Conversión, ¿oscuridad o alegría?

Carta de
Mons. D. Celso Morga Iruzubieta
Arzobispo de Mérida-Badajoz

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Domingo 10 de marzo de 2019

Queridos fieles:

La inexorabilidad del tiempo hace que, casi sin darnos cuenta, nos encontremos en Cuaresma. Es uno de esos tiempos litúrgicos, llamados fuertes, que nos sirven para preparar algún acontecimiento importante de nuestra fe, como lo fue el Adviento antes de la Navidad o lo será la Pascua, tras la Semana Santa, para vivir con alegría la actualización de la Resurrección del Señor, piedra angular de nuestra salvación.

La Cuaresma es un tiempo de conversión, una palabra que nos puede sonar a algo oscuro. Nada más lejos de lo que debe ser. La conversión es un continuo en la vida de todos nosotros, que se acentúa ahora, es una vuelta a Dios, y eso jamás debe ser triste.

El encuentro con Dios siempre es alegre, es nuestro destino último y para siempre. Tenemos que recorrer el camino hacia Dios para que siendo más suyos, seamos más nosotros, porque en Dios está el culmen de nuestra humanidad, y eso debe ser alegre.

Al igual que la celebración de la Santa Misa no puede ser un acto de cumplimiento que nos lleva a la evasión de la mente el tiempo que dura, sino un encuentro feliz con Jesús, la conversión no puede ser un fastidio que nos rehabilite de nuestra culpas. Convertirse es acercarse a la casa del Padre, acercarnos a Él, y volver a nuestra casa, acercarnos a los nuestros, nunca es triste.

Con eso no quiero decir que el camino de conversión sea fácil, porque siempre es renuncia a nuestras miserias, en las que nos encontramos cómodos porque no suponen un esfuerzo, pero que no nos llenan.

 A veces tenemos miedo de renunciar a nuestra parcela de comodidad pensando que el Señor no puede mejorarla, y estamos muy equivocados. El sueldo de la conversión es el ciento por uno, Dios no nos pide más de lo que podamos dar y cada paso que damos nos lo recompensa a precio de cielo.

Para facilitar ese acercamiento, para que no sea algo etéreo, sino concreto, la Iglesia nos propone para estos días que empezamos el miércoles, tres grandes caminos: la oración, el ayuno y la limosna. El primero supone relacionarnos más intensamente con Dios, el segundo nos vacía de nuestras comodidades y el tercero nos aproxima a los hermanos que están necesitados. Tres caminos con la misma raíz.

Os invito a vivir estos cuarenta días a fondo, para que cuando llegue la noche gloriosa de la Pascua, seamos más de Dios, más nosotros en libertad y plenitud.

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 Celso Morga Iruzubieta
Arzobispo de Mérida-Badajoz

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