El desafío de la buena política: Bienaventuranzas del político

Carta de
Mons. D. Vicente Jiménez Zamora
Arzobispo de Zaragoza

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Domingo 3 de marzo de 2019

Queridos diocesanos:

En esta carta pastoral quiero ofrecer unas orientaciones morales y pastorales relativas al compromiso y conducta de los cristianos en la vida pública y política. El cristiano tiene derecho a un legítimo pluralismo en cuestiones de orden temporal, pero no puede defender un pluralismo en clave de relativismo ético, que es nocivo para la misma democracia. La verdadera democracia tiene necesidad de fundamentos sólidos, es decir, de principios éticos que por su naturaleza y papel fundamental en la vida social no son “negociables” ni fruto del consenso político.

El compromiso y conducta de los políticos cristianos en la vida pública y en la política deben apoyarse en la coherencia entre la fe y la vida, entre evangelio y cultura, recordada por el Concilio Vaticano II, que exhorta a los fieles a cumplir con fidelidad sus deberes temporales, guiados siempre por el espíritu evangélico y por la Doctrina Social de la Iglesia.

La Iglesia alaba y estima la labor de quienes, al servicio del hombre, se consagran al bien de la cosa pública y aceptan las cargas de este oficio. ¿Quién de nosotros no ha oído comentarios negativos sobre quienes se dedican a la política? Sin embargo, bastantes políticos son excelentes personas y ejemplares ciudadanos, que ejercen ese “arte noble y difícil”, incluso a sabiendas de que ese oficio tiene un alto precio de agotamiento físico y psíquico, muchos sinsabores, ausencias prolongadas de casa sin poder estar cerca de sus seres queridos, con incomprensiones y críticas, a veces con riesgo de la propia vida.

El papa Francisco, en el mensaje de este año papa la Jornada Mundial de la Paz, que tenía como lema: ‘La buena política está al servicio de la paz’, escribía: “merece la pena recordar las “bienaventuranzas del político”, propuestas por el cardenal vietnamita Francisco-Javier Nguyen Van Thuan, fallecido en el año 2002, y que fue un fiel testigo del Evangelio”.

Ofrezco a continuación una síntesis del mensaje de aliento y ánimo en forma de bienaventuranzas, que dirigía a los políticos el cardenal Van Thuan, que fue Presidente del Pontificio Consejo de Justicia y Paz y que estuvo trece años aislado en una cárcel de Vietnam, su país de origen.

1. Bienaventurado el político, que tiene una profunda conciencia de su papel. El Concilio Vaticano II definió la política como “arte noble y difícil” (GS 75). El verdadero político, servidor del pueblo, se prepara para este servicio y procura ejercerlo con actitud de olvido de su propio interés y de toda ganancia lucrativa.

2. Bienaventurado el político, cuya persona refleja credibilidad. En nuestros días los escándalos en el mundo de la política, casi siempre ligados al coste de las campañas electorales, se multiplican haciendo perder la credibilidad a sus protagonistas. Será feliz, será respetado y valorado, el político que es coherente con los principios éticos y con la ley moral natural y no busca otros fines que el servicio desinteresado al pueblo, le haya votado o no.

3. Bienaventurado el político, que trabaja por el bien común y no por su propio interés. El verdadero político en sus ratos de reflexión, de examen de conciencia, deberá hacerse estas preguntas: ¿estoy trabajando para el pueblo o para mí?, ¿estoy trabajando por los valores morales y para la humanidad?

4. Bienaventurado el político, que se mantiene coherente. Coherente con sus ideas, con los verdaderos principios democráticos, con los valores éticos, con su propia fe religiosa, con el servicio al pueblo y especialmente a los más empobrecidos y desprotegidos. Lo que más dignifica a una persona, y la hace respetable, es la coherencia de vida.

5. Bienaventurado el político, que realiza la unidad y la paz. El partidismo, la fragmentación, la desunión, son los peores enemigos de la paz y del progreso humano. Trabajar en política cristianamente, e incluso con honradez humana, es esforzarse por ser instrumento de unión y concordia y no de desunión y discordia, buscando más lo que une que lo que separa y divide. Para ello es necesario tener un corazón magnánimo, que reconozca las cosas positivas que hay en cada ser humano y en cada grupo y partido político.

6. Bienaventurado el político, que se compromete por un mundo nuevo y mejor. El cambio por una sociedad mejor se promueve luchando contra la perversión moral e intelectual: no se da llamando bien a lo que es un mal; ni dejando la religión solamente en la esfera de lo privado, sino reconociendo la inmensa dignidad que tiene todo ser humano, y que le viene dada, en definitiva, de su vínculo con Dios, previamente a todo pacto o declaración.

7. Bienaventurado el político, que sabe escuchar al pueblo. Que sabe escuchar el latido del pueblo con sus gozos y esperanzas, sus angustias y tristezas, especialmente de los pobres y de los que sufren, durante y después de las elecciones; que sabe escuchar su propia conciencia, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente; que sabe escuchar a Dios en la oración y en los acontecimientos de la historia y de la vida. Su actividad política realizada así obtendrá certezas morales, seguridad y eficacia.

8. Bienaventurado el político, que no tiene miedo. “La verdad -decía Juan Pablo II– no necesita votos”. No tema el político a los medios de comunicación ni a las encuestas de opinión. En el momento del juicio final deberá responder de su vida y de su trabajo ante Dios, no ante los medios de comunicación social.

Feliz, bienaventurado, dichoso, el político que proclama valientemente la verdad, porque ella, y sólo ella, nos hace libres (cfr. Jn 8, 32). Ser hábil en política no es saber mentir, sino saber presentar y proponer lo verdadero, lo bueno y lo bello.

Con mi afecto y bendición,

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