Santa Misa Crismal

Homilía de
Mons. D. DEMETRIO FERNÁNDEZ GONZÁLEZ
Obispo de Córdoba

demetrio16042019

S.I. Catedral de la Asunción de Nuestra Señora, Córdoba
Martes Santo, 16 de abril de 2019

Homilía en la Misa Crismal

Saludos: Mons. Mario Iceta, obispo de Bilbao.

Queridos sacerdotes, seminaristas, personas consagradas, fieles laicos.

1. Un Corazón que no se cansa de amar, el Corazón de Jesús

Nos encontramos en la Pascua de este año 2019 dedicado especialmente al Corazón de Jesús, en el centenario de la consagración de España al Sagrado Corazón y en el 90 aniversario del monumento de Córdoba al Sagrado Corazón.

En el corazón de Cristo se ha expresado el amor loco de Dios por nosotros, y particularmente por los sacerdotes, porque “el sacerdocio [ministerial] es el amor del corazón de Jesús” (CEC 1589), en frase del santo Cura de Ars. “Si se comprendiese bien el sacerdote en la tierra, se moriría no de pavor, sino de amor”. Queridos sacerdotes, moriríamos de amor, si cayéramos en la cuenta de lo que es y significa ser sacerdote.

En la órbita del amor, nuestros pecados ofenden al Corazón de Cristo y le ofende especialmente el pecado de sus sacerdotes. Si el Señor ha permitido estas debilidades, pues llevamos este tesoro en vasijas de barro (cf 2Co 4,7), es porque quiere estimularnos a mayor amor, a mayor generosidad en la respuesta de amor, a mayor santidad de los sacerdotes para la renovación del mundo y de la Iglesia. Entrando en el corazón de Cristo, procuremos reparar el dolor producido por nuestros pecados, y especialmente por los pecados de los sacerdotes. Y dejémonos amar sin salirnos de la órbita de su Corazón.

Un poema de san Juan de la Cruz es especialmente expresivo de este amor por parte de Jesucristo, de la falta de respuesta por nuestra parte a ese amor que nos precede y de la reacción de más amor con que Jesucristo se ha entregado a la muerte por nosotros. Así se expresa el doctor místico:

Un pastorcico solo está penado,
ajeno de placer y de contento
y en su pastora puesto el pensamiento
y el pecho del amor muy lastimado.

No llora por haberle amor llagado,
Que no le pena verse así afligido,
Aunque en el corazón está herido
Mas llora por pensar que está olvidado;

Que solo de pensar que está olvidado
De su bella pastora, con gran pena
Se deja maltratar en tierra ajena
El pecho del amor muy lastimado.

Y dice el pastorcico: “¡ay, desdichado
De aquel que de mi amor ha hecho ausencia
Y no quiere gozar la mi presencia
Y el pecho de su amor muy lastimado!”.

Y a cabo de un gran rato se ha encumbrado
Sobre un árbol, do abrió sus brazos bellos
Y muerto se ha quedado asido dellos,
El pecho de su amor muy lastimado.

“Mas llora por pensar que está olvidado”. No le afligen tanto los tormentos de la pasión, que fueron horribles. Le aflige especialmente ver que su amor no es correspondido, le aflige sentirse olvidado. En el lenguaje del amor, el mayor desprecio es no hacer aprecio. Tantos santos han buscado consolar al Corazón de Cristo, olvidado, ofendido, despreciado en su amor por nosotros.

El drama de nuestro tiempo es el olvido de Dios. Despertemos en nuestro corazón y en el de nuestros fieles el deseo de Dios, el deseo de agradar a Dios, el deseo de consolar ese Corazón que tanto ama a los hombres.

2. Ungidos para ser enviados

En la Misa Crismal, año tras año, recogemos los frutos de la redención condensados en los sacramentos. Es consagrado el santo Crisma con el que serán ungidos los bautizados, los confirmados, los ordenados, los altares y los vasos sagrados. Es bendecido el Óleo de los catecúmenos, con el que somos fortalecidos en la lucha contra el Maligno, contra Satanás, los que van a ser bautizados y los que se someten a un exorcismo. Es bendecido finalmente el Óleo de los enfermos, por el que tantos enfermos a lo largo del año reciben la suavidad de la redención de Cristo que ha transfigurado el sufrimiento en acto de amor y por el que tantos enfermos reciben el consuelo de Cristo y el perdón de sus pecados.

Cuando en la Visita pastoral recorro las parroquias, constato que este río de gracia que aquí se genera hoy, llega hasta el último rincón de la diócesis como una corriente benéfica que renueva todo lo que toca con la acción del Espíritu Santo. “Uno de los soldados con la lanza le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua” (Jn 19,34). Contemplemos por un instante ese panorama de gracia, que brota del Corazón de Cristo y del que los sacerdotes somos ministros y dispensadores. Revisemos por un momento cuanta gracia ha pasado por nuestras manos en el año pasado y cuánta querrá Dios que pase en el año venidero. Que ningún trombo, ningún tapón, obstaculice el correr de la gracia por la acequia de Dios, pues somos instrumentos en sus manos; sino que seamos canales diáfanos añadiendo a esa gracia nuestra humilde colaboración impregnada de santidad.

Jesucristo regenera constantemente a su Iglesia, a sus sacerdotes. No se trata sólo de algo que hizo en un momento del pasado, y que hoy recordamos agradecidos, sino que cada día actualiza sus dones en nuestro corazón. “Tomad y comed, esto es mi cuerpo; esta es mi sangre”, Cristo se identifica con cada sacerdote. Cada uno de nosotros somos provocados cada día a identificarnos más con él. Nuestro ministerio consiste en administrar las fuentes de la gracia y repartir los dones abundantes de Dios. No nos funcionalicemos, sino sirvamos con temor y temblor al Pueblo santo de Dios.

3. Renovamos las promesas sacerdotales

“¿Queréis uniros más fuertemente a Cristo y configuraros con él, renunciado a vosotros mismos y reafirmando la promesa de cumplir los sagrados deberes, que por amor a Cristo aceptasteis gozosos el día de vuestra ordenación para el servicio de la Iglesia?”, os pregunta el obispo. –“Sí, quiero”, responderéis cada uno y todos a la vez.

Qué espectáculo tan bonito, queridos sacerdotes. A pesar de nuestras debilidades e incluso a pesar de nuestros pecados, Jesucristo reina en nuestro corazón y nosotros le expresamos que queremos seguirle en el ejercicio de nuestro ministerio sacerdotal. Queremos seguir dando nuestra vida para que otros tengan vida eterna. Reafirmamos solemnemente ante la gran asamblea de los fieles: Sí, quiero. Quiero seguir siendo sacerdote hasta el último suspiro de mi alma. Quiero gastar mi vida entera por él y para él, al servicio de mis hermanos, allí donde la obediencia me sitúe. No busco mi carrera ni ganar más dinero ni tener más prestigio, sólo quiero la gloria de Dios y el bien de las almas. Así lo quiero y así lo confieso públicamente.

Gracias, queridos sacerdotes, por vuestra entrega, por vuestro servicio. He encontrado entre vosotros los mejores testimonios de mi vida, que me estimulan a responder generosamente a mi vocación de servicio a la Iglesia y a los hermanos.

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