Ante la Semana Santa (II): La formación cristiana de los cofrades

Carta de
Mons. D. Vicente Jiménez Zamora
Arzobispo de Zaragoza

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Domingo 7 de abril de 2019

Queridos diocesanos:

Ante la Semana Santa os invito a contemplar los rostros de Jesús y de María y todas las escenas de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor. El momento más esperado de las procesiones es el paso de la imagen cerca de nosotros. Entonces tenemos la oportunidad de contemplar los rostros, convenientemente iluminados. Todo ha merecido la pena para que pueda establecerse la comunicación entre dos miradas: la del Señor y la nuestra. La mirada del Señor es amor y ternura; la nuestra debe ser una mirada de fe, de sentimientos de conversión, de gratitud y de amor.

¿Hay una fisonomía especial del cofrade? ¿Cómo debe ser la formación cristiana de los cofrades? El alma que impulsa y unifica la actividad del cofrade es la fe cristiana vivida en la Iglesia. Una cofradía penitencial y una hermandad de Semana Santa giran en torno a un misterio de la vida, pasión, muerte y resurrección del Señor, que tiene como signo un paso, una imagen y otros signos identificadores. En la pertenencia a una cofradía y hermandad debe haber siempre un sentido de Iglesia y frecuentemente se une una tradición de familia. Todo cofrade debe cuidar su formación permanente en la fe, la participación en los sacramentos de la Iglesia, sobre todo, en la eucaristía dominical y vivir el testimonio de la caridad y amor fraterno tomando parte en alguna actividad de carácter caritativo-social. Si la cofradía y hermandad como tales asumen un programa de ayuda a los pobres y necesitados, es una estupenda acreditación de su vida de fe.

Las actividades de las cofradías durante la Semana Santa deben ser complementarias de las celebraciones litúrgicas. La reforma litúrgica promovida por el Concilio Vaticano II ha acentuado claramente que la Misa Vespertina de la Cena del Señor el Jueves Santo, la Celebración de la Pasión el Viernes Santo, la Vigilia Pascual en la Noche del Sábado Santo y la eucaristía de la Resurrección del Señor el domingo de Pascua deben ocupar el centro de las celebraciones cristianas. Hay otras formas importantes de participar abiertas a todos los cristianos: la adoración del Santísimo la noche del Jueves Santo, la Liturgia de las Horas durante las mañanas del Viernes y Sábado Santo, el ejercicio del vía crucis, etc.

Y sin duda, como expansión de las celebraciones litúrgicas, ocupan un puesto digno de ser reconocido con afecto personal las procesiones de la Semana Santa. Prestan las cofradías a los demás cristianos un servicio valioso preparando y organizando, con devoción y arte, las diversas procesiones. Prolongan la meditación de los misterios, celebrados en los templos e iglesias, discurriendo por las calles de los pueblos y ciudades. Los bellos pasos, el redoble de los tambores, la música grave, el ritmo pausado, el silencio oportuno… favorecen la asimilación creyente de los acontecimientos.

Hay un aspecto que no quiero dejar de subrayar. Con el debido respeto a la libertad religiosa de todos, la fe de los cristianos sale de los templos para manifestarse públicamente en medio de las ciudades y los pueblos. Esto debe ser una invitación a que no encerremos la fe en el santuario de la conciencia, a que la acción de la Iglesia no se recluya en los templos, a que rompamos el individualismo y nos unamos como comunidad que profesa abiertamente su fe. Entre el alardear de la religión con un cierto talante de ‘cristiandad’ y ‘clandestinizar’ la fe cristiana de manera vergonzante hay una manera respetuosa, humilde y valiente de mostrar en público lo que realmente somos y queremos ser, a saber, creyentes, seguidores de Jesucristo y miembros de la Iglesia en el mundo. La Iglesia no quiere vivir en un régimen de catacumbas por la persecución sutil o violenta, ni tampoco ser la religión de un Estado confesional. Este es aconfesional y los cristianos, como los demás ciudadanos, tenemos derecho a ser respetados en nuestra condición de creyentes y poder desarrollar privada y públicamente nuestra fe y sus manifestaciones.

La fe, que es personal y libre, debe poder ser profesada externamente y expresarse comunitaria y públicamente. La libertad religiosa se expresa mediante actos que no son solamente interiores ni exclusivamente individuales, dado que el ser humano piensa, actúa y se comunica con los demás; la ‘profesión’ y la ‘práctica’ de la fe religiosa se expresa a través de una serie de actos visibles, que son el origen de una comunión con las personas de la misma fe y establecen un vínculo de pertenencia del creyente a una comunidad religiosa orgánica.

Termino mi intervención invitando a contemplar el rostro del Señor, que se refleja también en sus imágenes bellas y piadosas de la Semana Santa. Su contemplación fortalecerá nuestra fe y limpiará nuestros ojos para ver, a la luz del Evangelio, a las personas concretas que sufren su pasión y todos los acontecimientos de la vida. El que las procesiones, saliendo de los templos, recorran las calles y plazas de las ciudades y pueblos es un signo y un estímulo para hacer presente y efectiva la fe cristiana en la vida de la sociedad.

Desde aquí como vuestro Arzobispo y Pastor os animo a todos, sacerdotes, religiosos, cofrades y fieles laicos a participar con fe y devoción en la celebración de los sagrados misterios que nos dieron nueva vida. ¡Feliz Semana Santa y Pascua de Resurrección!

Con mi afecto y bendición,

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