Santa Misa con el Rito de la institución de ministerios de lector y acólito

Homilía de
Mons. D. Julián Ruiz Martorell
Obispo de Jaca

ruizmartorell17032019

S.I. Catedral de San Pedro, Jaca
Domingo, 17 de marzo de 2019

II CUARESMA (C)
INSTITUCIÓN MINISTERIOS VICENTE-JESÚS LÓPEZ-BREA URBÁN 2019

La primera de este domingo nos presenta el relato de la alianza de Dios con Abrán; la segunda lectura nos habla de la espera de Jesucristo como nuestro Salvador; el evangelio es el de la Transfiguración.

La alianza de Dios con Abrán es un paso fundamental en el proyecto de la salvación. Es Dios quien se compromete con una persona y con una familia a través de promesas maravillosas. Le dice a Abrán: “Mira al cielo, y cuenta las estrellas, si puedes contarlas”. Y añade: “Así será tu descendencia.” Abrán acogió con fe esta promesa: “Abrán creyó al Señor, y se le contó como justicia”. Dios añade, a continuación, otra promesa, la promesa de la tierra: “Yo soy el Señor, que te sacó de Ur de los caldeos, para darte en posesión esta tierra”. “A tu descendencia le daré esta tierra, desde el río de Egipto al gran río Éufrates”. Creer significa, para Abrán, dejarse conducir, en condición de nómada, por Aquél que se define precisamente: “Yo soy el Señor, que te sacó de Ur de los caldeos”.

Tener fe, para Abrán, como para cualquier creyente, quiere decir fiarse de una palabra que propone un itinerario distinto, desconocido, sin nada en las manos, con los pies pisando una tierra extranjera, y los ojos obligados a mirar “más allá”. La memoria ya no puede descansar en la nostalgia del pasado, sino que vive proyectada hacia la promesa. La fe impide replegarse en las añoranzas del pasado y contentarse con el efímero presente. La fe es tensión, en el sentido literal de “tender hacia”. Es itinerario de libertad, porque el creyente queda libre para ir hacia donde le llaman, mejor hacia Aquél que le llama y pronuncia una palabra, una promesa.

Esta alianza es únicamente el primer paso en el proyecto de Dios. La nueva alianza será mucho más generosa, porque en ella nos dará a su propio Hijo. Con la nueva y definitiva alianza se establecerá un vínculo más profundo, más fuerte, más perfecto. Jesús es el Hijo de Dios, como vemos en la Transfiguración, y en él, como auténtico descendiente de Abrán, se cumple la promesa hecha al patriarca.

La Transfiguración es un episodio que viene detrás de la primera predicción de la pasión y revela el ser profundo de Jesús, es un episodio que prepara a los apóstoles para superar el escándalo de la cruz y para comprender la gloria de la resurrección.

Leemos en el evangelio de san Lucas: “tomó Jesús a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto del monte para orar. Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió y sus vestidos brillaban de resplandor”. Jesús se une al Padre en la oración, y esta unión se manifiesta en la Transfiguración, en la que Jesús se vuelve glorioso, resplandeciente.

Esta glorificación tiene que ver con todo el plan de Dios. Afirma el evangelista: “De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, apareciendo con gloria, hablaban de su éxodo, que iba a consumar en Jerusalén”. El libro del Éxodo recoge el episodio en el que Moisés sube al monte y pide a Dios que se revele a él: “¡Muéstrame tu Gloria!” (Ex 33,18). Pero Dios le respondió que no podía hacerlo, porque Moisés no hubiera podido sobrevivir a una experiencia tan fuerte como la de ver la santidad de Dios. Por eso Dios se limitó a pasar, proclamando su nombre divino, y Moisés sólo pudo verlo de espaldas. Moisés sólo pudo obtener así una revelación imperfecta de Dios. Además de esta revelación, Moisés recibió de Dios la misión de comunicar a ley al pueblo de Israel. Dios dio a conocer su ley sobre el monte Sinaí.

Elías tuvo una experiencia análoga. Perseguido por la reina Jezabel por haber vencido y matado a los profetas de Baal, fue invitado por Dios, mientras huía, a subir a un monte. En él tuvo una revelación. Se levantó un viento impetuoso, pero Dios o estaba en el viento. Después vino un terremoto, pero Dios no estaba en el terremoto. Después un fuego, pero Dios no estaba en el fuego. Al final, Dios se reveló al profeta en el murmullo de una suave brisa, como en una revelación honda e íntima. Y también Elías recibió de Dios una misión: la de ungir al rey de Israel y consagrar a Eliseo como profeta.

También nosotros recibimos una revelación de Dios y una misión en el episodio de la Transfiguración. Esta vez la revelación no tiene lugar de espaldas, como en el caso de Moisés, sino en un rostro, el de Jesús. El rostro humano de Jesús manifiesta la gloria divina. Se trata de una visión extraordinaria, una visión que impresiona a Pedro, Santiago y Juan.

Nos alegramos porque tenemos la revelación de Dios en un rostro que podemos contemplar.  A lo largo de la historia muchos artistas han intentado contemplar el rostro de Cristo, se han esforzado por expresar su belleza, su extraordinaria dignidad, su majestad y también su bondad.

Dios se revela en el rostro de Cristo. “Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre”, dice Jesús en el evangelio de Juan (14,9).  Estamos invitados a contemplar la belleza y la grandeza de Dios en el rostro de Jesús.

La misión que recibimos de Dios se resume en una sola palabra: “Escuchadle”. Se trata de una relación con una persona. Los cristianos tenemos como ley al mismo Cristo, debemos escucharle en la oración, en la búsqueda de su voluntad.

Jesús prepara de este modo a sus apóstoles para superar el escándalo de la cruz, recibiendo por anticipado la revelación de la gloria filial de Jesús. Y quedan preparados para interpretar bien la resurrección, como la manifestación de la gloria que Jesús tenía antes de la creación del mundo.

Jesús, el Hijo de Dios, ha bajado del cielo, se ha inclinado sobre nuestra miseria, para transformarla y llevarla al esplendor de Dios.

San Pablo habla en la segunda lectura de nuestra transfiguración. Afirma: “Nosotros, (…), somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo. Él transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso, con esa energía que posee para sometérselo todo”. Estamos destinados a ser transfigurados. La Transfiguración de Jesús es también la revelación y la anticipación de nuestro destino. Quien es fiel a Cristo, quien ora, quien busca la voluntad de Dios, se va transfigurando poco a poco

También nosotros nos transfiguramos cuando oramos, cuando permanecemos fieles a Cristo y abiertos a su gracia, cuando abrimos todo nuestro ser al amor que viene de Dios, para volvernos también nosotros generosos, misericordiosos, llenos de compasión y de indulgencia como Él. Entonces nuestro rostro se transfigurará.

Entre hoy y el martes, solemnidad de San José, celebramos el día del Seminario, con el lema: “El Seminario, misión de todos”. Los jóvenes que se preparan para el sacerdocio necesitan cercanía, oración y ayuda. El Seminario es un espacio de convivencia y un tiempo de preparación. Es una familia que acompaña, que contribuye al discernimiento vocacional, que anima en el proceso de seguimiento más intenso de Jesucristo, que favorece el crecimiento espiritual, humano, intelectual y pastoral en un ambiente comunitario.

El Seminario es una experiencia que fortalece la fe, que robustece la esperanza y que incrementa el amor en la capacidad de entregar la vida como respuesta agradecida al amor precedente de Dios. Una vida que, desde Jesucristo, y con la fuerza del Espíritu Santo, se convierte en alabanza al Padre y servicio generoso a los hermanos para la instauración del Reino de Dios, la comunicación viva del Evangelio y el crecimiento de la Iglesia.

En el Seminario viven, oran, estudian y trabajan los jóvenes que ya son el presente de la Iglesia. A ellos les corresponde crecer en su amor a Jesucristo. Pero no se encuentran solos en su itinerario

Querido Vicente: resumimos los tres aspectos importantes en los ministerios que vas a recibir: su sentido, su contenido y sus exigencias.

1. Sentido de estos ministerios

La Iglesia considera muy oportuno que los candidatos a las Órdenes sagradas, tanto por el estudio como por el ejercicio gradual del ministerio de la palabra y del altar, conozcan y mediten a través de un íntimo y constante contacto con esta doble vertiente de la función sacerdotal la realidad a la que serán llamados. De esta forma los candidatos podrán acercarse a las sagradas Órdenes plenamente conscientes y convencidos de su vocación.

2. Contenido de los dos ministerios

1) El Lector (ministerio de la palabra). Le corresponde:

Leer la palabra de Dios en la asamblea litúrgica, a excepción del Evangelio.

Dirigir el canto y la participación del pueblo.

Instruir a los fieles para recibir dignamente los sacramentos.

Preparar a todos los fieles que ocasionalmente hayan de hacer la lectura de la Sagrada Escritura en los actos litúrgicos.

En ausencia del salmista, recitar el salmo responsorial.

En ausencia del diácono o cantor, proclamar las intenciones de la oración universal de los fieles.

2) El Acólito (ministerio del altar). Su labor consiste en:

Ayudar al diácono y servir al sacerdote en las funciones litúrgicas, principalmente en la Eucaristía.

Instruir a los fieles que ocasionalmente ayuden al sacerdote o diácono en los actos litúrgicos.

Como ministro extraordinario, distribuir la Eucaristía en las siguientes ocasiones: a) a falta o por imposibilidad, enfermedad o edad avanzada del ministro ordinario (presbítero o diácono); b) en ocasiones de elevado número de fieles; y exponer el santísimo Sacramento, reservarlo, excluida la bendición con el mismo, en ocasiones especiales.

3. Exigencias de vida cristiana en estos ministros

1) El Lector

Aspiración constante a la perfección cristiana, propia de un verdadero discípulo del Señor.

Meditación asidua de la Sagrada Escritura para conocerla mejor.

2) El Acólito

Ofrecerse diariamente a Dios, siendo ejemplo de seriedad y devoción en el templo.

Estar cercano al pueblo de Dios y ser caritativo especialmente con los necesitados y enfermos.

Aprender el sentido último y espiritual de todo lo que pertenece al culto público.

Querido Vicente: en la institución de Lector rezaremos por ti al Señor para que te conceda que, al meditar asiduamente su palabra, te sientas penetrado y transformado por ella y sepas anunciarla, con toda fidelidad, a tus hermanos.

Cuando se te entregue el libro de la Sagrada Escritura, te diremos: “Recibe el libro de la Sagrada Escritura y transmite fielmente la Palabra de Dios, para que sea cada día más viva y eficaz en el corazón de los hombres”.

En la institución de Acólito oraremos diciendo: “que tu gracia, Señor, le haga asiduo en el servicio del altar, para que distribuyendo con fidelidad el pan de vida a sus hermanos, y creciendo siempre en la fe y en la caridad, contribuya a la edificación de tu Iglesia”.

Al entregarte la patena con el pan, diremos: “Recibe esta paterna con el pan para la celebración de la Eucaristía, y vive de tal forma que seas digno de servir la mesa del Señor y de la Iglesia”.

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