Santa Misa Crismal

Homilía de
Mons. D. JOSÉ MANUEL LORCA PLANES
Obispo de Cartagena en España

lorcaplanes16042019

S.I. Catedral de Santa María, Murcia
Martes Santo, 16 de abril de 2019

MISA CRISMAL

Excmo. Rvdmo. Mons. Gil Hellín, Arzobispo emérito de Burgos
Excmo. Rvdmo. Mons. Sebastián Chico Martínez. Obispo Auxiliar electo
Ilmo. Sr. Deán y Cabildo de la Catedral
Hermanos sacerdotes, especialmente los ancianos y enfermos.
Religiosos y religiosas,
Seminaristas,
Un saludo especial a todos los que habéis venido a esta celebración de la Misa Crismal.

Hermanos,

Esta Santa Iglesia Catedral que hoy nos acoge para celebrar la Misa Crismal se está preparando para vivir un alegre acontecimiento, la ordenación episcopal de un miembro de este presbiterio. Ya desde el momento del anuncio por parte de la Santa Sede del nombramiento de Don Sebastián como Obispo auxiliar comenzaron a moverse todos los hilos interiores de nuestro ser, porque era necesario expresar nuestros sentimientos, la sorpresa se expresaba mejor repicando las campanas de la torre para alabanza de nuestro Señor. Desde el año 1966 no se había producido aquí algo semejante, entonces fue la ordenación episcopal del que venía como Obispo coadjutor con derecho a sucesión, nuestro querido obispo Don Miguel Roca Cabanellas. El mes de mayo será memorable, porque la llamada que te ha hecho el Señor, por medio del Santo Padre, querido Sebastián, ha hecho visible el valor y la grandeza de este presbiterio en la Iglesia y en el mundo. Por esto estoy contento, me siento feliz y doy gracias a Dios, esperando con ilusión, a la puerta de la casa, como Abraham, la visita de los mensajeros de Dios. Esto es algo que me colma de gozo, porque os valoro mucho más de lo que soy capaz.

Hermanos sacerdotes, bien sabéis las dificultades que nos rodean y lo que supone ser fiel a la palabra dada a Dios, pero la Virgen Santísima nos ha enseñado el camino y Ella es nuestro modelo para vivir cerca del corazón de Dios, aunque las seducciones de este mundo no nos den tregua y pretendan quitarnos la paz. En la Exhortación Apostólica, Christus Vivit, el Papa Francisco nos propone a María como modelo y nos dice que Ella está en el corazón de la Iglesia de una manera resplandeciente, que imitemos su frescura y su docilidad, «tenía un alma disponible y dijo: “Aquí está la servidora del Señor”» (Lc 1,38). Si ya habéis leído esta exhortación veréis que el Papa nos ha recordado algo que pertenece al estilo más genuino de la condición cristiana, la fuerza de una palabra, el “Fiat”, el hágase, el decirle a Dios que estoy dispuesto totalmente a hacer su voluntad, «la fuerza de ese “hágase” que le dijo al ángel. Fue una cosa distinta a una aceptación pasiva o resignada. Fue algo distinto a un “sí” como diciendo: bueno, vamos a probar a ver qué pasa. María no conocía esa expresión: vamos a ver qué pasa. Era decidida, supo de qué se trataba y dijo “sí”, sin vueltas. Fue el “sí” de quien quiere comprometerse y el que quiere arriesgar, de quien quiere apostarlo todo, sin más seguridad que la certeza de saber que era portadora de una promesa… María tendría, sin dudas, una misión difícil, pero las dificultades no eran una razón para decir “no”. Seguro que tendría complicaciones, pero no serían las mismas complicaciones que se producen cuando la cobardía nos paraliza por no tener todo claro o asegurado de antemano. ¡María no compró un seguro de vida! ¡María se la jugó y por eso es fuerte! El “sí” y las ganas de servir fueron más fuertes que las dudas y las dificultades» (CV,44).

Alma disponible, por eso la fuerza de su hágase; María se compromete, arriesga, porque es portadora de una promesa y las dificultades no son razón para decir “NO”. Cosas que ha ido repitiendo el Santo Padre… Lo he repetido, porque la tentación que nos acecha viene por ahí, quiere hacernos creer que la hermosa misión que nos encomienda el Señor ya no tiene sentido, que eso de complicarse la vida en el servicio de la misión evangelizadora es cosa del pasado; que lo de servir a los más necesitados no da brillo en la sociedad, que vas a ser un insignificante; el tener que hacer todos los días lo mismo, repitiendo una y otra vez las tareas… termina cansando. ¡Aquí está el lobo vestido de cordero! Esta es su sutileza, lo que pretende es alejarte de la promesa de tener un alma disponible, así de sencillo y, en consecuencia, ha dado comienzo a tu derribo. ¡No se te ocurra caer en esa tentación! Porque estarás negando la fuerza del Espíritu Santo que te ha regalado Dios. Sí, tú has recibido al Espíritu en el Bautismo, en la Confirmación y te ha dado la fortaleza a ti, en la ordenación sacerdotal, para colaborar con el Señor a construir un pueblo de santos y, además, te va dando signos de su presencia en el ejercicio del ministerio. Sólo los que han cerrado los ojos y han taponado sus oídos, ni ven, ni oyen, ni sienten… van a la deriva. ¿Os imagináis cual es la situación de una persona a la deriva? estar a merced de todos y de la nada, inseguridad, desconfianza, miedo…

Querido hermano, si me lo permites, me gustaría pedirte que recordaras cuál es tu verdadera vocación: la santidad. Como dice el Concilio: que todos los fieles cristianos somos llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la perfección, a la santidad, a ser perfectos como lo es el Padre (cf. LG,11). El Papa Francisco lo explica muy bien cuando dice que para ser santos tenemos que vivir con amor y ofrecer el propio testimonio en las ocupaciones de cada día, donde tú te encuentres…

No te desalientes, porque tienes la fuerza del Espíritu Santo (cf. GE, 14-15). La santidad en los pequeños gestos de cada día y también en los desafíos mayores… Si estás alerta, le darás la cara a cualquier cosa que se presente y no te quitará la paz. Atiende a los hermanos con dulzura, sal al encuentro de los que te buscan, lleva alegría a los que la han perdido, vive el momento presente con amor y regala a la gente que te ha sido confiada, no tus amarguras, sino la riqueza de tu experiencia en Cristo. Es verdad, todo esto no se hace sin un por qué. La razón de este estilo que nos pide la Iglesia está en la oración, en que estamos llenos de Dios, en tener una piedad que nos hace sentirnos delante de Dios en todo momento. El Señor nos ha llamado a la contemplación en medio de la acción y esto no lo podrás hacer si no rezas, si has dejado a Dios a un lado. Que todos los instantes de tu vida sean expresión de un amor entregado bajo la mirada de Dios. La espiritualidad cristiana nos dice que quien actúa así, ya no teme a la soledad, al cansancio, a no desear estar con nadie… El amor es fecundo.

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