Santa Misa Crismal

Homilía de
Mons. D. BRAULIO RODRÍGUEZ PLAZA
Arzobispo metropolitano de Toledo
Primado de España

braulio16042019

S.I. Catedral Primada de la Asunción, Toledo
Martes Santo, 16 de abril de 2019

Queridos hermanos:

El signo del aceite en esta Misa Crismal, cercano ya el Jueves Santo, da a esta celebración su sentido y su carácter, porque está íntimamente unido, el signo, al misterio de Jesucristo, el Ungido. Con otras palabras, la naciente Iglesia, partiendo de la fe en el AT, no supo expresar mejor lo que Jesús era y es, dándole como nombre este símbolo del aceite para ungir. ¿Pero qué es lo que propiamente se expresa con este nombre de “unción” o “ungido”?

En primer lugar, en el signo del aceite se hallan recogidas experiencias humanas de carácter primario. El aceite era en todo el Mediterráneo expresión de la fuerza de la vida en general. El fruto del olivo era el recurso alimenticio básico, más aún que el pan de cada día. Constituía la base de toda la alimentación humana en esa área geográfica. Pero era también la medicina con que se proporcionaba al cuerpo energía descanso y paz. En los Salmos oímos una y otra vez la alegría sobre la excelencia del aceite, cómo recubre el cuerpo reseco, cansado, extenuado por el sol y cómo, de repente, le hace a uno sentir todo el gozo y el vigor de la vida.

Así es como el aceite se convirtió también en un medio de belleza y expresión de la alegría de la vida. Y por eso, se entiende también que el aceite, como portador de la fuerza de la vida, se halle próximo a lo divino; pues Dios es precisamente Dios por el hecho de ser el poder de la vida.

Así se unge a los hombres de Dios, a los profetas, a los sacerdotes y a los reyes. Ellos son “ungidos”, y eso significa algo más que el hecho de que tengan en abundancia el aceite del olivo; debe ser expresión de que el poder de la vida misma está sobre ellos.

Pero resulta que Jesucristo es el verdadero profeta, el verdadero sacerdote y el verdadero rey. Y por eso solo Él es propiamente el Ungido en el pleno sentido del término. Es lo que se les quedó grabado en el corazón a los primeros cristianos cuando Cristo resucitó. Fue entonces cuando el óleo demostró definitivamente su poder frente a la muerte. Era evidente que Él estaba ungido con un óleo más potente, del que el aceite de oliva sólo puede ser, por así decirlo, un signo, un mensajero. Él resucita con aquel poder de vida capaz de regenerar la corrupción, de contradecir a la muerte y de sacarlo del sepulcro como Ungido y presentarlo como vencedor en medio de la humanidad. Por eso resulta evidente cuál es este otro y nuevo óleo, del que el fruto del olivo, a su modo, solo podía ser indicio en la experiencia de la vida cotidiana. Este óleo es el poder de la vida misma, es decir, el Espíritu Santo de Dios, que lo une a Él como Hijo con el Padre, salvando así también al hombre de las garras de la muerte.

Él es, pues, el Ungido, no ya con el fruto del olivo, sino con aquello de lo que él es signo: con el poder de la vida misma, con el Espíritu Creador de Dios.

Esta es la razón por la que en los sacramentos cristianos el óleo ha adquirido un nuevo significado. En la unción de enfermos es medicina de Dios; en su aplicación antes del Bautismo nos recuerda una concepción del cristianismo en la que la vida cristiana se concibe como un combate, como un pugilato olímpico, en el estadio de la historia. La unción en el Bautismo debe significar que el cristiano es ungido por el Señor para entrar en el drama de esta historia; y después del Bautismo se aplica, así como en la Confirmación y en la ordenación sacerdotal recuerda la unción de los sacerdotes, profetas y reyes. Pero ya desde la vida del Resucitado, que traspasa la esperanza de esta vida y nos abre a la vida sin fin. En realidad, esta Misa Crismal, es como una joya pascual, encerrada en la Semana Santa.

De este modo se pone de manifiesto en esta Misa una última cosa: El Espíritu Santo, del que el óleo es símbolo, es el amor. Y por eso es Él la fuerza que se contrapone a la muerte y a la corrupción. Por eso es el centro mismo de Dios, la unidad del Padre y del Hijo. Por eso es el punto de unión entre el Creador y la creación. Por eso Él es el fundamento de la Iglesia y nuestra paz. Por eso esta Misa de los óleos, desde esta perspectiva de su sentido más profundo, es al mismo tiempo una fiesta de la Iglesia y de su unidad.

Nosotros celebramos en torno al altar de la Catedral el santo sacrificio de Jesucristo. Este altar, que es expresión de nuestra Iglesia diocesana de Toledo, es a su vez una referencia clara de Jesucristo mismo, el altar vivo y sacerdote al mismo tiempo. En esta catedral recibimos los santos Óleos, que después salen fuera, de modo que los sacramentos que se imparten en toda la Diócesis proceden de un único centro, apareciendo, así como fruto del sacramento de la muerte y resurrección de Jesucristo: es el fluir del santo Óleo sobre el cuerpo de toda la Iglesia.

Y por esto este día es también la fiesta de los sacerdotes, que han convertido en tarea de su vida esta misión de llevar los santos óleos, y cuya vida entera consiste propiamente en este ir y venir desde el centro, con el fin de que el óleo fluya por el cuerpo y para que participe de la fuerza que del Señor viene hasta nosotros. Es también el sentido que tiene cuando los sacerdotes renuevan en esta Misa las promesas de su ordenación sacerdotal.

No quiero ocultaros ni a vosotros, ni a los fieles que celebran con nosotros esta Misa, la situación de acoso y desprestigio que recibe la Iglesia y sus sacerdotes en estos momentos. Ella, la Iglesia, sin negar el pecado de sus hijos, es la única institución que, en nuestra cultura dominante, en estados, países y pueblos, no se pliega a las exigencias de una política social y económica del capitalismo salvaje y liberal a ultranza que descarta a tantos y olvida a los más pobres, ni tampoco ante otras visiones del mundo de signo contrario, que manejan la ideología de género, por ejemplo, que, por cierto, recuerda la rancia lucha de clases: esta vez entre mujer y hombre. La Iglesia defiende casi sola la complementariedad entre sexos, mujer y varón; que no acepta el aborto como derecho de la mujer, ni la eutanasia como forma de acabar la vida. Por eso se busca en nuestra sociedad doblegarla, para que acepte visiones sobre el ser humano que la antropología cristiana contempla como contrarias a lo que ha recibido de la Tradición cristiana. Se intenta de muchos modos, que no voy ahora a describir, incluso apoyándose, si es posible, en el pecado de los hijos de la Iglesia; sobre todo en nuestros posibles pecados, los sacerdotes.

 Queridos hermanos sacerdotes: cuando a veces os vienen dudas sobre vuestra vocación, cuando dudáis de su sentido, cuando os preguntáis si socialmente es infructuosa o incluso inútil vuestra vida y presencia, pensad en este hecho: pensad cuánto ansían tantas gentes oír las palabras que sólo los labios de un sacerdote pueden pronunciar. Cuántas veces esperan que alguien pueda decirles: “Yo te absuelvo de tus pecados”, si no es un sacerdote. Saben que nadie puede decir por sí mismo: “Esto es mi Cuerpo”. Esta es mi Sangre”, “yo te absuelvo…”.

Allí donde no se pronuncian estas palabras, el pan cotidiano se vuelve insípido y los logros sociales resultan vanos.

Ciertamente, aun cuando un sacerdote contradiga con su vida estas palabras, están siendo eficaces precisamente porque de lo que aquí se trata es del yo de Jesucristo y no del yo del hombre. Sin duda: quien puede poner en su boca el yo de Jesucristo, es necesario que crea en Él. También es necesario que los sacerdotes se sientan respaldados, apoyados y cuidados por el resto del Pueblo de Dios: los fieles laicos, vosotros hermanos, y los consagrados al Señor por una vocación de especial dedicación al Señor y a su Iglesia.

Queridos hermanos: os encomiendo a todos a la Madre de Dios, que será Dolorosa y Virgen de la Alegría en este Triduo Santo. Os encomiendo yo también a vosotros, hermanos sacerdotes, a la persona del discípulo amado en quienes todos fuimos hijos de tal Madre.

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