Santa Misa en la Compañía de la Cruz

Homilía del
Card. Robert Sarah
Prefecto de la Congregación para el Culto Divino
y la Disciplina de los Sacramentos

sarah

Sevilla, 2 de marzo de 2019

«Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo» (Mt 25,34). Estas palabras pronunciadas por Jesús contrastan con estas otras: «Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles» (Mt 25,51).

A los primeros les dice: «Venid benditos», más aún, los llama «benditos de mi Padre» mientras que a los otros, por el contrario, los llama: «Malditos». ¿Cómo se puede lograr esa «bendición» o cómo se podrá evitar esa «maldición»?

Los «benditos de mi Padre» heredarán el reino, preparado desde la creación del mundo (cf. Mt 25,34), porque: han alimentado a Cristo hambriento, han dado de beber a Cristo sediento, han hospedado a Cristo forastero, han vestido a Cristo desnudo, han visitado a Cristo enfermo y han acompañado a Cristo prisionero.

Es decir, han sabido mirar más con los ojos del alma que con los del cuerpo y, transfigurados por el fuego amoroso del Espíritu Santo, han visto en aquél que les pedía comida, bebida o vestido, en aquél que no tenía casa o que estaba enfermo y prisionero, al mismo Hijo de Dios. Por el contrario, a aquellos que han cerrado sus ojos y sus entrañas a su hermano necesitado les dice: «Apartaos de mí, malditos».

Y es que, queridos hermanos todos, para heredar el reino, usando una expresión de santa Ángela de la Cruz, cuyo aniversario de nacimiento a la vida eterna celebramos hoy, «hemos de perder tierra para ganar cielo» (SANTA ÁNGELA DE LA CRUZ, Escritos íntimos, pág. 98).

Qué dulce será oír estas palabras de labios de Jesucristo: «Siervo bueno y fiel… entra en el gozo de tu señor» (Mt 25,21). Palabras que, en esta casa ya han oído Santa Ángela de la Cruz, Santa María de la Purísima y una muchedumbre de hermanas que, fieles al carisma de su Santa Fundadora, lo han dejado «todo» para ganar el «Todo».

Vosotras, queridas hermanas de la Compañía de la Cruz, tal como dice Santa Ángela en los Papeles de Conciencia, os habéis desprendido de todo, hasta de vosotras mismas; os habéis ocultado de todo y de todos; y, a través de una vida de penitencia, mortificación, obediencia y continua oración, queréis ser ángeles que bajen del cielo a la tierra para aliviar las penas de vuestros hermanos (cf. SANTA ÁNGELA DE LA CRUZ, Papeles de Conciencia, fol. 65-66).

Sois para todos nosotros un reclamo, una voz silenciosa que, en medio del mundanal ruido, nos recuerda que Cristo, por medio del misterio de su encarnación, vino a nosotros en la humildad de la carne, en medio de deshonras, injurias e ignominias, trazándonos así el camino de la vida: negarnos a nosotros mismos para cargar con nuestra cruz y con las de nuestros hermanos y, después, seguirle (cf. Mt 16,24).

Queridos hermanos todos, seremos benditos y herederos del reino si saciamos el hambre y la sed que Jesús tiene de nosotros; si lo hospedamos en nuestro corazón a través de una vida en gracia; si nos dejamos revestir por él y no vivimos prisioneros del pecado.

Al mismo tiempo, al vernos alimentados y saciados, revestidos y libres, iremos por los caminos para dar de comer al que tiene hambre de pan y de Dios, y para dar de beber al que tiene sed de agua y de la Palabra de Dios. Para vestir al que necesita vestido y ser revestido por la gracia; y para visitar al que está enfermo e indicarle que Cristo es su médico y su medicina. Para ir a ver al que vive en la cárcel y decirle que Cristo, por su pasión y muerte en cruz, nos ha hecho libres

De este modo, tal como hemos escuchado en el Evangelio, cuando venga Jesucristo en su gloria con todos sus ángeles, nos reconocerá a nosotros como ángeles de la tierra que, por ser siervos buenos y fieles (cf. Mt 25,23) y haberle servido en el pobre, recibirán la corona de gloria que no se marchita (cf. 1Cor 9,25) y heredarán el reino preparado para ellos desde la creación del mundo (cf. Mt 25,34).

Queridas hermanas de la Cruz, queridos hermanos todos. Jesucristo es comida: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo… mi carne es verdadera comida» (Jn 6,51.55) y Jesucristo es bebida: «El que bebe mi sangre tiene vida eterna… mi sangre es verdadera bebida» (Jn 6,54-55) para que, comiendo su cuerpo y bebiendo su sangre, tengamos vida eterna (Jn 6,54).

Jesucristo es forastero: «Mi reino no es de este mundo» (Jn 18,36); Jesucristo «cargó con nuestras enfermedades» (Mt 8,17); y Jesucristo, siendo libre se hizo prisionero (cf. Flp 2,7), para liberarnos de la esclavitud del pecado (cf. Rom 6,20) y hacernos herederos de su reino (cf. Mt 25,34).

Acerquémonos hoy al trono de la gracia y digámosle al Hijo de Dios, como lo hizo Santa Ángela de la Cruz: concédeme la gracia de poder verte con los ojos del alma y del cuerpo en el hermano pobre y necesitado para poder un día oír de tus labios: «Siervo bueno y fiel… entra en el gozo de tu señor» (Mt 25,21) y así, poder alabarte, con tus ángeles y tus santos, por los siglos de los siglos.

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