Encuentro con el clero de la archidiócesis de Sevilla

Discurso del
Card. Robert Sarah
Prefecto de la Congregación para el Culto Divino
y la Disciplina de los Sacramentos

sarah_sevilla

Casa Sacerdotal, Sevilla
Sábado, 2 de marzo de 2019

En primer lugar, quisiera agradecer la gentileza que ha tenido el Señor Arzobispo, Monseñor Juan José Asenjo Pelegrina, al invitarme para encontrar al Clero de esta Archidiócesis de Sevilla. En segundo lugar, agradecer también las amables palabras que me ha dirigido el Señor Obispo Auxiliar, Monseñor Santiago Gómez Sierra.

En estos días, le pedía al Señor que me diera luces para este encuentro con presbíteros que, quien más y quien menos, llevan años sirviendo humildemente a Dios en la oración litúrgica y a su Pueblo en medio de las vicisitudes del mundo. Y parece que me vino a la mente esta idea: «la identidad sacerdotal», es decir, quiénes somos y para qué hemos sido ordenados. Y la respuesta la encontramos en el mismo Rito de la Ordenación de presbíteros.

Y es que nosotros, queridos hermanos, que ya éramos sacerdotes por el Bautismo fuimos escogidos para colaborar con el Obispo sirviendo al Pueblo de Dios. Por eso, a través del sacramento del Orden, fuimos configurados a Cristo, Maestro, Pastor y Sacerdote, «para anunciar el Evangelio, apacentar el Pueblo de Dios y celebrar el culto divino, principalmente en el sacrificio del Señor» (Homilía).

La primera función, por tanto, es enseñar en nombre de Cristo Maestro. Pero, ¿cómo podemos enseñar si primero no escuchamos al Maestro? Y ¿cómo podemos escucharlo si no tenemos un trato frecuente con él en la oración, perseverando así «en el mandato de orar sin desfallecer» por el pueblo que nos ha sido encomendado? Y ¿cómo podemos tener un trato frecuente con el Señor sin llevar «una vida sobria, justa y piadosa» (Tit 2,12)? Sería bueno recordar lo que el Obispo nos preguntó al ser ordenados: «¿realizarás el ministerio de la palabra, preparando la predicación del Evangelio y la exposición de la fe católica con dedicación y sabiduría?».

Para poder transmitir con alegría este tesoro que hemos recibido del Señor y llevamos en vasijas de barro (2Cor 4,7), hemos de meditarlo, creerlo, enseñarlo y practicarlo, ya que la santidad de vida del presbítero es la mejor predicación para el pueblo fiel que, acercándose a nosotros, nos ruega: «Queremos ver a Jesús» (Jn 12,21). A través de nuestra vida sacerdotal, de la pureza de nuestra alma, de la belleza, de la profundidad de nuestra vida de oración, la gente tiene que ver a Jesús. El sacerdote no es solamente un alter Christus, sino verdaderamente un ipse Christus; el Sacerdote es Cristo mismo.

La segunda función es la pastorear como Cristo, buen Pastor, que «da su vida por las ovejas» (Jn 10,11). Hemos de pastorear recordando las palabras del apóstol Pedro: «pastoread el rebaño de Dios que tenéis a vuestro cargo, mirad por él, no a la fuerza, sino de buena gana, como Dios quiere» (1Pe 5,2).

Pero, antes de pastorear el rebaño que Dios me ha dado, ¿me dejo yo pastorear por Cristo?; ¿me dejo guiar por el Espíritu Santo pidiéndole que me revista de humildad, sabiendo que Dios da su gracia a los humildes y resiste a los soberbios (cf. 1Pe 5,5)?; ¿permanezco unido al Obispo y bajo su dirección, como buen colaborador del Orden episcopal, para reunir a los fieles en una sola familia?; ¿busco, en todo momento, entregarme generosamente y convertirme en modelo del rebaño para poder recibir un día la corona de la gloria (cf. 1Pe 5,2-4)?

La tercera función es la de santificar en Cristo: «Recibe la ofrenda del pueblo santo para presentarla a Dios. Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras, y conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor» (Entrega del pan y del vino).

Santificamos al pueblo cristiano porque, a su vez, nosotros hemos sido ungidos para esto y, además, para ofrecer a Dios el sacrificio (cf. Unción de las manos). Por nuestro ministerio y nuestras manos, manos de pecadores que están siempre en continua búsqueda de la perfección, alcanzará su plenitud el sacrificio espiritual de los fieles.

Pero, ¿somos siempre conscientes de lo que realizamos? ¿pedimos a Dios la gracia de imitar lo que conmemoramos, es decir, el misterio de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo?; ¿buscamos una intensa vida espiritual para morir a nosotros mismos y procurar caminar en una vida nueva?; ¿hacemos del examen de conciencia y de la dirección espiritual nuestra guía para ser verdaderos siervos y administradores del sacramento de la reconciliación?; ¿presidimos «con piedad y fielmente la celebración de los misterios de Cristo, especialmente el sacrificio de la Eucaristía y el sacramento de la reconciliación»?

San Juan de Ávila, presbítero, doctor de la Iglesia y patrono del Clero español lo diría así: «Mirémonos, padres, de pies a cabeza, ánima y cuerpo, y vernos hechos semejables a la sacratísima Virgen María, que con sus palabras trajo a Dios a su vientre… ¿Por qué los sacerdotes no son santos, pues es lugar donde Dios viene glorioso, inmortal, inefable…? …Relicarios somos de Dios, casa de Dios y, a modo de decir, criadores de Dios; a los cuales nombres conviene gran santidad» (Plática al P. Francisco Gómez, Obras completas, 3).

El modelo y el ejemplo para enseñar, pastorear y santificar lo tenemos: Jesucristo, buen Pastor, que da su vida por las ovejas (cf. Jn 10,11) y no ha venido a ser servido sino a servir, y a buscar y salvar lo que estaba perdido (cf. Mc 10,45). Así nos uniremos cada día más a Cristo, sumo Sacerdote, que por nosotros se ofreció al Padre como víctima santa, y con él nos consagramos a Dios, por medio del sacramento del Orden, para la salvación de los hombres.

Queridos hermanos todos, para ser santos donde la divina providencia nos quiera, hemos de tomar a Cristo, – en expresión del beato Marcelo Spínola -, como nuestro «libro». Así decía el mismo Cardenal: «No hay virtud que Jesucristo no haya practicado, enseñándonos el camino… Por eso, Jesucristo puede y debe llamarse, como lo llamaron santo Tomás de Aquino y santa Teresa, nuestro libro… Si nosotros los imitáramos en leer y en estudiar este gran libro que se llama Jesucristo, seguro que no estaríamos lejos en la ciencia de los santos».

Muchas gracias por vuestra atención.

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