Semana Santa, tiempo de renovación espiritual

Carta de
Mons. D. Celso Morga Iruzubieta
Arzobispo de Mérida-Badajoz

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Domingo 14 de abril de 2019

Queridos fieles:

Nos metemos de lleno en la Semana Santa, para la que hemos tenido cuarenta días de preparación. Ello nos da idea de la importancia de esta celebración: la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor.

La Semana Santa es el momento litúrgico más intenso del año. Como bien sabéis lo comenzamos este Domingo recordando la entrada triunfal de Cristo en Jerusalén, simbolizado en las palmas y ramos de olivo que tanta ilusión provoca en los niños y que nos trasporta a todos a aquel momento.

Jesús entra como rey, pero no es un rey dominador, sino servicial y humilde, sus armas son el amor y la entrega, incluso de Sí mismo para la redención de todos.

En la liturgia eucarística del Domingo de Ramos se lee el Evangelio de la Pasión, lo cual nos introduce ya también en el núcleo de la semana que comenzamos.

El Jueves Santo nos fijamos básicamente en dos aspectos: la institución de la Eucaristía en la Última Cena y la institución del sacerdocio: “haced esto en conmemoración mía” y expresado en el lavatorio de los pies como acto de servicio.

El Viernes Santo es el único día del año en el que no celebramos la Eucaristía. La protagonista es la Cruz, adorada por los fieles en el transcurso de la celebración, que comienza con el sacerdote postrado y los fieles arrodillados. Es una postura de humildad, de penitencia que vemos una y otra vez en las Sagradas Escrituras: Abraham “cayó rostro en tierra y Dios le habló” (Gn 17,3), Moisés “cayó en tierra de rodillas y se postró” (Ex 34,8). En el Nuevo Testamento, Lucas se refiere también a la postura de Jesús orante en el Huerto de los Olivos: “Jesús salió y, como de costumbre, fue al monte de los Olivos, y los discípulos le siguieron. Llegado al lugar les dijo: ‘Pedid que no caigáis en tentación’. Y se apartó de ellos como un tiro de piedra, y puesto de rodillas oraba diciendo: ‘Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya’” (Lc 22, 39-43).

La Vigilia Pascual es la celebración más importante y rica en cuanto a simbolismo de todo el año litúrgico: el paso de la oscuridad a la luz con las luces del templo apagadas, la bendición del agua, la bendición del cirio pascual, el momento elegido para leer las lecturas del Antiguo Testamento y del Nuevo, el bautismo de los nuevos cristianos, si los hubiere… Esa noche nos mete de lleno en el Domingo de Resurrección, el día en que el Señor venció a la muerte y nosotros con Él y en Él. Es el Domingo de Pascua, el paso de la muerte a la vida, como pasó el pueblo judío de la esclavitud a la libertad.

Os invito a actualizar en vuestras vidas estos misterios centrales de nuestra fe, a acompañar a Jesús, a renovaros en el sacramento de la Penitencia para morir al pecado y resucitar con Cristo.

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 Celso Morga Iruzubieta
Arzobispo de Mérida-Badajoz

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