Tibieza

Carta de
Mons. D. José María Gil Tamayo
Obispo de Ávila

gil tamayo oficial

Domingo 31 de marzo de 2019

La Cuaresma invita a los cristianos a la renovación de su vida espiritual y hay algo que de forma muy sutil lo impide: el acostumbramiento. Los humanos nos vemos afectados por él en muchas facetas de nuestra vida, que si bien nos permite disminuir la atención en determinadas actividades laborales sin que por ello perdamos eficacia y más bien la facilitan, es, en cambio nefasto, en otras, como son, por ejemplo, en el amor humano o en nuestras relaciones con Dios.

Surge entonces la tibieza. Es lo que le ocurre a un matrimonio, cuando, con el paso de los años (que pueden no ser muchos) los esposos no han ido alimentado día a día el amor con detalles de cariño y terminan por acostumbrarse a la vida matrimonial cayendo en la rutina. Se entra así progresivamente en una espirar de soledades reunidas: la de la mujer, la del marido, y a veces hasta las de los hijos. Es el primer paso para lo que viene después, ya que, tras el acostumbramiento y con él el enfriamiento del amor, los esposos dejan de quererse y empiezan a aguantarse: se endurece el corazón. El hogar deja de serlo y se convierte en “pensión”. Se ve al otro cónyuge como alguien a quien soportar y los defectos que antes se toleraban, ya que nadie es perfecto, ahora se critican y se consideran manías intolerables. Ya no se habla o dialoga, sino que se discute y se acusan mutuamente de una larga lista de agravios que la susceptibilidad agranda.

Para poner remedio a este acostumbramiento dañino hay que recuperar el amor primero, volver a enamorarse, pararse y hablar con el otro sin acusarse; hacer examen y buscar las causas y no los culpables de esta situación en la que ha influido, sin duda, el paso de los años, el cansancio, el trabajo, los agobios, etc. Es imprescindible perdonarse y comenzar de nuevo con ilusión renovada, aunque al principio parece que no se tienen ganas para ello, que no se siente. Eso sí hay que hacerlo con la lección aprendida de que el amor ha de alimentarse cada día con detalles cariño, de servicio; con renuncia, con algo tan sencillo, a lo mejor, como es dedicarle más tiempo a la otra persona, sobre todo cuando en el hogar los hijos van cada uno a lo suyo o son ya mayores…

El enfriamiento del amor también nos puede pasar en nuestras relaciones con Dios. Es la tibieza espiritual. Santo Tomás de Aquino la definía en la Suma Teológica como “una cierta tristeza por lo que el hombre se vuelve tardo, para realizar actos espirituales, a causa del esfuerzo que comportan” (2-2, q.35, a.3).

Por su parte, el libro del Apocalipsis señala al responsable de la Iglesia de Éfeso: “Tengo contra ti que dejaste tu primer amor. Considera, pues, de dónde has caído, y arrepiéntete, y practica las obras primeras” (2,4-5).

La tibieza es una actitud ante Dios que arraiga en una postura humana y espiritual de mediocridad. Es la pereza del alma, que echa raíces en el carácter a fuerza de omisiones, de dejaciones, de faltas de generosidad para con Dios y para el compromiso cristiano. Se deja de rezar o sólo se hace en situaciones apremiantes, urgentes. Se sacan mil excusas para no comprometerse en la vida parroquial o en el servicio eclesial: que no se tiene tiempo ni ganas… Se está bajo mínimos y llega un momento que parece que no se puede ser mejor cristiano, que no se tienen fuerzas para exigirse. Y no es verdad; es que se ha endurecido el alma, que falta cariño al Señor y a los demás. El remedio es el mismo que para el amor humano: examinar dónde se están las causas de esta situación y volver al amor primero con verdadero arrepentimiento, en el que nos estaría bien una buena confesión sacramental. Los asuntos de Dios son una cuestión de amor y de perdón.

Entre las causas de esta pereza del alma, que también toma cuerpo como acedia pastoral en la vida de la Iglesia, el Papa Francisco señala que “el problema no es siempre el exceso de actividades, sino sobre todo las actividades mal vividas, sin las motivaciones adecuadas, sin una espiritualidad que impregne la acción y la haga deseable. De ahí que las tareas cansen más de lo razonable, y a veces enfermen. No se trata de un cansancio feliz, sino tenso, pesado, insatisfecho y, en definitiva, no aceptado” (Evangelii Gaudium, 82).

Esta cuarta semana que vamos a iniciar de Cuaresma puede ser una buena ocasión para “descongelar” el alma, para ablandarla en lo humano y en lo espiritual. Es el deseo del salmo 94 que nos hace una buena invitación: “Ojalá escuchéis hoy su voz: no endurezcáis el corazón…”: la voz de los demás y la de Dios. Un buen deseo para todos. No perdamos sintonía con ellos.

Con mi bendición, les deseo una feliz semana.

gil tamayo firma obispo
✠ José María Gil Tamayo
Obispo de Ávila

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