Visita a la Basílica de la bienaventurada Virgen María de la Esperanza Macarena

Alocución del
Card. Robert Sarah
Prefecto de la Congregación para el Culto Divino
y la Disciplina de los Sacramentos

sarah macarena

Sevilla, 2 de marzo de 2019

«María se levantó y se puso en camino de prisa hacia la montaña» (Lc 1,39). Con estas palabras comenzaba el pasaje del Evangelio según san Lucas, que acaba de ser proclamado. María, aquella que había escuchado de labios del ángel Gabriel en la Anunciación, que su pariente Isabel: «ha concebido un hijo en su vejez… porque para Dios nada hay imposible» (Lc 1,30) se levanta y se pone en camino, pero no de cualquier modo sino «de prisa».

María es la mujer de la fe y de la esperanza: «He aquí la esclava del Señor: hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38). No puede quedarse solo para sí el tesoro que acaba de recibir: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti» (Lc 1,35) y serás, por voluntad del Padre, la Madre del Hijo, es decir, de Jesucristo, nuestra esperanza.

Por la desobediencia de un hombre y una mujer, Adán y Eva, fuimos sentenciados a muerte, pero por la obediencia de otro hombre y otra mujer, Jesús y María, fue destruida dicha sentencia. Y por los méritos del sacrificio de Cristo, sumo sacerdote, y los sufrimientos de la Virgen María, Dios ha inundado con su amor el mundo entero (cf. Oración después de la comunión. Misas de la Virgen María, 11).

Ese amor de Dios, regresando al pasaje de la Visitación, es el que hace que María se levante y se ponga en camino de prisa para atender a su prima Isabel. En casa de Zacarías se encuentran: la que había concebido siendo virgen y la que había concebido siendo estéril, María e Isabel.

En la Anunciación es el ángel Gabriel el que saluda a María; en la Visitación es María la que saluda a Isabel y, «en cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre» (Lc 1,41). María es la llena de gracia (cf. Lc 1,28) porque el Espíritu Santo vendrá sobre ella y la fuerza del Altísimo la cubrirá con su sombra (cf. Lc 1,35); por el contrario, Isabel, al saludo de su prima, se llena del Espíritu, salta la criatura en su vientre y proclama la grandeza de María.

Juan, en el seno de su madre, había oído y sentido al Verbo, a la Palabra hecha carne que viene a ungirlo para que sea el precursor, es decir, el que prepare el camino de aquél que se definirá a sí mismo: «Yo soy el camino y la verdad y la vida» (Jn 14,6). Por medio del bautismo de conversión, el Bautista, preparará los corazones arrepentidos a recibir el bautismo de Espíritu Santo y fuego que administrará aquél de quien no es digno, ni siquiera, de desatar las correas de sus sandalias (cf. Mt 3,11).

Como Juan, también su madre Isabel proclama su indignidad ante la Madre de Dios: «¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?» (Lc 1,43) y es que, quien contempla la grandiosidad del misterio del amor de Dios para con sus criaturas, no puede sino proclamar la grandeza del Señor y la pequeñez de nuestra condición humana (cf. Lc 1,46.48).

Queridos hermanos todos, que hoy hemos venido a venerar a la Virgen María, bienaventurada por haber creído (cf. Lc 1,45); pidamos de corazón al Señor que, por intercesión de tan excelsa Madre, sepamos levantarnos y ponernos en camino de prisa para orientar nuestra esperanza hacia los bienes de arriba y, cumpliendo nuestra misión aquí en la tierra, poder recibir un día los bienes que la fe nos invita a esperar (cf. Oración colecta. Misas de la Virgen María, 37).

Bienaventurada Virgen María que, en este sevillano barrio de la Macarena, eres invocada como: Madre de la Esperanza. Vuelve hoy, a nosotros, esos tus ojos misericordiosos para que, al ser mirados por ti que eres «señal de esperanza segura y de consuelo» (Prefacio. Misas de la Virgen María, 37), podamos contemplar eternamente tu rostro y el de aquél que, por su sentencia de muerte en cruz, nos alcanzó la vida eterna, Jesucristo, nuestro Señor y nuestro Rey, que vive y reina con el Padre en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

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