Llega la Pascua

Carta de
Mons. D. Ginés García Beltrán
Obispo de Getafe

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En pocos días vamos a celebrar la Pascua. Toda la riqueza de la liturgia unida a la experiencia cristiana, que en la Semana Santa adquiere una mayor profundidad, nos ofrece ricas manifestaciones de fe en los templos y fuera de ellos –no podemos olvidar las manifestaciones de la piedad popular–, al tiempo que nos ayuda a vivir con verdadero espíritu religioso. Para ello hemos de crear ambiente, prepararnos, vivir con sinceridad y profundidad cada paso en el camino de la pasión, muerte y resurrección del Señor.

Si el Domingo de Ramos acompañamos a Jesús en su entrada en Jerusalén, lo hacemos identificándonos con Él. Seguir a Jesús, y esto es ser cristiano, es ir con Él, escucharlo y hacer nuestras sus palabras y su estilo de vida. Es un verdadero camino de identificación, de compartir sus sentimientos; es llegar con Él hasta el Calvario, hasta la entrega. Es compartir su destino.

El destino del Hijo de Dios es entregarse por la salvación de los hombres, lo que celebramos y recordamos con gestos elocuentes en el Jueves Santo. El lavatorio de los pies y, sobre todo, la celebración de la Eucaristía, nos recuerda que la vida es un don que se da. ¿De qué sirve la vida si no es para los demás? El amor es lo que sostiene y da sentido a la vida. Dice el Papa a los jóvenes: “Porque sólo lo que se ama puede ser salvado. Sólo lo que se abraza puede ser transformado”. El Jueves Santo es el anuncio profético y sacramental de lo que celebramos el Viernes Santo: la muerte de Cristo.

El Viernes Santo es un día para la contemplación, para “mirar al que traspasaron”. En la cruz está colgada la Palabra que Dios dice al mundo para confundir a los poderosos y para levantar a los caídos. Al mirar al Crucificado podemos entender la medida del amor de Dios, es decir, que no tiene medida. Sólo queda contemplar y agradecer. Es el silencio ante el amor que te roba la palabra y te pide la presencia: “Y sólo te pido no pedirte nada, estar aquí, junto a tu imagen muerta”. Y, aunque parezca una contradicción, la muerte como ofrenda de la vida es ya el anuncio de la Resurrección. En el amanecer del primer día de la semana, Cristo resucitó, y en su resurrección todos vencimos. El bautismo nos sumergió en la muerte de Cristo para alzarnos en su nueva vida. Cristo ha resucitado y, por eso, nuestra vida y nuestra predicación tienen sentido.

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✠ Ginés García Beltrán
Obispo de Getafe

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