Solo Dios: las tentaciones de Jesús

Carta del
Card. D. Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

cañizares

Domingo 17 de marzo de 2019

Al contemplar el Evangelio de “las tentaciones”, escuchábamos el pasado domingo la llamada a centrar nuestra vida en Dios, Dios sólo, lo sólo y único necesario: “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. A Dios sólo servirás y adorarás. No tentarás al Señor, tu Dios”. Necesitamos afirmar esto en los tiempos recios que vivimos, en esa noche oscura del ateísmo colectivo de la humanidad actual, en esa situación nuestra del pueblo español que, por desgracia, padece el gravísimo fenómeno de descristianización.

Necesitamos proclamar esta confesión de fe en Dios, capaz de generar un gran futuro de esperanza. Necesitamos emprender caminos de conversión al Dios vivo y verdadero, única fuente de libertad y de amor. No podemos aceptar la extensión de incredulidad y la implantación de modelos paganos de vida como un fenómeno irremediable y de todo normal en una sociedad desarrollada, casi espiritualmente indiferente y por eso muy pobre e indigente de lo fundamental. Aceptar y dar por irremediable esa situación significaría dejar de creer en Dios, como fuente de libertad y de verdad, como raíz de verdadera humanización.

Necesitamos hacer de la experiencia y del anuncio y del testimonio del Dios vivo, entregado y manifestado en su Hijo único, Jesucristo, el móvil de nuestra existencia cristiana. Una sociedad sin fe es más pobre y angosta, un hombre sin Dios se priva de aquella realidad última que funda su dignidad. No puede haber una sociedad libre, próspera, en progreso y solidaria al margen de Dios, cuyo olvido o rechazo quiebra interiormente el verdadero sentido de las profundas aspiraciones del hombre, debilita y deforma los valores éticos de convivencia, socava las bases para el respeto a la dignidad inviolable de la persona humana y priva del fundamento más sólido para la estimación de los otros y el apoyo solidario a la vida de los demás.

Falto de muchas cosas, nuestro mundo de nada está tan falto como de Dios. En esta situación, y ante tal carencia fundamental, la Iglesia, nosotros, debemos mostrar nuestra compasión, como samaritanos, y así hacer del anuncio y el testimonio del Dios el centro de nuestro servicio a los hombres. Sería paradójico que la Iglesia llamada a servir a los hombres y sanar sus heridas, como samaritana, y a socorrer sus carencias no estuviese atenta suficientemente a esta indigencia y herida primera del hombre en nuestro tiempo.

“Quien a Dios tiene, nada le falta”, dice con toda razón Santa Teresa. Y al revés, “quien no tiene a Dios, le falta todo”. Y por eso, la gloria de Dios es el hombre vivo, pero la vida del hombre es ver a Dios. Ver a Dios significa tener abiertos los ojos del corazón a su palabra, buscar y tender con toda la propia existencia al Dios vivo. Volvamos a Dios, convirtámonos sinceramente a Dios, adorémosle en esta Cuaresma y veremos cómo se enciende ante nosotros la luz de la Pascua, en la que Dios se muestra con todo su amor y misericordia que vence el pecado y la muerte y hace brillar el día en que la alegría y la felicidad de amor hacen desaparecer todo llanto y preocupación ajenos a Dios que quiere que el hombre viva y participe de su dicha que no tiene fin.

ESCUCHAR A JESUCRISTO

El Evangelio del segundo domingo de Cuaresma que proclamaremos este próximo domingo nos lleva hasta el monte Tabor, al momento de la Transfiguración. Momento único en que Cristo desea decir algo más sobre sí mismo a aquellos apóstoles elegidos y preferidos, los mismos que le iban a acompañar como testigos después en el huerto de los Olivos, donde comienza su pasión. Allí, en el monte, el Señor puso de manifiesto su gloria.

Ante la pasión que se acerca, ante Getsemaní y el calvario, y en testimonio de la futura resurrección, oímos la voz del cielo que nos dice: “Este es mi Hijo, elegido, el preferido, escuchadle”. Esa voz nos hace conocer que en Él y por Él se encierra la nueva y definitiva Alianza de Dios con el hombre en Jesucristo. La Alianza se ha realizado para que en Dios-Hijo los seres humanos se convirtiesen, se transformasen y trasfigurasen en hijos de Dios. Cristo nos ha dado el poder de venir a ser hijos de Dios, sin mirar a la raza, nacionalidad, lengua, condición humana. Cristo revela a cada uno de los hombres la dignidad de hijo adoptivo de Dios, dignidad a la cual está unida su vocación suprema: terrestre y eterna.

Aquí, en el Tabor, en el Hijo muy amado del Dios vivo, se está fundamentando nuestra esperanza, porque ahí se manifiesta ya lo que estamos llamados a ser, lo que somos: ciudadanos del cielo, de donde aguardamos a nuestro Salvador Jesucristo. Aquí, en Cristo, transfigurado y lleno de gloria, la Iglesia santa, cuerpo de Cristo en su totalidad, puede comprender cuál ha de ser su transformación, y así sus miembros pueden contar con la promesa de aquella participación en aquel honor que brillaba de antemano en la Cabeza.

Aquí vemos la gloria de Dios que se revela de manera definitiva en la elevación de la Cruz. La gloria de Dios es la cruz de Cristo, la gloria de Dios es su amor dado todo y hasta el extremo en el vaciamiento total de sí en la entrega de la Cruz, la gloria de Dios es ese amor sin medida que lo llena todo hasta el abismo de la miseria, de la injusticia, de la muerte. La gloria de Dios, es su Hijo venido en carne, es su Hijo dándose todo enteramente para que el hombre viva; la revelación de esta gloria nos muestra en Cristo, el Hijo único y preferido del Padre, que Dios es amor. Oigamos por ello la voz que nos dice: “Este es mi Hijo amado, el preferido, escuchadle”. Dios nos ha dado su gracia por medio de Jesucristo. Él es el centro y sentido último de la historia. En la escena de la Transfiguración Dios se nos revela como centro de la historia.

Escuchemos la voz del Señor. Escuchemos al Hijo crucificado, su palabra única en la que Dios nos lo dice todo. No le cerremos nuestro corazón como muchos que andan como enemigos de la cruz de Cristo.

¿Qué significa escuchar a Cristo? Es una pregunta que no puede dejar de plantearse un cristiano. ¿Qué significa escuchar a Cristo? Toda la Iglesia, cada uno de los cristianos, debemos dar siempre una respuesta a esta pregunta en las dimensiones y condiciones sociales, económicas y políticas que cambian. Debemos dar esa respuesta auténtica si no queremos correr el riesgo de tener como dios otras cosas y de comportarnos como enemigos de la Cruz de Cristo. La respuesta debe ser auténtica y sincera. Escuchar a Cristo en quien hemos conocido el amor que es Dios. Escuchar a Cristo en quien vemos y palpamos que Dios no ha permanecido indiferente a la suerte del hombre porque, Dios verdadero de Dios verdadero, Cristo, ha dado su vida por nosotros. Escuchar a Cristo que ha descendido a nuestra pobreza y nuestra menesterosidad, que ha entregado su propia vida, que ha venido a sanar a los enfermos y traer consuelo a los corazones desgarrados y afligidos. Escuchar a Cristo que se ha identificado con los pobres, con los que sufren, con los que pasan hambre y sed, con los que no tienen techo o están privados de libertad. Escuchar a Cristo, que como el buen samaritano, se acerca al hombre caído, malherido, marginado, tirado en la cuneta, olvidado de los hombres, para curarlo y llevarlo donde hay calor y cobijo de hogar. Escuchar a Cristo que nos ha manifestado y dicho que Dios es amor, y que quien permanece en el amor permanece en Dios, en su gloria. Escuchar a Cristo para servirle orientando al mundo hacia el Reino definitivo de su Salvador.

Es la gloria que también vemos y palpamos en la Eucaristía: en el cuerpo de Cristo entregado por nosotros, en el memorial de la Cruz padecida por nuestra salvación, prueba y arras del amor de Dios hasta el extremo, en la sangre derramada por Cristo para nuestra reconciliación y como sello de la nueva y definitiva alianza de Dios con el hombre. Que nuestra respuesta sea de verdad la que brota de lo que estamos viendo y palpando, escuchando y acogiendo aquí, en el memorial de la Pascua del Señor y nuestra Pascua, anticipada ya en la Transfiguración.

canizares_firma✠ Antonio, Card. Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

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