Acoger el don de la vida humana

Carta de
Mons. D. Vicente Jiménez Zamora
Arzobispo de Zaragoza

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Domingo 24 de marzo de 2019

Queridos diocesanos:

El día 25 de marzo la Iglesia celebra la solemnidad de la Anunciación del Señor, la fiesta en la que el Verbo se hizo carne en las entrañas de la Virgen María. En ese día la Iglesia celebra la Jornada por la vida.

En esta carta pastoral ofrezco unas reflexiones sobre el don de la vida humana, a la luz del magisterio de la Iglesia y de los documentos de la Subcomisión de Familia y Vida de la Conferencia Episcopal Española. “El don de la vida, que Dios Creador y Padre ha confiado al hombre, exige que este tome conciencia de su inestimable valor y lo acoja responsablemente” (Congregación para la Doctrina de la Fe, Instrucción Donum vitae sobre el respeto de la vida humana naciente y la dignidad de la procreación, AAS 80 [1988], n. 70).

Visiones reductivas sobre la vida humana

En nuestra cultura nos encontramos con algunas visiones reductivas sobre el valor de la vida humana. Una primera concepción reductiva es considerar la vida humana como un elemento más de la naturaleza, como si fuera un elemento más en un despliegue cósmico. Sin embargo, toda vida humana es única e irrepetible, valiosa y digna, sean cuales sean las circunstancias en la que se desenvuelve.

Una segunda concepción que se propaga en la cultura actual consiste en reducir la vida humana al concepto de calidad de vida, y de este modo se afirma que hay vidas que no son dignas de ser vividas, pues no tienen “calidad” suficiente. Así queda abierta la puerta para decidir qué vidas tienen suficiente calidad. ¿Es que hay seres humanos de primera, segunda o tercera categoría? La experiencia ética originaria nos permite percibir que todos los seres humanos somos gualmente dignos y valiosos. Los cristianos reconocemos que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios (cfr. Gn 1, 27) y que él nos ama incondicionalmente.

Pero, ¿cómo mostrar de modo convincente que toda vida humana es valiosa? Ante todo debemos recibir gozosamente la propia vida con gratitud, pues solo si nos aceptamos y nos queremos tal y como somos, podremos amar y respetar a los demás. Cuando uno se sabe amado incondicionalmente por Dios, es consciente de su propia dignidad, y también sabe que los demás son igualmente amados y valiosos. Así podemos ver en los demás a nuestros hermanos, a alguien a quien respetar, amar y ayudar.

La familia, santuario de la vida y esperanza de la sociedad

Y en esta tarea de valorar la vida humana, consideramos a la familia como el lugar primero y privilegiado para educar en la acogida del don de la vida, pues el amor incondicional de la familia permite crecer en la seguridad de ser querido pase lo que pase.

La familia es el santuario de la vida y esperanza de la sociedad, porque es el único lugar en el que cada uno es querido por sí mismo, independientemente de su currículum, sus cualidades, sus logros, de lo que tenga o deje de tener. Y esto permite a los miembros de la familia sentir una seguridad, una estabilidad y una libertad que no tienen parangón.

En la familia se aprende a valorar la vida cada vez que hay un embarazo y se recibe la nueva vida con alegría, aunque sea inesperada. Como afirma el papa Francisco: “Es tan grande el valor de una vida humana, y es tan inalienable el derecho a la vida del niño inocente que crece en el seno de su madre, que de ningún modo se puede plantear como un derecho sobre el propio cuerpo la posibilidad de tomar decisiones con respecto a esa vida, que es un fin en sí misma y que nunca puede ser objeto de dominio de otro ser humano. La familia protege la vida en todas sus etapas y también en su ocaso” (Papa Francisco, exhortación apostólica Amoris laetitia, 83).

La sociedad y el Estado como promotores de la familia

El papel de la familia en la edificación y desarrollo de la sociedad y de la cultura de la vida es insustituible. El Estado debe apoyar y promover el papel de la familia para que pueda acoger y cuidar a sus miembros, más allá de sus circunstancias vitales, permitiendo a la familia cumplir su misión de custodiar, revelar y comunicar el amor.

Toda vida humana es digna de amor y respeto. Una sociedad que no cuida y protege a la familia y a sus miembros más desfavorecidos es una sociedad enferma y sin futuro. En la fecundidad del amor, expresado en el don de una nueva vida, que es acogida, respetada y cuidada, está el futuro de la sociedad.

En esta Jornada de la vida encomendamos de modo particular al cuidado materno de la Virgen María, que acogió el Verbo hecho carne en su seno, a aquellas personas que tienen encomendada el área de la educación, el cuidado y el gobierno de las personas. De este modo contribuiremos eficazmente a la edificación de la civilización de la verdad y del amor, para alabanza y gloria de Dios Creador y amante de la vida.

Con mi afecto y bendición,

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