Santa Misa de admisión a las Órdenes Sagradas

Homilía de
Mons. D. Abilio Martínez Varea
Obispo de Osma-Soria

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Iglesia de San Pedro, Almazán
Domingo, 17 de marzo de 2019

Queridos hermanos:

En este segundo domingo de Cuaresma, a todos nos alegra acompañar a José Antonio que hoy se presenta ante la Iglesia para manifestar su deseo de ser admitido como candidato a las Órdenes Sagradas. Has terminado los estudios eclesiásticos del ciclo institucional y, en la actualidad, te encuentras haciendo la etapa de pastoral en esta parroquia de Almazán que celebra del día del Seminario con uno de los mejores broches posibles: la admisión de un joven que, de forma generosa, dice “sí” al Señor. El mismo Señor que nos dice: “La mies es mucha y los trabajadores son pocos” (Mt 9, 37). Por ello, José Antonio, conocedor de esta llamada del Señor, está dispuesto, y así se presenta hoy aquí, a responder con generosidad a esta llamada como el profeta: “Aquí estoy, Señor, mándame”. Y lo hace para una Iglesia concreta, la de Osma-Soria, que tiene tanta necesidad de sacerdotes. En mi Carta pastoral “Id también vosotros a mi viña “(Mt 20,4) he señalado como uno de los principales retos o desafíos para nuestra Diócesis la pastoral vocacional, debido a la prolongada sequía vocacional al presbiterado.

Al hilo de las lecturas de hoy, tanto para ti como para toda la Iglesia diocesana, quiero señalar, en primer lugar, la importancia de la oración. Jesús sube a lo alto de una montaña para orar. Es en este lugar donde se produce el encuentro con la divinidad: “El aspecto de su rostro cambió y sus vestidos brillaban de resplandor” (Lc 9, 29). Jesús necesitaba orar. Y nosotros sus discípulos necesitamos rezar porque el encuentro con Dios, donde descubrimos y nos damos cuenta de la inmensidad de su amor, de su predilección, es en la oración. Jesús, al exponernos una realidad, que la mies es mucha y los obreros son pocos, nos da la solución: “Rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies” (Mt 9, 38). Rogad, pedid, orad. La Diócesis ha retomado la “Red de intercesores”: personas de toda la Diócesis que se comprometen a rezar por las vocaciones sacerdotales y religiosas. Todos estamos invitados y podemos comprometernos a interceder por las vocaciones.

En segundo lugar, como dice este año el lema el Seminario, es una misión de todos: 1) Del Obispo y de todo el presbiterio diocesano (no sólo del equipo de sacerdotes, profesores y personal del Seminario), realizando una pastoral que favorezca el encuentro personal con Cristo como Hijo de Dios, que es donde se fragua toda vocación. Queridos hermanos sacerdotes: vivid con alegría vuestro ministerio. Vuestro testimonio y entrega es la mejor pastoral vocacional al ministerio sacerdotal. Sin estar enamorados de Cristo y de nuestro sacerdocio ministerial la propuesta que podamos hacer sonará a falsa y a hueca. 2) También de las familias. Sé que a muchos padres os cuesta entregar un hijo al servicio de Cristo y de la Iglesia, pero os aseguro que es una de las mayores bendiciones de Dios tanto para vosotros como para vuestros hijos. 3) Y, por supuesto, en esta misión son responsables todas las comunidades eclesiales, que deben sentirse implicadas en favorecer la llamada que Dios hace a los niños, adolescentes y jóvenes: las parroquias, la escuela católica y, sobre todo, los catequistas y profesores de religión católica sois mediadores entre Dios y la posible vocación de aquellos que os han sido confiados.

Y con un referente muy claro: el de Jesucristo, Buen Pastor. El Oficio de Lecturas del jueves de la primera semana de Cuaresma nos ofrecía una homilía de San Asterio de Amasea invitándonos a imitar el estilo pastoral que empleó el mismo Señor comentando la parábola de la oveja perdida: “Esta oveja no significa en rigor una oveja cualquiera, ni este pastor un pastor como los demás. En estos ejemplos se contienen realidades sobrenaturales. Nos dan a entender que jamás desesperemos de los hombres, ni los demos por perdidos, que no los despreciemos cuando se hallen en peligro, ni seamos remisos en ayudarles, sino que cuando se desvía de la rectitud y yerran, tratemos de volverlos al camino, nos congratulemos de su regreso y los reunamos con la muchedumbre de los que siguen viviendo justa y piadosamente”.

Querido José Antonio, al presentarte esta tarde ante la Iglesia y el Obispo, expresas tu deseo de ser admitido a las Órdenes Sagradas. Y nosotros, el pueblo de Dios aquí congregado, oramos por este propósito tuyo para que el amor de Dios te acompañe hasta que seas llamado al ministerio ordenado por la imposición de mis manos. En el discurrir de los acontecimientos de tu vida has ido descubriendo la voz del Señor que te llama a configurarte con Cristo Cabeza, Pastor, Siervo y Esposo y, con prudencia, has vislumbrado en esos acontecimientos la manifestación de la voluntad de Dios sobre tu persona y tu destino.

Hasta ahora ha sido fundamental en tu vida de fe mantener una relación de amistad con el Señor en la que has podido experimentar que, únicamente viviendo con Él y como Él, se puede avanzar en esta vocación vital para la Iglesia. Ahora, al tiempo que profundizas en esta intimidad con el Señor, debes comenzar a configurar más profundamente tu seguimiento de Jesucristo desde el campo de la misión de la Iglesia que es la evangelización. Es decir, la propuesta del Evangelio no consiste sólo en una relación personal con Dios sino en la promoción del Reino. La vocación al ministerio lleva consigo la pasión por evangelizar: ¡Siente la pasión por el Reino de Dios, por nuestra Diócesis, por sus pueblos, por sus gentes! Como dice Pablo: “Toma parte en los padecimientos por el Evangelio según la fuerza de Dios”. No te quedes en la montaña porque se está muy bien. Baja al llano, a la vida concreta de nuestros hermanos, a la vida diaria. Y dales lo mejor de todo: Jesucristo, el Hijo de Dios.

Pongo en las manos maternales de la Santísima Virgen bajo la advocación de las Espinillas tu vocación y la de los seminaristas de nuestra Diócesis para el bien del Pueblo de Dios. Que María, Madre de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote, sea tu modelo de entrega y fidelidad a Dios. Amén.

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