo y del pelagianismo complican la vida de la Iglesia y lesionan a sus miembros en el camino de la santidad. Porque como dice la Evangelii Gaudium: “En todos los casos, no lleva el sello de Cristo encarnado, crucificado y resucitado, se encierra en grupos elitistas, no sale realmente a buscar a los perdidos ni a las inmensas multitudes sedientas de Cristo. Ya no hay fervor evangélico, sino el disfrute espurio de una autocomplacencia egocéntrica. En este contexto, se alimenta la vanagloria de quienes se conforman con tener algún poder y prefieren ser generales de ejércitos derrotados antes que simples soldados de un escuadrón que sigue luchando” (EG 95-96).

CAPÍTULO IV
CÓMO SER SANTO Y MILITAR EN EL SIGLO XXI

Cuando olvidamos o no valoramos suficientemente los modelos de perfección, suelen florecer los vicios que degradan la virtud y hacen que reine la indisciplina y el individualismo que tanto se da en la sociedad contemporánea. El testimonio de los santos militares y de los militares santos desde los albores del cristianismo hasta nuestros días, nos hablan de dos grandes principios. Primero: la milicia y la santidad no son parcelas antagónicas. Segundo: la diferencia fundamental entre héroe y santo cristiano se halla en que este último justifica su vida y sus acciones, que muchas veces son heroicas, por la búsqueda de la gloria de Dios y el bien de los hombres; esa intencionalidad básica marca la vida en su totalidad (cf. LG 40).

El militar “por sus peculiares condiciones de vida” (SMC 3), requiere una espiritualidad de servicio a su patria, que se caracteriza por: sentido de pertenencia a un ejército, fortaleza de alma, valentía de espíritu, defensa de la seguridad del bien común y ser constructores de paz. La llamada de Jesús en el Sermón de la montaña: “Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5,48). No entra en contradicción con el ejercicio de esta profesión “entre armas”, sino que es un acicate en el crecimiento permanente en las virtudes castrenses y espirituales, que ayuda a los militares, guardias civiles y policías, en el honrado cumplimiento de sus deberes constitucionales acerca de la defensa, la libertad y la seguridad de España.

Como dice el Concilio Vaticano II: “desempeñando bien esta función contribuyen realmente a estabilizar la paz” (GS 79) . En la realización honesta de dicha tarea, se encuentra su propia santificación como cristiano militar. Así de claro lo expresó Benedicto XVI: “Pienso, en particular, en el ejercicio de la caridad en el soldado que socorre a las víctimas de los terremotos y de los aluviones, así como a los prófugos, poniendo a disposición de los más débiles su propia audacia y su propia competencia. Pienso en el ejercicio de la caridad en el soldado comprometido ocupado en desactivar minas, con riesgo y peligro personal, en las zonas que han sido teatro de guerra, así como también en el que, en el ámbito de las misiones de paz, patrulla ciudades y territorios a fin de que los hermanos no se maten entre sí” [38].

1. Las bienaventuranzas, camino para la paz.

A la pregunta: ¿qué es ser santo?, el Papa Francisco responde en el tercer capítulo de la Exhortación Apostólica Gaudete et Exsultate ( 63-94) cuando plantea las Bienaventuranzas como “el carnet de identidad del cristiano” que debemos transparentar en lo cotidiano, en nuestro caso en los lugares y personas que componen el mundo castrense y civil de nuestros militares, guardias civiles y policías.

La palabra feliz o bienaventurado, es sinónimo de santo, porque expresa que la persona ha puesto a Dios en el centro de su corazón y es fuente de la verdadera dicha. Las exigencias éticas de Jesús en el nuevo Sinaí, que es el monte de las bienaventuranzas, va a contracorriente de lo que comúnmente se piensa para alcanzar el gozo en esta sociedad. Sin embargo, este es el programa de vida del cristiano que desea tener el estilo de Jesús de Nazaret y manifestar con ello la santidad del “Padre celestial” (Mt 5, 48).

A simple vista, las bienaventuranzas pueden parecer que nada tienen que ver con el mundo militar, donde parece que hay un predominio de la fuerza, del mando, del poder y del triunfo. Hagamos un breve recorrido por la versión de san Mateo que aparece en la Gaudete et Exsultate.

Comienza este gran discurso (Mt 5,1-12) llamando “Felices los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”. No es una beatificación de la pobreza sociológica porque eso sería un auténtico mal. La mentalidad antigua y moderna ve la riqueza como una bendición que hace al hombre feliz, pero todos sabemos que la fortuna no te asegura nada. En cambio, “El Evangelio nos invita a reconocer la verdad de nuestro corazón, para ver dónde colocamos la seguridad de nuestra vida”. Esta primera bienaventuranza tiene su evocación castrense en la virtud básica que ha de brillar en un buen militar como es: humildad, sencillez, transparencia, que evita toda arrogancia y prepotencia frente a los subordinados y a la ciudadanía.

Felices los mansos, porque heredarán la tierra. Muchas veces vivimos en tensión y engreimiento ante los demás, por representar aquello que no somos. En cambio, cuando aceptamos nuestros límites sin amarguras, ponemos nuestra confianza solo en Dios, y no nos escandalizamos de las debilidades del otro, surge la virtud de la mansedumbre que tanto cautivaba a la muchedumbre que seguía a Jesús. Reaccionar con cuidada mesura y humilde mansedumbre en la tarea y la adversidad de cada día, eso es santidad. Muchas veces los militares, guardias civiles y policías tienen que hacer frente a múltiples peligros donde es fácil caer en actos de violencia extrema. Esta bienaventuranza les recuerda a los “centinelas de la paz”, las virtudes de la abnegación y temple en el cumplimiento del deber.

Felices los que lloran, porque ellos serán consolados. El mundo prefiere la risa sin sentido al llanto doloroso por el compañero perdido. Si hay un colectivo social que “sabe llorar con los que lloran” (Rm 12,15) y que experimenta que nuestro Dios, es “Dios de todo consuelo” (Is, 40), son los miembros de las Fuerzas Armadas y Cuerpos de Seguridad que conocen que en cualquier momento puede saltar la mala noticia del desastre, sea en terreno de paz o en operaciones en países en conflicto. Es en esa situación donde el militar pone en juego los valores castrenses del patriotismo, compañerismo, honor y lealtad. Saber llorar con los demás, esto es santidad.

Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos quedarán saciados. Ante tantos fracasos de la justicia humana, aquí Jesús habla de aquellos pobres que no esperan nada de este mundo y sólo saben que su “hambre y sed de justicia” la colmará el Señor, “Él es nuestra justicia” (Jer 23,6). Esa fe en la justicia divina no es sólo para la otra vida, sino que aquí se ven muchas cosas, y como dice el dicho popular: “Dios, no se queda con nada de nadie y da a cada uno lo suyo”. La virtud de la justicia también es clave en la vida del militar, como dice el artículo 18 de las Reales Ordenanzas: “Propiciará, con su actuación, que la justicia impere en las Fuerzas Armadas de tal modo que nadie tenga nada que esperar del favor ni temer de la arbitrariedad”. Colmar el hambre y sed de justicia que reclaman nuestros hermanos, eso es santidad.

Felices los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. ¿Por qué son beatificados los misericordiosos? Porque son aquellos que van más allá de la simple justicia y su conducta se halla en la misma línea de la del “Buen Padre Dios”: amor, comprensión, perdón, compasión, ayuda. Todo ello es contrario a la venganza que tanta violencia engendra, y se sitúa en saber “perdonar setenta veces siete” (Mt 18,22). En la medida que las virtudes de la comprensión y tolerancia las usemos para comprender y perdonar a los otros, se nos aplicará a nosotros. El militar como servidor público ha de brillar por su espíritu de servicio donde en muchas ocasiones tiene que ser comprensivo y tolerante con las situaciones y las personas, por el bien de la misión encomendada. Así, “Cuando manda o cuando obedece lo hace por y para el Servicio” (cf. RR.OO, V 13,10). Ejercer la misericordia en todo y con todos, eso es santidad.

Felices los de corazón limpio, porque ellos verán a Dios. Es aquel que actúa no sólo con caridad, sino con claridad. El corazón en la Biblia son nuestras intenciones verdaderas, lo que realmente buscamos y deseamos, más allá de lo que aparentamos. Son esos propósitos que nacen de un alma que no tiene dobleces, los que originan los deseos y las decisiones más profundas que realmente nos mueven. Porque de la abundancia de la pureza de corazón, habla la boca. Al militar no le viene el honor por el uniforme que viste (no adorna el vestido al pecho), sino por cumplir bien lo que su vocación y profesión le ordena (que el pecho adorna al vestido). La dignidad personal de un militar se mide por la nobleza de su corazón, por la verdad y sinceridad que muestran sus palabras y por el valor que muestran sus acciones ante el peligro. Mantener limpio el corazón de deseos tóxicos, eso es santidad.

Felices los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Quien trabaja por lograr la paz entre los hombres actúa como Dios mismo, porque Dios es el Dios de la paz (Rom 15,33). Esta bienaventuranza no solo se refiere a situaciones de conflictos bélicos, sino también abarca el nivel de relaciones personales y sociales cuando estas se encuentran marcadas por “el mundo de las habladurías, hecho por gentes que se dedican a criticar y a destruir, no construyen la paz. Esa gente más bien es enemiga de la paz y de ningún modo bienaventurada” (GE 87). Conocedores de primera mano de los sufrimientos que se viven en los territorios donde no hay paz, los militares son en su esencia pacíficos guerreros que buscan alejar la violencia allá donde van, no son señores de la guerra, por eso mismo con razón, san Juan Pablo II los llamó: “centinelas de la paz”. Como dice el Papa Francisco: “Se trata de ser artesanos de la paz, porque construir la paz es un arte que requiere serenidad, creatividad, sensibilidad y destreza”. Sembrar paz y concordia a nuestro alrededor, es santidad.

Felices los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Esta “carta magna” de las bienaventuranzas, termina con un tono menos universal y abstracto, más concreto y personal. Era la experiencia intensa vivida por los discípulos, que ya sabían que la suerte que corrió el Maestro también les alcanzaba a ellos. La cruz es la patria permanente para el cristiano y muchas veces las ambiciones del poder y los intereses mundanos juegan en contra nuestra y las persecuciones son una realidad diaria que se manifiesta de muchas formas en esta sociedad descreída [39]. En tiempos de adversidades y turbulencias como los que estamos pasando los cristianos, las virtudes castrenses de paciencia y serenidad nos hacen mirar al futuro con esperanza, sabiendo que eso que parece en este momento tan grave, pasará, como pasa todo. No viene mal recordar lo que dicen las Reales Ordenanzas: “Todo mando en combate ha de inspirar a sus subordinados valor y serenidad para afrontar los riesgos” (art. 93). Cuando se desea y se ama la paz, se acepta la contrariedad con fortaleza y valentía. También eso es santidad.

2. Caminando juntos, compartiendo la vida.

Nadie se hace santo por su cuenta, aún las formas de vida cristiana más extraordinarias como pudieran ser los antiguos anacoretas no olvidaron la dimensión fraterna y solidaria de la fe. Dice el Papa Francisco: “Nadie se salva solo, como individuo aislado, sino que Dios nos atrae tomando en cuenta la compleja trama de las relaciones interpersonales que se establecen en la comunidad humana: Dios quiso entrar en una dinámica popular, en la dinámica de un pueblo” (GE 6). Por la fe y el bautismo somos incorporados al nuevo pueblo de Dios, que es la Iglesia, que existe hace más de veinte siglos, y que por tanto nos precede, como también nos ha precedido, en el orden de la salvación: “En la Iglesia, santa y compuesta de pecadores encontrarás lo que necesitas para crecer hacia la santidad. El Señor la ha llenado de dones con la Palabra, los sacramentos, los santuarios, la vida de las comunidades, el testimonio de los santos y una múltiple belleza que procede del amor del Señor” (GE 15).

De esa fuente inagotable que es el amor de Cristo, nace el amor a los hermanos que será el distintivo de los discípulos de Jesús: “Mirad cómo se aman y están dispuestos a morir el uno por otro” (Tertuliano). Si queremos ser santos tenemos que ver el rostro del Señor en aquellos con los que Él mismo ha querido identificarse: “Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme” (Mt 25, 35-36). El amor a Dios tiene su dimensión horizontal en el amor al prójimo, de manera especial hacia los más desvalidos. De tal manera es así, que en estas obras de misericordia nos jugamos la salvación o la condenación, por eso diría san Juan de la Cruz: “Al atardecer de la vida, seremos juzgados en el amor”. Este es “El gran protocolo” que Francisco desarrolla en la segunda parte del capítulo tercero de la Gaudete et Exsultate (. 95- 109).

La misericordia es “el corazón palpitante del Evangelio”. Es un tipo de amor que llega hasta la miseria más recóndita que pueda haber en el alma de una persona. Cristo es la personificación de ese amor, en cuanto es la “misericordia del Padre” para la humanidad. En Mateo 25,31-46, se nos revela cuáles son los verdaderos sentimientos de Cristo, con los que todoslos santos han intentado configurarse: “Por lo tanto, no se trata de un invento de un Papa o de un delirio pasajero. Nosotros también, en el contexto actual, estamos llamados a vivir el camino de iluminación espiritual que nos presentaba el profeta Isaías cuando se preguntaba qué es lo que agrada a Dios: «Partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, cubrir a quien ves desnudo y no desentenderte de los tuyos. Entonces surgirá tu luz como la aurora» (Is 58,7-8)” (GE 103).

No podemos plantearnos un ideal de santidad que ignore las injusticias de este mundo, que se muestran en tantos rostros como los no nacidos, la eutanasia encubierta en los enfermos y ancianos privados de atención, las nuevas formas de esclavitud, la trata de personas, los emigrantes, las víctimas de las guerras y de los malos tratos, y en fin, en toda forma de descartes. Desde esta perspectiva, el verdadero culto a Dios estará cuando hemos sabido integrar el servicio a los pobres con la oración. Porque: “Quien de verdad quiera dar gloria a Dios con su vida, quien realmente anhele santificarse para que su existencia glorifique al Santo, está llamado a obsesionarse, desgastarse y cansarse intentando vivir las obras de misericordia” (GE 107).

Nuestros militares, guardias civiles y policías son colectivos que se han de comportar en todo momento con lealtad y compañerismo, asumiendo solidariamente el cumplimiento de sus misiones y contribuyendo a la unidad de vida y acción (cf. RR.OO., art. 10). A lo largo de los siglos ha habido multitud de ejemplos de ese caminar juntos, compartiendo la vida que ha permitido las más grandes y gloriosas hazañas. Esta fraternidad de fondo es algo intrínseco a la vocación militar y se muestra de un modo especial en la ayuda y protección civil, de modo especial, a los más débiles. Véase actualmente la ayuda de nuestras Fuerzas Armadas en la Operación Sophia contra el tráfico de seres humanos, el rescate de tantos emigrantes que hace la Guardia Civil y el socorro que presta la Policía a indigentes en la gran ciudad. Así mismo, también está la operación Atalanta que lucha contra la piratería moderna y el auxilio que la Unidad Militar de Emergencias (UME) presta en catástrofes naturales. La misma mano que es capaz de proporcionar la protección armada, está dispuesta, y lo demuestra a diario, a socorrer y aliviar el sufrimiento de propios y ajenos.

Estas pocas referencias, aunque se podrían poner más ejemplos, testifican que el militar cristiano que desee ser santo no tiene que dejar su profesión, sino que en el ejercicio de la misma, se “toca la carne de Cristo”, en todos los emigrantes rescatados y en tanta indigencia socorrida, en misiones internacionales como en el ámbito nacional. Los valores castrenses y la dimensión social de la profesión militar hablan de que en el ámbito militar se puede vivir y testimoniar las bienaventuranzas y el protocolo del juicio final en el siglo XXI.

CAPÍTULO V
ARTESANOS DE LA PAZ ENTRE LAS ARMAS

El militar, como cualquier otro ciudadano, siente el enérgico atractivo de los bienes de este mundo y una fuerte confianza en la técnica moderna de seguridad ante los peligros bélicos Ello le puede alejar de plantearse seriamente el seguimiento de Cristo como respuesta última de su existencia: ¿Para qué hacerse cristiano? ¿Qué me da el cristianismo que ya no tenga? Tenemos que saber dar motivaciones humanas y sobrenaturales de que hemos sido creados para la felicidad, para una vida plena, no para una existencia mediocre, sino que el Señor nos eligió “para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor”(Ef 1,4).

La Exhortación Apostólica Gaudete et Exsultate en su capítulo cuarto ( 110-157) comienza refiriéndose a: “Algunos riesgos y límites de la cultura de hoy. En ella se manifiestan: la ansiedad nerviosa y violenta que nos dispersa y nos debilita; la negatividad y la tristeza; la acedia cómoda, consumista y egoísta; el individualismo, y tantas formas de falsa espiritualidad sin encuentro con Dios que reinan en el mercado religioso actual” (GE 111). Frente a estos peligros el Papa propone “algunas notas de la santidad en el mundo actual”, como son: aguante, paciencia, mansedumbre, audacia, fervor, alegría y sentido del humor. Todas ellas muy necesarias y prácticas para que el militar pueda llegar a ser un “santo centinela de la paz” entre las armas.

Ahora bien, la paz ha de estar basada en la justicia (cf. St 3,18), en el respeto de los derechos humanos y en que se promueva el justo desarrollo de todos los pueblos. El sistema de disuasión de la carrera de armamentos: “No es camino seguro para conservar firmemente la paz, y que el llamado equilibrio que de ella proviene no es la paz segura y auténtica” (GS 81). Además denuncia el Papa Francisco que: “La guerra siempre produce daños graves al medio ambiente y a la riqueza cultural de la población y, los riesgos se agigantan cuando se piensa en las armas nucleares y en las armas biológicas” (LS 57).

¿Cómo pueden ser los militares artesanos de la paz cuando su misma profesión se desarrolla entre armas? Parece una contradicción, pero no lo es. Comencemos diciendo que el futuro de la paz en esta “aldea global” no depende únicamente de las necesarias reformas estructurales, económicas y financieras, sino de un cambio cultural y antropológico centrado en una visión integral del hombre [40]. Además, ante los nuevos desafíos que plantea el terrorismo internacional y otros males modernos, se requiere una mejor capacitación profesional, ética y moral en el uso de las “nuevas armas” defensivas, que las naciones libres y democráticas se ven obligadas a poseer de manera equilibrada y adecuada. Sigue siendo válida la afirmación del Concilio Vaticano II: “Los que, al servicio de la patria, se hallan en el ejercicio, considérense instrumentos de la seguridad y libertad de los pueblos, pues desempeñando bien esta función contribuyen realmente a estabilizar la paz” (GS 79). Desde esta perspectiva, las nuevas generaciones aprenderán que la paz es una gracia que viene de Dios, pero a la vez exige ser agentes activos, cada uno desde su condición y profesión. Los militares, en palabras de Francisco, son también considerados artesanos de la paz y ese: “es un arte que requiere serenidad, creatividad, sensibilidad y destreza” (GE 89).

1. Militares, defensores de la dignidad humana y de la libertad de los pueblos.

Las Fuerzas Armadas y los Cuerpos de Seguridad del Estado en España gozan de un alto reconocimiento por parte de la población y de la opinión pública. Sin embargo, nuestras sociedades occidentales no están libres de prejuicios antimilitaristas que vienen, en la mayoría de los casos, de un gran desconocimiento de las leyes y reglamentos que configuran la milicia en sus grandes acciones bélicas y que tiene como “piedra angular”, la dignidad humana y la libertad de los pueblos.

Con respecto al Derecho Internacional Humanitario nuestras Reales Ordenanzas afirman: “El militar conocerá y difundirá, así como aplicará en el transcurso de cualquier conflicto armado u operación militar, los convenios internacionales ratificados por España relativos al alivio de la suerte de los heridos, enfermos o náufragos de las Fuerzas Armadas, al trato a los prisioneros y a la protección de las personas civiles, así como los relativos a la protección de bienes culturales y a la prohibición o restricciones al empleo de ciertas armas” (art. 106).

El recuerdo de la dignidad humana inviolable de la persona, se hace cada vez más necesario porque protege la inteligencia contra los riesgos de la contaminación de las ideologías que luchan contra el hombre, como es el caso del terrorismo que se iguala a los totalitarismos comunistas y nazis. También despierta en los ciudadanos los valores a los que están unidos y el deber de vigilar a que sus gobiernos, elijan los medios éticos en la defensa ante los nuevos agresores de las sociedades libres. En esta cuestión, los ejércitos y las fuerzas de orden en general, al igual que las instituciones judiciales de cada país, están cada vez más involucradas en la lucha contra el terrorismo [41].

Asimismo, nuestros militares han de cumplir los principios esenciales de Derecho Internacional Humanitario ratificados por España en los Convenios de Ginebra y sus protocolos adicionales [42], como también están guiados en sus misiones y operaciones por el conjunto de normas jurídicas que regulan los conflictos armados y limitan sus consecuencias sobre la población, los combatientes y los bienes materiales. El buen militar asume esta doctrina internacional como un compromiso moral universal allende personas y circunstancias, viviendo el servicio de la defensa de la Patria con la vocación cristiana del soldado que le lleva a ser, con expresión de Juan Pablo II: “un centinela de la paz”. Porque si algo diferencia al militar del mercenario o del injusto agresor es unir en el ius in bello y el ius ad bellum los valores cristianos con el cumplimiento del deber bajo los principios del Derecho Humanitario Militar.

La santificación personal del militar se perfecciona en este cumplimiento del Derecho Internacional Humanitario desde los principios del humanismo cristiano43 cuando “construye con la ayuda de Dios los ideales de justicia universal en aras de la paz entre los pueblos del mundo” [44]. Unos ideales evangélicos que aparecen en documentos de Naciones Unidas [45], en la jurisprudencia del Tribunal de la Haya o en los propios artículos del Régimen Interior de cada Ejército. Así como ampliamente desarrollado por el Magisterio Pontificio de los últimos tiempos, que configura lo que se ha denominado llamar “la cultura de la paz” de la Doctrina Social de la Iglesia.

El militar en sus valores cristianos es consciente de su poder armado, de su responsabilidad de proteger al débil y defender los derechos fundamentales de la persona, de la importancia de considerar al adversario, aunque sea el peor de los terroristas, un ser humano aún en el legítimo uso de las armas y conocimientos militares. En tiempos de guerra y de paz, el militar no olvida las palabras de Juan XXIII, cuando recordaba que hay que combatir toda violencia humana en aras de la paz de los pueblos, que se sostiene por la verdad, la justicia, el amor y la libertad [46].

Estos principios que superan las creencias y se adentran en los valores supremos de la dignidad de la persona afectan a las reglas justas de combate en los conflictos armados. En el caso del militar cristiano, éste valora al enemigo armado como un ser humano e hijo de Dios.

Por lo tanto, la santidad del militar se realiza en el cumplimiento de la defensa de la Patria y de la dignidad suprema del ser humano que hoy tienen muchas veces como escenario, las guerras asimétricas, cibernéticas y contra el terrorismo global. Esto no es tarea fácil, pero no imposible con la gracia de Dios. Porque como dice el Papa Francisco: “Tampoco se pretende ignorar o disimular los conflictos, sino aceptar sufrir el conflicto, resolverlo y transformarlo en el eslabón de un nuevo proceso…Sembrar paz a nuestro alrededor, esto es santidad” (GE 89: cf. EG 226-237). La mayor victoria de un militar es conquistar la Paz.

2. Capellanes castrenses, servidores de la cultura de la paz.

La constitución apostólica Spirituali militum curae, (SMC) de san Juan Pablo II en 1986, actualizó la reglamentación canónica de la atención espiritual a los militares, a los que ya el Concilio Vaticano II llamó “servidores de la paz” (cf. GS 79), con mucha más razón serán los pastores: los capellanes castrenses. Al ser un ministerium pacis inter arma, imprime un determinado sello en el ejercicio diario del sacerdocio, que requiere una formación específica para que sean auténticos expertos y maestros en llevar a plenitud la vocación bautismal y la pertenencia eclesial de los militares. Su labor consiste en anunciar a Jesucristo “Príncipe de la paz”, de manera misionera, itinerante, personal, salvífica y samaritana (SMC IV), contribuyendo con ello en la edificación de la cultura de la paz. De esta manera se responde a los dos valores fundamentales de la SMC: la persona y la paz.

En la actualidad se promueve el ideal de que las Fuerzas Armadas están al “servicio exclusivo de la defensa, de la seguridad y de la libertad de los pueblos” [47]. En un mundo donde priman valores intangibles toda asistencia es poca para alcanzar tales objetivos igualmente inmateriales. Al servicio de estos grandes valores están nuestros militares, que son asistidos en el orden religioso por la presencia y acompañamiento de los capellanes castrenses. Su ministerio es in situ, no desde fuera, sino viviendo con ellos, en sus alegrías y penas, en tiempo de paz o de conflicto y, por qué no, asumiendo los riesgos que imponen su presencia en los teatros de operaciones. Al fin y al cabo, con independencia del bienestar espiritual que proporcionan con su ministerio, contribuyen a dar estabilidad emocional a quienes deben actuar con prudencia y mesura en circunstancias de tensión. Es encarnándose en el mundo militar como el sacerdote ejerce su ministerio pastoral y en ese convivir día a día es como se descubre la grandeza del alma del soldado, el cual, está dispuesto a entregar su vida para garantizar los derechos de la legítima defensa, de nuestra independencia territorial y de la imprescindible libertad de España y de sus ciudadanos [48]. Sin los trabajos, esfuerzos y profesionalidad de nuestros militares, sin la labor acogedora, cercana y abnegada de nuestros capellanes, esta promoción de la cultura de la paz no sería posible en nuestro país ni en los demás países de nuestro entorno.

La presencia y actuación del capellán castrense no es fruto de ningún privilegio, ni de concesiones de un determinado régimen político. Se basa en el derecho constitucional de libertad religiosa, que conlleva que todo ciudadano deba ser atendido por los ministros de la confesión religiosa que profese, como así sucede en todos los países democráticos, por lo que estamos ante un derecho del militar creyente [49]. Además en nuestro caso, España cuenta con una larga tradición de más de tres siglos repleta de frutos humanos, sociales, culturales y espirituales de la fe católica vivida en el ámbito militar [50]. En estos momentos históricos, la presencia y compañía a las tropas españolas desplazadas en misiones internacionales representa no solamente la materialización de un derecho constitucional para los militares que están más allá de nuestras fronteras, sino también un gran bien social para sus familias, que ha generado una nueva imagen del capellán castrense en el siglo XXI.

Las exigencias culturales de estos tiempos, los desafíos eclesiales y la nueva configuración de los ejércitos, requieren de sacerdotes “convenientemente dotados” (SMC VI) en el orden espiritual, intelectual y pastoral. Han de tener un corazón fuertemente centrado en Dios, una sólida formación y una mente muy preparada para que puedan dar ejemplo y razones para creer, tanto a oficiales, suboficiales como a tropa. El Papa Francisco ha descrito muy bien su acción pastoral, espiritual y humana: “Estas personas [militares] y sus familiares requieren una atención pastoral específica, un desvelo que les permita percibir la cercanía maternal de la Iglesia. La función del capellán castrense consiste en acompañarlos y apoyarlos en su camino, siendo para todos una presencia consoladora y fraterna. Vosotros podéis derramar sobre las heridas de estas personas el bálsamo de la Palabra de Dios, que alivia los dolores e infunde esperanza; y podéis ofrecerles la gracia de la Eucaristía y de la Reconciliación, que alimenta y regenera el alma afligida… Los capellanes deben orar. Sin oración no podemos hacer todo lo que la humanidad, la Iglesia y Dios nos piden en este momento histórico”51.

En la memoria de muchos militares, guardias civiles y policías quedan la figura humana y espiritual de aquellos capellanes que se  caracterizaron en el pasado o descuellan en el presente, por las notas de santidad que el Papa Francisco expone en la Gaudete et Exsultate, (110-157). Las vivencias de esas virtudes hacen del capellán un “hombre de todos” que diariamente entrega su vida y ministerio sacerdotal al servicio y defensa de España. No busquemos a los capellanes y militares santos en el pasado, también en la actualidad, entre nosotros, en los cuarteles, buques, bases y demás centros militares tenemos ejemplos de la “santidad de la puerta de al lado…dejémonos estimular por los signos de santidad que el Señor nos presenta a través de los más humildes miembros” (GE 6-8).

CAPÍTULO VI
CONCLUSIÓN: UNA NUEVA MIRADA A NUESTROS PATRONOS

El Servicio de Asistencia Religiosa de las Fuerzas Armadas (SARFAS) en sus veintiocho años de existencia ha ido consagrando una figura de capellán, más pastor entre los militares, guardias civiles y policías y ha consolidado la alta estima que el “Páter” goza en el ejército español desde tiempo antaño. Ahora en el siglo XXI, el capellán católico ha de tener muy clara su identidad sacerdotal, en plena consonancia con lo que nos pide la Iglesia y el Santo Padre y a la vez ha de ser un hombre totalmente integrado en el mundo castrense moderno.

No es un sacerdote que se le invita a que celebre unos actos religiosos, sino que es un presbítero que vive su sacerdocio inmerso entre los guardianes de la paz. No es huésped, sino un miembro más de la milicia, que ejerce su ministerio eclesial siendo “el primer servidor de los servidores de la paz”. Digámoslo claro: la santidad de vida del capellán castrense hace mucho bien a la milicia y le da una “autoridad moral”, que es la mejor garantía de que su presencia siempre será reclamada por los servidores de “la seguridad, la defensa y la libertad” de nuestra Patria.

Una de las parcelas más interesantes que tenemos en nuestra pastoral castrense son las celebraciones de los “Patronos” [52]. Parafraseando una palabras de la GE, “una muchedumbre de santos de Dios protege, sostiene y conduce a la familia militar española” (nº 4). En estos tiempos de “sequía espiritual” y secularización de las costumbres, no se debería apagar el “pábilo vacilante” (Is 42,3), que representan nuestros triduos y celebraciones de los patronos de los Ejércitos, Armas, Cuerpos y entidades de Defensa. Deberíamos cuidar mucho más los contenidos: catequéticos, predicación, celebraciones, signos y organización, en la medida que se pueda y se nos permita dentro de la estructura militar en la que estamos. Nuestros cultos a los santos patronos no deben ser copias de los que puedan celebrar una parroquia territorial o unas hermandades, sino que ha de ser fruto del “Evangelio inculturado” (EG 126) en el mundo de los militares, guardias civiles, policías y con la trayectoria que cada advocación tiene en la realidad de cada ejército.

La piedad popular castrense merece una reflexión aparte a luz de lo que el Papa Francisco habla en la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, porque estamos ante una “mística popular…. una verdadera espiritualidad encarnada en la cultura de los sencillos. No está vacía de contenidos, sino que los descubre y expresa más por la vía simbólica que por el uso de la razón instrumental”. Las fiestas de nuestros patronos todavía tienen mucho que decir a nuestra feligresía del Ordinariato Militar de España y sobre todo el amor y la devoción a la Santísima Virgen, “Santa entre los santos”. Que Ella, nos mantenga firmes en la fe de nuestros mayores, alegres en la esperanza de tanta gente buena que nos rodea y de los que partieron a la Casa del Padre, perseverante en el amor de los discípulos del Señor Jesús, que nos impulsa a ser constructores de la paz entre los hombres.

Concluyamos, recordando el centenario del final de la Primera Guerra Mundial, donde más de nueve millones de combatientes perdieron la vida y en la que los capellanes castrenses desempeñaron una gran labor samaritana al lado de los heridos y moribundos. Pidamos a Dios que, en los tiempos presentes y venideros, nos libre de la amenaza continua de “una Tercera Guerra Mundial en fragmento”. Que la fuerza de santidad de tantos militares y civiles favorezca a edificar la cultura del encuentro y para que la buena política esté al servicio de la paz (Jornada de la Paz, 1 de enero 2019). A fin de que, se haga realidad, el reciente mensaje del Papa Francisco: “Todos queremos la paz. Y, más que nadie, la quieren aquellos que sufren por la ausencia de paz. Podemos hablar con palabras espléndidas, pero si en nuestro corazón no hay paz, no la habrá en el mundo. Con cero violencias y el cien por ciento de ternura, construyamos la paz evangélica que no excluye a nadie. Recemos juntos para que el lenguaje del corazón y del diálogo prevalezca siempre sobre el lenguaje de las armas” [53].

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✠ Juan del Río Martín
Arzobispo Castrense de España

Madrid 8 de diciembre de 2018
Solemnidad de la Inmaculada
Concepción de Santa María Virgen
Patrona de España

 


[1] Benedicto XVI, Discurso a los Ordinarios Militares, Roma 22.10. 2011.

[2] Francisco, Exhortación Apostólica, Gaudete et Exsultate, Roma 2018, nº 34.

[3] Cf. Cartas Apostólicas Tertio Millennio Adveniente, y Novo Millennio Ineunte.

[4] Francisco, Homilía, Santa Marta, Ciudad del Vaticano 09.06.2014.

[5] Cf. J. López Teulón, Bajo la bandera de Jesús, Arzobispado Castrense de España, Madrid 2016.

[6] Benedicto XVI, Discurso a los Ordinarios Militares, Roma 22.10. 2011.

[7 ] “La legítima defensa puede ser no solamente un derecho, sino un deber grave, para el que es responsable de la vida de otro. La defensa del bien común exige colocar al agresor en la situación de no poder causar perjuicio. Por este motivo, los que tienen autoridad legítima tienen también el derecho de rechazar, incluso con el uso de las armas, a los agresores de la sociedad civil confiada a su responsabilidad”. Catecismo de la Iglesia Católica, nnº. 2265.

[8] Benedicto XVI, Discurso a los Ordinarios Militares, Roma 22.10. 2011.

[9] “Todo ciudadano y todo gobernante está obligado a empeñarse en evitar las guerras…Se ha de considerar con rigor las condiciones estrictas de una legítima defensa mediante la fuerza militar…para que se de una guerra justa”. Catecismo de la Iglesia Católica, nnº 2307-2310. Un planteamiento actual del tema puede verse: G. Tejerina, “La guerra justa. Un ensayo de racionalización de la violencia”: Acontecimiento, nº 127/2018, p. 29-33.

[10] Como diría en su momento el célebre militar e historiador prusiano Carl von Clausewitz (1780-1831): “La guerra es la continuación de la política por otros medios”, De la Guerra, Madrid 2014, p. 24; Cf. R. Gómez Pérez, Ética y profesión militar. Material para la formación castrense, Arzobispado Castrense de España, Madrid 2013, p.126-130.

[11] Sobre la necesidad de proteger la paz, decía en 1986 Juan Pablo II: “La paz exige la conciencia de una responsabilidad común y de una colaboración solidaria cada vez más amplia, a nivel regional, continental, de todo el mundo, más allá de los bloques o egoísmos colectivos”, Discurso al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, Roma 11.01.1986.

[12] “No es fácil saber si el mundo actualmente es más o menos violento de lo que fue en el pasado, ni si los modernos medios de comunicación y la movilidad que caracteriza nuestra época nos hace más conscientes de la violencia o más habituados a ella. En cualquier caso, esta violencia que se comete “por partes”, en modos y niveles diversos, provoca un enorme sufrimiento que conocemos bien: guerras en diferentes países y continentes; terrorismo, criminalidad y ataques armados impredecibles; abusos contra los emigrantes y las víctimas de la trata; devastación del medio ambiente.”. Francisco, Mensaje de la 50 Jornada Mundial de la Paz, 2017.

[13] Cf. A. Muñoz Grandes, Sociedad y milicia. Dos retos a vencer en el Siglo XXI. Activación de la conciencia de defensa nacional. Reafirmación de las virtudes militares, Madrid 2010, p. 37.

[16] Una postura crítica sobre el axioma “Si quieres la paz, prepara la guerra”, puede verse, L. Ferreiro: “Si vis pacem, para pacem. El combate por la paz”: Acontecimiento, nº 127/2018, p.56-61.

[17] Francisco, Discurso a los participantes del IV Curso de Formación de Capellanes Castrenses en Derecho Internacional Comunitario, Roma 26.10.2015.

[18] Ibidem.

[19] Son interesantes las declaraciones de Francisco a los periodistas en el vuelo de regreso de Turquía: “Estoy convencido de que estamos viviendo una Tercera Guerra Mundial en fragmentos, en capítulos, por doquier. Detrás de esto hay enemistades, problemas políticos, problemas económicos, para salvar este sistema en el que el dios dinero y no la persona humana es el centro. Y detrás también hay intereses comerciales: el tráfico de armas es terrible, es uno de los negocios más fuertes en estos momentos… Sobre la bomba atómica, la humanidad no ha aprendido. Dios nos ha dado la Creación para que de esta incultura hiciéramos cultura. El hombre la hizo y llegó a la energía nuclear, que puede servir a muchas cosas buenas, pero la ha utilizado para destruir a la humanidad. Esa cultura se convierte en una segunda incultura: yo no quiero hablar del fin del mundo, pero es una cultura que llamo ‘terminal’; después habrá que comenzar de nuevo, como hicieron las ciudades de Nagasaki e Hiroshima”, 30.11.2014.

[20] Cf. Pontificio Consejo “Justicia y Paz”, Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, Madrid 2012, nº 24.

[21] N.M.Loss, “Guerra”: Nuevo diccionario de Teología Bíblica, Madrid 1988, p. 700-711.

[22] Ibidem, p. 1419-1424.

[23] Se trata de oficiales del Imperio Romano, con un mando táctico y administrativo, siendo escogidos por sus cualidades de resistencia, templanza y mando. Pese a lo que se suele pensar, su nombre no procede de que en un principio constase de cien hombres, ya que es anterior al propio rango de centurión, sino que deriva de la propia centuria, unidad administrativa y política que en Roma tenía su propia vertiente civil. De hecho, la centuria en sí nunca adoptó un tamaño de cien hombres. Así, el reconocido como centurión capitaneaba la centuria formada normalmente por 80 hombres, en función de las fuerzas en el momento dado y de si la centuria pertenecía o no a la primera cohorte (agrupación). Para más detalles véase J. López Teulón, Bajo la bandera de Jesús, Arzobispado Castrense de España, Madrid 2016, p. 22.

[24] R. Waldburg-Zeil, Milicia y Martirio en el Imperio Romano, Madrid 2013, p. 54.

[25] J. Ratzinger/Benedicto XVI, Jesús de Nazaret. Desde la entrada en Jerusalén hasta la Resurrección, Madrid 2011, p. 261.

26 F. Bravo Castrillo, La Asistencia religiosa en las Fuerzas Armadas: “Derecho del militar creyente”, Salamanca 2011, p. 40; Cf. Jn 14,27: Mt 5,8.

[27] Para ver la evolución histórica de cristianismo y la milicia, puede verse: F. Bravo Castrillo, Ibidem…. p. 40-46.

[28] Cf. J. López Teulón, Bajo la bandera de Jesús, Arzobispado Castrense de España, Madrid 2016; Conferencia Episcopal Española. Comisión Episcopal de Liturgia, Calendario Litúrgico-Pastoral 2018-2019. Madrid 2018.

[29] Juan Pablo II en su discurso en la Unesco en junio de 1980 afirmaba que “la cultura da al hombre la capacidad de reflexión sobre sí mismo. Es ella la que hace de nosotros seres específicamente humanos, racionales, críticos y éticamente comprometidos”.

[30] J.L. Ruiz de la Peña, Crisis y apología de la fe. Evangelio y nuevo milenio, Santander 1995, p.65.

[31] Francisco, Audiencia General, Ciudad del Vaticano 19.11.2014.

[32] Hay que tener claro que: “La polis griega, o la civitas romana, la república, no es otra cosa que un espacio de convivencia regido por la ley, que no surge en la historia como espora, como producto esporádico de una tendencia natural, sino que es el resultado de un acuerdo original en el que algunos hombres asumen como guía la justicia, precisamente reprimiendo las tendencias naturales que los llevan a la guerra de todos contra todos”: J. Hernández-Pacheco, El duelo de Athenea. Reflexiones sobre guerra, milicia y humanismo, Madrid 2008, p.10. Esto se complementa con la definición que da Rafael Gómez Pérez, sobre qué es la Patria (tierra de los padres o tierra natural): “El sentimiento de amor a la patria es tan antiguo como el hombre, ya sea que la patria se entienda como etnia, como tribu o como clan o, modernamente, como nación”. Ética y profesión militar. Material para la formación castrense, Arzobispado Castrense de España, Madrid 2013, p. 203.

[33] Si se desea profundizar en el carácter castrense que tiene la concepción de la vida cristiana en dos grandes reformadores españoles del siglo XVI, como fueron san Ignacio de Loyola y santa Teresa de Jesús, puede verse: E. García Rubio, Ejercicios Espirituales con santa Teresa, Ávila 1974. El autor ha sabido conjugar el esquema central de los ejercicios ignacianos con la espiritualidad teresiana.

[34] Teresa de Jesús, Camino de Perfección 3,1.

[35] Todos los grandes reformadores espirituales del siglo XVI, utilizaban el argot militar para hablar de la vida cristiana, además de san Ignacio de Loyola ya mencionado, puede verse: T. Álvarez, Obras Completas de santa Teresa de Jesús, Burgos 2002.

[36] Cf. Ph. Perkins, “Gnosis”: Diccionario de Teología Fundamental, Madrid 1992, p.498-504; J. de Isasa, Historia de la Iglesia (I), Madrid 1998, p. 28.

[37] F. Martín Hernández, Iniciación a la Historia de la Iglesia (I), Salamanca 2008, p.136-139.

[38] Benedicto XVI, Discurso a los Ordinarios Militares, 22.10.2011.

[39] Cf. JL. Ruiz de la Peña, Crisis y apología de la fe, Santander 1995.

[40] Francisco hizo un llamamiento en la Jornada Mundial de la Paz, La no violencia: un estilo de política para la paz, Roma 2017: “La construcción de la paz mediante la no violencia activa es un elemento necesario y coherente del continuo esfuerzo de la Iglesia para limitar el uso de la fuerza por medio de las normas morales, a través de su participación en las instituciones internacionales y gracias también a la aportación competente de tantos cristianos en la elaboración de normativas a todos los niveles. Jesús mismo nos ofrece un “manual” de esta estrategia de construcción de la paz en el así llamado Discurso de la montaña. Las ocho bienaventuranzas (cf. Mt 5,3-10) trazan el perfil de la persona que podemos definir bienaventurada, buena y auténtica. Bienaventurados los mansos —dice Jesús—, los misericordiosos, los que trabajan por la paz, y los puros de corazón, los que tienen hambre y sed de la justicia” (nº 6).

[41] J. Joblin, “Dignidad humana y guerra: perspectiva de la Iglesia Católica”: El Derecho Humanitario y las Religiones, Roma 2007, p.90.

[42] Cf. Convención de Ginebra de Agosto de 1949.

[43] Cf. Tomás de Aquino, Summa Theologiae, II-II, q 40, 2-3.

[44] Juan Pablo II, Discurso en la Quincuagésima Asamblea de Naciones Unidas, Nueva York 05.10.1995.

[45] Cf. ONU, Declaración Universal de los Derechos Humanos, París 10.12.1948.

[46] Cf. Juan XXIII, Pacem in terris, Roma 1963.

[47] Benedicto XVI, Discurso a los participantes en el V Congreso Internacional de los Ordinarios Militares, Roma 26.10.2006.

[48] Cf. Constitución Española de 1978, art. 8.

[49] Cf. Declaración de Derechos Humanos; Constitución Española de 1978; Ley Orgánica de Libertad Religiosa de 7/1980. La Legislación Española contempla la Asistencia Religiosa no solamente a los católicos sino a cualquier militar de otra religión o confesión religiosa, como queda recogido en los nnº 3-4 de la disposición adicional octava de la Ley 39/2007, de 19 de noviembre, de la carrera militar y en los artículos 8 de la Ley 24/1992 por la que se aprueba el Acuerdo de Cooperación del Estado con la Federación de Entidades Religiosas Evangélicas de España; Ley 25/1992 por la que se aprueba el Acuerdo de Cooperación del Estado con la Federación de Comunidades Israelitas de España, y la Ley 26/1992 por la que se aprueba el Acuerdo de Cooperación del Estado con la Comisión Islámica de España. 50 Ahonda sus raíces en la reorganización del Arma de Infantería en Tercios en 1532, y que alcanza una forma canónica estable en 1664 mediante el Breve Cum Sicut Maiestatis Tuae, del Papa León X. Cf. J.L. Martín Delpon, El régimen jurídico del Servicio de Asistencia Religiosa de las Fuerzas Armadas: Revista Española de Derecho Canónico 164 (2008) 186; P. Zaydin y Labrid, Colección de breves y rescriptos de la jurisdicción castrense de España, Madrid 1925.

[51] Francisco, Discurso a los participantes del IV Curso de Formación de Capellanes Castrenses en Derecho Internacional Comunitario, Roma 26.10.2015.

[52] Véase J. López Teulón, Bajo la bandera de Jesús, Arzobispado Castrense de España, Madrid 2016, p. 165-327.

[53] Francisco, Video mensaje de la intención de oración del mes de noviembre 2018.

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