Santa Misa del Domingo de Ramos en la Pasión del Señor

Homilía de
Mons. D. BRAULIO RODRÍGUEZ PLAZA
Arzobispo de Toledo
Primado de España

braulio14042019

S.I. Catedral Primada de la Asunción, Toledo
Domingo, 14 de abril de 2019

Domingo de Ramos en la pasión del Señor: así se denomina a este domingo, que abre la Semana Santa, su gran pórtico, la semana en la que Jesucristo se dirige hacia la culminación de su vida terrena. Él va a Jerusalén para cumplir las Escrituras y para ser colgado en la cruz, el trono desde el cual reinará por los siglos, atrayendo así a la humanidad de todos los tiempos y ofreciendo el don de la redención a todos los hombres y mujeres.

Por eso decimos que la cruz de Cristo es revelación, pues revela quién es Dios y cómo es el ser humano. Jesús no es solo el “justo crucificado” que, en medio de hombres perversos, tiene que ser perseguido. No. Jesús es el que nos dicen los Evangelios se encamina voluntariamente a Jerusalén y entregará su vida en expiación al aceptar la muerte “en rescate por muchos” (cfr. Mc 10, 45).

Tratemos de ponernos en lo que están viendo los contemporáneos de Jesús: Si Jesús es llamado por el ciego de Jericó “Hijo de David”, ¿no sería quizás el nuevo Mesías, el nuevo David? Nos dice san Marcos que Jesús llegó a Jerusalén desde Betfagé y el Monte de los Olivos, es decir, la vía por la que había de venir el Mesías. El ánimo de los discípulos y otros peregrinos se deja ganar por el entusiasmo: toman sus mantos y los echan encima de la borriquita; otros alfombran con los mantos el camino o cortan ramas de olivos y comienzan a gritar con palabras del Salmo 118: “¡Hosanna!, bendito el que viene en nombre del Señor”. Un grito de bendición, un himno de júbilo, que expresa la convicción de que, en Jesús, Dios ha visitado a su Pueblo.

Pero, ¿cuál es el contenido de este grito de júbilo? La respuesta está en toda la Escritura, que nos recuerda cómo el Mesías lleva a cumplimiento la promesa de la bendición de Dios, la promesa originaria que Dios había hecho a Abraham, el padre de todos los creyentes: “Haré de ti una gran nación, te bendeciré… y en ti serán benditos todas las familias de la tierra” (Gn 12, 2-3). Es la promesa que Israel siempre había tenido presente en la oración, sobre todo en los Salmos. Por eso, el que es aclamado por la muchedumbre como bendito es al mismo tiempo aquel en el cual será bendecida toda la humanidad. Podemos pensar que, a la luz de Cristo, la humanidad recibe una bendición divina que todo lo penetra.

Podemos, pues, descubrir este Domingo de Ramos un primer gran mensaje que nos trae la festividad de hoy: la invitación a mirar de manera justa a la humanidad entera, con sus diversas culturas y civilizaciones. La mirada que el creyente recibe de Cristo es mirada de bendición, amorosa y sabia, capaz de acoger la belleza del mundo y de compartir su fragilidad. Es la mirada que leemos este texto: “Te compadeces de todos, porque todo lo puedes, cierras los ojos a los pecados de los hombres, para que se arrepientan. Amas a todos los seres y no aborreces nada de lo que hiciste… Tú eres indulgente con todas las cosas, porque son tuyas, Señor, amigo de la vida” (Sab 11, 23-24.26).

Pero, ¿qué latía realmente en el corazón de los que aclaman a Cristo como Rey de Israel? Tenían, sin duda, su idea del Mesías, una idea de cómo debía actuar el Rey prometido por los profetas y esperado por tanto tiempo. Pero no olvidemos que son éstos mismos quienes pocos días después gritarán a Pilato: “¡Crucifícalo!”. Los discípulos de Jesús permanecían incluso un tanto desilusionados por el modo en que Jesús había decidido presentarse como Mesías y Rey de Israel. Este es precisamente, hermanos, el núcleo de la fiesta de hoy para nosotros cristianos que llenarán en Semana Santa tal vez nuestras iglesias y, seguro, acudirán a los desfiles procesionales.

¿Quién es para nosotros Jesús de Nazaret? ¿Qué idea tenemos del Mesías, qué idea tenemos de Dios? Esta es una cuestión crucial que no podemos eludir en esta semana. ¿Qué va a significar cantar con palmas en las manos “Hosanna al Hijo de David!”? ¿De qué nos sirve de verdad vivir como cristianos la Semana Santa? Os lo digo sobre todo a vosotros, jóvenes católicos, los que tal vez queréis vivir bien la Semana Santa y a otros tantos para quienes esta semana es pura vacación aderezada con algo de templo y de procesión, pero nada más.

Pero la pregunta va para todos nosotros, los discípulos de Cristo, para ti y para mí: ¿Cuáles son nuestras verdaderas expectativas? ¿Cuáles son los deseos más profundos que nos han traído hasta aquí para celebrar el Domingo de Ramos e iniciar la Semana Santa?

Estas preguntas, pienso hermanos, han de ser respondidas personalmente por cada uno de nosotros. Nuestra fe no consiste en cumplir unas reglas, sino un responder a quien nos invita a entrar en su misterio en la Iglesia. Luego vendrá nuestra conducta, que probablemente habrá que cambiar. Nuestros sentimientos han de ser, por ejemplo, la alabanza, como hicieron aquellos que acogieron a Jesús en Jerusalén con su “hosanna”. Pero también el agradecimiento, porque de nuevo esta Semana Santa el Señor Jesús renovará el don más grande que nadie se puede imaginar, nos entregará su vida, su cuerpo y su sangre, su amor.

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