Santa Misa Crismal

Homilía de
Mons. D. VICENTE JIMÉNEZ ZAMORA
Arzobispo metropolitano de Zaragoza

jimenezzamora17042019

S.I. Catedral del Salvador (La Seo), Zaragoza
Miércoles Santo, 17 de enero de 2019

MISA CRISMAL 2019

“Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros  antes de padecer” (Lc 22, 15).

Este es el sentimiento del corazón de Cristo, al convocarnos esta mañana a su mesa para celebrar la Misa Crismal antes del Triduo Pascual.

Os saludo a todos: hermanos arzobispo y obispos; sacerdotes, diáconos, seminaristas, miembros de vida consagrada, y fieles laicos. Coro de Música y MCS.

Habéis venido de los cuatro puntos cardinales de la Diócesis, de las  seis Vicarías territoriales y de los distintos arciprestazgos y parroquias, para concelebrar en esta Misa Crismal. Traéis el latido pastoral de vuestras parroquias y comunidades. Con vuestra participación estáis indicando que os importa cada  hermano sacerdote del presbiterio diocesano, que es nuestra familia.

Están también con nosotros una representación del Pueblo de Dios: laicos y consagrados, que oran con nosotros y por nosotros, para manifestarnos su aprecio y gratitud. En esta Eucaristía hacemos realidad las palabras del psalmo 132: “ved qué delicia, qué dulzura convivir los hermanos unidos”.

Os agradezco de corazón vuestra presencia numerosa esta mañana aquí en la Catedral del Salvador, madre y cabeza de todas las iglesias de la Diócesis, en los umbrales del “Triduo de Cristo crucificado, sepultado y resucitado” (San Agustín, Carta 55, 14). Quiero también que sintamos la cercanía de los sacerdotes ancianos, enfermos, los que no han podido venir por diversos motivos, los sacerdotes misioneros y también los sacerdotes difuntos en este último año, que han recibido ya la corona prometida a los siervos fieles y cumplidores. Los tenemos presentes en el recuerdo agradecido y en la oración de la Iglesia.

Significado de la Misa Crismal

“La Misa Crismal, que el Obispo celebra con su presbiterio, y dentro de la cual consagra el santo crisma y bendice los demás óleos, es como una manifestación de comunión de los presbíteros con el propio Obispo” (OGMR, 57). Con el santo crisma consagrado por el Obispo, se ungen los recién bautizados, los confirmados son sellados, y se ungen las manos de los presbíteros, la cabeza de los Obispos y la Iglesia y los altares en su dedicación. Con el óleo de los catecúmenos, éstos se preparan y disponen al bautismo. Con el óleo de los enfermos, éstos reciben  el alivio en su debilidad”.

Hoy, queridos hermanos sacerdotes, renovamos un año más las promesas que hicimos el día de nuestra ordenación sacerdotal. El pueblo fiel es testigo de que asumís con gozo el don y el compromiso de seguir al Señor, de ser fieles a su llamada, porque recordáis el día  en que vuestras manos olían a crisma perfumado y sentíais el amor de Cristo, que os llamó para estar con Él y para enviaros a predicar (cfr. Mc 3, 14).

Mensaje de las lecturas bíblicas

La liturgia de la Palabra de esta Misa Crismal nos pone en relación con el Espíritu Santo. En la primera lectura el profeta Isaías anuncia la venida del Espíritu sobre el Mesías (Is 61, 1), que tiene su cumplimiento en Cristo en la sinagoga de Nazaret  (Lc 4, 16-21).

También nosotros, sacerdotes del Nuevo Testamento,  hemos recibido la unción del Espíritu Santo el día de nuestra ordenación para anunciar con valentía el Evangelio a todos los hombres, especialmente a los pobres. Como pastores en medio de nuestro pueblo conocemos los gozos y las esperanzas, las angustias y las tristezas de los hombres de nuestro tiempo. Queremos ser buenos samaritanos para poner en las heridas de tantos hermanos que sufren el aceite del consuelo y el vino de la esperanza. Queremos ser una Iglesia “posada” y una Iglesia “hospital de campaña”, en expresión del Papa Francisco; una Iglesia, casa, familia, lugar de acogida y amor, en la que todos, especialmente los más vulnerables puedan sentirse parte y jamás se vean excluidos y marginados.

Llamada a la santidad del sacerdote

Permitidme este año que haga unas breves reflexiones sobre la santidad de los sacerdotes. El sacramento del Orden, como continuidad de la vocación radical del Bautismo, nos llama a la santidad, en el horizonte que nos recuerda el Papa Francisco en la exhortación apostólica  Gaudate et Exsultate y el Concilio Vaticano II, en el decreto Presbyterorum ordinis. Escuchemos las palabras del Concilio Vaticano II, que no han pasado de actualidad, sino que conservan toda su grandeza e importancia.

 “Por el sacramento del orden se configuran los presbíteros con Cristo sacerdote, como ministros de la Cabeza, para construir y edificar todo su Cuerpo, que es la Iglesia, como cooperadores del Orden episcopal. Cierto que ya en la consagración del Bautismo, como todos los fieles de Cristo, recibieron el signo y don de tan gran vocación y gracia, a fin de que, aun dentro de la flaqueza humana, puedan y deban aspirar a la perfección, según la palabra del Señor: Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto (Mt 5, 48)”.

“Por otra parte, la santidad misma de los presbíteros contribuye en gran manera al ejercicio fructuoso del propio ministerio; pues, si es cierto que la gracia de Dios  puede llevar a cabo la obra de salvación aun por medio de ministros indignos, de ley ordinaria, sin embargo, Dios prefiere mostrar sus maravillas por obra de quienes, más dóciles al impulso e inspiración del Espíritu Santo, por su íntima unión con Cristo y la santidad de su vida, pueden decir con el Apóstol: Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí (Gál 2, 20) (Vaticano II, PO 12).

La unión con Jesucristo es la clave de la santidad y de la espiritualidad sacerdotal. Dice el Papa Francisco: “Cuando un sacerdote se aleja de Jesucristo en lugar de ser ungido, termina siendo untuoso”. Y no es lo mismo estar ungido que estar untuoso: la unción viene del Espíritu Santo; el “unte” viene de la mundanidad espiritual. ¡Cuánto mal hacen a la Iglesia los sacerdotes untuosos!: quienes ponen la fuerza en las cosas artificiales, en las vanidades” (Francisco, Homilía en la capilla Santa Marta, 14 enero 2014).

Los sacerdotes lo sabemos por experiencia: “Somos buenos sacerdotes si vamos a Jesucristo, si buscamos al Señor en la oración: la oración de intercesión, la oración de adoración. Pero si nos alejamos de Jesucristo, debemos compensar esto con otras actitudes mundanas, y surgen entonces todas estas figuras como sacerdote especulador, el sacerdote empresario” (Ib.).

“La fuerza se realiza en la debilidad”. El sacerdote es testigo “de que es el más pobre de los hombres, si Jesús no lo enriquece con su pobreza; el más inútil siervo, si Jesús no lo llama amigo; el más necio de los hombres, si Jesús no lo instruye pacientemente; el más indefenso de los cristianos, si el Buen Pastor no lo fortalece en medio del rebaño. Nadie más pequeño que un sacerdote dejado a sus propias fuerzas  […] desde esa pequeñez asumimos nuestra alegría. ¡Alegría en nuestra pequeñez”(Francisco, Homilía en la misa crismal, 17 de abril de 2014). La alegría de serlo todo desde Jesús y de no ser nada cuando le dejamos a él: “Sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15, 5).

Queridos hermanos: pongamos en las manos de nuestra Madre la Virgen del Pilar nuestras vidas de  obispos, sacerdotes y diáconos. ¡Santa María, Madre de Cristo Sumo y Eterno sacerdote, haz que todos los sacerdotes de nuestro presbiterio diocesano trabajemos por la unidad, la comunión y el anuncio del Evangelio en esta Iglesia que peregrina en Zaragoza y Aragón!

A Jesucristo, nuestro Maestro y Hermano, que ahora se inmola y sacrifica por nosotros en esta Misa Crismal, la gloria y el poder por los siglos de los siglos (cfr. Ap 1, 6). Amén.

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